LOS USOS DE LA MEMORIA
AL SERVICIO DEL INTERÉS
La memoria puede ser esterilizada por su forma: porque el pasado, sacralizado, sólo nos recuerda a sí mismo; porque el mismo pasado, banalizado, nos hace pensar en todo y en cualquier cosa. Pero, además, las funciones que hacemos asumir a ese pasado no son todas igualmente recomendables.
El recuerdo del pasado es necesario para afirmar la propia identidad, tanto la del individuo como la del grupo. Uno y otro se definen también, claro está, por su voluntad en el presente y sus proyectos de porvenir; pero no pueden prescindir de ese primer recuerdo. Ahora bien, sin un sentimiento de identidad con uno mismo, nos sentimos amenazados en nuestro propio ser y paralizados. Esta exigencia de identidad es perfecta- mente legítima: el individuo necesita saber quién es y a qué grupo perte - nece. Saber que se es católico, o del Berry, o campesino, o comunista aporta el reconocimiento de nuestra existencia; no somos anónimos, no corremos el riesgo de ser devorados por la nada. Si recibimos una reve- lación brutal sobre el pasado, que nos obliga a reinterpretar radicalmente la imagen que nos hacemos de nuestros íntimos y de nosotros mismos, lo que se ve alterado no es un compartimento aislado de nuestro ser sino nuestra propia identidad. Los ataques no deseados a la memoria no son menos graves. ¿Quién no ha visto nunca a una persona afectada por la enfermedad de Alzheimer? Tras haber perdido gran parte de su memo - ria, ha perdido también su identidad.
Nada hay que objetar a esta necesidad de identidad, aunque sería más acertado pensar en ella como móvil y múltiple, no como única y rígida. Pero tanto los hombres como los grupos viven entre otros hombres, en - tre otros grupos, y por eso no basta con afirmar que cada cual tiene dere- cho a existir; es preciso también ver cómo influye en la existencia de los demás esa defensa de uno mismo. Los actos que refuerzan tanto la iden - tidad del individuo como la del grupo pueden serles útiles, pero no tienen en sí mismos valor moral; sólo lo tienen los que benefician a los otros. La política de la identidad no se confunde con la moral de la identidad.
Recordemos ahora los grandes papeles identificados en el seno del relato histórico. Para juzgar el valor moral de quien, en el presente, hace
revivir el pasado, debemos preguntarnos sobre qué protagonista o qué grupo de personajes se proyecta en la historia, con quién se identifica.
De entrada no hay certidumbre alguna de que se elija seguir el ejem- plo de los personajes «positivos»; los «malos» pueden también inspirar- nos, siempre que encontremos en ello alguna ventaja. En cualquier cri - men hay un malhechor y una víctima; nada garantiza que quienes toman conocimiento del pasado abracen, todos, la causa de las víctimas más que la de los criminales. Germaine Tillion nos pone en guardia: «El universo enloquecido creado por los nazis estaba hecho para estimular las imagina- ciones sadomasoquistas».8 El relato de una matanza puede suscitar la
compasión pero también el goce del sádico o el mirón; esas pulsiones no son ajenas a la naturaleza humana. Georges Bensoussan recordaba re- cientemente9 que el pogromo de Kielce, perpetrado en Polonia en 1946,
tomó su violencia prestada de las matanzas de la guerra: la lección apren- dida era la facilidad del crimen. Hemos visto ya el paradójico modo que tenía Hitler de recordar el genocidio de los armenios: el de los judíos, o eso esperaba, sería olvidado del mismo modo. Stalin formuló el mismo ra- zonamiento, ante Molótov y Ejov, en el momento de firmar las condenas a muerte de sus ex camaradas bolcheviques: «¿Quién se acordará de toda esta purria dentro de diez o veinte años? Nadie. ¿Quién se acuerda de los nombres de los boyardos que eliminó Iván el Terrible? Nadie».10 Afortu-
nadamente, Stalin y Hitler se equivocaron, la memoria ha vencido al ol- vido que intentaban imponer; no deja por ello de ser cierto que, recor - dando el pasado, se identificaban con el verdugo, no con la víctima.
Pero admitamos que se haya elegido ponerse del lado del «bien». Po- demos haber sido víctimas aquí y convertirnos allá en verdugos, con tan- ta mayor facilidad cuanto el marco es distinto. En términos de Primo Levi: «Un oprimido puede convertirse en un opresor. Y a menudo lo hace».11 El sufrimiento padecido, recordaba Margarete Buber-Neumann,
no ennoblece a quienes afecta. Albert Camus comparó, muy pronto, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Argelia, dos conflictos en los que
8. La traversée du mal, Arléa, 1997.
9. «Pour une lecture politique de la Shoah», en Parler des camps, penser les
genocides, op. cit., p. 146.
10. D. Volkogonov, Lenin: Life and Legacy, Londres, 1994, p. 310; citado por J. Glover, Humanity, Londres, Jonathan Cape, 1999, p. 328.
11. Conversations et entretiens, Robert Laffont, 1998, p. 242.
el ejército francés asumió papeles opuestos: «El hecho está ahí, claro y horrendo como la verdad: hacemos, en estos casos, lo que reprochamos a los alemanes que hicieran».12 En 1958, cuando estaban frescos aún, en
Francia, los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial y de sus atrocida- des, comenzó a generalizarse en Argelia el uso de la tortura. En su artículo sobre La Question de Henri Alleg, Sartre escribe a su vez: «En 1943, en la calle Lauriston, algunos franceses gritaban de angustia y de dolor; Francia entera les oía. El final de la guerra no estaba claro y no queríamos pensar en el porvenir; sólo una cosa nos parecía imposible en cualquier caso: que se pudiera hacer gritar, algún día, a otros hombres en nuestro nombre. Lo imposible no es francés: en 1958, en Argelia, se tortura regu- lar, sistemáticamente, todo el mundo lo sabe, [...] nadie habla de ello».13
Lo imposible no es francés, pues. Pero no nos simplifiquemos la ta- rea: la incapacidad por extraer las lecciones adecuadas del pasado, aun cuando éste sea bien conocido, nada tiene de específicamente francés. Podríamos incluso formular una máxima general, al modo de los anti - guos moralistas: nada se aprende de los errores de los demás. El «se» que empleo aquí designa una entidad colectiva: un pueblo, una clase, un gru- po del que participamos o con el que nos identificamos. Así, retomando mi ejemplo, no creo que los franceses hayan aprendido gran cosa del re- lato de los crímenes cometidos por los alemanes durante la guerra. Si, siendo víctimas en 1944, pudieron transformarse en verdugos en 1958, fue precisamente porque en 1944 no estaban del lado de los verdugos.
Podemos reconocernos en la víctima de las fechorías pasadas y sacar de ello la conclusión de que ese pasado autoriza, impone incluso, una ac- titud agresiva en el presente. Es, a fin de cuentas, el caso de cualquier venganza: el mal sufrido legitima el mal infligido. Aquí lo distinto es que, si la antigua víctima se vuelve agresor, la nueva víctima, en cambio, nada tiene que ver con el antiguo agresor. Es el caso trágico de los padres tor- turadores que, como sabemos, fueron muy a menudo, a su vez, niños maltratados o violados. Veinte, treinta, cuarenta años después de haber sufrido la ofensa, y sin ni siquiera percibir su gesto como una compensa - ción vinculada a ella, el niño, adulto ya, inflige los mismos tormentos a sus propios hijos.
12. Combat del 10 de mayo de 1947, citado en Actuelles: Chroniques 1944-1948, Ga- Himard, 1950, p. 128. 13. Situations V, Gallimard, 1964, p. 72.
Podemos encontrar una situación paralela, en cierto modo, en la po - lítica de la memoria que se practica hoy en Israel. Sin entrar en el detalle de un tema que ha sido ya explorado por muchos autores, podemos ad - vertir que en ningún otro país del mundo, y con motivo, está tan presente el recuerdo del genocidio de los judíos; ahora bien, la política de este país para con sus actuales vecinos, y en particular los palestinos, no es irreprochable por lo que se refiere a los derechos de los demás a la exis - tencia y a la dignidad. La experiencia pasada no sólo no ha transmitido, automáticamente, una lección que podría beneficiar a los demás; se invo- ca, por el contrario, para justificar una política aquí que, sin ser evidente- mente idéntica a aquella de la que fueron víctimas los judíos, coloca a sus descendientes o compatriotas en el papel opuesto, convirtiéndose los pa- lestinos, según la fórmula de Edward Saíd, en «las víctimas de las vícti- mas».14 No hay ahí, sin embargo, fatalidad alguna. Conociendo el dolo-
roso pasado del pueblo judío, el juez Landau, del Tribunal Supremo de Israel, dictaminó que era lícito torturar a los prisioneros palestinos, para que su pueblo quedara protegido de sus actuaciones y fueran desbarata- dos los atentados «terroristas»; del mismo pasado, en el mismo país, el profesor Leibovitz había extraído la conclusión contraria, a saber, que era preciso oponerse por todos los medios posibles a la práctica de la tortura. Dos lecciones que no pueden juzgarse por su relación con el pasado, sino sólo a partir de nuestras convicciones presentes, morales y políticas.
Las repetidas violencias de las que somos testigos en la Argelia de hoy presentan otra variante de esta situación, en la medida en que se ejercen entre dos conjuntos de la misma población. Ahora bien, esta violencia no ilustra sólo la criminal deriva de grupos cuyo fanatismo religioso ya sólo es una fachada, ni la crueldad de la venganza, ya que las matanzas parecen invocarse mutuamente. Remite también a un pasado algo más lejano, el de la violencia sufrida durante ciento veinte años por la población argelina a manos del colonizador francés. Las matanzas de la guerra de con- quista, las humillaciones sistemáticas de los tiempos de paz, la brutalidad del conflicto final son traumas que no se borran fácilmente y pueden en- gendrar, años más tarde, actos de una violencia semejante, como entre los niños maltratados que se convierten en adultos maltratadores. Una vez introducido en la Historia, el mal no desaparece con la eliminación de su
14. Le Monde del 27 de mayo de 1998.
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protagonista original. Todavía hoy, tanto los crímenes de Hitler como la violencia de la guerra de Argelia contribuyen a la propagación del mal.
VOCACIÓN DE LA MEMORIA
Al observar así los posibles abusos de la memoria, tanto en su forma como en sus funciones, nos sentimos tentados a preguntarnos: ¿no vale más el olvido que el recuerdo? Esta pregunta no puede recibir una res - puesta simple y uniforme. Sin duda es así en algunas situaciones. Reco- brar el pasado es, en democracia, un derecho legítimo, pero no debe convertirse en un deber. Sería de una crueldad infinita recordar a al - guien, sin cesar, los acontecimientos más dolorosos de su pasado; el de- recho al olvido existe también. Euphrosinia Kersnovskaya escribe, al fi- nalizar su sorprendente crónica ilustrada de doce años pasados en el gulag: «Mamá, ¡me pediste que escribiera la historia de esos tristes "años de aprendizaje!". He cumplido con tu última voluntad. Pero tal vez hu- biera valido más que todo eso cayese en el olvido».15 Jorge Semprún contó,
en La escritura o la vida,16 cómo, en un momento dado de su vida, se vio
como salvado gracias al olvido de su experiencia en el campo de con- centración. En el plano individual, cada cual tiene derecho a decidir.
También en la vida pública puede preferirse el olvido a la memoria del mal. Escuchemos esta historia contada por Américo Vespucio, explo- rador del continente americano. Tras haber descrito los encuentros de los europeos con la población indígena, que unas veces se convierten en colaboración y otras en enfrentamientos, cuenta que los distintos grupos indígenas a menudo hacen la guerra entre sí. ¿Cuál es la razón? He aquí la explicación propuesta por Américo: «No combaten por el poder, ni para extender su territorio, ni alentados por otro deseo irracional, sino a causa de un odio antiguo, instalado en ellos desde hace mucho tiempo».'7
Si Américo tiene razón, ¿no debería desearse, a estas poblaciones, que ol - vidaran un poco el odio para poder vivir en paz, que dejaran extinguirse
15. Coupable de ríen, Plon, 1994, p. 253. 16. La escritura o la vida, Tusquets, 1995. 17. A. Vespucio et al., Le Nouveau Monde, Les Belles Lettres, 1992, p. 90.
sus rencores y encontraran un mejor uso para la energía así liberada? Pero eso sería, sin duda, quererlos distintos de lo que son.
Es el momento de recordar, también, los primeros artículos del Edic- to de Nantes (1598), que permitieron poner fin a las guerras civiles que desgarraban Francia: «Que la memoria de todo lo pasado, en una y otra parte, desde el comienzo del mes de marzo de 1585 hasta nuestro ad- venimiento a la corona, y durante los demás disturbios precedentes, y en ocasión de éstos, permanezca extinta y adormecida, como de cosa no sucedida: y no será lícito ni estará permitido a nuestros procuradores ge- nerales, ni a otras personas cualesquiera, públicas ni privadas, en tiem- po alguno, ni en ocasión alguna que sea, hacer mención, proceso o perse- cución en ningún tribunal y jurisdicción que sea. [...] Prohibimos a to - dos nuestros subditos de cualquier estado y calidad que sean, renovar su memoria...».'8
Más cerca de nosotros, en 1881, Paul Dérouléde, fundador de la Liga de los Patriotas y militarista convencido, clama, con un espíritu opuesto:
Sé de algunos que creen que el odio se apacigua: ¡No, no!, el olvido no entra en nuestros corazones.
Así allana el camino para la carnicería de Verdún. Sin saberlo, confirma- ba con sus palabras una fórmula de Plutarco19 según la cual la política se
define como lo que arrebata al odio su carácter eterno; dicho de otro modo, lo que subordina el pasado al presente. Los recuerdos de la derrota de 1870-1871, los gritos guerreros de Dérouléde, Barres, Péguy y otros enemigos del olvido fueron, ay, escuchados; contribuyeron al ini- cio de la Primera Guerra Mundial. Al finalizar ésta, Hitler halló, en el re - cuerdo del humillante Tratado de Versalles, materia para convencer a sus compatriotas de que era preciso iniciar, resueltamente, la segunda. Las consignas del tipo «ni perdón ni olvido» que suelen escucharse en nuestros días no son, en absoluto, indicio de un progreso en el proceso de civilización.
Si el recuerdo del pasado lleva a la muerte, ¿cómo no preferir su ol- vido? ¿No tuvieron razón esos israelíes y esos palestinos que, reunidos en torno a una misma mesa, en Bruselas, en marzo de 1988, expresaron la convicción de que, «sencillamente para comenzar a hablar, es preciso poner el pasado entre paréntesis»?20 Si el pasado debe regir el presente,
¿quién, entre los judíos, los cristianos o los musulmanes, renunciará a sus pretensiones territoriales sobre Jerusalén? En Irlanda del Norte, hasta un momento muy reciente, ambos partidos extremistas declaraban su vo- luntad de «no olvidar y no perdonar», y añadían diariamente nuevos nombres a la lista de las víctimas de la violencia, que a su vez provocaba una «contraviolencia» vengativa. Sin duda por eso, tras la Segunda Gue- rra Mundial, uno de sus grandes protagonistas, Winston Churchill, de- claraba: «Debe existir un acto de olvido de todos los horrores del pasa - do». «Olvidaba», sin duda, que el olvido no se ordena...
Mientras que los genocidios de mediados de siglo, desde el de Rusia hasta el de Camboya, se llevaban a cabo en nombre del futuro (el totali- tarismo se proponía crear un hombre nuevo; era preciso, pues, eliminar a quienes no se prestaban al proyecto), las matanzas más recientes han sido todas perpetradas en nombre de un recuerdo del pasado.
En Ruanda, los hutus quisieron eliminar a los tutsis para vengarse de las humillaciones sufridas durante las décadas precedentes . En las gue- rras de Yugoslavia, no dejaron de recordar las matanzas pasadas de las que, unos siglos o algunos años antes, unos y otros habían sido víctimas; en Argelia, los crímenes de hoy se han vuelto tanto más fáciles cuanto no se han olvidado los de ayer. La memoria de la violencia pasada alimenta la violencia presente: ése es el mecanismo de la venganza.
En nuestros días, la venganza no tiene buena prensa. No se reivindi - ca de buena gana; pero eso no quiere decir que nos sea ajena, aunque pre- firamos darle la apariencia de la justicia. Eso se observa especialmente cada vez que se produce un asesinato. ¿No vemos a menudo a los padres de los niños violados o asesinados lamentando que los criminales escapen a la pena excepcional, la pena de muerte? Algo parecido ocurrió, en Francia, en los recientes casos de sangre contaminada: los padres de las víctimas infectadas de ese modo por el sida querían que los responsables
18. B. Cottret, UéditdeNantes, Perrin, 1997^. 363, citado por P. Chaunu, «Les ju- meaux "malins" du deuxiéme millénaire», en Commentaire, 81, 1998, p. 224.
19. Citado por Nicole Loreaux, en Usages de l'oubli, Seuil, 1988.
20. Citado por N. Loreaux, «Pour quel consensus?», en Politiques de l'oubli: Le gen-
administrativos fueran condenados por asesinato, para que su pena se aproximara, por lo menos, a la sufrida por las víctimas.
Ahora bien, la diferencia entre justicia y venganza es doble. En primer lugar, la venganza consiste en responder a un acto individual con otro acto individual, comparable en principio: mataste a mi hijo, yo mataré al tuyo. La justicia, en cambio, confronta el acto individual a la generalidad de la ley; el anonimato de los justicieros (policías o magistrados) se opone a la identidad singular del vengador. La venganza, como el perdón, es personal; la justicia no lo es, la ley no conoce individuos. Por otra parte, la pena no es un reflejo especular del crimen sino proporcionada a las de- más penas; en vez de estar directamente motivada, forma parte de un sis- tema. El acto de justicia repara la ruptura del orden social, confirma la va- lidez de la ley (escrita o, como en los crímenes contra la humanidad, no escrita) y, por lo tanto, el propio orden social; no compensa necesaria- mente la ofensa sufrida por el individuo. Lo importante desde este punto de vista no es que la justicia sea más o menos severa, sino que sea.
En la venganza, una violencia nueva responde a la violencia antigua, a la espera de provocar una futura violencia de compensación: el mal au- menta en vez de disminuir. Cada cual puede ilustrar esta ley con ejem- plos antiguos y modernos, desde La Orestíada de Esquilo hasta los re- cientes crímenes de Belfast; todo el mundo sabe que, para enterrar el hacha entre los Montesco y los Capuleto, es preciso renunciar, en cierto momento, a la venganza más que llevarla a cabo. El acto de venganza es un inconveniente suplementario: conforta a quien lo realiza en su per- fecta buena conciencia y nunca le permite interrogarse sobre el mal que hay en él. La cuestión moral se evacúa en beneficio de la reparación físi- ca. Por su lado, la justicia tiene el inconveniente de la abstracción y la despersonalización; pero es la única oportunidad que tenemos para hacer