Si no somos misericordiosos con nuestros semejantes es porque todavía no hemos comprendido lo que significa la gracia y la misericordia de Dios en nuestra vida.
*Dr. en Biología, Dr. en Teología, Profesor y Escritor. Entre sus principales obras: “La ciencia, ¿encuentra a Dios?”; “Sociología: una desmitificación”; “Bioética cristiana: una propuesta para el tercer milenio”; “Parábolas de Jesús en el mundo postmoderno”; “El cristiano en la aldea global”; “Darwin no mató a Dios”, “Postmodernidad”, “Nuevo ateísmo”.
dia de Dios se ganan a pulso perdonando o teniendo amor hacia los semejantes. Como dice Pablo: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No es por obras, para que nadie se gloríe (Ef 2:8-9).
La introducción al sermón del monte que Jesús realiza por medio de las bienaventu- ranzas se parece al desarrollo de la vida del cristiano que debe ir de gloria en gloria y de victoria en victoria. En el momento en que somos conscientes de nuestra pobreza en espíritu al compararnos con Jesús; de que en nosotros no existe la justicia y por nuestras propias fuerzas humanas nada somos y nada podemos hacer; cuando empezamos a llorar y sufrir, no sólo por el pecado personal, sino también por el que comenten a diario los demás; al actuar con mansedumbre y no tener de nosotros mismos más alto con- cepto del que debemos tener, cada vez re- sulta más difícil que alguien pueda herirnos u ofendernos porque reconocemos que a Cristo todavía lo ofendieron más y, desde luego, él no se lo merecía en absoluto. Esto nos conduce a tener hambre y sed de esa justicia que nos hará definitivamente santos ante Dios y nos reconciliará para siempre con él, dándonos una vida y una naturaleza nuevas.
Al experimentar personalmente todas estas vivencias, teniendo como modelo al propio Señor Jesucristo, nuestra actitud ante el mundo cambia por completo ya que empe- zamos a ver la realidad que nos rodea con ojos de cristiano. Es decir, desde la óptica de la fe vemos a los no creyentes como víctimas del pecado y del poder del mal. No se trata ya de individuos que nos desagradan y con los que no estamos de acuerdo en muchas cosas, sino que ahora los vemos como per- sonas de las que debemos compadecernos porque viven, muchas veces inconsciente- mente, gobernados por ideologías y corrien- tes propias de los ídolos de este mundo. En el fondo, están siendo usados y controlados por Satanás. Son criaturas que se encuen- tran en la misma situación en que estába- mos nosotros antes de conocer a Jesucristo. De ahí que nuestra actitud hacia ellos deba ser esa clase de misericordia capaz de dis- tinguir entre el pecado (condenable porque
desagrada a Dios) y el pecador (por el cual murió Cristo). La misma compasión por sus propios verdugos que tuvo Jesús cuando es- taba derramando su sangre en el Calvario, debiera también caracterizar nuestra exis- tencia terrena. Él oraba así: Padre perdóna- los porque no saben lo que hacen. El Maligno sí sabía lo que hacían, pero ellos no eran conscientes de estar asesinando al Hijo de Dios. Eran víctimas de su propio pecado que les cegaba el discernimiento espiritual. Nosotros también debemos alcanzar esta madurez espiritual capaz de sentir miseri- cordia incluso hacia aquellos que se burlan, difaman el nombre de Jesucristo o procuran convencer a los demás de que Dios no existe. Sin embargo, sentir misericordia hacia ellos como pecadores no significa, ni mucho menos, transigir con sus razonamien- tos o dejar de presentar defensa de nuestra fe, dada una vez a los santos. Los cristianos estamos llamados a sentir amor por los es- clavos del pecado, pero también a denunciar enérgicamente el trágico error en que viven. Semejante actitud misericordiosa sólo se puede experimentar después de reconocer que todo se lo debemos a la también mise- ricordiosa gracia divina. Cuando esto se hace realidad en la existencia cotidiana del discí- pulo de Cristo, el orgullo deja de tener sen- tido, el espíritu de venganza se aleja definitivamente de nuestra vida y la reivin- dicación continua de nuestros derechos, tan característica de la sociedad contemporá- nea, pierde paulatinamente su interés. Por el contrario, si no somos misericordiosos con nuestros semejantes es porque todavía no hemos comprendido lo que significa la gracia y la misericordia de Dios en nuestra vida. Podemos pertenecer a una iglesia pero estamos alejados de Cristo ya que seguimos aún en nuestros errores y pecados. No se trata de estar bien registrado en el libro de miembros de una congregación. Tampoco de estar interesados por las cosas del Señor o por los estudios de teología. Se trata de una sola cuestión: ¿somos misericordioso? ¿Nos compadecemos de nuestros semejan- tes incluso cuando nos ofenden? ¿Sentimos compasión de los perdidos? Si es así, ¡bien- aventurados porque también recibiremos misericordia! R
¿
Cómo hablar sobre "lo Divino”? ¿Quién puede hacerlo?Por supuesto no ignoro todos los intentos de la Teología a través de los siglos. Una heren- cia que no repudio, aunque la mire con ojos críticos. Especialmente cuando se postula la idea de un Dios providente.
La Teología No-Realista (anglosajona) ya pos- tula una especie de "ateísmo cristiano". Desde luego los términos son contradicto- rios. Pero es un ateísmo existencial en el sentido en que el Dios providente, no existe. La desmesura del Mal, y su no intervención provoca en estos pensadores su postura escéptica. ¿Y otra clase de Dios? Puede ser, pero entonces viene la pregunta ¿Cómo ave- riguarlo?
Mis amigos liberales franceses se conforman con postular la existencia de un Dinamismo creador. Bueno eso lo podemos aceptar todos, pues lo vemos en la naturaleza. No es una respuesta total, pero es una indicación de que los teólogos están tratando de resca- tar la idea de "Dios" de una manera creíble. La labor es ardua.
Yo me atasco en el llamado "Silencio de Dios". No concibo un Dios que no controle la malformación de un embrión, una epidemia de Ébola, las violaciones de niñas, tsuna- mis...
Hace ya mucho tiempo que no oraba, pues un agnóstico no ora. Y realmente lo único que he hecho es poner nombre a esa Ausen- cia o a ese Silencio. Con eso no resuelvo todo. Estoy de acuerdo con la idea de un Dinamismo en el centro de la Vida.
Hablando con una amiga le decía que el único amor que he visto realmente, es el amor humano. Por ejemplo: los niños del
Cuerno de África que se mueren de hambre. Si los dejamos "en las manos de Dios" ¿qué pasará?
En cambio, son los seres humanos los que van allí, ONGs, para llevar medicamentos, alimentos. Por eso digo que lo "divino" acontece cuando los seres humanos se aman. En todo caso "ese es el dios en el que creo", la bondad humana, esa interrelación de compasión. Por supuesto no estoy diciendo que el hombre sea divino. Pues ya sabemos de lo que somos capaces. Lo divino es esa "relación de compasión" que nos eleva por encima de lo meramente bioló- gico. Y no deja de ser un auténtico Misterio. Y en eso sigo viendo a Jesús de Nazaret como el gran referente. Él consideraba que era inspirado por su Abba (el padre), dentro de la cosmovisión judía que tenía. ¿Qué nos inspira hoy a tener compasión, a creer en la bondad? Lo que sea cómo le llamemos, eso será nuestro "Abba". Lo más profundo que nos inspira, y que se manifiesta en lo más humano.
Y eso sí es constatable. Al hambriento, a la niña abusada, al que se siente despreciado... sólo puede esperar en que otro ser humano se le acerque, tenga interés por él, se "la juegue" para ayudarle. Ese encuentro libera- dor, que revivifica lo que se moría, es lo más grande que vivimos junto al amor por la pareja o los hijos o la amistad. Y eso es "divino", porque Jesús dijo "sólo Dios es bueno". Yo lo traduzco: "sólo la Bondad es divina".
¿Estaremos atentos a sus interpelaciones? Y si al final resulta que hay un Dios de ver- dad, ¿se ofendería por estas palabras? R
Julián Mellado