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88 —Sí por favor —gimió Xena.

Gabrielle notó que la ropa interior se le empapaba al ver a su gemela hundiendo tres dedos en Xena hasta el fondo.

Gabrielle se quedó allí, oculta y tapada por la oscuridad de los árboles mientras la bardo onírica tomaba a la guerrera con toda la fuerza y dominio que la bardo auténtica había tenido miedo de aplicar en sus propias fantasías. Gabrielle observó atentamente la cara de Xena cuando el último orgasmo recorrió su cuerpo saciado. La auténtica Gabrielle jamás olvidaría la expresión de éxtasis absoluto de su guerrera en ese momento y trató de memorizarlo, como si pudiera grabarlo en su alma para guardarlo para siempre.

Eran los ojos del amor, ¿verdad, Xena? Oh, ¿pero por qué, amor mío, no me lo has dicho nunca?

Por fin las hierbas de Adia empezaron a perder efecto y los sueños de las dos mujeres terminaron. Sus cuerpos físicos siguieron durmiendo toda la noche sin soñar nada, con la mente tranquila. La guerrera siguió sujetando a la bardo hasta que el carro de Apolo volvió a subir por el cielo.

Lo que le había dicho la sanadora a Xena era cierto.

Será la cosa más difícil que hayáis hecho en toda vuestra vida y ninguna de las dos será la misma después.

Xena llevaba un buen rato sentada mirando a Gabrielle. La bardo parecía tan tranquila que Xena supo que su sueño debía de haberse curado. La joven, cuyas pestañas oscuras se agitaban levemente, tenía las comisuras de los labios curvadas en una ligera sonrisa. La guerrera se obligó a apartarse, preguntándose qué explicaciones podría dar, qué podría decir para dar cuenta de sus actos ante Gabrielle.

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Gabrielle se despertó echada de lado, envuelta en una suave piel. No tuvo que buscar mucho para encontrar a la guerrera. Xena estaba sentada cruzada de piernas al lado de la bardo, mordiéndose distraída el labio y mirándose las manos cruzadas sin fuerza en el regazo. La guerrera alzó los ojos cuando oyó a Gabrielle moverse.

Gabrielle captó los débiles vestigios de dolor en la atormentada mirada azul de su amiga. Oh, Xena, tu sueño no ha sido en absoluto una expresión de amor por

mí, ¿verdad? No tenías más control que yo sobre el reino de Morfeo, por eso ahora parece como si se te estuviera rompiendo el corazón.

La bardo se sintió atravesada por un dolor tan intenso que apenas pudo evitar que se le notara. Casi lo consigo. Con todo, amaba a esta mujer con todo su corazón y estaba desesperada por calmar los temores de la guerrera. Conteniendo las lágrimas que amenazaban con salir a borbotones, Gabrielle se puso de rodillas y le echó los brazos al cuello a Xena.

—Gracias, Xena... Sabía que me salvarías.

A Xena le dio un vuelco el estómago al sentir los brazos de Gabrielle a su alrededor. Por un momento pensó que Gabrielle estaba a punto de besarla. En los ojos de Gabrielle se veía la dulce mirada del amor y Xena podría haber jurado que veía su propio reflejo en las verdes profundidades. Cuando Gabrielle habló y le dio las gracias, la guerrera supo la verdad. ¿Y mi sueño qué, Gabrielle?

Supongo que ya tengo la respuesta, ¿verdad? Supongo que piensas que si no hablamos de ello, no habrá ocurrido.

Gabrielle no podía hacer otra cosa más que aferrarse a Xena y rezar para conseguir transmitir su mensaje a la guerrera. A pesar de todo, siempre podrían contar la una con la otra. Te quiero, Xena, y aceptaré lo que puedas ofrecerme. Si

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Xena notó que el abrazo de la bardo se estrechaba y dio gracias en silencio a cualquier dios que estuviera escuchando por devolverle a Gabrielle, entera y sana, de modo que la guerrera estrechó con fuerza entre sus brazos a la mujer más menuda. Te quiero, Gabrielle, y aceptaré lo que puedas ofrecerme. Si es sólo

como amigas, que así sea.

La bardo ya no daba muestra alguna de rechazar el contacto con Xena, de modo que la guerrera rodeó a Gabrielle con sus brazos, estrechando a la joven contra su pecho. Apoyó la barbilla en la cabeza de Gabrielle, meciéndola y dejando que eliminase de su mente las imágenes y sentimientos de su sueño.

Las dos mujeres disfrutaban de las caricias inocentes que se intercambiaban. Por dentro, a cada una se le estaba partiendo el corazón por el deseo de algo más. Pero el amor que sentían la una por la otra era inexplicable. Le daba a cada una la capacidad de reprimir sus propios deseos y necesidades con tal de formar parte de la vida de la otra.

Y así cayó la tercera barrera.

El cambio en la joven reina fue inmediato. La sonrisa de Gabrielle iluminaba la habitación al entrar, su don para la comunicación franca era una ventaja en la mesa de negociaciones, pero era Xena la que más se beneficiaba de todo ello. Las dos mujeres sonreían, reían y hablaban, sin cansarse jamás de bromear entre sí. El amor que compartían era absolutamente evidente para todos cuantos las rodeaban. Los matrimonios de amazonas de más edad meneaban la cabeza y se miraban entre sí, como diciendo, "¿Alguna vez fuimos tan jóvenes?"

Gabrielle seguía observando las sesiones matutinas de ejercicios y entrenamientos de Xena, participando incluso en algunos combates con vara con las jóvenes alumnas. Una de estas mañanas Ephiny decidió que las cosas ya habían ido demasiado lejos. Pensaba que si era suficientemente sutil,

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conseguiría que las dos mujeres acabaran en la cama antes de que terminara la semana.

Xena se acercó donde estaba Ephiny echada en la hierba y se tumbó al lado de la regente. Se había empezado a hacer cola en el campo de entrenamiento formada por las guerreras con la confianza suficiente como para poner a prueba su fuerza y habilidad en un encuentro de varas con la reina. Gabrielle había adoptado la costumbre de ponerse su ropa de cuero mientras estaba en la aldea y casi todas las amazonas estaban de acuerdo en que era algo digno de verse. Gabrielle se puso a hacer ejercicios de calentamiento y luego a competir seriamente con la primera aspirante.

—¡Es increíble! —comentó Ephiny, maravillada de verdad ante la joven. —Sí que lo es —asintió Xena llena de orgullo.

—¡Mira qué cuerpo! Eres una guerrera con suerte.

—Eph, Gabrielle y yo no somos... —empezó a decir Xena, pero la regente le hizo un gesto desechando sus palabras—. Sólo somos amigas —terminó Xena.

—Sí, ya... cuando no miras, ¿sabes cómo te mira ella? Pues digamos que te mira como si estuviera pensando en bastante más que una amistad, es lo único que te digo.

Parecía que todos los días Ephiny encontraba la ocasión de comunicarle a Xena lo excitante que era la bardo y la mujer tan absolutamente deseable que era. Ephiny se daba cuenta de que empezaba a hacer mella en Xena y la regente disfrutaba con ello.

Xena, por otro lado, se iba sintiendo cada vez más incómoda a medida que transcurría la semana. ¿Es imaginación mía o las mujeres están empezando a

mirar a Gabrielle descaradamente? Xena había tenido un éxito relativo a la hora

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los sueños. Ahora, le costaba estar al lado de Gabrielle sin estremecerse. Y en cuanto la bardo la tocaba, simplemente se convertía en un charco de metro ochenta.

Las noches parecían ser lo peor. Ahora las dos compartían la misma cama, como lo habían hecho en todas partes al viajar antes del ataque de Gabrielle. La noche de su aventura en el mundo de los sueños Gabrielle le había pedido suavemente a Xena que la abrazara durante la noche y la guerrera lo hizo muy contenta. Si alguna de las dos quiso cambiar la situación después de eso, no lo mencionó. Si Xena sentía que sus deseos estaban a punto de brotar a la superficie, empleaba algunas de sus técnicas de meditación para ocultar esos sentimientos bien hondo. Si esto era lo único que podía tener la guerrera, estaba dispuesta a disfrutar del cariño y la amistad que le ofrecía la bardo. Aunque al llegar la mañana Gabrielle estuviera usando casi todo el cuerpo de Xena como almohada. Si alguna vez la guerrera había pensado que esto no era absolutamente maravilloso, ya no lo recordaba.

Por supuesto, ¡ahora era una agonía! Estaban en pleno verano y las noches eran calurosas. Esto, junto con el calor que emanaba del cuerpo de Xena, tenía a la guerrera casi sofocada. Para colmo, hacía dos noches Gabrielle se quejó de que tenía demasiado calor y se acostó desnuda, echándose encima una mera sábana para taparse. Lo único que pudo hacer Xena fue dormir encima de las sábanas con la camisa puesta, rezando para morir mientras dormía. Ésa sería la única manera de acabar de una vez por todas con su tortura.

Ephiny conocía otra forma de acabar con la tortura de la guerrera y en cuanto se alejó del campo de entrenamiento aquel día, se dirigió a la sala del consejo para aguardar la llegada de Gabrielle. Cuando Gabrielle se hubo bañado y vestido de nuevo, llegó y se encontró a Ephiny esperando para iniciar el día con una expresión más que divertida. La regente no perdió tiempo en empezar a trabajarse a su reina.

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Aunque apelar al aspecto físico de su relación era bastante fácil para poner a Xena al límite, con Gabrielle hacía falta otra táctica. Ephiny sabía que Gabrielle era joven, inexperta y una romántica incurable. Para que a su reina le entrara la calentura por la Princesa Guerrera iba a necesitar jugar con las palabras. Mientras que Xena probablemente saldría corriendo antes que actuar de acuerdo con sus sentimientos, Ephiny tenía la sensación de que la bardo prometía más de lo que parecía y que si se la empujaba lo suficiente, durante el tiempo suficiente, sería la que se lanzaría sobre una guerrera muy desconcertada.

—Hoy has estado muy bien ahí fuera, mi reina —la halagó Ephiny. —Gracias, Eph... bueno, ¿qué tenemos para hoy?

—No mucho —dijo la regente—. Sobre todo los preparativos para la Fiesta de la Cosecha, que es a finales de semana.

—Ah, sí... Estoy un poco nerviosa. Ya sabes, eso de presidir mi primera fiesta como reina "oficial" —contestó Gabrielle nerviosa.

—Lo harás muy bien, además es el tipo de fiesta donde no tienes que hacer gran cosa. Pero sí que tienes que ir vestida de reina.

—¿No puedo llevar lo que llevo normalmente?

—No... es la tradición —mintió Ephiny—. La costurera se está ocupando ya de tu atuendo... te lo traerá en algún momento de esta semana. —Como dos segundos

antes de la fiesta para que no te eches atrás.

Ephiny sí que había pensado largo y tendido sobre lo siguiente durante bastante tiempo. La verdad era que no veía la forma de evitarlo, de modo que decidió seguir adelante y pedirle perdón a Gabrielle después por haber mentido. Ephiny trató de poner cara de preocupación y angustia.

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—Pues sí. Tengo un problema y me da un poco de vergüenza. Tú eres la única persona con la que creo que puedo hablar y que no se va a reír de mí.

—Eph, tú has sufrido todos mis problemas conmigo... ¿para qué están las amigas? ¿Qué es esto que no puedes decirle a nadie más? —preguntó Gabrielle muy comprensiva.

—Estoy enamorada... de una guerrera. Sólo que no sé si ella siente lo mismo. —¿Por qué no se lo preguntas sin más? Nunca me has parecido tímida a ese respecto. ¿Es alguien a quien conozco? —preguntó Gabrielle.

¡Mira quién fue a hablar!

—Todavía no quiero decir quién es... hasta que sepa seguro lo que siente. Podría gafarlo o algo y no quiero quedar como una idiota. Es que para mí es muy especial, Gabrielle, y me gustaría saber si siente al menos algo por mí antes de quedar en ridículo. Tú eres la bardo... ¿qué se te ocurre que puedo hacer que sea sutil y no me deje en evidencia demasiado pronto?

Ephiny juró a Artemisa que iría al templo y haría dos ofrendas al día si la perdonaba por mentir a su Elegida con tal desvergüenza. Ephiny sabía que al ser bardo y una romántica, a Gabrielle se le ocurrirían miles de formas delicadas de llegar al corazón de una guerrera poco dispuesta.

Gabrielle se quedó sentada frunciendo los labios, ensimismada. De repente, se animó.

—Vale, Eph... esto no puede fallar. Cuando estéis hablando, en un momento dado ponle la mano en el muslo. En un punto lo bastante bajo como para que no sospeche nada, pero lo bastante alto como para que preste clara atención. Si sólo siente amistad por ti, ni parpadeará, será un simple gesto de amistad, ¿sabes? Si está interesada en ti, bastará para ponerla caliente —terminó Gabrielle, con una sonrisa satisfecha.

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—Nunca habría sospechado que eras tan retorcida, mi reina. —La regente sonrió malévolamente. Xena, ¿por qué de repente siento lástima por ti?

Por supuesto, cuando más pensaba Gabrielle en el consejo que le había dado a su amiga, más se preguntaba si funcionaría realmente. Lo que leía en los pergaminos a veces era tan distinto de la vida real. Por supuesto, cuando Gabrielle pensaba en poner en práctica su propio consejo con alguien, la única persona que se le ocurría era cierta Princesa Guerrera. Esto hasta podría

funcionar. Al menos veré la reacción negativa y Ephiny puede decirme cómo ha funcionado con alguien que tiene interés en ella.

Xena estaba sentada a la mesa de su cabaña, con una serie de pergaminos de mapas extendidos ante ella. Estaba tomando nota de algunas adquisiciones nuevas que habían hecho las amazonas recientemente. Gabrielle ocupó una silla a su lado y se puso a hacerle a la guerrera preguntas sobre las ciudades estado de Grecia. A Xena le encantaba enseñar y parecía emocionada de que la bardo por fin mostrara interés por lo que la rodeaba. Gabrielle se lanzó a contar una historia sobre el último viaje que habían hecho a Atenas y de repente Xena notó la mano de la bardo en el muslo. La guerrera casi salió disparada por los aires, volcando la silla al saltar. Gabrielle se quedó sentada con la boca abierta.

—Tu... tu m-mano —farfulló Xena. ¡Santa madre de Zeus! ¡Piensa en algo,

guerrera, y rápido!—. La tienes helada —dijo Xena con una sonrisa de medio

lado.

Gabrielle se acercó a Xena, que temblaba ligeramente, y frotó suavemente los brazos de la guerrera, lo cual hizo que Xena temblara aún más.

—¿Estás segura de que no te estás pillando algo? Estás muy caliente —preguntó Gabrielle con preocupación.

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—Estoy bien, de verdad. Eeeh, Gabrielle... se me había olvidado... será mejor que vaya a ver a Argo, hoy no parecía estar muy allá. Volveré dentro de un rato.

—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Gabrielle, acercándose más a la guerrera.

—¡No! —dijo Xena con más fuerza de la que pretendía—. Quiero decir, no tiene sentido que las dos acabemos oliendo a establo, ¿verdad? —Sonrió a la bardo antes de salir prácticamente corriendo por la puerta.

Lo único que pudo hacer Gabrielle fue quedarse mirando la figura de Xena en veloz retirada, preguntándose qué había pasado.

Por supuesto, la regente sabía que Gabrielle pondría a prueba su teoría con Xena. Al ser bardo, Gabrielle no podía evitar sumergirse por completo en la acción de sus historias. La regente también sabía lo que ocurriría cuando la reina probase su truquito con la guerrera... no quedó defraudada. Al día siguiente Gabrielle apenas consiguió quitarse de encima los asuntos de la aldea antes de que Ephiny y ella se pusieran a hablar.

—Ha funcionado —fue lo único que dijo la regente.

—¿Cómo lo sabes? —Gabrielle intentó no parecer demasiado inquisitiva.

—Le puse la mano en el muslo, ya sabes... charlando, como quien no quiere la cosa. ¡Te juro que la mujer casi se tiró de un salto al lago! Parecía tener el cuerpo en llamas.

Mientras Ephiny hablaba, los ojos de Gabrielle se iban poniendo cada vez más redondos.

Y así empezó la semana. Cada día Gabrielle daba un consejo a Ephiny y cada noche dejaba a su guerrera al borde de un ataque. Ephiny casi perdió los papeles

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por completo cuando vio a Xena dirigiéndose de mal humor al campo de entrenamiento una mañana antes del amanecer, con unas grandes ojeras. La noche antes había sido cuando Gabrielle había propuesto medir la reacción de su posible compañera ante el cuerpo desnudo de Ephiny en los baños. Como nada de lo que Gabrielle decía conseguía atraer a Xena a los baños con ella, se le ocurrió lo de dormir desnuda.

Gabrielle sonrió por dentro aquella noche al dar la espalda a Xena para dormir. Empezaba a resultarle algo más que excitante lo de volver loca a Xena. La bardo, para quien aquello ya no era un juego, estaba cada día más segura de que su guerrera realmente sentía algo por ella. Lo que no conseguía entender era por qué Xena no le decía nada. La bardo se puso la sábana por encima del hombro, fingiendo dormir, y consiguió dejarse al aire el trasero ante los ojos de Xena. Sonrió ligeramente al oír el gemido de la guerrera.

—Ah, se me olvidaba decirte que tu traje nuevo está en el templo de Artemisa. He pensado que como la ceremonia empieza ahí, puedes vestirte allí. —Ephiny no podía esperar a ver la cara de la Princesa Guerrera cuando Gabrielle recorriera el trecho desde el templo a la entrada de la aldea—. Esta noche voy a por todas, Gabrielle —declaró Ephiny tajantemente.

—¿Estás segura de que no es demasiado pronto? —preguntó Gabrielle nerviosa. —Gabrielle, ¡creo que si espero más la voy a matar!

Ephiny sonrió a su amiga. Habían terminado el trabajo del día y estaban sentadas en la sala del consejo compartiendo una copa de vino. Esta noche era la fiesta y dado cómo era el vino de las amazonas y el aspecto del traje de Gabrielle, Ephiny pensaba que si la guerrera y su bardo no conectaban esta noche, jamás lo harían.

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—Ephiny... —Gabrielle miró a su regente con seriedad—. ¿Y si te dice que no siente lo mismo?

Ephiny sonrió a su joven amiga, que se estaba preparando para responder a la llamada de su corazón.

—Gabrielle, apostaría mi vida a que no lo va a decir, pero siempre existe esa posibilidad.

—¿Podríais seguir siendo amigas? Es decir, si te rechazara —preguntó la reina muy preocupada.

—Supongo que depende de lo fuerte que sea nuestra amistad para empezar — contestó la regente.

—¿Y si intenta ocultarte sus verdaderos sentimientos?

—Gabrielle, ¿sabías que para llegar a ser una gran dirigente tienes que poder leer entre las líneas del pergamino? —dijo la regente.

—Como distinguir si alguien está mintiendo —añadió Gabrielle.

—En cierto modo... pero se trata de algo más. Tú eres una gran negociadora, ¿te lo he dicho alguna vez? ¿Recuerdas esos tratados que hiciste con Terasia la

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