En la primavera del año 331, Alejandro parte desde Menfis en direc- ción a Fenicia. Su flota se hallaba ya en Tiro, una vez limpios los mares de enemigos, y allí procedió a devolver a Atenas a los prisioneros de esa ciudad que había capturado en la batalla del Gránico. Era esa una medida propagandística, tendente a congraciarse con los griegos, y en especial con los atenienses, máxime cuando en Grecia la revuelta de Agis III es- taba en pleno auge, si bien en pocos meses los espartanos y sus aliados serían derrotados en Megalópolis y el rey espartano moriría. Lo cierto es que Atenas no se unió en esta ocasión a los sublevados.
En su camino en dirección a Tápsaco, que era el punto habitual para cruzar el Éufrates, Alejandro no parece haber tenido problemas y debió de aprovechar el recorrido para reestructurar el sistema administrativo de los territorios ya conquistados, con nombramientos y deposiciones de nuevos sátrapas y otros cargos civiles y militares. Llegó a orillas del río en pleno verano del 331 a.C. y allí Maceo impedía a las avanzadillas de Alejandro la conclusión de un puente para facilitar el paso de las tropas. No obstante, ante la llegada del grueso del ejército, Maceo se retiró lo que permitió la finalización del puente y el cruce seguro del mismo. Una vez cruzado el río e informándose a través de exploradores enemigos cap- turados del lugar donde se hallaba el ejército enemigo, se dirigió hacia el Tigris, cruzándolo no sin dificultad y acosado por Maceo; tras hacerlo, se dirige en dirección a Asiria hasta que ambos ejércitos se encuentran. En esta ocasión, y mediante el hábil movimiento de sus tropas, Darío había podido elegir un campo de batalla que, en principio, era perfecto para poder desplegar su ejército según sus propios intereses. Además, en los meses previos Darío había hecho incorporarse a su ejército a contingentes de los territorios orientales del imperio, a bactrianos y sogdianos, bajo el mando de Beso, el sátrapa de Bactria, a sacas, aracosios, arios, partos, hir- canos, topirios e indios. Además de ellos, tropas que ya habían combatido
contra Alejandro, procedentes del núcleo del imperio, medos, cadusios, uxios, susianos, armenios, babilonios, etc. Las cifras que manejan nues- tras fuentes son, por lo general, muy exageradas. Arriano habla de un mi- llón de infantes, cuarenta mil jinetes, doscientos carros falcados, y unos quince elefantes (Anábasis, III, 8, 6); Diodoro (XVII, 53, 1-3) asegura que contaba con ochocientos mil infantes, doscientos mil jinetes y doscientos carros falcados y Plutarco (Alejandro, 31, 1) da el mismo número, un mi- llón de hombres en total; Justino (XI, 12, 5) da la cifra de cuatrocientos mil infantes y cien mil jinetes y Curcio menciona doscientos mil infan- tes, cuarenta y cinco mil jinetes (IV, 12, 13) y doscientos carros falcados (IV, 9, 3). El lugar que ocupaba el ejército persa se llamaba Gaugamela y se hallaba a 600 estadios (unos 108 km) al oeste de la ciudad de Arbela (actual Erbil). Frente a ese gran ejército, cuyo número exacto es difícil de conocer dadas las distintas cifras que dan las fuentes, Alejandro oponía unos cuarenta mil infantes y siete mil jinetes.
Al haber podido elegir el campo de batalla, Darío había tenido tiem- po de prepararlo; había ordenado que se hiciesen tareas de explanación para facilitar la evolución de la caballería e, incluso, allanar el suelo para favorecer la carrera de sus carros falcados. No obstante, parece que Ale- jandro, que se había aproximado a las posiciones persas durante la noche, pudo observar desde lo alto de una colina los preparativos persas antes de iniciar el combate, lo que determinó la estrategia que seguiría al día siguiente.
Los persas habían dispuesto en su ala izquierda, es decir, frente al ala derecha que normalmente comandaba Alejandro, a la caballería bactria- na, escita y aracosia. Los persas se situaban en el centro y era allí también donde se situaba el Gran Rey y su cortejo; por delante se situaron los elefantes y una parte de los carros falcados, así como los mercenarios grie- gos. El ala derecha persa se componía de tropas de Siria, Mesopotamia y el golfo Pérsico.
Alejandro se situó él mismo al frente del ala derecha; el centro lo ocu- paba la falange aunque dispuesta en una doble formación para evitar en lo posible que pudiese ser rodeada por el enemigo y colocó en sus flancos arqueros y tropas ligeras de agrianes. Puesto que los persas superaban a los griegos, aun cuando no sepamos en qué proporción y su línea debía
de ser mucho más larga que la que los macedonios pudieron componer, el principal peligro para estos era ser desbordados por el enemigo. Para intentar evitarlo, Alejandro pensaba hacer uso de su caballería y moverla continuamente hacia su derecha para intentar evitar que la caballería ene- miga envolviera a su ejército; mientras, la falange debía sostener el ataque
enemigo, en el que además de infantes intervendrían carros falcados y elefantes. La táctica de Alejandro fue pronto percibida por los persas, que enviaron a su caballería a seguirle en sus movimientos y eso evitó que sus intentos de penetración en las líneas enemigas triunfasen en un primer momento, pero sus repetidos ataques quizá acabasen impidiendo que los enemigos se reagrupasen, lo que produjo su desorganización. Además, con su marcha hacia la derecha, Alejandro había conseguido que la ca- ballería enemiga abandonase el terreno que había sido preparado para su acción, lo que le quitaba parte de su ventaja.
En el centro del combate, los carros falcados no consiguieron sus ob- jetivos de desbaratar la formación griega porque estos abrieron sus lí- neas dejando pasar a los carros sin que ocasionaran graves daños y dando muerte a caballos y carristas a su paso.
Una vez Alejandro consiguió deshacerse de la caballería bactriana y sogdiana, Darío envió a la caballería persa que hasta entonces había es- tado dispuesta en el centro de la formación contra él, lo que abrió un hueco en la línea persa. Alejandro vio la oportunidad y cabalgó directa- mente hacia el mismo, ocasión que también vio el resto de la caballería macedonia, que seguía ocupando sus posiciones iniciales, así como la falange para incidir en ese punto débil que se había abierto. En ese lugar se encontraba Darío, que había cometido el error que le costó la derro- ta al desguarnecer ese flanco y que veía ahora cómo Alejandro cargaba contra él sin ningún obstáculo que se lo impidiese. Como había hecho en Iso, Darío optó por huir.
En el ala izquierda macedonia, sin embargo, las cosas no iban bien porque la acción de la parte derecha de la falange para acometer al centro persa había abierto un hueco que fue pronto aprovechado por los persas para dirigirse al campamento donde estaban los bagajes, los prisioneros y todo el personal civil que acompañaba al ejército, aunque la falange formada a retaguardia pronto se dirigió a hacerles frente. Otra parte pre- sionaba sobre las tropas de Parmenión, que comandaba el ala izquierda y que estaba en riesgo de verse envuelto; el veterano general envió mensajes a Alejandro para que le ayudara, lo que este hizo. Su acción, aunque se vio retrasada por la caballería persa que se retiraba tras intentar saquear el campamento griego, acabó relajando la presión que Maceo, al frente de la
caballería persa del ala derecha, estaba dirigiendo sobre Parmenión. En al- gún momento de esa acción, Maceo debió de enterarse de que Darío ha- bía huido y que el centro persa se había desmoronado, lo que significaba que pronto los macedonios podrían envolverle. Ante estas circunstancias, Maceo abandonó también el campo de batalla.
Tras relajar la presión sobre Parmenión, Alejandro inició la persecu- ción de Darío, mientras que su ejército se encargaba de hostigar y dar muerte o capturar a los derrotados persas. Como es sabido, Alejandro no pudo dar alcance al Gran Rey derrotado porque este se había anti- cipado en la huida y porque aquel, juiciosamente, no inició la persecu- ción hasta que su centro y su flanco izquierdo empezaron a imponerse sobre el enemigo; se hizo, sin embargo, con todo su tesoro en Arbela, incluyendo el carro, el escudo y los arcos. Como con el número de com- batientes, las cifras de bajas que dan los autores antiguos son también enormes, en especial en el ejército persa, para el que se habla de 300.000 muertos, frente a 100 hombres en el ejército de Alejandro (Arriano,
Anábasis, III, 15, 6). Si bien Curcio, en atención a las cifras más modes-
tas que manejaba, sitúa las bajas persas en 40.000 y menos de 300 en el ejército macedonio (IV, 16, 26-27).
Los detalles de la batalla como tal son confusos en la mayor parte de los autores aunque quedan algo mejor definidos en Arriano; en el resto, observaciones generales sobre el valor de los macedonios y discursos retó- ricos ocultan un análisis riguroso de la misma. El papel de Parmenión y de Alejandro aparece magnificado en varios relatos, con posturas diversas. Así, para unos, Parmenión, incapaz de sostener su propio flanco privaría a Alejandro de la captura de Darío; para otros, Alejandro habría preferido seguir su persecución antes que auxiliar a su general y a sus hombres en peligro y si al final hizo esto fue a regañadientes. Para algunos autores como Diodoro (XVII, 60, 6-8), Alejandro ni tan siquiera regresó y Par- menión consiguió rechazar a Maceo por sí mismo. A este respecto, no podemos perder de vista que al año siguiente (en el 330) Parmenión iba a ser ejecutado por orden de Alejandro, en buena parte para evitar su reac- ción cuando se enterase de la muerte de su hijo Filotas acusado de cons- piración. Tanto los autores favorables a Alejandro como sus enemigos pudieron manipular lo sucedido en Gaugamela como medio de justificar
sus posturas ante lo que con el tiempo iba a suceder. En Plutarco vemos muy bien cómo la propaganda favorable a Alejandro acabó presentando el episodio:
“Se acusa por lo general a Parmenión de que en aquella ba- talla se mostró torpe y lento, bien porque a causa de la edad ha- bía ido perdiendo coraje bien porque, como dice Calístenes, se viese abrumado y envidioso por el excesivo poder y el orgullo de Alejandro. En aquel momento, sin embargo, el rey aunque indignado por esa petición que se le hacía, no les dijo la verdad a los soldados sino que, pretextando que ya había habido suficiente matanza y se estaba ya haciendo de noche, dio señal de regresar”. (Plutarco, Alejandro, 33, 10)
Es este un buen ejemplo para ver cómo la percepción de Alejandro de- pende de la postura que adopte el historiador, antiguo y moderno; quie- nes quieren ver en Alejandro a un mal general tienen aquí una ocasión espléndida, puesto que dan por sentado que su interés no era el bienestar de su ejército sino cumplir su propio objetivo, que era capturar al rey per- sa. Pierden de vista quienes así piensan que la captura de Darío habría re- suelto antes una guerra que, por el contrario, podría haberse prolongado más tiempo como, de hecho, sucedería. Es fácil decir, a la vista de cómo se produjeron los acontecimientos, que el destino del Imperio aqueméni- da estaba ya decidido tras Gaugamela, pero eso era algo que en ese preciso instante todavía nadie podía decir y Alejandro ya había experimentado tras Iso cómo la fuga del Gran Rey significó la prolongación de la guerra.
Por el contrario, quienes quieran considerar a Alejandro como un buen general no se fijarán, posiblemente, en este episodio sino en cómo consiguió derrotar a un ejército muy superior al suyo en hombres me- diante una táctica que, sin duda, reportaba sus riesgos pero que, en cual- quier caso, había intentado prever la mayor parte de las eventualidades mediante la ubicación de sus contingentes en los lugares en los que po- dían ser más efectivos y aprovechando las lecciones aprendidas en los enfrentamientos previos algo que, por el contrario, los persas no parecen haber hecho. Da la impresión, a partir de los datos que tenemos, al menos
de la disposición de las tropas enfrentadas, que la base de la estrategia persa consistía en abrumar al enemigo presentándoles un ejército masivo en un terreno previamente seleccionado y preparado e, incluso, como algunas fuentes apuntan, lleno de trampas en las que se pensaba que cae- rían los macedonios. Frente a la innovación continua de Alejandro o, si se quiere, el perfeccionamiento de un mecanismo que se había mostrado exitoso, la persistencia en los mismos errores por parte de Darío. Daría la impresión de que, frente al fracaso en Iso, quizá interpretado por el Gran Rey y sus consejeros como debido al inadecuado escenario en el que se habían visto obligados a luchar, la solución era buscar un campo de ba- talla idóneo y que lo demás se daría por añadidura. La aplastante derrota persa demostró que esas apreciaciones eran erróneas.
Tras concluir la batalla, de nuevo se separaron los caminos de Darío y Alejandro; este se dirigió hacia el sur mientras que aquel se dirigía hacia el oriente. Seguiremos primero al macedonio y veremos después la actua- ción de Darío hasta que ambos vuelvan a encontrarse.
Como era de prever, Alejandro, una vez fracasado en su intento de apresar a Darío tras la batalla, tenía que tomar posesión de lo conquis- tado y, por lo tanto, inició su descenso hacia la ciudad más importante de la zona, Babilonia, la gran capital mesopotámica de la que los griegos habían oído hablar desde hacía siglos. Antes, sin embargo, y como ase- gura Plutarco (Alejandro, 34, 1), fue proclamado (probablemente por el ejército) “rey de Asia” y tomó acto seguido una serie de disposiciones, tendentes sobre todo a agradar a los griegos. En primer lugar, conside- ró abolidas todas las tiranías de modo tal que todas las ciudades griegas debían gobernarse de acuerdo con sus propias leyes (autonomia); en se- gundo lugar, prometió reconstruir Platea por haber sido el lugar en el que los persas fueron derrotados en el 479. Por último, envió a Crotona, en la Magna Grecia, una parte del botín porque uno de sus ciudadanos, Fai- lo, había aportado su propia trirreme para combatir contra los persas en Salamina. Es interesante destacar cómo, tras esta victoria, que Alejandro juzgó decisiva, toma medidas encaminadas a agradar a todos los griegos, tanto los de Asia Menor como los del continente y como los que vivían en el Mediterráneo central y, en todos los casos, con una clara intención de cancelar los efectos del dominio persa o de compensar a los griegos
por el sufrimiento que los persas habían causado; no obstante, habría que aclarar que la abolición de las tiranías afectó solo a las ciudades de Asia Menor y esa proclamación tenía un claro carácter propagandístico puesto que la tiranía había sido el régimen elegido por los persas para el gobierno de esas ciudades griegas cuando conquistaron el territorio. Por otro lado, la destrucción de Platea había sido provocada años atrás por los tebanos y no tenía nada que ver con las Guerras Médicas, aunque Alejandro debió de pensar que esta era una buena ocasión para reconstruirla; en cuanto a Crotona, parece haber sido la única ciudad griega de Occidente que fue amenazada directamente por los persas, lo que explicaría, entre otras cosas, la participación de Failo en Salamina y, por fin las compensaciones de Alejandro.
El título de rey de Asia parece haber sido una creación propia de Ale- jandro como medio de alejarse de la tradición aqueménida, aún repre- sentada por Darío y, a la vez, dotar de un sentido nuevo al dominio que estaba consolidando. El reino de los persas aqueménidas quedaba cance- lado, en opinión de Alejandro, tras Gaugamela y un nuevo reino surgía, representado por él y, aunque hubiera casi desde ese instante elementos que remarcaban la continuidad entre ambos, Alejandro quería resaltar que lo que vendría a continuación sería diferente de lo anterior, por lo que había que llamarlo de algún modo. Como vimos, ya en la correspon- dencia cruzada entre Alejandro y Darío tras Iso, aquel ya se consideraba rey de Asia por lo que no podía extrañar que este fuese el título que, a partir de ese momento, escogió; parece que ese nuevo título lo hizo visible utilizando a partir de ese momento la diadema, que no era un símbolo persa, puesto que el Gran Rey utilizaba la tiara.
Asumido, pues, su nuevo título y tomadas las medidas mencionadas, Alejandro inicia su descenso hacia Babilonia, una ciudad, que si hacemos caso a Heródoto (I, 191) cuando narra su conquista por Ciro el Grande (539 a.C.), era tan grande que cuando el fundador del Imperio aque- ménida estaba ya tomando sus partes más externas, en el centro de la misma, aún no se habían enterado y seguían celebrando fiestas. Sin duda es una exageración pero nos muestra la imagen que los griegos se habían ido haciendo de ese mundo oriental al que hasta entonces habían acudi- do como simples visitantes y en donde ciudades como Babilonia habían
adquirido un aura legendaria. Ahora tenía Alejandro, como había ocurri- do con Egipto, la oportunidad de incorporarla a su dominio y organizar sobre nuevas bases su gobierno. O, al menos, eso es lo que esperaban quienes le habían acompañado desde el Helesponto y le habían seguido en sus victorias.
Al aproximarse a Babilonia le salieron al encuentro sus habitantes, encabezados por sacerdotes y gobernantes, ofreciéndole regalos y hacién- dole entrega de la ciudad. Allí se encontraba Maceo, que había desem- peñado un papel importante en la campaña previa, custodiando el paso del Éufrates hasta que la llegada del grueso del ejército con Alejandro a la cabeza le obligó a abandonar su posición, dificultando según algunos au- tores el cruce del Tigris y comandando el ala derecha en Gaugamela que a punto estuvo de derrotar en ese flanco a los macedonios. Fue él quien rindió Babilonia a Alejandro y así lo narra Quinto Curcio:
“Así pues, cuando se acercaba Alejandro a Babilonia, Maceo, que después de la batalla había tomado refugio en esa ciudad, fue a su encuentro como suplicante con sus hijos adultos y le hizo entrega de la ciudad. Para el rey eso fue un grato acontecimiento: en efecto, el asedio de una ciudad tan bien guarnecida habría sido una empresa enorme. Además, un hombre ilustre, preclaro por su valor y por su fama incluso en el reciente combate, parecería que podría incitar a los demás a la rendición siguiendo su ejemplo. Así pues, le acogió de buen grado junto con sus hijos”. (Curcio, V, 1, 17-19)
Poco después, le acabaría nombrando sátrapa de Babilonia, siendo así el primer persa en recibir ese honor de Alejandro, lo que inauguraría una nueva política, como veremos en su momento.
La entrada triunfal en Babilonia es relatada por nuestras fuentes, aun- que es Quinto Curcio quien da más detalles, que no tienen por qué ser del todo auténticos sino magnificados y amplificados por los propagan- distas de Alejandro y por autores posteriores; sin embargo, algunos textos cuneiformes, elaborados en la propia Babilonia por escribas nativos, dan una imagen parecida e, incluso, parecen resaltar las semejanzas entre la