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ALABANZA ORATORIA, MORAL, DIALECTICA Y TEOLOGICA DE LA FILOSOFIA

In document oratoria (página 151-163)

MARSILIO FICINO

Marsilio Ficino a Bernardo Bembo, abogado y caballero, orador veneciano distinguido por su saber y autoridad: saludos.

Preguntas por qué a pesar de que he elogiado las artes y muchas otras cosas, aún no he alabado nunca a la Filosofía que siempre he estudiado con tanta devoción. Hace algunos días Giovanni Cavalcanti, mi Acates, me hizo la misma pregunta. Mi

respuesta es: primero, que lo que ha sido descubierto por los hombres puede ser debidamente alabado por ellos en cualquier momento, pero que la Filosofía,

invención de Dios, está mucho más allá de la humana elocuencia; en segundo lugar, al cantar la alabanza de cada una de aquellas artes y actividades, en realidad he

estado honrando a la Filosofía, inventora y señora de todas ellas. En verdad es sólo por su poder y elocuencia que damos a cada arte su debido honor, y consideramos a cada una merecedora de alabanza en la medida en que comparte la virtud y dignidad de la Filosofía. Pero siendo esta nuestra madre y nodriza, parece que a veces con perfecta justicia demanda de nosotros el honor que le es debido, así que, si ello encuentra favor, de comienzo nuestra alabanza.

Alabanza oratoria de la Filosofía

¡Oh Filosofía, guía de la vida, investigadora de la virtud, azote del vicio! ¿Qué seríamos nosotros, qué sería la vida de los hombres, sin ti? Tú has engendrado ciudades, y llamado al compañerazgo de la vida a los hombres que se encontraban dispersos, uniéndolos primero en moradas, luego en matrimonio, y después en la comunión de lengua y de letras. Has sido la inventora de las leyes, señora de la conducta de los hombres y de la disciplina... Pero, ¿a dónde lleva esta digresión inesperada? No sé cómo di comienzo a esta oratoria y canción ciceronianas. Puede que sea dulce parecida melodía pero ya que es la Filosofía tanto el principio de la canción como el tema cantado, debemos cantar filosóficamente. Comencemos pues

nuevamente este juego.

Alabanza moral de la Filosofía

La Filosofía es definida por todos como el amor a la verdad y la devoción por la sabiduría. Pero la verdad, y la sabiduría misma, son solamente Dios; de lo que se deduce que la Filosofía legítima no difiere de la verdadera religión, y que la religión legítima es exactamente lo mismo que la verdadera Filosofía. Si las propiedades de las palabras derivan en parte de las propiedades de las cosas y en parte de aquellas de las ideas, como han demostrado con gran detalle Platón, Aristóteles, Varrón y San Agustín, entonces ciertamente la Filosofía, la investigadora y descubridora de la concepción de las cosas, dió a luz a la Gramática, medida del discurso y la

escritura correctos.

Si solamente la Filosofía, o la Filosofía sobre todas las cosas, conoció la naturaleza de las almas, el poder de los actos, la forma de las obras, la disposición de los espacios, y lo apropiado de los tiempos, entonces, es ella, sobre todas las cosas, quien enseñó a los oradores qué decir, y cómo, a quién persuadir, y cuándo. También enseñó a los poetas qué describir, cómo despertar las emociones y deleitar al alma. De ello resulta que, sin su asistencia, los historiadores no podrían servir su oficio. La Filosofía concedió almas a los estados cuando hizo que las leyes humanas en la tierra reflejaran las leyes divinas del cielo. Dió a luz al cuerpo del estado y lo hizo crecer al proveer la agricultura, la arquitectura, la medicina, la destreza militar y cualquier arte que le otorgue alimento, belleza o protección.

Así pues, por sobre todas las cosas, la Filosofía arranca de la miseria a los mortales, y les concede felicidad. Pues ella discrimina lo bueno de lo malo y nos muestra cómo evitar el mal para que no nos hiera, o cómo sobrellevarlo con fortaleza de modo que nos hiera menos. Además nos enseña cómo hallar más fácilmente la bondad, y cómo usar rectamente los dones que nos ha concedido la naturaleza o la fortuna o que hemos adquirido por medio del trabajo, para que puedan ser beneficiosos.

Tenía intención de terminar aquí esta carta, querido Bernardo, y no hacerla más larga de lo usual, pues ya sabes cuánto me disgusta lo extenso, excepto en Platón, nuestra primera fuente de elocuencia divina; pero la divina madre, a quien por encima de todo reverenciamos, protesta con demasiada fuerza. Escucha, por lo tanto, si quieres, las palabras que ahora demanda de mí, o que, más bien, me sugiere.

Alabanza dialéctica y teológica de la Filosofía

La filosofía emplea las herramientas de la dialéctica, creadas por su propia mano, para descubrir en las cosas la verdad a través de la contemplación, la virtud a través del uso, y la bondad a través de ambas. De ese modo, sugiere muchos principios para la contemplación, muchos preceptos para la acción, y mucha

instrucción para ambas. Pero de las muchas cosas que enseña debo mencionar a una en particular. El fin es superior a aquellas cosas que con él se relacionan, al igual que un amo es superior a sus sirvientes; y así, es muy justo que las cosas externas, mortales y corporales, deban de servir al cuerpo, y el cuerpo al alma, los sentidos a la razón, la razón activa a la razón contemplativa, y la contemplación a Dios. De ahí que todas las artes relacionadas con las cosas exteriores, el cuerpo, los sentidos y la acción, deban ser súbditas de la contemplación y concederle precedencia como a su reina. Ella, es la actividad propia de Dios. No tiene necesidad de un lugar o instrumento especial, ni sirve a las cosas exteriores; de todas las cosas, ella es la más duradera, de hecho, es para siempre. Su objeto es eterno. No importa en cuál lugar, abraza libremente aquello que en todas partes está presente.

Si la vida es una forma de actividad y cuanto más excelente la actividad más

excelente la vida, entonces seguro que la contemplación, siendo la más excelente de todas las actividades tanto por su valía como por su permanencia, es también la mejor vida y la más elevada; y añadiría, la más dulce de todas. Pues a diferencia de los sentidos, no trata con los placeres impuros, falsos y variables que proceden de las imágenes externas, sino que poseyendo dentro de sí misma las verdaderas y eternas causas y la naturaleza de toda cosa, se alimenta y alegra, pura, verdadera y permanentemente con aquello que es puro, verdadero y permanente. Digo que

extrae un gozo ilimitado de aquello que es sin límites y, lo más importante de todo, que una vida así, estando más cerca de la vida de Dios, se transforma en su

perfecta imagen.

Así, Dios es a la vez la luz y el ojo de la contemplación humana, y la contemplación es la luz y el ojo de la acción. Aunque tal ojo parezca inactivo, sin él la inactividad es mala, pero la actividad es peor; ambas son enteramente oscuras y miserables. Pero bajo su mandato, laboramos con éxito en toda actividad. Para los mortales, la sabia Filosofía les señala esta vida más bienaventurada, establecida en la cima de todas las cosas, revelándola, ya con su mismo ojo, ya con el dedo de la dialéctica. A mi juicio, también nos conduce a aquella a través de cuatro estadios principales: la

conducta moral, los estudios naturales, la matemática y la metafísica:

El divino Platón considera que el alma celeste e inmortal en cierto sentido muere al entrar en el cuerpo terrestre y mortal, y vive de nuevo cuando lo abandona. Pero antes de que el alma deje el cuerpo según ley de la naturaleza, puede hacerlo por medio de la práctica diligente de la meditación cuando la Filosofía, la medicina de los males humanos, purga la pequeña y débil alma, enterrada bajo la pestilente inmundicia del vicio, y la vivifica con la medicina de la conducta moral. Luego, por medio de ciertos instrumentos naturales, eleva al alma desde las profundidades atravesando todo aquello compuesto de los cuatro elementos, y la guía a través de los elementos mismos al cielo. Entonces, peldaño a peldaño por la escala de la

matemática, el alma realiza el sublime ascenso a los más elevados orbes del Cielo. Y finalmente, cosa más maravillosa que lo que pueden expresar las palabras, en alas de la metafísica se remonta más allá de la bóveda celeste hasta el Creador Mismo de los cielos y la tierra. Allí, gracias al don de la Filosofía, no sólo el alma se colma de felicidad, sino que como en cierto sentido se convierte en Dios, también llega a ser esa felicidad misma. Ahí llegan a su fin todas las posesiones, artes y quehaceres de la humanidad y de entre todo su número tan solo la sagrada Filosofía permanece. Ahí, tan sólo es verdadera felicidad lo que es verdadera Filosofía, cuando de hecho se convierte en el amor por la sabiduría, tal como la definen los sabios. Creemos que la suprema bienaventuranza consiste en una condición de la voluntad que es deleite en la divina sabiduría, y amor por ella. Y el que el alma, con la ayuda de la Filosofía, pueda un día volverse Dios, lo concluimos de lo siguiente: con la Filosofía como su guía, el alma llega gradualmente a comprender con su inteligencia la naturaleza de todas las cosas y aprehende enteramente sus formas; asimismo, a través de su voluntad se deleita en las formas particulares y las gobierna, así pues, en cierto sentido, deviene todas las cosas. Habiendo devenido todas las cosas según este principio, peldaño a peldaño es transformada en Dios, que es fuente y Señor de todas ellas. Dios en verdad perfecciona toda cosa, tanto por dentro como por fuera. La mente humana auténticamente filosófica, al igual que Dios, concibe también dentro de sí las causas verdaderas y eternas de todas las cosas. Pero, ¿podemos decir que la mente humana sea capaz de crear cosas particulares fuera de sí misma? Dejemos a un lado el hecho de que el espíritu filosófico imita y expresa exactamente las obras secretas de Dios Todopoderoso, haciéndolas manifiestas en pensamientos, palabras y letras, a través de diferentes instrumentos y materiales. Sin embargo una cosa, especialmente, pienso que debe apreciarse: no todos pueden

entender el principio o el método por el cual la obra maravillosamente elaborada del omniexperto creador se ha construido, sino solo aquél que tiene el mismo genio para el arte. Nadie puede entender cómo el filósofo Arquímedes juntó esferas de bronce y les dio movimientos similares al de los cuerpos celestes, a menos que esté dotado con el mismo genio. Y quien lo entiende, porque así está dotado, después de

reconocerlas puede construir unas similares, con tal de que cuente con los instrumentos y el material. Dado que el filósofo ha visto el orden de las esferas celestes, desde dónde son movidas y hacia dónde van, cómo pueden ser medidos esos movimientos, y a qué dan origen ¿quién puede negar que su mente es

virtualmente una con el autor mismo de los cielos, y que en cierto sentido sería capaz de crear los cielos y lo que está en ellos mismos, si pudiera obtener las herramientas y el material celestes? Pues el filósofo los crea ahora, y aunque con otro material no obstante con el mismo diseño.

¡Oh maravillosísima inteligencia del celeste arquitecto! ¡Oh sabiduría eterna, nacida únicamente de la cabeza del más alto Júpiter! ¡Oh infinita verdad y bondad de la creación, sola reina de todo el universo! ¡Oh verdadera y generosa luz de la inteligencia! ¡Oh calidez curativa de la voluntad! ¡Oh generosa llama de nuestro corazón! ilumínanos, te lo pedimos, derrama tu luz sobre nosotros y enciéndenos, para que podamos resplandecer internamente con el amor de Tu luz, es decir, con el de la verdad y la sabiduría. Sólo esto, Dios Todopoderoso, es Conocerte

verdaderamente. Tan sólo esto es vivir bienaventuradamente conTigo. Pues aquéllos que vagan lejos de los rayos de Tu luz nunca pueden ver nada claramente, se

encuentran perdidos y atemorizados por sombras irreales, como si se tratara de terribles pesadillas, y en todo lugar atormentados miserablemente en una noche perpetua. Pues siendo que únicamente aquéllos que viven celosamente conTigo ven, aman y abrazan bajo Tus rayos aquellas cosas que son verdaderas, eternas e

inconmensurables, tan sólo ellos considerarán cualquier cosa limitada por el tiempo o el lugar como ilusorio sueño sin importancia. Y así no pueden ser desalojados de la altísima ciudadela de la bienaventuranza celeste, ni por el deseo ni por el miedo a las cosas terrestres.

Bernardo mío, pienso que tu Marsilio ya ha escrito todo lo que una carta puede soportar. Así que adiós, y que tengas fortuna, patrón de los filósofos; y como has hecho hasta aquí, vive continuamente en los bienaventurados brazos de la sagrada Filosofía. Te pido que vivas también siempre atento a Giovanni Cavalcanti, corazón de Marsilio.

Elocuencia y Argumentación Filosófica

A San Vicente Ferrer le toca estudiar la retórica como parte de la filosofía, entre esas ramas del estudio filosófico que versaban sobre el lenguaje y que recibían el nombre de "trivium", a saber: gramática, lógica y retórica. Estas disciplinas iban encabalgándose de modo que la anterior era presupuesta por la siguiente. La gramática estudiaba la corrección del discurso; la lógica o dialéctica, su validez inferencial; y la retórica su ornato y los efectos que se podían usar para obtener la persuasión.

Al ser una parte de la filosofía, la retórica era como una filosofía de la persuasión: una gramática de la locución efectiva y una lógica de la convicción seductora. Llevaba implícitos, además, aspectos netamente psicológicos, de movimiento de pasiones y emociones, y aun algo de poética, por buscar lo bello y sugestivo del lenguaje.

A medio camino, pues, la retórica: entre la lógica y la poesía, oscilando según conviene: mezclando la argumentación (como el instrumento fundamental y objetivo de la persuasión) con la dicción poética (como el instrumento suplementario y subjetivo de la persuasión misma). Además, al igual que los cánones de la poética y las reglas de la lógica, la retórica era algo instrumental y técnico al servicio de lo que se quería transmitir. Por eso era únicamente el órganon de la comunicación, esta última era la que en verdad importaba.

San Vicente Ferrer, que fue profesor de lógica escolástica (1370-1372) antes de ser un gran orador, ciertamente tenía una filosofía de la retórica; sabía bien su arte oratoria y la aplicaba en su desempeño práctico —según puede verse por el modo de llevar sus sermones, incluso por sus alusiones a los clásicos de la oratoria —. Al parecer, era muy utilizado en su tiempo y en su ambiente un tratado de retórica debido al franciscano catalán Francisco de Eiximenis, pero no nos consta fehacientemente que lo utilizara Ferrer, y hemos de contentarnos con apreciar por un lado su conocimiento de ciertos clásicos como Cicerón y, por otro lado, su habilidad innata para predicar, mejorada en sumo grado por sus conocimientos técnicos de la retórica. Se aprecia en él esa conjunción del saber teórico de una disciplina y la habilidad práctica connatural para desempeñarla; conjunción afortunada y que lleva la calidad hasta el extremo. Muestra un excelente dominio de la dimensión pragmática del lenguaje, de la comunicación.

Pero, dado que son pocas las alusiones a la teoría oratoria hechas por San Vicente, hemos de reconstruir su filosofía retórica a partir de su misma praxis de la predicación, observando lo que se dice que hacía, lo que se ve como estructura y desarrollo de sus sermones, y las normas o los recursos a los que alude de manera

esporádica. Con todo, a pesar de esa dificultad de la reconstrucción teórica, se capta que San Vicente poseía una lúcida fundamentación filosófica de su propia retórica, a lo cual se juntaban sus dotes o habilidades, ya hayan sido congénitas o ya hayan sido adquiridas por el ejercicio de la disciplina; y, sobre todo, se sumaba a ello su espíritu profético, el carácter de enviado apocalíptico de Dios con el que sabía revestir el contenido evangélico de su predicación, su auténtico kerigma. Trataremos, pues, de recoger, a partir de la praxis oratoria que podemos encontrar en San Vicente, algunos elementos de esa teoría filosófica de la oratoria que respaldaba su tan excelente desempeño como orador sagrado del mensaje evangélico. Supo conjuntar la pragmática y la psicología, en una especie de psico- pragmática.

El Genio de la Predicación

La historia nos dice que San Vicente Ferrer fue un predicador asombroso. Movía multitudes, provocaba no sólo cambios repentinos y superficiales en sus oyentes; a veces causaba en ellos cambios profundos y duraderos. Convertía las mentes y los corazones. En eso se mostraba como un gran profeta; él mismo decía ser el ángel del Apocalipsis, que venía a cambiarlo todo. Dentro de su predicación a la multitud, llevaba a cada uno, como si le predicara personalmente a él, al arrepentimiento y al cambio de vida. Eran tan claros, además, sus sermones, que, aun cuando predicó por distintos países de Europa y sólo usaba el dialecto catalán que se hablaba en ese momento en Valencia, todos los que lo oían lo entendían. Teniendo en sus manos el poder de la palabra, todos los intereses (los reyes, los papas...) querían pactar con él; pero él, como buen profeta, sólo buscaba el bien y la verdad. ¿Qué tenían sus sermones que lograban tal efecto? ¿Qué retórica escondida y poderosa seguía? ¿De qué artificios oratorios, de qué tópicos y de qué trucos psicológicos o psicagógicos se valía? ¿Qué confería una magia tal a su discurso?

Algunos autores —pocos— se han dado a la tarea de analizar los sermones vicentinos en busca de respuestas a esas preguntas. Y ciertamente que la fuerza de éstos no residía sólo en su estructura retórica o en las dotes del orador mismo, en su elocuencia natural, sino que aprovechaba todo un contexto de comunicación, se daban en el contacto entre el orador y el oyente, en toda una constelación de símbolos profundos —conscientes e inconscientes—. Vicente era un mago de los símbolos vivos, como lo era también de la palabra. Manejaba inmejorablemente la hermenéutica y la pragmática de lo simbólico. Llama la atención la sencillez de sus sermones, contrastando con las agudas y complejas reacciones que suscitaban en su apasionado auditorio. Llama la atención la gran lucidez racional y lógica de su

discurso (habiendo sido profesor de lógica él mismo), en contraste con la conmoción vital que producía. Y sobre todo llama la atención la llaneza de su lenguaje, que procuraba pedagógicamente la simple claridad, la cual es ya de por sí un anticipo de éxito, casi un recurso oratorio (por cierto, muy difícil de esgrimir y manejar con tino).

Esta utilización de un lenguaje sencillo es recomendada por él y puesta en práctica de modo que cada persona que lo escuchaba en la multitud sentía que hablaba para ella en particular, en lo concreto, personal e individualmente, como si Vicente conociera a cada uno y supiera qué decirle para su propia vida. Él mismo nos presenta esa actitud como un precepto retórico explícito: "En todos los sermones

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