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Unidad 1: Oratoria

Oratoria: Es el arte de persuadir a través de la palabra oral.

Elocuencia: Hablamos de fuerza de expresión. Deriva del latín (eloquentia). Es el talento de hablar o escribir para deleitar y persuadir.

Retórica: Se aplica a la palabra escrita. Es aplicable a todos los géneros literarios ya que una obra bien compuesta contiene una idea, un orden, una selección de material, un adorno, bella expresión en las ideas. Cuando el discurso ha de hablarse, entramos en el terreno de la oratoria en donde además de las partes de la retórica (invención, disposición, elocución) se incorpora la acción. Aristóteles define a la retórica como el arte de hallar en cada caso los medios más aptos para persuadir. Diferencia entre convencer y persuadir:

Persuadir: Deriva del latín (SUADERE, SUADVIS; SUADOS) que significa atraer el alma de quien escucha. Es la fuerza de atracción por medios psicológicos, pues se convence a la razón y se persuade moviendo la voluntad de las personas.

Diferencia entre dialéctica y retórica:

Dialéctica: Es el arte de razonar justa y metódicamente. Constituye el instrumento de lo verdadero.

Retórica: Es una dialéctica basada en presunciones e indicios que apunta a crear o despertar una creencia.

Oratoria como Ciencia:

La oratoria tiene un objeto: búsqueda de los medios que tengo a mi alcance para persuadir por la palabra oral. La finalidad última es persuadir.

Quintiliano Define al orador como un hombre de bien que sabe hablar.

Cicerón Dice que la oratoria dispone de 3 medios: enseñar-deleitar-conmover) La oratoria debe ser usada para fines morales, pero ello depende de nuestra educación.

Agradar a otros es dar un gran paso hacia la persuación. Oratoria como Arte:

La oratoria como arte práctica está dirigida a persuadir. Sus 3 elementos esenciales son :

1. ORADOR 2. DISCURSO 3. AUDITORIO

Sus 3 elementos complementarios son:

1. PERSUACION DEL ORADOR COMO FIN Sin éstos elementos, no habría oratoria.

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El orador utiliza argumentos, narraciones, voz flexible, mímica, estilo para persuadir.

Retórica según:

Platón: Ve en la misma, un arte de engaños para persuadir a los ignorantes. Isócrates: Dice que su arte educa al hombre

Aristóteles: Dice que es un arte genuino. Todo ser humano mantiene su opinión con razonamientos y pruebas. Dirige las voluntades con sus propios medios.

Habiendo varios medios para persuadir, como el dinero, la dignidad, la hermosura, el silencio; se persuade por la palabra.

Servidora de lo bueno y lo justo debe perfeccionar al hombre, no pervertirlo. Unidad 2: Oratoria en la antigüedad:

Nace en Atenas (Grecia) cuna de la civilización. En realidad nace con el homosapiens cuando comienza a comunicarse oralmente con sus pares.

Oratoria clásica o natural: Se dice que es nervio y sencilléz. En esa época, los oradores eran sencillos pero alterados y agresivos en sus expresiones corporales. Primer Período: Se denomina elocuencia sin retórica. Los oradores preparan sus discursos según sus cualidades naturales.

"Cuando Pericles hablaba, todos escuchaban en silencio y en el alma de cada uno quedaba su palabra como en el cuerpo el aguijón de la avispa." Pericles poseía mayor riqueza de pensamientos que palabras.

Segundo período: Pericles gobernó Atenas, fue orador y filósofo. El arte de la palabra nace en Sicilia, viene con abogados sicilianos que lo enseñan y van a dar el manual retórico y procesal. El gran suceso de la época es la llegada de los sofistas o maestros del saber que prometen formar al ciudadano, hacerlo sabio y orador.

Gorgias: Dice que "Nada existe, y si algo existe no puede ser conocido; o si algo 

existe y es conocido, no puede ser expresado"

Heráclito: Dice que "Todo fluye, todo cambia, y el hombre es la medida de todas 

las cosas"

Gorgias: Considera a la retórica como una magia, preocupándose por las palabras 

que debían encantar los oídos y dominar los ánimos.

Tercer período: Es el Macedónuco. Se desarrolla la oratoria jurídica junto a la política.

Esquines: Orador dotado, hábil para improvisar y controvertir. Dicción clara y 

voz rica en inflexiones. No habla nunca sin preparar el discurso. Una frases y metáforas para mantener la atención del auditorio, sin embargo muestra debilidad al final del discurso porque le falta brevedad.

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Cuatro etapas de conocimiento:

1. Incompetencia inconsciente: Cuando el auditorio está distraído. El orador debe traerlos a la fas conciente, ese es el secreto de saber manejar la voluntad.

Ejemplo: Un indio, lo traemos a la capital, le mostramos un colectivo, es incompetente porque no sabe manejarlo y es inconsciente porque no sabe de su existencia.

2. Incompetencia conciente: El indio pasa a esta etapa cuando le decimos "éste es un colectivo"

3. Competencia conciente: Cuando el indio comienza a manejar, es competente, y es conciente porque no se puede distraer.

4. Competencia inconsciente: Cuando maneja pensando en lo que va a hacer mañana, se distrae. Pero el orador debe sacar al auditorio de la comp. Incon. Y traernos a la comp. Conc. Para que no se desconcentre.

Es el manejo de la persuación oral, que apunta al conciente.

La seducción apunta al inconsciente. Es un estadío por el cuál el auditorio está conciente del discurso pero no entiende.

El poder hipnótico es inconsciente. Cuanto más ignorante es el auditorio, más fácil de manejar es.

Unidad 3: Aptitudes del orador:

• Inteligencia clara y penetrante: Es la capacidad de distinguir (mayor

distinción mayor inteligencia). La persona que desarrolla inteligencia va más allá. El orador debe distinguir a cada uno de los miembros del auditorio, captar ese mensaje (si el alumno mira la hora, bosteza, etc) Existen personas que poseen facilidad para asimilar lo escuchado y puede transmitirlo con claridad. Selecciona los vocablos más apropiados para componer un discurso haciendo prevalecer la idea principal sin cometer repeticiones. Hay que ser un orador, no un hablador.

• Inteligencia emocional: Existen 7 tipos de inteligencia, ésta es la octava. El

que logra captar las emociones del otro es el que atrapa. Es mayor que el coeficiente intelectual se dearrolla hasta los 12 años

En cambio, ésta, sigue desarrollándose.

Hay que nivelar ambos para manejar las situaciones en la vida. No hay que tener un coeficiente int. Elevado para comprender al otro. El que utiliza las emociones dominará al mundo. Se evalúa de acuerdo al comportamiento.

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• Sensibilidad: Una persona no podría llegar a ser ni orador ni docente ni llegar

a las personas que lo rodean si fuera totalmente ajeno a lo que ocurre a su alrededor careciendo de sentimientos y de sensibilidad. No debemos confundirla con sensiblería ya que ésta constituye un exceso de sensibilidad que hace que el orador pierda el rumbo del discurso sin concretar su objetivo.

Se llega a los oyentes a través del corazón, moviendo los sentimientos de las personas que se emocionan ante algunos elementos incorporados por el orador (citas, narraciones, fábulas, cuentos, leyendas, dichos, etc) aptos para

la persuación.

Es importante la contención psicológica hacia el cliente. El orador debe ser psicólogo para comprender.

• Imaginación: Es importante para un orador poder graficar las palabras a

través de imágenes que permitan a los oyentes revivivir hechos del pasado, recrear el presente, dirigirse al futuro, despertando el interés del auditorio. Cuando disminuye la atención, cuando la idea no ha sido comprendida, la imagen lo aclara todo ("Una imagen vale más que mil palabras") Es crear imágenes a medida que hablamos, mientras hablamos.

• Memoria: Sin ella, es un problema psicológico. El principal enemigo es el miedo

y la vergüenza. Sin ella, las narraciones quedan desordenadas. Quien posee buena memoria puede concluir de manera segura un discurso preparado y ser un orador temible para el adversario con mala memoria. En algunos es adquirida y en otros es natural. Existen ejercicios de adiestramiento de la mente (leer en voz alta). El oído interpreta nuestros defectos y virtudes de dicción. Es importante al acostarnos, hacer un repaso mental de todo lo estudiado durnte el día, haciéndolo con interés y concentración. Así, nuestras ideas se aclararán y ordenarán porque mientras dormimos, el subconciente funciona y trabaja para ordenar nuestras ideas.

• Voz: Para su utilización se requieren técnicas. La persona que posee una voz

débil, monótona, sus palabras pueden ser bellas pero carecen de poder persuasivo. Las personas con voz ni monótona ni débil, hablan sin esos gritos que impiden oir las palabras. La persona con voz aguda, al hablar rápidamente, suele tornarse chillona y gangosa. Las personas con voz grave, al hablar lento,

suele tornarse monótona y aburrida.

Lo ideal es tener una voz media. La voz mejora con el ejercicio: -Saber respirar consta de 3 momentos  baja media 

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alta 

-De relajación

-Evitar forzar la garganta.

-Articular

• Anhelo de expresión: Es a través del cuerpo (ademanes, gestos)

Es la predisposición natural que tiene una persona para querer expresar lo

que siente ante la sociedad.

La necesidad de poder transmitir las ideas ante los grupos humanos. Las experiencias se convierten en palabras.

Otras cualidades:

Templanza: Sin ella, la persona es considerada inmadura. Es un autodominio sobre sí mismo que consiste que ante una situación límite, no pierde los estribos para no agravar la situación. Se debe ser maduro, vencer el miedo, estar seguro de sí mismo.

Sagacidad: Significa ir más allá ser atrevido)

Genio: Ante una situación determinada, es tener la creatividad para resolver o solucionar cada caso.

Sabiduría: Si uno no sabe no puede aplicar las demás cualidades. Es el conocimiento del tema.

Belleza: La estética, el buen gusto, vestir, hablar, es lo que embellece a la persona. El abogado es un producto a vender.

Humildad: Si el líder no escucha ni comprende, no puede pretender que sea escuchado y comprendido. Es el poder supremo de la oratoria. Quien la utilice tiene el mundo a sus pies. Ser humilde con poder es sumamente difícil, a mayor poder, es difícil conservar la humildad. Ser humildes es difícil y más en nuestra profesión de abogados (muchos saben los códigos de memoria pero carecen de esta cualidad). Es tratar al otro como me gustaría que me traten a mí.

Ultimo material en oratoria (Desde Harvard):

"Procure primero comprender y luego ser comprendido" Si un profesor quiere ser querido, primero tiene que querer. E ser auténtico como profesor y permitir que el alumno opine y hable. El orador que logra tener a todo el auditorio concentrado es un buen orador, esta es la magia de la comunicación. La mayoría de los problemas son por falta de comunicación. El ABC de la comunicación es que uno quiere ser querido. En la comunicación, lo que se debe transmitir no es lo que se quiere decir sino lo que el otro quiere escuchar.

El estudio dio como resultado:

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20% la Voz que utiliza el orador 70% la IMAGEN CORPORAL (cómo está vestido, si combina su ropa, etc) hay un efecto psicológico fundamental. El que no sabe hablar no va a tener un solo cliente ya que al mismo se lo conquista por medio de la palabra. El cliente busca

contención emocional.

Programación neuro-lingüística (PNL) Ciencia que analiza el conocimiento humano y se le enseña al auditorio a comportarse lo más adecuadamente posible en la relación inter-personal. Es importante desarrollar el liderazgo (no quedarse callado en un examen por ejemplo). La principal arma es la empatía, va más allá de la simpatía, en PNL es la posibilidad de sentir lo que siente el otro. Debe ser sincera. Un libro es best seller porque lo entiende la mayoría de la gente (utiliza palabras que entienden todos). El gran secreto es saber llegar al otro.

Estudios del orador:

• Filosofía: "En Atenas la abeja era el símbolo de la elocuencia, porque así como la abeja da la dulzura de la miel, el orador da la dulzura de las palabras". Se debe acrecentar el saber que disminuye por la falta de lectura, consulta y meditación. Su estudio da una visión amplia y profunda de las cosas, evitando discursos aburridos. Como los temas filosóficos se refieren al hombre (origen, conducta, destino) son temas oratorios por excelencia, dijo Cicerón que el orador necesita de la filosofía.

• Lógica: Es el estudio de los métodos y principios usados para distinguir el

razonamiento correcto del incorrecto. Precisa saber distinguir lo verdadero de lo falso, de lo verosímil, la certeza de la probablidad; saber cuándo un argumento se rige por leyes de la lógica y cuándo intervienen factores

psicológicos y emocionales.

Existen:

lenguaje informativo por el cuál se comunica la información, se

 

describen cosas y seres y se razona sobre ellos. lenguaje expresivo comunica sentimientos y emociones, estados de

 

ánimo.

lenguaje directivo provoca una conducta

 

Todos los discursos tienen estas 3 formas de lenguaje. Si el orador quiere informar usa un lenguaje no emotivo. La lógica es necesaria porque enseña a formar juicios con exactitud y precisión, y porque el método enseña a proceder con coherencia y adquirir un sabr más elevado que el que da la experiencia vulgar.

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• Psicología: El orador estudia las pasiones humanas. Todos los grandes oradores estudiaron al hombre desde el punto de vista psicológico. Los antiguos sabían cuando conviene callar o hablar, cómo dirigirse al auditorio y lograr un diálogo amable, impresionar por la figura, el ademán, la mirada firme, etc. Una orden al auditorio es una a cada uno de sus miembros. Elogiar a uno, es elogiar a todo el auditorio.

• Estudios históricos: Cicerón llamó a la historia "maestra de la vida". El auditorio gusta de narraciones históricas y se emociona con ellas. Los estudios históricos penetran en el alma de individuos, épocas y sociedades, revelando qué pensaron y qué sintieron sus personajes. Con la Historia conocemos edades, pueblos, gobiernos, religiones, artes, costumbres, que pueden ser asuntos o porciones de material de nuestros discursos.

• Estudios del idioma: La confusión de vocablos conduce a la confusión de las cosas. El conocimiento del propio idioma vigoriza el intelecto, da claridad y energía a los pensamientos, que adquieren cualidades de acuerdo con los vocablos empleados enriqueciéndose el lenguaje.

+ conocimiento + intelecto

• Obras literarias: El orador debe leerlas de los genios de la expresión. Los antiguos llamaron a Homero "Padre de la retórica" porque domina el difícil arte de la narración y composición, y sabe retratar a sus héroes.

• Oratoria: Los modernos apenas la cultivan. Existen principios sin cuyo conocimiento no se perfecciona la palabra. Esos principios mejoran el discurso, evitan la pérdida de tiempo al resumir las experiencias y avivan los estudios sobre la palabra. Si una idea confusa puede hacerse clara es que existen los procedimientos.

El Jurista Orador:

Como quiere Cicerón, el jurisconsulto debe ser el mejor de los oradores, y el orador, el mejor de los jurisconsultos. Deberá conocer a fondo la retórica, derecho civil (dice Quintiliano), las costumbres y religión de aquella república. La palabra hablada es su principal instrumento.

Los oradores poseían una preparación jurídica para responder a las consultas de sus clientes y defender con procedimientos retóricos. En el juicio empleaban argumentos para resolver las causas y luego conmovían con la fuerza del patético, convencían y conmovían, usaban pruebas lógicas y retóricas, concluyendo el discurso

forense con el adorno y los afectos.

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del cliente. Lo más difícil es ganarse a un cliente, ahí comienza la magia de la comunicación. El cliente quiere que el abogado esté atento a su consulta.

Éxito: Es lograr lo que se quiere. No se aprende del éxito sinó del fracaso.

Felicidad: Es querer lo que se tiene.

Como alumno se comienza a ser orador.

+ comunicación  + posibilidad de crecimiento profesional + éxito lingüístico Es más importante saber comunicarse que saber, estar informado.

Unidad 4: Tipos oratorios:

Son procedimientos a los que acuden las personas según sus cualidades naturales. Sirven para asimilar un temario. Existe una gran variedad de tipologías oratorias, pero las que prevalecen en la generalidad de los casos son:

• Gráfico: Cicerón lo aconseja porque dice que se formará al orador por la

costumbre de escribir que sirve para perfeccionarnos en todas las partes de la elocución. También aconseja distribuir en la cabeza todas las partes del discurso premeditando las frases utilizables. Quintiliano recomienda los ejercicios de escritura. En realidad es necesario que lo que hablemos, lo digamos en primer lugar a nosotros mismos, para escuchar antes que los demás.

Se caracteriza porque el orador escribe previamente el discurso y luego lo 

memoriza sin modificar palabra alguna. No es recomendable, no lleva a nada positivo, se corre el riesgo de no recordar alguna palabra y lleva a perdernos en el discurso sin poder proseguir normalmente. No persuade. Si nos formulan preguntas, acotaciones, etc, no estaremos en condiciones de responder ni prestar atención, porque no es un procedimiento en el cuál utilizamos el razonamiento, la meditación, reflexión. No estamos preparados psicológicamente para enfrentar en condiciones óptimas a un auditorio. Debemos razonar y extraer nuestras propias conclusiones en base al conocimiento adquirido sobre el tema a desarrollar. Se debe transmitir con nuestras palabras aquello que se conoce.

• Visual: Hace lo mismo que el anterior, solo que acude a la ayuda de aspectos que distinguen el contenido del texto (colores, tipo o tamaño de letra, algún dibujo o mancha de la hoja). Es negativo.

• Auditivo: Aunque es mejor a los anteriores, no es el ideal.. Al pronunciar las palabras, le parece escuchar una voz que le dicta lo que debe pronunciar.

• Verbomotor: Nos permite actuar con soltura. No escriben el discurso antes

de pronunciarlo. Se habla al mismo tiempo que se piensa. En resumen:

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El orador gráfico escribe su discurso / pensamiento

El visual lo ve

El auditivo lo oye

El verbomotor lo habla 

No podemos descartar que algunas personas poseen o adquieren los 4 tipos, sin olvidar que siempre prevalece uno sobre los otros.

Para liberarse del grafismo:

Hay que desarrollar el verbomotor. Si se es gráfico, escribir y luego volverlo a escribir con nuestras palabras. Una vez al mes se hablará a un auditorio real (familiares) o imaginario para ejercitarse primero antes de enfrentar un público. Estilo: Es el modo peculiar de expresar ideas y sentimientos. No constituye una copia fiel de otro semejante sino que constituye el resultado de haber seleccionado a los mejores oradores y extraer de cada uno algunas particularidades que los destacan. Una persona tiene su personalidad definida, pero no significa que posea estilo. Quien posee estilo, posee personalidad.

Unidad 5: La timidéz oratoria:

Timidez: Es estado emocional que inhibe al individuo o le incapacita para tener una normal relación con sus semejantes. Impide pronunciar un discurso, y hace producir manifestaciones físicas como palpitaciones, angustia, temblor en la voz, afonía, sudores, etc. No se supera en un día, Emerson aconseja hacer aquello que se teme. Se domina la timidez mediante la práctica, haciendo experiencias ante el público. Causas:

1. Miedo: De halar, al fracaso. Uno teme lo que desconoce (reacción del auditorio)

2. Vergüenza: porque el auditorio nos convierte en el centro de las miradas. No hay que sentirse inseguro si se ha preparado el discurso previo. Poco a poco nos iremos soltando a medida que hablamos.

Defensas mentales:

Cualquier sabio puede aprender del más ignorante, porque el sabio no lo sabe todo. Si el orador está inseguro, debe recordar sus éxitos. Si hay gente que demuestra poco interés, conviene ignorarlos.

Bibliografía:

1. El arte de la persuasión oral, Alberto Vicente Fernández.

2. Las llaves del éxito de Napoleón Hill, los 17 principios del triunfo personal ORATORIA ROMANA

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1.- CARACTERÍSTICAS DEL GÉNERO: ORATORIA Y RETÓRICA El arte de utilizar la palabra en público con corrección y belleza, sirviéndose de ella para simultáneamente agradar y persuadir, tuvo en Roma un uso temprano y prolongado. Favorecía su desarrollo el sistema político de la República basado en la consulta popular, y, de hecho, se mantuvo vivo y con fuerza mientras la constitución republicana subsistió; una vez que se imponen formas de gobierno basadas en el poder personal, la oratoria, falta del ambiente de libertad que necesita, languidece y se transforma en un puro ejercicio de retórica. En unas culturas como las clásicas eminentemente orales, la oratoria impregnaba gran parte de la vida pública y su valor era reconocido en los tribunales (discursos judiciales), en el foro (discursos políticos) y en algunas manifestaciones religiosas (elogios fúnebres). El pueblo romano, extraordinariamente aficionado a los discursos, sabía valorar y aplaudir a los oradores brillantes, e intervenía en las discusiones entre las distintas escuelas y tendencias. La oratoria comienza a practicarse en época muy temprana; el primer discurso del que tenemos constancia es el pronunciado por Apio Claudio el Ciego (dictador en el 312 a. de C.), con motivo de la guerra contra Pirro; sin embargo sólo comenzó a cultivarse como un arte en los años difíciles de las guerras púnicas. Durante estos primeros años la oratoria se desarrolla teniendo como elemento fundamental la improvisación delante de un auditorio, sólo bastante más tarde, cuando se obtiene conciencia de su valor literario, empiezan a fijarse por escrito. Dejando a un lado su decisiva importancia en la vida política de Roma, el "arte del bien hablar" se convierte también en un instrumento educativo de primera magnitud y en la principal causa del desarrollo de la prosa latina, ya que pronto, a la pura actividad oratoria en el foro y en las asambleas, sucede la reflexión teórica sobre la misma, desarrollándose entonces una disciplina nueva en Roma, la retórica, que había surgido en Grecia en el siglo V a. de C. como una sistematización de técnicas y procedimientos expositivos necesarios para el orador. Como en todas las manifestaciones culturales, en la evolución de la oratoria y, muy especialmente, de la retórica tiene una importancia decisiva la progresiva helenización de la vida romana a partir del siglo II a. de C. Es éste un momento apasionante en la historia política y cultural de Roma, en el que, frente a los continuos éxitos en política exterior, comienzan a manifestarse en el interior de la ciudad los enfrentamientos y contradicciones que van a desembocar en las guerras civiles del último siglo de la República. Es la época de los Escipiones, de Catón y de los Gracos; por primera vez en un ambiente de libertad se enfrentan y se contrastan distintas maneras de entender el papel de Roma en el mundo, lo que estimula el desarrollo tanto de la elocuencia como de la retórica. Las escuelas de retórica griegas encuentran en

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Roma un campo más amplio que en las ciudades helenísticas, puesto que sus enseñanzas se podían poner a prueba ante el público en el Senado o el foro, tratando no meros ejercicios escolásticos sino cuestiones de actualidad que apasionaban a la ciudad; por este motivo a mediado del siglo II a.C. son muchos los maestros de retórica que acuden a Roma desde Asia menor. Sin embargo no se puede decir que este proceso de paulatina implantación de las escuelas de retórica se realizara sin oposición. Esta oposición al establecimiento de las escuelas de retórica por parte de los más conservadores, que cristaliza en el decreto de expulsión de retores y filósofos en el 161 a. de C., es un episodio más del enfrentamiento que durante este segundo siglo a. de C. se vivió en Roma entre la facción conservadora, cuyo máximo representante fue Catón el Censor, y el grupo filohelénico que se reunía en torno a los Escipiones. Finalmente los estudios de retórica terminan imponiéndose y constituyendo, junto con la gramática, la base indispensable de la educación de los jóvenes de las familias acomodadas que, como preparación imprescindible para la vida política o el ejercicio de la abogacía, aprendían la "técnica oratoria". La retórica convierte la práctica de la oratoria en un arte perfectamente reglado, cuyos principales principios son:

• Para la elaboración de buenos discursos es imprescindible el conocimiento de los distintos recursos oratorios que se estudian en las diferentes partes de la retórica:

• Inventio: trata sobre el contenido de las ideas y de las argumentaciones.

• Ordo o dispositio: estudia la disposición u ordenación de las ideas del discurso.

• Elocutio: esta tercera parte de la retórica se refiere a la expresión lingüística del discurso; la elección y colocación de las palabras, el ritmo condicionado por éstas; correcta utilización de las figuras retóricas.

• Memoria: proponía pautas para memorizar.

• Pronuntiatio o declamatio: desarrollaba técnicas para la declamación

• Según la finalidad del discurso se distinguían tres géneros de elocuencia: • genus laudativum: era utilizado en los discursos pronunciados en ceremonias relacionadas con la religión (laudationes funebres y elogia). • genus deliberativum: era el propio de la oratoria política.

• genus iudiciale: propio de los discursos de acusación y defensa ante los tribunales.

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• También el estilo o tono de los discursos debía adecuarse a los distintos géneros de elocuencia, distinguiéndose también tres tipos de estilo o genera dicendi:

• Genus grande (estilo elevado) • Genus medio (estilo medio) • Genus tenue (estilo elegante)

En el ámbito de la retórica se distinguen tres escuelas que proponen distintos modelos de elocuencia, tomados todos del mundo griego:

• Escuela neo-ática: tenía como modelo el estilo de los escritores de la época clásica de Atenas. Propugnaba un tipo de oratoria espontánea, carente de artificio y de excesivos adornos; consideraba que la mejor elocuencia era la que lograba una más completa exposición de los hechos. Esta tendencia tuvo dos maestros C. Licinio Calvo (82/c. 47 a.C.) y M. Junio Bruto (85/42 a. C.) • Escuela asiánica: sigue el estilo de la oratoria griega que se desarrollaba en

las ciudades de Asia. Se caracteriza por su tono brillante, exuberante y florido. El máximo representante de esta tendencia fue Hortensio (114-50 a. de C.).

• Escuela rodia: a partir del siglo II a. de C. la isla de Rodas se convierte en el mayor centro de cultura del Mediterráneo oriental, destacando entre sus enseñanzas la de retórica. Proponía un estilo próximo al asianismo aunque más moderado. En Rodas se formó Cicerón.

Los dos últimos siglos de la República, y muy especialmente el primero de ellos en el que destaca la irrepetible figura de Cicerón, conocen un desarrollo extraordinario de la oratoria, que impregna todas las manifestaciones literarias y que conduce a la prosa latina a una perfección formal difícilmente superable. La notable preparación técnica de los oradores y las enseñanzas estilísticas de las escuelas de retórica no son ajenas a la musicalidad y claridad de la prosa clásica. Con el agotamiento del sistema republicano y la llegada de augusto al poder, la práctica de la oratoria, privada de las condiciones políticas que la justificaban, desaparece. Las escuelas de retórica siguen manteniéndose con una finalidad educativa y conservando su influencia en la lengua y literatura latinas, pero la oratoria se convierte en pura declamación.

2.- LA ORATORIA ANTES DE CICERÓN Como hemos señalado en el apartado anterior la práctica de la oratoria se desarrolla propiciada por determinadas circunstancias políticas y al calor de episodios concretos; sólo más tarde, cuando se tiene conciencia del valor literario de los discursos, comienzan éstos a fijarse por

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escrito. Esta es la razón de que sólo conozcamos la oratoria preciceroniana por escasos fragmentos y por referencias indirectas. Además del propio Cicerón, que en su tratado de retórica Brutus traza una completa historia de la elocuencia romana, tenemos también los escritos de Gelio, un erudito del siglo II d. C., que recopiló gran cantidad de material sobre obras de la antigüedad y que es una inestimable fuente de información. Aunque Cicerón nos habla del discurso pronunciado por Apio Claudio el Ciego como el primero del que tenemos noticias, y Gelio recoge un fragmento de un discurso de P. Cornelio Escipión el Africano, sin embargo el primer orador del que tenemos noticias concretas y algunos fragmentos es Catón el Censor (234/149 a. de C.). En los fragmentos conservados se observa la fuerza y la vivacidad de este orador, defensor a ultranza de las costumbres latinas frente a las influencias helénicas. Escribió más de 150 discursos; de aproximadamente 80 nos han llegado fragmentos. En el extremo opuesto a la postura de Catón se sitúan los oradores pertenecientes al llamado Círculo de Escipión como el propio Escipión Emiliano (185/129 a. de C.) y Lelio (cónsul en el 140 a. de C.). Ambos eran oradores brillantes y sobresalían sobre todo por su elevada cultura. Se debe destacar sobre todo su influencia en la difusión de la cultura griega en Roma. En Tiberio Graco (163/133 a. de c.) y en su hermano Cayo (154/121 a. de C.) comienza a evidenciarse la influencia de Grecia y en particular de las tendencias asiánicas. Tiberio se distinguía por un elocuencia mesurada y una dialéctica cuidada; su hermano Cayo por el contrario usaba una oratoria encendida, capaz de enardecer a la multitud; Cicerón afirma que superaba a todos los oradores de su tiempo en vehemencia oratoria. La pareja de oradores formada por Marco Antonio (143/87 a. de C.) y Marco Licinio Craso (140/91 a.) dominó el foro romano en los últimos años del siglo II. Hortensio Hórtalo, sólo ocho años mayor que Cicerón, fue su principal rival en los tribunales. Hortensio representa el momento culminante del asianismo romano. Por último, Cicerón se refiere frecuentemente al historiador y político Julio César como el más ingenioso y dialéctico de los oradores romanos. Conservamos también de los primeros años del siglo I a. de C. un tratado de retórica anónimo, conocido por el nombre de la persona a quien está dirigida como Rhetorica ad Herennium (entre el 86 y el 82 a. de C.). Es una obra bastante compleja y consta de cuatro libros en los que se desarrollan, con mayor o menor amplitud, las partes de la enseñanza retórica (inventio, elocutio, dispositio, memoria y pronuntiatio). Esta obra sigue las enseñanzas de la Escuela Rodia y difunde sus principios.

3.- CICERÓN: La prosa latina elevada al clasicismo 3.1.- Datos biográficos y perfil humano En los primeros decenios del siglo I a. de C. Roma vive un

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renacimiento cultural, especialmente visible en el campo de la literatura, que tiene como una de las figuras señeras la de Marco Tulio Cicerón, al que muchos estudiosos de la literatura consideran digno de dar nombre a la época. En la personalidad de Cicerón confluyen la cantidad de aspectos y matices que lo convierten en una figura controvertida y desigualmente valorada, pero ciertamente irrepetible. Hombre de acción, pero simultáneamente hombre de reflexión, tiene que ser estudiado como estadista, orador, estudioso de retórica, filósofo, en suma, sabio. Fue ante todo un hombre de cultura; inició una nueva etapa, intentando superar los antagonismos entre lo griego y lo romano que habían dividido a los hombres de las letras de la centuria anterior (recuérdese los enfrentamientos entre el Circulo de los Escipiones y Catón el Censor). Buen conocedor y admirador de la cultura griega, pero profundamente romano en sus sentimientos, recoge las ideas del helenismo y las adapta y adecua a la tradición romana. Nació en Arpino, una pequeña ciudad del Lacio meridional, en el año 106 a. de C. Perteneció a una familia de agricultores, de buena situación económica y conocida aunque no patricia. Este origen provinciano, campesino y no patricio de Cicerón explican algunos rasgos de su personalidad. El primero de ellos es su conservadurismo en cuestiones de tradiciones y del respeto a las costumbres ancestrales (mos maiorum), que era mucho más vivo en las ciudades campesinas italianas que en Roma. En segundo lugar, en su carrera política, no teniendo ningún antepasado que hubiera desempeñado magistraturas superiores, Cicerón debió vencer la resistencia que la nobleza romana ponía al desempeño de las máximas magistraturas por alguien ajeno a ella; siendo un "homo novus" ("a me ortus et per me nixus ascendi.."), recorrió todas las magistraturas del "cursus honorum", llegando a desempeñar el consulado y ganándose así el derecho a pertenecer al Senado de Roma. En un gran número de sus discursos se refiere a este hecho, manifestando su legítimo orgullo y mostrando una autocomplacencia que, aunque comprensible, se le ha censurado frecuentemente. Excepcionalmente dotado para la práctica de la elocuencia, su familia lo envía a Roma donde frecuenta a los mejores oradores (Marco Antonio y Licinio Craso) y juristas (Q. Mucio Escévola) de la época. A partir del año 81 comienza a intervenir con éxito como abogado en procesos civiles y penales. En el año 79 interrumpe esta actividad y pasa dos años, del 79 al 77, en Atenas y en Rodas, donde frecuentó las enseñanzas de Milón. De vuelta a Roma inicia su "cursus honorum" desempeñando el cargo de cuestor en Sicilia, al parecer con eficacia y dejando un buen recuerdo entre los sicilianos. Siguió desempeñando regularmente las magistraturas hasta alcanzar en el año 63 el consulado. Cicerón, un "homo novus", sin antepasados ilustres, se convirtió en el máximo valedor de la oligarquía senatorial que lo apoyó. Durante su consulado

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reprimió duramente el intento de Catilina de hacerse con el poder, lo que le valió el titulo de "pater patriae". El momento más difícil en la vida política de Cicerón comienza con la formación del triunvirato entre César, Pompeyo y Craso. Los triunviros lo condenaron al exilio por algunas decisiones tomadas durante su consulado. Cicerón soportó mal su alejamiento de Roma que duró poco más de un año (de marzo del 58 a Agosto del 57). Cuando las inevitables tensiones entre las dos personalidades fuertes del triunvirato, César y Pompeyo, desembocaron en la guerra civil, Cicerón, no sin vacilaciones, tomó partido, como la mayor parte del Senado, por Pompeyo. El triunfo de César, que siempre se portó de forma generosa con él, y su posterior dictadura lo obligaron a dejar la vida pública: desde el triunfo de César en Farsalia (año 49) hasta su asesinado en el 44, Cicerón vive un productivo retiro, dedicado a sus tratados de retórica y filosofía. La muerte de César lo devuelve a la vida política en un intento inútil de restaurar la República; entendiendo que el mayor obstáculo para sus pretensiones era Marco Antonio, dirigió contra éste durísimos ataques que quedaron recogidos en sus últimos discursos, conocidos como Filípicas. Cuando se forma el segundo triunvirato, Marco Antonio sitúa en su lista de proscripciones el nombre de Cicerón; fue asesinado por los soldados de Antonio en diciembre del 43, a la edad de 64 años. La compleja personalidad de Cicerón ha sido valorada de forma desigual, siendo grande el número de sus detractores. Si bien es unánime el reconocimiento de sus innegables y excepcionales dotes de orador y hombre de letras, su valoración como hombre y como político dista mucho de ser tan positiva. Efectivamente, Cicerón se nos muestra como un hombre de extensa cultura y de gran elocuencia, pero al mismo tiempo vanidoso, fanfarrón, indeciso y, en algunas ocasiones, falto de la dignidad que se debe exigir a un hombre de su talla política.

La oratoria.

La Oratoria gira entre la Estética y la Lógica, teniendo más de ésta que de aquélla cuando el género oratoria se acerca al llamado profesional o académico. Pero en el género oratorio más extenso, en el político y en el sagrado, los valores estéticos de la oratoria son tan marcados que se acerca y se confunde a veces con la Poesía

Lo primero fue la Palabra, como dice San Juan, y no la acción, como escribe Goethe. La palabra de Dios, sobre la nada, fue creando la luz y los astros y los seres todos y el hombre; y esa misma palabra, hecha carne en Jesucristo, al redimir a la humanidad, en cierto modo cierra la creación para hacer surgir de un mundo sumergido en las tinieblas del paganismo un mundo nuevo iluminado por la gracia.

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De tal modo la palabra importa, que el signo diferencial entre la bestia que siente y se mueve, y el hombre que también goza de movimiento y de sensibilidad, radica en la palabra. La creación inanimada suena; el animal, jugando con el instinto, grita; sólo el hombre, articulando la voz, pronuncia y emite la palabra. Si el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, y si Dios se manifiesta al hombre en su palabra, de tal forma que por ella conocemos a Dios y Dios en ella se nos ha revelado, es evidente, de igual modo, que por la palabra el hombre da a conocer su semejanza con la divinidad, y en ella y por ella sorprendemos la luz interior y divina que

produceicha semejanza.

Pero la palabra es siempre veladura, instrumento y mediación y, como tal, sirve en el coloquio y en el lenguaje ordinario. En la medida en que la palabra se torna instrumento dócil del pensamiento y de la pasión que la mueven, transmitiendo y transparentando su cargo espiritual, en esa medida la palabra se transforma en vehículo de la elocuencia y el lenguaje se aúpa al orden supremo de la oratoria. Estimándolo así, Plutarco escribe que la palabra es un don de los dioses y que por media de ella se esparce el espíritu sobre el mundo; y entre nosotros, Juan Fernández Amador asegura que el discurso en que la oratoria se refleja se dirige de un modo absoluto al alma y su fin no es otro que adueñarse de sus potencias. Los que abominan de la oratoria debieran saber, antes de excomulgarla, que la oratoria no es un pasatiempo de acústica recreativa, ni mucho menos, como algunos creen un ejercicio fonético, falto de jugo mental y desprovisto de ideas, fruto del achaque o manía de un simple e infeliz perturbado. La oratoria supone y se endereza al comercio espiritual de muchas almas y supone una encarnación del hombre que las pronuncia en las palabras que le sirven de instrumento Sólo en la palabra que se pronuncia puede caber con toda su expresión y su brote germinal, el estado y el anhelo de un alma. Y cuando las palabras son insuficientes -conocéis el dicho «no tengo palabras para expresarlo»-, aún queda el gemido, el talante, el ademán y el gesto que acompañan al discurso y ayudan al orador en el

difícil cometido de su empresa.

Vamos, pues para entendernos, a colocar las cosas en su sitio. No hay oratoria en la verborrea sin sustancia, ni en la charla insípida, ni siquiera en los párrafos tersos y brillantes. Hay oratoria cuando el alma del que dice se proyecta al exterior y se

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anuda a las almas de aquellos que le atienden. El presupuesto indispensable radica en una pasión pathos o etos, vehemente o tranquila, como dice Quintiliano, que la razón ordena y el arte en el manejo de la palabra convierte en fluida y asequible. San Pablo intuyó como nadie, para su gran oratoria sagrada, la evidencia palpable de esta realidad cuando en el capítulo XIII de la primera de sus Epístolas a los fieles de Corinto, les dice: «Aunque yo hablara el lenguaje de los ángeles, si no tuviere caridad, vendría a ser como la campana loca que suena en vuestros oídos, pero que

no acierta a conmover vuestros corazones».

Si tuvieran razón los que abominan de la oratoria, el ideal sería que, tornándonos mudos y sordos, nos entendiéramos por escrito; pero, decidme: ¿es que los soldados del Gran Capitán se habrían embravecido y animado en las duras jornadas de su pelea en los campos de Italia con una orden escrita en la cual con desgana leyeran: «No os preocupéis, esos incendios son la luminaria de la victoria»? O es que acaso hubiera tenido mayor efecto, más expresión, más fuerza y más energía dialéctica un artículo publicado al día siguiente en un periódico de Madrid como réplica al diputado Suñer y Capdevila, de las Constituyentes de 1869, que pedía a la Cámara una triple declaración de guerra contra Dios, el Rey y la tuberculosis, que el gesto del Cardenal Monescillo, majestuoso y señorial, irguiéndose en su escaño, entre el clamor y el bullicio de los congresistas, y las advertencias de la campanilla presidencial, diciendo: «Señor Presidente, cuando oigo negar a mi Dios, me levanto y confieso»

No,; la elocuencia desata la mudez de los pensamientos. Como Vázquez de Mella escribía, ningún pueblo muere o desaparece sin conceder la palabra a sus propias ruinas. De aquí que todos los pueblos que han tenido que contar algo a la historia o de los cuales la historia ha tenido que decir algo, hayan tenido oradores. El patriarca, el caudillo primitivo, el jefe tribal peroraban ante los suyos con la palabra, tan ruda como las piedras del período chelence, pero peroraban y

pronunciaban discursos paleolíticos.

Moisés, a pesar de ser tartamudo, era tan orador que magnetizaba a su auditorio y le hacía peregrinar pendiente de su voz. Los profetas hebreos, como Ezequiel y Jeremías, fueron admirables oradores. Jesús se dirigía al pueblo en forma de discursos, y de tales discursos que, como un retazo para abrir la mejor de las antologías, aún permanece con todo el saber de la hora tibia en que fue pronunciado, el más emotivo de todos, el llamado Sermón de la Montaña.

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¿Y quién concibe a Grecia sin Sócrates y sin los grandes oradores del Pórtico, del Liceo o de la Academia? ¿Acaso no son los diálogos platónicos otra cosa que certámenes de oradores? Roma, sin Cicerón y sus Catilinarias es lo mismo que la Edad Media sin Pedro el Ermitaño convocando a los pueblos a la reconquista de la tierra sagrada. Y la Revolución francesa no acaba de entenderse sin traer a la memoria el recuerdo de Mirabeau y de Robespierre. Si la oratoria, como dice Pemán, es la conciencia viva de un pueblo, se comprende que el orador, convertido en vocero de esa misma conciencia, se alce sobre la multitud y la interprete, la electrice y la azuce. El orador se yergue y se levanta sobre todos pronunciando su arenga. Plinio el Joven, admirando al orador ideal que conduce y arrebata al pueblo, lo describe asomándose al abismo de las masas, elevándose a las cumbres del ideal, navegando con el esquife de su palabra entre el horror de las tempestades, con las cuerdas crujientes, el mástil doblado y el timón retorcido, triunfando del viento y de las alas como un dios hercúleo y valeroso de la tormenta.

La oratoria no puede ser, por lo tanto, menospreciada y ello ni siquiera a pretexto de que para el ejercicio de la misma sea de uso indispensable la memoria. La memoria no es, como han dicho algunos con ligereza, el talento de los tontos, porque, como afirma con gracejo el doctor Pulido, de cierto lleva bastante adelantado para dejar de serlo el que puede retener con facilidad las adquisiciones sabias que el espíritu se procure, y porque, como Quintiliano escribe, la ciencia tiene en la memoria su fundamento y en vano sería la enseñanza si olvidásemos todo

lo que oímos.

Siendo tal la oratoria, cabe preguntarnos acerca de su enclave en el mundo artístico y del lugar que en el orden literario le corresponde. Atendiendo a su finalidad artística, en ese orden literario podemos distinguir, siguiendo la pauta de Emilio Reus, entre la Poesía, que persigue tan sólo aquella finalidad estética; la Didáctica, que procura la enseñanza, siendo la belleza un puro accidente de la forma de expresión, y la Oratoria, que persigue con el mismo rango un fin estético y la defensa o exposición de una verdad. Así catalogada, la Oratoria gira entre la Estética y la Lógica, teniendo más de ésta

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que de aquélla cuando el género oratoria se acerca al llamado profesional o académico.

Pero en el género oratorio más extenso, en el político y en el sagrado, los valores estéticos de la oratoria son tan marcados que se acerca y se confunde a veces con

la Poesía.

De aquí que sea falso aquello de que «el poeta nace y el orador se hace». Por más que autores de prestigio traten de probarnos que con práctica el orador surge, lo cierto es que de igual modo que no hay poeta sin inspiración, no existen oradores sin elocuencia, y que la inspiración lo mismo que la elocuencia son facultades del alma que no se aprenden con reglas ni artificios, sino que están infusas o concebidas como un don gracioso que la Providencia regala. La inspiración y la elocuencia constituyen manifestaciones distintas del genio, pero tan próximas que ya Cicerón asegurada que finitim es oratori poeta, siendo comparable la inspiración que animaba la poesía de Homero y las estrofas de Virgilio, a la elocuencia que fulguraba en la oratoria de Demóstenes o en los

discursos de Cicerón.

Los grandes oradores han sido siempre grandes poetas, almas capaces de intuir la verdad y la belleza; espíritus elegidos en los cuales se han dada cita la inteligencia,

el corazón y el verbo.

Más aún, así como el poeta, como asegura Platón en sus Diálogos, tiene que esperar en vigilia impaciente los momentos aislados de la inspiración, los grandes oradores, líricos y épicos a la vez, se excitan y alientan con su propio arte, y de un modo paulatino vienen a raudales las ideas, el contacto entre las almas se inicia, el conjuro de la voz los libera de sus afanes y del cautiverio de las más íntimas preocupaciones. Es entonces cuando el orador, que quizá ha ido vacilante y tembloroso a la tribuna, y al principio parece que se coloca a la disposición de la Asamblea, llegándose a la misma y siguiendo sus pasos, al fin, conforme avanza el discurso, la encadena y la domino. E1 orador, conmovido como el poeta, conmueve a los que le oyen y pasa del fondo a la cabeza de la multitud. Vate y profeta, inspirado y elocuente, iluminado por el genio y argumentando con la lógica, rugiendo o suplicando, con la llama en los ojos y el estremecimiento en la palabra, el orador consigue transformar al público en auditorio, suspender el ritmo de los corazones y

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acompasarlo y sujetarlo al movimiento de su ademán y a las inflexiones de su frase; convertirlo, en suma, por encima de las cabezas, de las pupilas y de las manos, en la gran figura inmensa y grande que recibe la palabra y anima para decir la siguiente. El espectador, como la hebra que cruza por el telar, se convierte en urdimbre, y esa urdimbre la forma, no sólo porque oye, sino porque oyendo, comulga con la obra espiritual que el orador fabrica, y se funde con ella, entregándole su albedrío. Cada espectador, hecho auditorio, asiste al discurso en espíritu y en verdad, se suma a él, lo vive como propio, se moviliza y desprende de su asiento, se incorpora a la marcha, al hilo de la idea, la siente agitarse y palpitar en su mundo interior, se fatiga, jalea, se crispa y se ríe y, cautivado y fuera de sí, calla o aplaude, que no sólo el aplauso, sino el silencio de un alma que recibe el toque de lo alto, es un signo

elocuente y sincero de admiración.

Si el poeta, por obra y gracia de la inspiración concibe su poema, integrado por varias estrofas cuyo metro difiere según las circunstancias, el orador, por gracia y por obra de la elocuencia, concibe su discurso, que consta de distintos períodos, cuya dimensión y profundidad varía según el tema, la ocasión y el tiempo. Sin inspiración no hay poeta, aunque el arte nos haya dado versificadores perfectos. Sin elocuencia no hay orador, aunque ese mismo arte nos haya proporcionado retóricos. E1 orador nace. Cicerón lo dijo ya crudamente al afirmar que los retóricos producen «non oratores, sed operarios linguae celeri et exercitata». Mas si el orador nace, y es inútil encender la lampara en que el fuego o el combustible que lo alimenta se hallan ausentes, lo cierto es que la elocuencia se afina con el arte, que el genio se hace más agudo y eficaz con el canon, que el estudio unido a la facultad perfecciona a los oradores, porque, como el mismo Cicerón asegura, «non elocuentiam ex artificio, sed artificium ex elocuentia natum». De todas formas, ese artificio o sujeción a la regla y al canon nace como una exigencia misma del genio, que observa de un modo natural la norma sin darse cuenta que la obedece. Y es que, en el fondo, el canon y la regla no aparecen como un llamamiento exterior, como un corsé que aprisiona y lastima, compete y aprieta, sino como un modo espontáneo de ser y de estar, que modula y perfila, para ser perfecta o para asomarse a la perfección toda obra que pretenda llamarse artística.

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La oratoria deviene así elocuencia y arte, estética y lógica, inteligencia, corazón y verbo; ars bene dicendi excintia en frase de Quintiliano; el arte de persuadir con la verdad, según la definición de Sócrates; el arte de descubrir esa verdad de manera intuitiva, acercarnos a ella, desnudarla y hacerla visible a los oyentes por media de una tangencia inmediata y mística, como quiere José María Pemán. Si así podemos definir la oratoria, al orador podemos definirle como vir bonus, dicendi peritus y ello porque la personalidad es inseparable de una obra que viene caracterizada por la comparecencia ante el público, por estar situado en la tribuna, expuesto a la contemplación y a la mirada de muchos, y esta compenetración sin tapujos exige, para que el comercio espiritual se establezca entre las almas cuanto antes y sin cortapisas, que la bondad y la virtud, la honradez y la entrega generosa del que habla se presuponga y se trasluzca. Sin ella no será posible la unión de los corazones, el nexo sutil entre el que habla y aquellos que le escuchan, en que, en definitiva, la elocuencia consiste. Salustiano de Olózaga, con frase bella y contundente, glosa la definición clásica cuando dice: «Si el orador no es un hombre honrado, carece de autoridad su palabra y se desconfía de los motivos que le impulsan a hablar. Esta virtud ha de nacer de la más exquisita sensibilidad del alma, ha de apoyarse en el amor perenne e inmenso a la humanidad, en la simpatía por todos los que sufren, en el deseo vehemente de emplearse en su bien, en la indignación que produce la injusticia, en el valor que inspire el amor a la patria y en la disposición a sacrificarse por la defensa de la verdad, de la justicia y el

bienestar del género humano.»

El orador, hombre honrado, ha de ser perito en el hablar y, para ello, genio y arte, facultad y regla necesitan, como decimos, unas cualidades de índole natural o

adquirida por la práctica y el estudio.

Fenelón señalaba que el dominio del tema objeto del discurso era indispensable, y con cierta ironía fustigaba a los oradores de su tiempo indicando que algunos no hablaban porque estuvieran rellenos de verdades, sino que buscaban las verdades a

medida que hablaban.

Sentado el dominio del tema y la nitidez de los conceptos, el orador requiere memoria feliz, observando Pulido que casi todos los afamados oradores presentan igual rasgo de semejanza en su biografía: que se distinguieron en su niñez por una

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Imaginación y sensibilidad vivas, a fin de contagiar las ideas, las pasiones y los afectos; expresión vigorosa de unas y de otros y una dicción clara, rítmica, musical a veces, dotada de aquella melodía compuesta de inflexiones de voz y de timbres variados, necesaria para reflejar y traducir los estados diversos del espíritu. Pronunciación y ademán, hasta el punto de que la declamación y el gesto del actor trágico -con la notable diferencia que existe entre aquel que recita lo ajeno y el que pronuncia lo propio -se apunta como ejemplo que el orador ni debe ni puede despreciar.

Cualidades de orden natural las unas; logradas con el ejercicio, la autocorrección y el estudio las otras; ni éstas, como ya dijimos, sirven si aquéllas no existen, ni éstas pueden abandonarse para que crezcan y vivan en salvaje y ruda espontaneidad. Si Demóstenes era orador por naturaleza, tuvo que corregir y pulimentar defectos graves que se oponían a la externa proyección de su elocuencia. Con chinas en la boca y recitando trozos de autores notables a orillas del Pireo, combatió su tartamudez, y afeitándose la mitad de la cabeza y de la barba, para verse forzado por la vergüenza a no salir de la cueva de su casa, donde se ejercitó con voluntad muy firme en la práctica de ejercicios oratorios, logró tal dominio del arte que, durante quince años, pronunció los más grandes y bellos discursos de la humanidad, y entre los mismos las famosas «Filípicas» y la obra maestra que llamamos «La

oración de Clesifonte».

Ahora bien, suponiendo reunidas las cualidades indicadas, ¿dónde encontraremos al orador ideal? ¿En aquel que poniendo sus discursos por escrito procure aprenderlos y fijarlos con detalle? ¿O en aquel otro que, subido a la tribuna, improvisa sobre la marcha?

Don Antonio Maura, en el discurso leído con ocasión de su ingreso en la Real Academia de la Lengua, aconseja que el discurso no debe en ningún caso de fijarse en la memoria; que, aun habiéndolo escrito, deben romperse las cuartillas; que nada hay semejante, a pesar de las incorrecciones del estilo, de la eufonía y de la sintaxis, a la frescura virginal de la elocuencia, al espectáculo de asistir al brote original de las palabras, y que la fijación del discurso en la memoria, aparte de exponer al orador a las quiebras y desventuras de sus faltas, lagunas y vacíos, le hace siervo en lugar de señor de su obra.

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De otro lado, Emilio Castelar sugería a sus discípulos, y los alentaba con su ejemplo, que el discurso mejor es el discurso que se escribe, se aprende, se ensaya y luego se pronuncia. En esta línea, sabido es que los grandes oradores griegos y romanos sostenían que la improvisación era un atrevimiento mercenario ajeno al noble arte de la oratoria, de tal manera que Demóstenes se negó a hablar, no obstante la excitación del pueblo, cuando no conocía de memoria su discurso. Una y otra tesis son conciliables. En efecto, cuando el orador tenga tiempo, fuerza retentiva, serenidad de ánimo y habilidad bastante para cubrir, improvisando, las lagunas inevitables de la memoria y enlazar con la hebra rota o perdida del discurso, es indiscutible que éste alcanzará el máximo de la perfección oratoria. Cuando esto no sea posible, construido el plan del discurso, que es preciso retener como un esqueleto o armazón de doctrina, puede dejarse libre a la improvisación seguro de que el pensamiento desembarazado y sin ligaduras puede confiar en la propia elocuencia y en los reflejos automáticos de la palabra. En todo caso, el plan o el discurso postulan antes que nada un sondeo del auditorio, de las circunstancias que lo convocan y de la oportunidad de aquello que en esa ocasión concreta piensa exponerse. Sin variar el asunto ni variar los espectadores, la oportunidad requiere planes y métodos distintos. El plan exige de su parte un encadenamiento lógico y sucesivo de las ideas, un descanso en las transiciones para afirmar el nervio del discurso y para aliviar la atención, pasando de la gravedad a la sonrisa, e iniciar suavemente el declive hacia el epílogo o la conclusión, cerrando con un broche que lo mismo puede ser síntesis que apóstrofe, pero que en todo caso requiere la frase y el gesto propicios para que el auditorio, al disolverse, continúe meditando y resuelto. Sabemos ya lo que es la oratoria; la hemos catalogado en la esfera del arte y de la literatura. Hemos definido al orador, hemos señalado sus cualidades e incluso acabamos de discutir la conveniencia o inconveniencia de que, trazado un plan o esquema de doctrina, se aprenda el discurso fijándolo por escrito o se entregue al

soplo de la improvisación al pronunciarlo.

Nos hace falta ahora saber si, no siéndonos posible escuchar sus bellos discursos de un orador, es útil estudiarlos cuando están reducidos a letra, ¿Es peor que

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aquellas traducciones de las cuales abominaba don Miguel de Cervantes? Don Antonio Maura, a quien más arriba citamos, escribe que la genuina, verdadera y única oratoria se ciñe a los oyentes y se atiene de un modo exclusivo a laborar sobre ellos de viva voz. Perdida esta voz y estando ajeno al grupo escogido y privilegiado de los oyentes, debiéramos renunciar a la memoria de aquellos que los pronunciaron. A lo más, deberán recordarse su figura, pero nunca sus obras, pasajeras como el sonido, que se amortiguaron y languidecieron, desmayándose y

evaporándose para siempre.

Algún orador, influido sin duda por este modo de pensar, al entregarnos, escritos, sus discursos, afirma que son como hojas de otoño que recuerdan al original por la forma y el tamaño, pero que se hallan muertas y amarillas, sin aquel verdor, ternura

y lozanía que disfrutaron en el bosque.

Sin embargo, cuando el discurso lo es en serio y de verdad, cuando la elocuencia lo fue creando, y la palabra, dócil al pensamiento y a la emoción, le fue dando forma, el discurso, aun escrito y leído, sigue siendo discurso. Tiene una impronta, un sello, un aire especial que lo distingue y arranca de toda posible identificación con el capítulo de una novela o el artículo del periódico. Ramiro de Maeztu lo ha dicho: las páginas del discurso no están hechas con párrafos de escritor, sino con letanías amorosas, serenatas de enamorados y entusiasmos de cortejador. Hay, en efecto, un estilo propio del discurso, como hay un estilo propio de la tragedia. De aquí que, a pesar de que sin representación no hay obra dramática, la mayor parte de las obras dramáticas son juzgadas por la simple lectura. De aquí, igualmente, que la lectura por Esquines de un discurso de Demóstenes, despertara

asom-bro y aplausos sin medida.

Y es que, como Emilio Reus afirma, no existe elocuencia de folletón, sino elocuencia de discurso, cuya fuerza y vigor son tan enormes que nos sitúan en aquel auditoria ideal que un día existió y que se deshizo, haciéndonos recrear y reproducir interiormente las palabras, la entonación, las pasiones y hasta el gesto del tribuno. Tal es lo que ocurre con los discursos de Vázquez de Mella. Martínez Kleiser,

testigo presencial de los mismos, describe que, a pesar de los años transcurridos desde que Mella los pronunciara, poniendo en pie a las muchedumbres o

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arrancándoles ovaciones en el Parlamento, los mismos no pierden actualidad, y hay como ayer, a pesar de haber enmudecido la voz del tribuna, conservan la fragancia y la lozanía de las flores silvestres. Y el Conde de Romanones, luego de observar que es muy corriente, al verlos escritos, preguntarse cómo pudieron producir efecto y conmover al auditorio discursos que leídos carecen de seducción y de encanto, concluye que los discursos de Mella le producían al leerlos una emoción más intensa que cuando pudo recogerlos de sus labios.

Oratoria 1. Prefacio.

En la presente ocación, abordaremos unos de los temas más fascinantes de la historia humana.

Consistente en aquel don de la oratoria, que ha estado sujeto a transformaciones, desde la Antiguedad, hasta nuestros días.

La Oratoria ocupa un lugar especial, en la vida misma.

El poder de la convicción, de representantes de cada país, es menester en un mundo de transformación.

Estas transformaciones si fuesen en su totalidad, colmadas de ética y moralidad, cuán grande y evolucionado sería la existencia de cada ser.

La Oratoria, es pues, unos de los elementos fundamentales en la unificación de criterios, y la comprensión y el estímulo de masas.

Su íntrinseca facultad de la oratoria, está inmerso en cada ser humano, aflorarlo y desarrollarlo es una de las metas de las personas que buscan un bienestar.

Al decir bienestar, no deseamos que se entienda como un bienestar propio y egoísta, más por el contrario ha de entenderse, como la busqueda de un real bienestar colectivo y mancomunado, velando los intereses de los valores

trascendetes de una sociedad y no simplemente aquellos que constituyen valores suntuosos y superfluos, de bienes materiales.

La oratoria, muy bien encaminada, por parte del poseedor, se beneficiará de grandes satisfacciones para su realización. La vida tendrá un nuevo sentido si lo conjuga con lo excelso de la existencia.

Es así, que en la edad contemporánea, se ha dado mayor soltura al aprendizage de la oratoria, ya se nos es común apreciar, hoy en días, las infinitas invitaciones a cursos de enseñanza mediante folletos, impulsados por grupos culturales.

Este factor de soltura, y de nuevas obciones, otorgan mayor desarrollo al mismo. Han quedado olvidadas y en buena horas, aquellas costumbres de las épocas

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pasadas, que era requisito fundamental dominar los gestos pintoréscos, la modulación estirilizada, la posiciones acomodadas, las miradas precisas, etc.... Los cuales, el daño que realizaban eran muchas veces tremendas para el orador, quien se preocupaba más en los factores externos de visualización, olvidando los internos que nacen del corazón del verdadero orador. Estos factores internos deben ser primero cultivados, los retantes vendrán de añadidura. Si un orador, debe demostrar sinceridad, antes bien debe ser sincero consigo mismo y con los demás.

Estas cualidades sólo son obtenidas, en el tiempo; ganadas por las experiencias objetivas de la vida.

Todos estos aspectos, son tomados en cuenta en la actualidad. Hoy, no se busca ser engañado sino comprendido, escuchado, valorado, orientado y legitimado.

Hablaremos de la trilogía de la oratoria y sus cualidades de cada una de ellas. Cuando ingresemos en la segunda parte, de este estudio, correspondientes a los grandes oradores contemporáneos; hemos querido nombar aquellos más célebres, porque ciertamente sería imposible hablar de todos, más aún sabiendo que cada población por muy pequeña que fuese, siempre posee uno o varios oradores, por supuesto siendo diferentes unos de otros en calidad pero similares en el rol que tratan de desempeñar

Entonces, recordaremos a individuos que marcaron época, y nos interrogaremos ¿Cual fue la clave de su éxito?, y la respuesta vendrá anexa en sus origenes de cada uno de ellos, teniendo todos por punto de armonía una cualidad común: "LA

CREENCIA A SU PROPIA CAUSA".

Hablaremos desde los comienzo de la Edad Contemporánea, fines del siglo XVIII, retomando los hilos de la historia en Robespierre, posteriormente realizaremos un viaje imaginario a la India, donde encontramos la figura de la no-violencia, aquel "Mahatma o alma grande", que lleva por nombre característico Gandhi.

Después iremos a América, encasillandonos en los Estados Unidos, para recoger de allí a un gran orador y presidente, que supo cumplir con su misión de dar libertad a los negros, y romper las cadenas de la esclavitud y del abuso, para entonces.

Luego de ello, ingresaremos a nuestro país, y trataremos de encajar los tiempos a la historia universal, para extraer de lo recóndito de la historia nacional, a un gran presidente orador que tuvo nuestra República, que es reconocido por los

especialistas como "el gran mago de la oratoria", hablamos de don Mariano Baptista Caserta.

Todo esto ocurrirá en la primera parte, ya en la segunda parte, nos abocaremos al estudio de las clases de oratoria, en tres formas: oratoria política, didactica y

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forense, dejando esta última para posterior estudio, por parte de otro componente del tema a tratarse. Ya que como sabemos, el siguiente punto corresponde a la oratoria forense y su importancia en el foro.

Con todo ello, hemos deseado haber cumplido con las espectativas de estudio, pudiendo tomar enfasis en los aspectos más sobresalientes de la Oratoria. Recordando siempre que la oratoria, es una virtud trascendente cuando se lo encamina en conseguir logros de notable reelevancia en la sociedad, tanto fuese este para la enseñanza educacional, como para resolver conflictos espinudos de la vida civil, y en tanto fuese ella para la vida política donde se dirige a una Nación hacia un fin.

2. Evolución Histórica De La Oratoria

La oratoria en la edad contemporanea: grandes oradores contemporaneos.

Si la edad moderna comprende desde la toma de constantinopla hasta la Revolución Francesa (Fines del siglo XVIII), entonces diremos que la edad contemporanea corresponde a lo subsiguiente de la anterior hasta nuestros días.

Dijimos en anteriores oportunidades que la oratoria es el arte de hablar con elocuencia; de deleitar y persuadir por medio de la palabra.

Para aclarar lo dicho en pocas palabras, diremos que por elocuencia debemos

entender aquella facultad de hablar bien y de modo convincente, gracias a la fuerza expresiva poseída por el orador, en todos sus aspectos tanto internos como

externos; ahora bien debemos saber que, deleitar es causar placer o agrado en el ánimo o los sentidos de los oyentes y que persuadir significa convencer con razones a otra persona, es decir es el hecho de inducir a uno a creer o hacer algo.

En cuanto a estos aspectos diremos que la oratoria, como arte y la elocuencia como fuerza expresiva, van juntas, ya que no se posee el arte si no se tiene la fuerza vital de esta. Referente al deleite y a la persuación ambos son concecuencias de las primeras, y es en estas donde estriba el éxito de los oradores. La causa es la facultad del orador y el efecto es la atención, entendimiento, comprensión, convencimiento y los ánimos conseguidos en los oyentes por parte del orador. La oratoria se encuentra reflejada en el discurso, y el discurso en su conjunto ofrece una trilogía, la cual en el presente periodo, han sidos tomados con más enfasis, ya que con ellos se pueden alcanzar los objetivos trazados y los efectos deseados.

El discurso es el razonamiento extenso dirigido por una persona a otra u otras, es la exposición oral de alguna extensión hecha generalmente con el fin de persuadir, y que ella como dijimos se encuentra conformada por tres aspectos que son:

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En primer lugar, tenemos el contenido del discurso, el cual debe ser tejido en el telar de las experiencias, debe estar copado de detalles, ilustraciones,

personificaciones, dramatismo y ejemplos en algunos casos; y todos estos

expresados con terminos familiares y concisos los cuales den la comprensión y el entendimiento adecuado; en donde lo que se quiere decir sea entendidos por todos. Luego está el orador, el cual debe reunir los atributos adecuados (mentales, fisicos y vocales), que contribuyen a vigorizar el discurso. Para tal cometido debe elejir temas por los cuales se siente convencido. Su atributo mental se refleja en copar toda la extensión de su disertación y saber limitarlo en los aspectos más

importantes y sobresalientes.

En cuanto al factor físico, corresponde el hecho de dar mayor reelevancia en la acentuación mediante los gestos correctos, todos ellos diremos nacidos del corazon, los cuales deben ser realmentes sinceros y no fingidos como algunos lo tienen por costumbre, para alcanzar sus apetitos propios, egoistas y vanidosos.

La vocalización es otro atributo, debiendo ser este claro, seguro, viváz, determinante y conciso.

Aquí se puede agregar un atributo más, el cual sería que todo orador debe estar preparado tanto psiquica, moral y espiritualmente. No debe poseer en su interior el deseo del engaño, ni beneficio enteramente propio, sino que debe ser un interés colectivo, debe sentir el agrado de dar a sus oyentes, en forma espontánea y verdadera las investigaciones realizadas.

Por último nos encontraremos con el auditorio, el objetivo al que se dirige el discurso y el árbitro desicivo del éxito o el fracaso del orador.

El fin del orador es que sea entendido en sus anchas todo lo que desea otorgar al auditorio, para tal cometido los terminos usados deben ser de interés de todos los reunidos en dicha oportunidad, debe imperar un ambiente participativo y leal. Al margen de esto, es necesario que el orador conozca a quienes tiene en frente, por tal motivo, a razón de ejemplo, debe interrogarse ¿cómo es mi auditorio?, ¿el tema que deseo serles partícipes, llegará a ellos y comó lograr esto?, dichas interrogantes deben ser respondidas por él mismo realizando una investigación cuidadosa al respecto, pero no debiendo caer en una preocupación desmedida al respecto.

3. Grandes oradores contemporaneos.

La oratoria es un don especial para el que lo posee, y un preciado tesoro para quien lo obtuvo, con su gran trabajo.

En esto sabemos que en cada pais del mundo, encontraremos muchos virtuosos oradores, los cuales nombrarlos y contarlos uno por uno, sería realmente imposible,

Referencias

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