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El alcance de los principios generales en la explicación histórica

Formular explícitamente estos principios no es tarea del histo- riador, sino de la teoría de la historia y de la sociedad, y para los marxistas, del materialismo histórico.

Ciertamente no son principios que funcionen a modo de pre- misas de los que pudiera extraerse la explicación del hecho histó- rico concreto. Por su generalidad no podrían serlo, pero esto no les priva de su carácter necesario en la explicación histórica. No es indiferente para ella que se tome en cuenta el principio más gene- ral de la lucha de clases o que, ignorándolo, sólo se reconozca que la lucha de clases es una invención de los marxistas o algo inspira- do por ellos.

Son, pues, necesarios; no porque a partir de ellos (como premi- sas) contengan ya la explicación de lo concreto singular, sino por- que la explicación causal —como hemos visto— los incluye nece- sariamente. La deducción no basta ciertamente porque el expla- nandum es un todo singular que no puede reducirse a lo general. Pero, a su vez, como lo recuerda bien Villoro, porque el hecho forma parte de un todo concreto, de un sistema de relaciones.

La explicación sistémica

De aquí la importancia de la explicación sistémica en su doble sentido: a) el hecho como elemento de un todo, b) el todo concre- to como un sistema de relaciones. Ciertamente, no se trata de caer en el enfoque estructuralista que reduce el todo a una combina- ción de invariantes ni al funcionalismo que ve esas variables como independientes entre sí y que reduce la función de la parte al man- tenimiento del orden, del equilibrio, es decir, del sistema, pasando por alto sus tensiones o contradicciones internas.

En la historia la explicación sistémica, lejos de excluirla, es compatible con la explicación por fines y por causas, ya que unos y otros forman parte del sistema. Los fines son causados y las relaciones causales no son puramente lineales, sino que tienen toda una serie de nexos a su vez con el sistema.

En una revolución, la toma del poder puede explicarse teleoló- gicamente (como realización de fines, de un proyecto, de un pro- grama; como materialización de una estrategia); pero esta estrate- gia se halla condicionada causalmente por cierta correlación de clases en una etapa dada, por el grado de conciencia, organización y acción de las fuerzas sociales que toman el poder, y todo ello, a su vez, en conexión con el todo concreto en el marco en el cual se produce esa toma del poder.

La dualidad intencional-inintencional en las acciones colectivas históricas

En la segunda parte de su réplica, más que una objeción a los tres tipos de acciones históricas señalados en la ponencia, Villoro formula una corrección. La aprecio como una aportación a lo que he sostenido, ya que llama la atención sobre la necesidad de relati- vizar la discrepancia entre intención y realización, de acuerdo con «la mayor o menor amplitud del contexto histórico» utilizado. Ahora bien, admitido esto, no creo que por ello se deba borrar la distinción que hago en tres tipos de acciones históricas, si bien habría que subrayar en el primero un predominio de lo inintencio- nal; en el segundo, se darla una dualidad de lo intencional y lo no intencional; en el tercero, tendríamos el predominio de lo inten- cional. Ahora bien, esta distinción es asimismo

histórica.

nal e inintencional, lo cual puede aceptarse si, como hemos sosteni- do, en definitiva en ellas —incluso en las más inintencionales por sus resultados— está la intencionalidad de los individuos concretos. Pero, en cuanto acción histórica colectiva, en esta dualidad cabe distinguir históricamente un predominio de uno u otro aspecto. Este carácter no depende de la mayor o menor amplitud del contexto utilizado, sino que su fundamento estaría en la estructura social que determina en definitiva las formas de individualidad, las relaciones entre los in- dividuos y las relaciones entre el individuo y la sociedad. Con ello se determina el tipo de relación entre intencionalidad (a nivel indivi- dual) e inintencionalidad (a nivel colectivo). En pocas palabras, la historia la hacen los hombres, pero cómo la hacen (sin saberlo o sabiéndolo, y ajustando su acción a este saber o a sus intenciones) depende, en definitiva, del tipo de relaciones sociales dominantes.

Que la historia contemporánea muestre —cuando una clase so- cial toma conciencia de su situación y de la historia misma— un alto grado de intencionalidad, se halla determinado como clara- mente muestra Lukács en su Historia y conciencia de clase por su situación objetiva.

Lo que es cierto también es que el contexto histórico más o menos largo, permite ver con mayor claridad los frutos alcanzados por ese comportamiento intencional. Pero es la historia misma la que hace posible y necesario que las acciones históricas tengan predominantemente un carácter inintencional, en la antigüedad y la Edad Media; que se dé la dualidad señalada en los tiempos modernos y que aumente la intencionalidad en los tiempos con- temporáneos. Ciertamente, el predominio de uno de los dos ele- mentos no lleva a la desaparición del otro. En modo alguno. Es justamente el cálculo de las terribles consecuencias de una guerra nuclear lo que hasta ahora ha impedido esta guerra; la anticipa- ción ideal del resultado (que es lo característico del comporta- miento teleológico) cuenta. Al parecer, nadie busca ni quiere un holocausto nuclerar. Y, sin embargo, esta catástrofe hoy es posi- ble, no de acuerdo a un comportamiento intencional de quienes pueden desencadenarla, sino por un cálculo falso, por una inten- ción cuyas consecuencias, al realizarse, no se miden correctamen- te, o simplemente sin intención (por una falsa interpretación de un dato, o de un error al oprimir un botón). Si así ocurre, una acción histórica terrible, tal vez la última, podría ser inintencional.