La sanadora pidió a Xena que se relajara, se echara en los almohadones y mantuviera los ojos fijos en el rayo de sol que entraba reluciente por un cristal de piedra que colgaba en la ventana. El tono relajante de Adia tranquilizó a la guerrera hasta que le empezaron a pesar los párpados y se cerraron.
—Ahora, dime con qué sueñas, guerrera... —dijo Adia suavemente. —Gabrielle... —susurró Xena.
—¿Alguna vez consiguen dormir por su cuenta estas dos? —masculló Adia por lo bajo. Como con Gabrielle, había dejado que la guerrera siguiera durmiendo después de su sesión. ¡Creo que hasta me he sonrojado! reflexionó la alta sanadora, repasando los sueños de Xena. Por Gea, ¿cuándo se van a enterar? Xena había dicho que quería ocuparse de esto hoy mismo, que no quería que Gabrielle sufriera una sola pesadilla más. De modo que, cuando Xena se despertó, Adia acababa de preparar la potente mezcla de hierbas necesaria para su sesión en el mundo de los sueños.
Xena se incorporó, observando a la sanadora mientras ésta se movía por la gran cabaña. Evitó mirar a Adia a los ojos cuando la sanadora se acercó y se sentó frente a ella.
—¿Te serviría de algo si te dijera que he visto sueños más subidos de tono que el tuyo? —Pero no muchos.
Xena se limitó a negar con la cabeza.
—¿De dónde te sacas las cosas que dices? —sonrió la guerrera algo cohibida—. Es tarde. —Xena parecía de repente preocupada—. No le he dicho a Gabrielle dónde iba.
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—No pasa nada. Ya la he avisado yo de que estabas aquí... espero que no te importe.
—No, gracias. Bueno... —Xena se levantó—. ¿Cuándo tengo que volver con Gabrielle?
—Comed a mediodía y después ya no comáis ni bebáis nada. Volved aquí hacia el final de la tarde. Y Xena... da igual que lleves armadura o no. En el sueño tendrás todo lo que te haga falta.
Adia observó a la guerrera cuando ésta se alejaba. Gabrielle era una mujer afortunada.
—Xena, ¿estás segura de esto? —preguntó Gabrielle sin mucha confianza. —Totalmente. —Xena miró a la joven.
Las dos estaban sentadas en el suelo de la cabaña de la sanadora, rodeadas de almohadones y pieles, bebiendo el té caliente que les había preparado Adia. La sanadora les había dado todas las instrucciones posibles y había revelado a cada mujer todo lo que se atrevió, antes de salir de la cabaña. Les explicó que volvería cuando estuvieran dormidas.
—Esto sabe como el té que me haces cuando me duele tanto el ciclo —comentó Gabrielle.
—Frambuesas... —contestó Xena—. A eso sabe —explicó respondiendo a la mirada desconcertada de la bardo.
—¿Xena? —¿Mmmm?
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—Tengo miedo... Xena, quiero que sepas que pase lo que pase... veas lo que veas... yo todavía... tienes que saber que... —dijo la bardo a trompicones.
—Sí... yo también —dijo Xena con ternura—. Eh, ¿tienes sueño?
Gabrielle asintió despacio, dándose cuenta de que le costaba mantener los ojos abiertos.
—Ven aquí... —dijo Xena, abriendo los brazos y sintiendo el calor familiar del cuerpo de Gabrielle acomodándose contra ella cuando la bardo se acurrucó en los brazos de la guerrera.
Xena notó que la respiración de Gabrielle se hacía más profunda y que sus propios párpados pesaban como el plomo. Pasando los dedos por el pelo de la bardo ya dormida, susurró:
—Debes saber una cosa, Gabrielle. Veas lo que veas, hago esto porque te quiero.
Xena estaba en una tienda que le recordaba mucho a su época de señora de la guerra. Cerca del centro de la tienda dos mujeres se retorcían en un jergón que amenazaba con desplomarse en cualquier momento. Una guerrera totalmente vestida había empezado a arrancar la ropa a la figura más menuda que tenía debajo.
—...no tiene que se así —suplicó la bardo.
La voz suplicante de Gabrielle resonó en los oídos de Xena. ¿Gabrielle?
—No finjas, Gabrielle... ¿No es esto lo que querías?
—¡No, no es lo que quiere! —bufó Xena agarrando del pelo a la mujer que estaba encima de su bardo y apartándola de la figura echada que estaba debajo.
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Xena agarró el cuello de la túnica de la guerrera arrodillada, echando hacia atrás el musculoso brazo para pegarle en la cara, acumulando fuerzas para lo que esperaba que fuese un puñetazo capaz de destrozarle los huesos.
La guerrera postrada echó hacia atrás la cabeza, apartándose la melena salvaje de la cara con una sonrisa malvada.
—¿Qué es lo que estás pensando? —dijo despacio con tono burlón.
Xena se quedó paralizada. Simplemente no había estado preparada para esto. Parecía que las marcas pasaban a toda velocidad, mientras el calor de la furia desaparecía de su cuerpo. La pesadilla de Gabrielle estaba cara a cara frente a ella. Su atacante onírica... ¡era Xena!
En realidad, la señora de la guerra Xena sólo había tardado un segundo en levantarse y alargar la mano, rápida como el rayo, enganchando el cuello de su gemela onírica con los dedos. Xena agarró los dedos que la tenían aferrada con un puño de muerte, incapaz de evitar que le aplastara la laringe.
—¡Xena! —gritó Gabrielle.
Los ojos de las dos mujeres se volvieron hacia la bardo.
—¿Esto es todo lo que se te ocurre, cachorrita mía? —gruñó la señora de la guerra Xena—. Tendrás que esforzarte más. Dioses, si ni siquiera es lo mejor de mí. Sólo es lo que ha quedado de mí... ¡una estúpida llorona, débil y enferma de amor! —terminó, echando la mano libre hacia atrás y descargando un golpe cuya fuerza le rompió la nariz a Xena. La señora de la guerra siguió pegando a Xena, sin soltar en ningún momento la mano que rodeaba el cuello de la guerrera. —Por favor... ¡No! —rogó Gabrielle.
La señora de la guerra soltó a Xena, pegándole una patada en la pierna derecha y aplastándole la rodilla, justo antes de que la guerrera cayera al suelo.
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—¡Ya sabes que si muere aquí dentro, muere ahí fuera! Eso no te lo han dicho, ¿verdad? —Su comentario iba dirigido a Gabrielle—. ¡Ven aquí! —ordenó la señora de la guerra a Gabrielle.
Gabrielle vaciló y la señora de la guerra se sacó un puñal de la bota. Colocándose detrás del cuerpo derrotado de Xena, que estaba de rodillas, le echó la cabeza hacia atrás y colocó la hoja en el cuello de la guerrera.
Gabrielle se acercó a las dos figuras, sujetando una manta para cubrirse el cuerpo.
—Tú decides, cachorrita mía. Yo me quedo contigo y ella vive. Te me resistes... y esta patética imitación de guerrera muere.
—Gab... rielle... —Xena intentó levantarse, pero la señora de la guerra le golpeó la sien con la empuñadura de la daga, abriéndole otra brecha y haciendo que la sangre manara sobre el ojo que no tenía ya cerrado por la hinchazón. Agarrando a Xena de la muñeca, la señora de la guerra tiró bruscamente y el ruido de huesos rotos flotó por el aire.
—¡Por favor! Por favor... no le hagas más daño —rogó Gabrielle entre lágrimas—. No... no me resistiré. —La bardo agachó la cabeza, incapaz de mirar a Xena a la cara.
La señora de la guerra dejó caer descuidadamente al suelo el cuerpo fláccido de Xena. Agarrando brutalmente a la bardo, arrancó la manta del cuerpo desnudo de la joven. Situándose detrás de la bardo, dio la vuelta a la joven hacia Xena tirándole del pelo.
—Te voy a decir una cosa... me has entretenido tanto, guerrera... que dejaré que veas cómo me la follo. —La señora de la guerra terminó tirando de la cara de Gabrielle hacia la suya, apoderándose de su boca con un beso brutal y mordiéndole el labio inferior hasta que de la boca de la bardo brotó un hilillo de sangre.
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Un ruido como un gemido torturado salió de la garganta de Xena cuando la señora de la guerra tiró a la bardo en el camastro, descargando el peso de su cuerpo sobre ella.
Xena se arrastró con una lentitud angustiosa hasta situarse donde podía ver la cara de Gabrielle. La bardo tenía el rostro bañado en lágrimas.
Lo siento, Gabrielle. Perdóname. Te he fallado... ni siquiera he podido vencerme a mí misma. Si no puedo enfrentarme a ti con la verdad, ¿cómo puedo enfrentarme a mí misma? La verdad... ¡la verdad!
—Gabrielle —susurró Xena en medio de un dolor cegador—. Gabrielle... La bardo volvió los ojos vidriosos al oír el sonido de la voz de Xena.
—Gabrielle... ésa no soy yo. Tú sabes que yo nunca te haría una cosa así... ésa no soy yo. Yo nunca te tocaría de esa forma... ésa no soy yo. —Xena siguió repitiendo las palabras una y otra vez, al tiempo que su voz se iba haciendo más fuerte al repetir el mantra que revelaba la verdad de su corazón—. Ésa no soy yo... ésa no soy yo... ésa no soy yo... ésa no soy yo... te quiero, Gabrielle.
La señora de la guerra Xena aulló de frustración al notar que se le empezaba a escapar el control que tenía sobre el sueño de la bardo. Entonces la mente de Gabrielle se llenó de los ecos de una furia vociferante cuando las mentiras de su sueño quedaron dominadas por la verdad de su guerrera.
De repente, Xena se encontró en el campamento donde había encontrado a Gabrielle aquel día...
Argo dejó el camino antes de que Xena tuviera que tirar de las riendas.
—Tú también sabes que está cerca, ¿verdad, chica? —Xena desmontó y pasó las riendas por encima de la cabeza del caballo, tirando de la yegua hacia el campamento. Xena caminó más despacio al acercarse al campamento. Parecía
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tranquilo, pero como era media mañana, supuso que Gabrielle acabaría de salir de su petate. La guerrera se permitió una sonrisa, recordando las creativas formas que había tenido que idear para despertar a la dormilona bardo. Probablemente
está en el río, pensó al entrar en el campamento.
Xena se detuvo al ver a tres bandidos que se enfrentaban a Gabrielle, justo al borde del campamento. La bardo blandía su vara con aire amenazador. Xena soltó las riendas de Argo y se situó detrás de la bardo.
La joven bardo ardía en deseos de librarse de estos brutos. Tal vez podría salir de ésta hablando.
—Escuchad, sé que no queréis problemas y mi amiga estará de vuelta dentro de nada... ¿a lo mejor habéis oído hablar de ella... Xena?
—Síííí —casi ronroneó Xena al oír su nombre.
Gabrielle se giró en redondo para contemplar la visión más maravillosa del mundo.
—¡Xena! —Echó a correr y se abrazó a la cintura de la mujer más alta—. ¡No sabes cuánto me alegro de verte!
A Xena casi le estalló el corazón en el pecho por la dulce agonía del encuentro onírico.
—Y tú, bardo mía, no sabes cuánto me alegro yo de verte. —Regaló a la bardo una de sus sonrisas deslumbrantes—. Bueno, chicos... ¿qué puedo hacer por vosotros? —preguntó despacio la Princesa Guerrera a los bandidos. Fue como ver una obra de teatro cómica cuando los hombres se chocaron entre sí con la prisa de alejarse todo lo posible de la guerrera.
—¡Sí! —gritó Gabrielle a los pretendidos atacantes, asintiendo con la cabeza—. Parece que les hemos enseñado, ¿eh? —dijo volviéndose a su compañera.
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—Sí... parece que les hemos enseñado —sonrió Xena, estrechando a la bardo en un abrazo de oso—. Te he echado de menos, Gabrielle —le susurró a la bardo.
Se acabó, ¿verdad? Xena me ha salvado... Sé que me ha salvado porque ya no tengo todas esas imágenes en la cabeza. Vale, ¿entonces dónde Tártaro estoy? Supongo que si no tengo ni idea de dónde estoy, esto debe de ser el sueño de Xena.
El bosque le resultaba conocido. Estaba oscuro, pero la zona se parecía a ese pequeño lago que había encontrado Xena una vez cuando intentaba buscar un atajo. Estaba a pocas leguas de Ambracia. Gabrielle se acercó despacio al mismo campamento que habían montado Xena y ella. Había una gran hoguera, pero lo que le llamó inmediatamente la atención a Gabrielle fue el ruido que hacía alguien... no, dos personas, al gemir y jadear.
Gabrielle sería capaz de reconocer los sonidos de Xena en cualquier parte, especialmente los claros sonidos que emitía la guerrera cuando recibía placer. En más de una ocasión casi se había puesto en vergüenza a sí misma y también a Xena al toparse con la guerrera "ocupándose personalmente del asunto", por así decir.
Gabrielle observó el campamento y, efectivamente, la guerrera yacía entrelazada con otra mujer en un petate no muy lejos de la fogata. A la bardo le costaba distinguir dónde terminaba una mujer y empezaba la otra, al estar tan estrechamente abrazadas. Xena estaba encima de la otra figura y su pelo negro oscurecía la cara y el torso de la otra. La guerrera estaba a horcajadas sobre el muslo de la mujer más menuda, meciendo las caderas hacia delante con un movimiento lento y sensual.
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La bardo sofocó una pequeña exclamación al tiempo que retrocedía entre las sombras, incapaz de apartar los ojos de la visión del cuerpo de Xena, húmedo de sudor y sonrojado de deseo.
Gabrielle se topó de espaldas con un árbol y levantó la cara hacia las estrellas, apretando la coronilla contra la áspera corteza. Cerrando los ojos con fuerza, intentó reprimir el dolor que empezaba a sentir en la boca del estómago. Era la misma sensación que había tenido en el barco, rumbo a Ítaca, mientras yacía en su hamaca escuchando los sonidos de Xena compartiendo su pasión con otra persona. Era como si alguien le hubiera metido la mano en el pecho y le hubiera arrancado el corazón, dejando en su lugar un vacío desgarrado. El pecho le palpitaba de angustia.
¿Por qué no podía ser yo, Xena? La mirada de Gabrielle se posó de nuevo en las
mujeres que yacían en las suaves sombras de la hoguera. —Oh, síííí —gimió Xena, echando la cabeza hacia atrás.
Gabrielle sintió que se traicionaba al tomar aire bruscamente. La cabeza de Xena echada hacia atrás en el placer carnal reveló la figura que se retorcía de éxtasis debajo de la guerrera. La bardo contempló su propia imagen, rodeada por los fuertes brazos de Xena.
El siseo de una respiración advirtió a Xena de que las dos amantes no estaban solas. Levantó la cabeza y miró fijamente las sombras negras que las rodeaban. Sabía quién las estaba observando, invisible, desde las sombras. Era la mujer que tenía en sus brazos. No ésta realmente. Esta mujer que respondía a todos sus caprichos y deseos no era realmente su bardo. Igual que Gabrielle había creado a la señora de la guerra Xena en su sueño, la guerrera había creado a la bardo con quien compartía sus pasiones nocturnas. Ahora ya conoces todos mis
secretos, ¿verdad, Gabrielle? ¿Todavía me considerarás tu campeona cuando te despiertes?
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Adentrándose más en la oscuridad, Gabrielle estaba segura de que Xena la miraba directamente.
—¿Gabrielle? —susurró Xena a la oscuridad.
—Sí, mi amor. —La bardo que yacía debajo de Xena tiró de la guerrera para besarla con fuerza. Empujando a la guerrera hacia atrás, la bardo acabó encima del cuerpo de la fornida mujer, trazando delicados círculos con los dedos alrededor de los pezones doloridos de la guerrera. Por fin, la bardo permitió que sus dedos rozaran suavemente las protuberancias erectas.
—Dioses, síííí... Gabrielle.
Xena sabía que debía detener esto. Percibía a Gabrielle mirándola desde las sombras, pero aquí también estaba Gabrielle y Xena se sumergió en las sensaciones físicas. La guerrera empezaba a sentir el calor de su sangre, a ahogarse en la excitación, no sólo por la mujer que le hacía el amor, sino también por saber que la auténtica Gabrielle estaba a pocos metros de distancia, incapaz de marcharse.
Gabrielle había retrocedido todo lo posible en la oscuridad del bosque, pero no podía apartar los ojos de su guerrera. Observó mientras la Gabrielle onírica llevaba el cuerpo de la guerrera hasta un frenesí de excitación y los pezones de la propia bardo se endurecieron como respuesta a lo que veía. Vio que Xena respiraba profundamente, cerrando los ojos. La bardo onírica empezó a pellizcar y tirar de los pezones de Xena y la guerrera jadeó y arqueó el cuerpo para sentir mejor las rudas caricias.
¡Por los dioses, Xena! ¿Soy yo... soy yo con quien sueñas llena de pasión? ¿Es esto lo que deseas? ¿Soy yo lo que deseas?
—Te voy a tomar —dijo la gemela, mirando a la guerrera con los ojos verdes llenos de un deseo ardiente.
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