TOTAL ALUSIONES
3.2. ALEGRÍA COMUNITARIA: construyendo comunidades alegres
3.2.1. Alegría en el encuentro comunitario con el Señor La fuente a donde ha de acudir constantemente la comunidad, es a la Palabra de Dios Entiéndase por Palabra de Dios, la
tradición, la sagrada Escritura, el Magisterio, y para las comunidades religiosas, los escritos de los fundadores, la regla de vida, los estatutos o constituciones y todos los pronunciamientos capitulares, en tanto se considera que son fruto de la acción del Espíritu Santo y por tanto manifiestan la voluntad de Dios. La Madre Clara misma, en medio de la dificultad para acudir a la sagrada Escritura (ver. Numeral 2.1.3…) bebió de ese pozo todos los días y de allí sacó la sabiduría que comunicaba a sus hermanas.
Por eso mismo, cada vez que se lee, estudia o proclama la Palabra, ha de experimentarse el mismo gozo que María tuvo ―cuando escuchó la primera palabra del Verbo, del Verbo
157 Cfr. Bonhoeffer, Dietrich. Escritos esenciales. P.91 158 Cfr. Pequeñas meditaciones – Tomo I, pág. 324 ss 159 Regla de Vida. Redacción de 1982. Art. 49
135
que desde el principio estaba en Dios que era el mismo Dios, el Verbo eterno por quien
todo ha sido hecho y sin quien no hizo nada (Jn 1, 3)‖ (2.20.1). Todas las palabras que Él
pronunció quedaron grabadas en su corazón (1.6.1).
El Señor hoy sigue hablando, y lo hace a cada uno de manera particular, pues se dirige, llamándole por su propio nombre como lo hiciera con su Madre. “¡Cómo debió de
estremecerse gozosamente el corazón de María, cuando oyó de la boca de su primogénito
el dulce nombre de madre!‖ (2.20.2) Así mismo, debe alegrarse cada uno de los miembros
de la comunidad cuando se acerca a la oración porque como dice la Madre Clara, comentando las palabras del profeta Isaías (Is 49, 16): ―Tu nombre y el mío están grabados
en sus manos‖, así que nos habla con la ternura que se dirigió siendo Niño, a la Virgen
María.
Lo anterior, trae consigo una implicación significativa, porque al hablar a cada una, toca el corazón, pronuncia la Palabra dentro del marco de su realidad, de su situación actual para ayudarle a reconocer por dónde la conduce el Espíritu Santo. En esa medida, nadie pueda entrar a juzgar el modo como Dios va escribiendo en la vida de cada persona, no puede esperar que le susurre al oído lo mismo que a ella le ha sido dicho. El respeto por esa vida espiritual es de vital importancia.
No obstante, no se puede olvidar que el compromiso adquirido con Dios, lleva a la persona a convertirse en Palabra para los demás. Por su vida, se ha de reconocer que Jesús habita en ella y por tanto, es reflejo del Padre. El encuentro espiritual con el Señor no puede llegar a ser un intimismo, sino por el contrario, generadora de una actitud de disponibilidad para comunicar a Jesús, así como lo hizo María (cfr. 1.16.4). De esta forma los dones recibidos a nivel personal, son compartidos con los demás, al tiempo que preparan a la persona para enriquecerse con la valiosa profundidad espiritual de los demás.
Ahora bien, la Palabra de Dios puede escucharse en diferentes momentos: en la Liturgia de la Horas, en la oración personal, en la santa Misa, e incluso por varios medios: radio,
136
televisión, Internet, etc. Lo cual resulta ser una oportunidad de aproximación y conocimiento, pero hay que estar alerta para evitar ―acostumbrarse‖ a oír la Palabra, pero no escucharla; grabarla, pero no guardarla en el corazón para meditarla (Lc 2, 19). Pues, la Palabra ha de ser como la lluvia que empapa la tierra, la fecunda y la hace germinar. (cfr. Is 55, 10)
Por ello, es primordial pensar en la alegría que embargó el corazón de la Santísima Virgen
y de San José ante las primeras palabras de su Hijito (2.20.1) y vivir cada momento de
escucha de la Palabra como si fuese el primero, así serán abundantes las gracias y riquezas que brotarán para la colmar la vida personal y comunitaria. (Cfr. 2.20.21)
Hay un riesgo insoslayable, los trabajos cotidianos borran del corazón las palabras dichas en la oración, por ello es necesario retirarnos en nuestros trabajos y quedarnos con Jesús, María y José en la casa de Nazaret, orar allí, trabajar, sufrir y amar. Allí debemos preguntar con frecuencia a la Madre de Dios y a San José cómo hemos de comportarnos
para proporcionarle alegría al Niño Dios 160 y suavemente escucharemos la respuesta.
Además, aquel Niño que reposaba en el pesebre y a quien María contemplaba con tanto
júbilo y amor (1.1.2) está en el sagrario esperando ser adorado por quienes viven en torno a
Él y por Él, y a quienes a su vez él sale al paso en sus hermanos.
Y es que pensemos en la íntima unión contrajo María con la Palabra hecha carne (…).
Cada momento del día estaba junto a Él y cuando dormía su corazón vigilaba en presencia
de Él (…) ¿Pero pensamos también nosotros que el mismo Señor que bajó al seno de la
Bienaventurada Virgen, viene también en nosotros en la Sagrada Comunión, entra en
nuestro corazón pecador? Se nos ha entregado.161 Y se sigue entregando cada vez que
celebramos la fe en comunidad en el sacramento Eucarístico, centro de toda vida cristiana.
160 Cartas, tomo V, 16 de agosto de 1887. 161 Meditaciones I, p. 129 – 130
137
Así, nos aproximamos a la comprensión de la Eucaristía como banquete, ante el cual afirma la Madre Clara:
Respondiendo al llamamiento de los ángeles, los pastores se dicen unos a otros: ―¡Vamos a Belén!‖ y fueron a toda prisa y allí encontraron (Lc 2, 16) la salud, la vida y la dicha. ¡Nosotras también estamos llamadas! También para nosotras hay un Belén, una casa de pan. En el Santísimo Sacramento, hallamos al mismo Salvador, ante cuyo pesebre están prosternados los pastores. ¡Vayamos pues también a Belén! Encontraremos al Pan de los ángeles, descendido del cielo y hecho alimento del viajero. (1.5.1 y 2)
Notemos que las palabras de la madre Clara, se encuentran en consonancia con la tradición cristiana al hablar de la eucaristía como alimento, como comida y bebida espiritual que a semejanza del maná o el agua de la roca en el desierto, nos sirven de sustento en nuestra peregrinación hacia la tierra prometida. Así lo afirmó también el Nuevo Testamento: tomad y comed dice Jesús a sus discípulos en la última cena, según el relato de los sinópticos; el que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, afirma en el Evangelio de Juan.162
Pero este alimento tomado en común va más allá de un simple comer juntos. Comer con otros y beber de una misma fuente se inscribe en la comensalidad, en donde la comunión de sentimientos y el intercambio de pensamientos le confieren un profundo valor social y espiritual.163 En esta perspectiva de unidad, cuando los comensales ya están unidos de corazón, la comida puede manifestar reconciliación y testimoniar el perdón que se concede. Jesús no se restringe a comer solamente con sus amigos, ni tampoco a saciar a la multitud dándoles pan en abundancia, sino que comparte su mesa con los publicanos y pecadores (Mc 2, 16).164
162 Gesteira -Garza, M. La Eucaristía misterio de comunión. P. 241. 163 León Dufour, Xavier. La fracción del pan. P. 55-57
138
Ante todo, la eucaristía es un compartir. Por ello la comunidad al practicar la eucaristía no sólo asiste a la muerte salvífica de Cristo sino que celebra su vida nueva con Dios, en cuanto ha sido comunicada a sus discípulos. E igual que él, estos deberán pasar de la muerte a la vida. ―Compartir el Pan‖ es unirnos al Don que se nos da y entregarnos como él, hacernos don para los otros. La eucaristía es unión con Jesús que da su vida y, por lo tanto, unión con los hermanos165, en quienes encontramos a Jesús mismo. Por ello, le debemos tanta o más reverencia que la que brindamos a los templos y oratorios, pues ellos son templo del Espíritu Santo.
Carlo M. Martini expresa su vivencia eucarística como banquete por medio de una bella oración que resulta enriquecedor, traer a colación:
Mira que estoy a tu puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré
en su casa y cenaré con él y él conmigo (Ap 3, 20).
Y cuando abro y te acojo como huésped cautivador en mi casa, el tiempo que pasamos juntos me da seguridad.
En tu mesa comparto contigo el pan de la ternura y de la fuerza, el vino de la alegría y del sacrificio,
la oración de acción de gracias y del abandono en las manos del Padre.
3.2.2. Alegría en el trato con el prójimo. Como fruto de esa vida en la presencia del