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Von Postdam nach Moskau, Berlín, Ullstein, 1990, p 388 8 Postdam, p 115.

In document Tzvetan Todorov - Memoria Del Mal[1] (página 60-70)

no se limita a explicar todo lo que existe en el mundo; indica : también el medio para alcanzar la sociedad ideal El progreso, la razón nos lo

7. Von Postdam nach Moskau, Berlín, Ullstein, 1990, p 388 8 Postdam, p 115.

ración. Tras haber aprendido muy pronto el ruso, era especialmente apreciado por los camaradas soviéticos y, en particular, por Stalin, del que se convirtió en hombre de confianza. Pero actuaba en función de sus convicciones, no de las directrices procedentes de arriba, y su radicalis- mo le condujo a predicar el conflicto abierto, tanto con los nazis como con los socialdemócratas. Ahora bien, a comienzos de los años treinta la política soviética con los nazis dio un giro y la intransigencia no era ya de recibo. Neumann fue convocado a Moscú, donde acudió con Grete en 1932. Su posición violentamente antinazi era percibida entonces como «desviacionista» y sus críticas a la línea oficial le aproximaban peligrosa- mente a los trotskistas, convencidos de que Stalin había traicionado a la revolución. Éste mantuvo sin embargo su benevolencia hacia Neumann e invitó incluso a la pareja a pasar unas vacaciones con él, a orillas del Mar Negro. Se produjeron unas chuscas escenas, contadas por Buber- Neumann en su autobiografía.

Sin embargo, Neumann no pudo regresar a Alemania. El Komintern le mandó a España en 1933 y luego, a finales de año, le ordenó que se di- rigiera a Suiza, rompiendo el contacto con él. Heinz y Grete llegaron a Zurich sin papeles ni dinero. Malvivieron unos meses, hasta que Heinz fue detenido un día, por azar. Se descubrió su verdadera identidad; la Ale- mania hitleriana exigió su extradición para llevarlo ante la justicia. Las autoridades suizas se negaron pero mantuvieron a Neumann en la cárcel. Entonces, la Unión Soviética se ofreció para acogerle; la pareja embarcó en Le Havre y llegó a la Unión Soviética en 1935. En Moscú, se alojaron de nuevo en el Hotel Lux, reservado para los comunistas extranjeros, pero el ambiente había cambiado. Ya nadie les invitaba; sus antiguos amigos habían muerto o tenían miedo de tratar con aquellos individuos de in - cierto destino. Los grandes procesos de Moscú estaban en su punto álgi- do. Heinz y Grete trabajaban para las publicaciones en lenguas extranje - ras del Komintern. Cierto día, Dimitrov, el nuevo jefe del Komintern, convocó a Neumann y le pidió que redactara una obra a la gloria de la nueva política de los frentes populares—encarnada por él, Dimitrov—, la cual habría de comenzar por una sólida autocrítica. Neumann se negó: no quería escribir lo contrario de lo que pensaba. Aquel día firmó su pro- pia sentencia de muerte. El Partido no deseaba individuos valerosos que actuaran por convicción autónoma, necesitaba seres sumisos, dispuestos a renegar de sí mismos en cualquier momento.

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El fin de Neumann fue trágico. Se daba cada vez más cuenta de que la Unión Soviética era una sangrienta dictadura que nada tenía que ver con los ideales por los que creía combatir. Le indignaba escuchar, durante algunos procesos, a los antiguos bolcheviques confesando lamen- tablemente sus «errores» o sus «traiciones» y abrumar a sus mejores amigos. Dijo a Grete: «Te lo aseguro, si me llevan a juicio en un pro - ceso público, encontraré fuerzas para gritar "¡Abajo Stalin!". Nadie podrá impedírmelo».9 Los últimos meses de su vida en el Hotel Lux los

pasaron escuchando, todas las noches, el ruido de los pasos en el corredor, acechando los arrestos. Fue también el momento del más fer - viente amor entre ambos, como si la pasión política tuviera que debi - litarse para que floreciese la ternura. La última carta que mandó a su mujer está compuesta, sólo, por los tiernos apodos que él empleaba: ¡había más de cuarenta! En la noche del 26 al 27 de abril de 1937, los pasos en el corredor se detuvieron ante su puerta. Neumann fue dete - nido; apenas tuvo tiempo de decirle a Grete: «Llora, vamos, ¡hay moti vos para llorar!».10 Sólo cincuenta años más tarde se conocería con

exactitud su destino: fue condenado a muerte y fusilado el 26 de no - viembre de 1937. Se quiso que figurara en un nuevo gran proceso que nunca se celebró. Neumann no tuvo la oportunidad de gritar su verdad a la cara del mundo.

Hasta aquella fecha, Margarete Buber-Neumann había seguido, en su vida pública, el destino de otro; sólo era, según sus propias palabras, «el accesorio». A partir de entonces se inició una existencia de la que se siente responsable. La vida en común con un dirigente comunista no la obligaba a cerrar los ojos ante todo lo que la rodeaba, aunque no inten- tara profundizar en sus impresiones. De visita en Rusia, en 1932, ignoró la hambruna que sacudía parte del país; cierto día, sin embargo, vio una infinita cola ante la central de correos, en Moscú, y supo con sorpresa que toda aquella gente mandaba pan a su familia. La indiferencia de la población ante los acontecimientos políticos la sorprendió también, al igual que la injusticia social y el fortalecimiento de las desigualdades que reinaban en la «patria del socialismo». Descubrió, por lo demás, que el internacionalismo enarbolado en la fachada era sólo una retórica desti - nada a camuflar la privilegiada posición de los rusos; llamarlo «patriotis-

9. Révolution, <p. 371. 10. Sibérie, p. 10.

mo» sería más justo. A partir de 1937, en todo caso, nada le impidió ya ver el mundo tal como era.

Entre el arresto de Neumann y el suyo propio, el 19 de junio de 1938, transcurrió un año que ella considera peor que los que vivió en el campo. «El año entre el arresto de mi hombre y mi propio internamiento fue el más atroz de mi vida».11 Buber-Neumann pasó los

primeros meses haciendo cola ante las cárceles de Moscú para saber dónde estaba el detenido Neumann y entregarle algo de dinero. Acabaron revelándole su presencia en la Lubianka, pero en diciembre rechazaron su dinero. «Neumann no está ya aquí», le dijeron (había sido fusilado ya). La privaron de pasaporte, no tenía permiso de trabajo ni el menor medio de subsistencia; sobrevivió vendiendo libros y ropa en los mercados de ocasión. Daba un respingo cada vez que unos pasos sonaban cerca. Pidió ir a Francia, donde vivía su hermana Babette Gross, la compañera de Willi Münzenberg, un antiguo personaje importante del Komintern; su petición fue rechazada. Su arresto se produjo casi como una liberación. Se había convertido en uno de esos comunistas alemanes de los que hablaba Vassili Grossman, perseguidos por Hitler primero y, luego, por Stalin.

Buber-Neumann permaneció medio año en detención preventiva, antes de ser condenada a cinco años de deportación en un campo, con una vaga fórmula como principal acusación: «Elemento socialmente pe- ligroso». A comienzos de 1939, llegó al campo de Karaganda, en las es- tepas de Kazajistán, en los confines de China. El campo era inmenso, como dos veces el territorio de Dinamarca, con una población de unos 170.000 internos. La vigilancia no era estricta, pero la fuga era imposi- ble: el desierto a centenares de kilómetros a la redonda. Los detenidos políticos, poco numerosos, estaban sometidos al terror que imponían los presos comunes. Las condiciones higiénicas eran lamentables, los prisio- neros iban cubiertos de piojos y chinches. Pero lo peor era la relación es- tablecida por la dirección del campo entre cantidad de trabajo realizada y cantidad de alimento entregado. Los detenidos trabajaban en los cam- pos o las minas, debían alcanzar cierta norma. Si no lo hacían, comenza- ban a disminuir sus raciones alimenticias. Pero el alimento era ya muy escaso, sopa y pan, salvo para las distintas categorías de privilegiados. Cuanto menos alimento recibían los detenidos, menos capaces de traba-

11. «Menschen unter Hammer und Sichel!», en Pladoyer, p. 128.

jar eran; pero cuanto menos trabajaban, menos eran alimentados. Re- cibiendo porciones cada vez más pequeñas, agotados por el hambre, mo- rían al cabo de unos meses. Buber-Neumann sólo debió su supervivencia a la misericordia de un detenido médico, que le extendió un certificado con este diagnóstico: «No apta para trabajos penosos».

Al cabo de un año, a comienzos de 1940, la convocaron en la oficina del comandante, que le anunció que debía partir. Tras un largo viaje, se encontró en la cárcel, en Moscú, aunque en condiciones mucho mejores: sábanas limpias, agua caliente, comida a voluntad. Todo ocurría como si sus nuevas compañeras y ella misma, todas antiguas detenidas de origen alemán o austríaco, tuvieran que ser puestas «en condiciones» antes de ser enviadas a otra parte. Pero ¿adonde? Todas aquellas antiguas comu- nistas o compañeras de comunistas no podían imaginar que iban a entre - garlas a Hitler. Incluso cuando el grupo, constituido ya por hombres y mujeres, fue puesto en un tren en dirección al oeste, imaginaron que los liberarían en un país neutral. Hasta el 8 de febrero de 1940, cuando vie - ron al oficial SS ir a su encuentro, en el puente del Bug, en Brest-Litovsk. Comenzó entonces el segundo episodio de su epopeya en campos de concentración. Tras seis meses de estancia en la cárcel, fue enviada a Ravensbrück, el campo de las mujeres, sin juicio ni plazo de detención determinado. Permaneció allí hasta abril de 1945. Las condiciones de vida fueron primero decentes: limpieza, alimento suficiente, sin trabajo agotador; se degradaron a partir de 1942 hasta alcanzar, progresivamente, las de Karaganda. En 1944 comenzaron las «selecciones» de los débiles, enfermos y viejos, y su exterminio. Pero las detenidas sufrieron, desde el comienzo, torturas mentales y físicas, y Buber-Neumann advierte que eso las corroía y corrompía profundamente; acababan adoptando, más o menos conscientemente, los valores de los vigilantes SS. «El cristianismo afirma que el sufrimiento purifica y ennoblece al hombre. La vida en el campo de concentración ha demostrado lo contrario. Creo que nada es más peligroso que el sufrimiento, el exceso de sufrimiento. Y eso vale tanto para los individuos como para pueblos enteros».12 A consecuencia de las

enfermedades o los castigos (pasó quince semanas en el calabozo), Buber- Neumann rozó varias veces la muerte.

A la persecución de los SS se añadía, para Buber-Neumann, la de las

detenidas comunistas, alemanas o checas, numerosas en el campo y que ocupaban, a menudo, posiciones de poder. La interrogaron cuando llegó a Ravensbrück; tras haber escuchado su relato de los campos soviéticos, la clasificaron de «trotskista» y la condenaron al ostracismo. Para aque- llas mujeres, los individuos no tenían valor en sí mismos, sino sólo como representantes de una categoría, pero Buber-Neumann pertenecía, era evidente, a la clase de los «enemigos de la Unión Soviética».

Afortunadamente para ella, Buber-Neumann hizo en Ravensbrück otros encuentros. Ya en el primer año conoció a Milena Jesenska, perio- dista checa, antigua amiga de Franz Kafka, internada en el campo por ac- tividades antifascistas; nació entre ambas mujeres una intensa amistad que fue interrumpida, en 1944, por la muerte de Milena. Otra checa, Inka, joven estudiante de medicina, aunque comunista también, desobe- deció las directrices del Partido y se convirtió en su amiga; más tarde, le salvó la vida robando medicamentos para cuidarla. Algunas francesas, de- portadas políticas no comunistas, como Germaine Tillion, Anise Postel- Vinay y Geneviéve de Gaulle, fueron también sus amigas. Como ninguna de ellas sabía si iba a sobrevivir, se confiaban unas a otras lo que algún día habría que transmitir a la memoria de los pueblos. Durante varios do- mingos consecutivos, Buber-Neumann contó a las amigas francesas su experiencia de los campos soviéticos, haciendo las veces de intérprete Postel-Vinay para las que no dominaban bastante el alemán (Germaine Tillion, en cambio, para alegrar a sus compañeras, cuenta más bien las cómicas aventuras que había vivido como etnóloga en Argelia).

En abril de 1945, el Ejército Rojo se acercaba a Ravensbrück. La di - rección del campo liberó a gran número de detenidas, entre ellas Buber- Neumann; ésta, para escapar al control soviético, se marchó a pie hacia el oeste. Tras dos meses errando por una Alemania en ruinas, llegó a la granja de su abuelo. Comenzaba una nueva vida.

Tras siete años de cárcel y campo, Buber-Neumann era libre de nue- vo, pero nada sería ya, nunca, como antes. Su padre, muerto durante la guerra, había desheredado a Grete y a su hermana Babette: ¡eran comu- nistas! Grete se instaló en Frankfurt e intentó reanudar su antigua profe- sión de maestra de escuela, pero la administración militar americana re- chazó su petición: ¡era demasiado vieja! Le pidieron que fuera a contar su experiencia a los jóvenes socialdemócratas de la región, aunque avisán- dola: ¡Debe hablar de los campos nazis, no de los soviéticos! Reanudó el

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contacto con sus dos hijas, adultas ya, que vivían en Jerusalén y descubrió que ambas eran grandes admiradoras de la Unión Soviética, vencedora de la Alemania nazi. Decididamente, Buber-Neumann era un personaje de molesta biografía.

A comienzos de 1946 fue invitada a Suecia, a casa de un millonario sueco, Olof Aschberg, que había conocido a Münzenberg y sus redes an tes de la guerra y que conservaba simpatías comunistas. Estaba dispuesto a ayudar a la antigua kominterniana alemana, pero no quería oír hablar de los campos soviéticos. El apacible ambiente de Estocolmo le sentó bien a Buber-Neumann; su protector le encontró un trabajo de oficina y una vivienda. Entonces descubrió su nueva vocación. En Ravensbrück, Milena y ella habían proyectado escribir, juntas, un libro titulado La era de los campos de concentración, que debía contar la experiencia paralela de ambos totalitarismos. Entonces, Milena no existía ya y Buber-Neumann decidió asumir sola la tarea, un deber para con su amiga y todos aquellos que, en uno u otro campo, le habían dicho: ¡No lo olvides, cuenta a todos mi historia! Mientras no se había consagrado a ese trabajo, Buber-Neu- mann sufrió la vergüenza de los supervivientes, común a muchos ex pri- sioneros; y cada noche las pesadillas la devolvían al campo. Comenzó a escribir y la liberación llegó poco a poco. Su nueva vocación era la de tes - tigo ejemplar, por no decir único, de la inhumanidad de ambos totalita- rismos. La increíble vitalidad de aquella mujer sencilla y modesta, llegada como una recompensa por los años pasados en el campo, le permitió convertirse en memorialista e historiadora: escribió libros para combatir el mal siempre presente, habló a públicos muy variados, dio testimonio. Su primera obra, Prisionera de Stalin y de Hitler, en la que cuenta siete años de su vida, de 1938 a 1945, apareció en 1948, en traducción sueca y, poco después, en alemán. El efecto inmediato de la publicación fue per - der el trabajo y la vivienda en Suecia: su protector millonario se indignó por aquella propaganda antisoviética. Regresó, pues, a Alemania. Aquel mismo año, el libro fue traducido al inglés, en una versión abreviada y, al año siguiente, al francés, reducido, en este caso, sólo a la primera parte, con el título de Deportada en Siberia; la continuación, titulada Deportada en Ravensbrück, sólo aparecería en 1988, ¡cuarenta años más tarde!

La contribución original de este libro consiste en una yuxtaposición de las dos experiencias totalitarias, comunista y nazi, sobre cada una de las cuales existe un gran número de relatos que encuentran, con facilidad,

un público ya conquistado: no faltan ni comunistas ni anticomunistas. Ahora bien, aquí lo importante y lo que molesta al lector—o, más rara - mente, lo que suscita su entusiasmo—es la continuidad de ambos. Pues la proximidad se descubre ahora doble: a la vez de contigüidad, como simboliza el recorrido biográfico de Buber-Neumann o el apretón de manos entre oficiales NKVD y SS en el puente del Bug; y de parecido, como mostrará el análisis de la vida cotidiana en ambos campos. Por esta razón es lamentable que la edición francesa del libro, completa hoy, se mantenga dividida en dos volúmenes, cada uno de ellos con vida autóno- ma, cuando el proyecto de Buber-Neumann (y de Milena) era precisa - mente estudiar juntos ambos totalitarismos.

En sus escritos de historiadora y memorialista, Buber-Neumann puso de relieve numerosos puntos de contacto o de analogía entre los dos regímenes, antes incluso de iniciar su experiencia en los campos de con - centración. Ya en 1923, Radek, el dirigente del Komintern, recomendó a los comunistas alemanes que colaboraran con los nacionalsocialistas. La Noche de los Cuchillos Largos, arreglo de cuentas entre nazis, y tam- bién el incendio del Reichstag dieron a Stalin la idea de utilizar el asesi- nato de Kirov como pretexto para «purgar» el Partido e instaurar una dictadura más implacable que antes (Buber-Neumann comparte, a este respecto, la opinión de Vassili Grossman, aunque, naturalmente, la ig - nore). Los dirigentes soviéticos, Mikoyán o el propio Stalin, expresaron ante Heinz Neumann su admiración por las hazañas de Hitler. Compa- rando el poder del aparato policíaco sobre la población en conjunto, Bu- ber-Neumann advierte que, a este respecto, los nazis tenían que recupe - rar un gran retraso: sólo parte de los ciudadanos alemanes, judíos y opositores activos, sufría los efectos del terror, mientras que la población soviética, por completo, experimentaba su acción en la vida cotidiana. Pero la comparación se hace especialmente ilustradora cuando Buber- Neumann analiza su propia experiencia de interna en los campos.

La comparación puede realizarse en varios planos. En primer lugar, los campos asumieron, en ambos regímenes, un lugar y una función pró- ximos: la de ejercer un terror político al tiempo que procuraban al Esta- do una mano de obra barata y utilizable a voluntad. «Los dos sistemas existentes en los campos de concentración partieron de datos políticos y metapolíticos distintos, pero no debemos olvidar que alcanzaron en su principio un idéntico y mismo objetivo». Por esta razón, ambos mere-

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cían una condena igual; es decir, absoluta. «Mi odio hacia los campos de concentración alemanes es exactamente el mismo que hacia los campos del dictador Stalin».13 Dicho esto, la comparación permite descubrir se-

mejanzas y diferencias.

Concretamente, en uno y otro bando, los deportados políticos (y «ra- ciales» entre los nazis) se veían cada vez más sometidos a la violencia y la arbitrariedad de los «comunes», salvo en algunos campos alemanes, como Buchenwald, donde eran los deportados comunistas alemanes quienes di- rigían, día a día, la vida del campo. Los golpes y castigos eran frecuentes aquí y allá. Los recién nacidos eran inmolados en Alemania, no en la Unión Soviética, donde eran arrebatados a las madres algo más tarde. El orden meticulosamente observado por los alemanes se oponía al caos que reinaba, a menudo, en los campos rusos, pero no es fácil decidir cuál de ambas situaciones era preferible. «Me pregunto en el fondo qué es peor: la choza de adobe infestada de piojos de Burma o ese orden de pesadilla».14

En los campos rusos, a diferencia de los campos alemanes, no había casi verdaderos enemigos del régimen. David Rousset, deportado político en Buchenwald, dijo más tarde (en Sobre la guerra): «Eramos culpables. Nues- tra fuerza era nuestra culpabilidad». Pero la proporción de los políticos disminuyó progresivamente, pues quedaban diluidos entre otros detenidos que nunca habían sido opositores: judíos, gitanos, «asociales».

No había en la Unión Soviética cámaras de gas ni campos de extermi- nio. La diferencia es significativa, aunque no baste para hacer agradables los campos rusos. En efecto, aquí, el hambre infligido voluntariamente como castigo por un trabajo que se consideraba insuficiente, las enferme-

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