Beso, emparentado con el rey y quizá con los mismos o más títulos que él para haber accedido al trono, no tardó demasiado en ser procla- mado rey, asumiendo el nombre de Artajerjes V. Parecía, pues, que la dinastía aqueménida aún no había finalizado o, al menos, así lo pensa- ban sus partidarios, que todavía controlaban la parte más oriental del imperio. Ni que decir tiene que para Alejandro esta proclamación no dejaba de plantear problemas porque la muerte de Darío, por la que el macedonio expresó públicamente su pesar, le había allanado el camino para su consideración como heredero, más o menos legítimo, de su tro- no. El que otro miembro de la casa real aqueménida se proclamase rey no podía sino prolongar la guerra, a pesar de que Alejandro le conside- rase un usurpador.
En consecuencia, Alejandro tomó el camino hacia Bactriana, hacia donde se dirigía Beso no sin antes haber dividido sus tropas en tres gru- pos para ir sometiendo a los pueblos que se hallaban en torno a la ruta. Él tomaría la ruta más directa y más difícil a través de Partia, mientras que Erigio iría por el camino más apto para el bagaje y Crátero se desviaría ha- cia Hircania para controlar a los tapurios y los territorios que bordeaban el mar Caspio. En su camino, Alejandro iba recibiendo desertores que iban abandonando a Beso, entre ellos Nabarzanes, el otro instigador de la conjura contra Darío. Las tres columnas acabaron confluyendo en Zadra- carta, la capital de la satrapía de Hircania, donde Alejandro reasignó car- gos, manteniendo en sus puestos a varios de los sátrapas nombrados por Darío. Allí recibió también una delegación de los mercenarios griegos, que eran todavía unos 1.500, para acordar los términos de la rendición a Alejandro. Tras llevar a cabo una campaña contra los mardos que vivían en la parte oriental de Hircania, recibió a los mercenarios griegos que se habían rendido. Arrestó a los embajadores espartanos, liberó a todos los que se habían alistado antes de la creación de la Liga de Corinto y al resto
los enroló en sus tropas con la misma paga que habían recibido hasta entonces.
Con las deserciones de los nobles persas del bando de Beso y la neu- tralización de los mercenarios, que habían sido leales a Darío III hasta el final y que constituían un contingente bien organizado, poco a poco se iba desmontando el entramado político y militar aqueménida en estos territorios fronterizos del imperio. En Aria recibió la rendición del sátrapa Satibarzanes, a quien mantuvo en su puesto, aunque nada más abandonar Alejandro el territorio para dirigirse a Bactria, dio muerte a las tropas macedonias que se le habían asignado y se sublevó con la intención de pasarse a Beso al enterarse de que este había asumido el título real. Alejan- dro tuvo que regresar y dirigirse a Artacoana, la capital de Aria, de donde consiguió huir el sátrapa. Alejandro nombró sátrapa a otro persa, Arsaces, como muestra de que, a pesar de que su confianza se viese burlada en al- gunos casos, seguía creyendo en la validez de ese sistema de colaboración con las élites persas que había empezado a diseñar en Babilonia con el nombramiento de Maceo.
El relato de Arriano, más austero por lo general que el de otros autores, no introduce demasiadas informaciones sobre la estancia de Alejandro en estas regiones de Hircania y Drangiana antes del apresamiento y conde- na de Filotas. Sin embargo, otros escritores aluden, antes de este último episodio, a algunos datos de interés que, sin embargo, la historiografía moderna valora de distinto modo. Así, por ejemplo, el robo de Bucéfalo por los mardos, seguido de una brutal reacción por parte de Alejandro, talando los bosques y amenazando con aniquilar a toda la población si no se le devolvía; los mardos, aterrorizados, se lo devolvieron junto con abundantes regalos. De todas ellas, la más desconcertante es la relativa a la reina de las Amazonas que habría visitado a Alejandro en Hircania con el objetivo de tener un hijo suyo. Pasaría trece días con él y luego regresaría a su lugar de origen. Es difícil saber si estamos ante un relato por comple- to legendario u obedece a contactos que pudiera mantener el rey en esos territorios y hubo autores que lo dieron por bueno, mientras que otros no. Plutarco (Alejandro, 46) da la lista de los que aceptan esta aventura y de los que no. Entre los primeros, menciona a Clitarco, Policlito, Onesí- crito, Antígenes e Istro. Entre los segundos, Aristobulo, Cares, Hecateo
de Eretria, Tolomeo, Anticlides, Filón de Tebas, Filipo de Teángela, Filipo de Calcis y Duris de Samos. Menciona, sin embargo, Plutarco que en una carta dirigida a Antípatro, Alejandro habría reconocido que el rey escita le habría entregado en matrimonio a su hija. Si este suceso pudo haber sido narrado por parte de los autores que lo recogen añadiéndole algo más de colorido y convirtiendo a una princesa escita o sármata en una reina amazona es algo que no podemos asegurar pero, en todo caso, muestra cómo ya entre parte de los autores que escribieron en los primeros años sobre Alejandro su figura se estaba mitificando.
De mayor relevancia, porque acabará afectando a las relaciones de Alejandro con los macedonios es el inicio de lo que podríamos llamar “orientalización”. Lo resume muy bien Diodoro cuando dice que:
“[...] después de todo ello, pensando que ya había logrado su objetivo y que la realeza ya no le era disputada, empezó a imitar el lujo persa y las extravagancias de los reyes de Asia”. (Diodoro, XVII, 77, 4)
Curcio (VI, 6, 1), mucho más moralista no duda en asegurar que:
“[...] dio rienda públicamente a todas sus pasiones, y la con- tinencia y moderación, bienes sobresalientes en la más elevada fortuna de cada cual, se convirtió en soberbia e impudicia”.
Ello se tradujo en toda una serie de cambios, tales como rodearse de lacayos asiáticos, colocar en su círculo directo a persas distinguidos –como Oxatres, hermano de Darío– llevar la diadema y parte de la ves- timenta persa, hacer vestir a sus compañeros con ropas persas teñidas de púrpura y ensillar los caballos con arneses persas. Para los griegos y, más aun para los macedonios, todo ello debía de resultar sorprendente tenien- do en cuenta el desprecio que encontramos habitualmente en los autores griegos por esos signos que ellos consideraban blandos y afeminados. Del mismo modo, se le atribuye también la costumbre persa de tener un ha- rén con tantas mujeres como días tiene el año para que el rey seleccionase quien le acompañaría cada noche en el lecho. Subraya Diodoro (XVII,
77, 7), sin embargo, que hizo poco uso de esta costumbre para no ofender a los macedonios pero Curcio (VI, 6, 9-10) asegura que los veteranos del ejército, que habían combatido junto al rey Filipo, no ocultaban su ma- lestar por el nuevo rumbo que empezaba a tomar Alejandro; ellos habían ido a derrotar a los persas y poco a poco veían cómo su rey confiaba en nobles persas e iba adoptando sus vestimentas y sus costumbres; además, se rodeaba cada vez más de eunucos, que para los griegos representaban la quintaesencia del modo de ser de las monarquías asiáticas, paradigma de afeminamiento, corrupción y, en último término, barbarización. Para sus veteranos, pues, todo ello debió de suponer un golpe duro de asimi- lar; ellos no podían estar al tanto, por supuesto, de los equilibrios que intentaba preservar Alejandro y, actuase o no el rey de este modo por convicción o por interés, sus pensamientos y sus consideraciones de alta política no eran interpretados de este modo por el común de la soldades- ca y, ni tan siquiera, por muchos oficiales y generales. Ello alimentaba la desconfianza y generaba el caldo de cultivo de la desafección a Alejandro y a sus nuevos comportamientos.
Fue en Frada, la capital de la Drangiana, donde se descubrió un com- plot para atentar contra la vida de Alejandro en el otoño del 330. Los auto- res antiguos narran, con más o menos detalles, los pormenores del caso lo que, contradicciones aparte, nos permite conocerlo con bastante exactitud. Aún así, sigue habiendo cuestiones sin resolver que han sido analizadas por los historiadores contemporáneos desde muchos puntos de vista sin que se haya llegado a una solución aceptada por todos. El asunto se inicia cuando un tal Dimno le hace saber a su amante Nicómaco de la existencia de un complot inminente para matar al rey del que él forma parte y en el que intenta que su enamorado participe, a lo que este se niega. No obstante, le pide que no lo revele pero no sin que antes Nicómaco se haya informa- do de quiénes participaban en la conjura. Entre ellos estaban Demetrio,
somatophylax (guardia personal) del rey y otros individuos en apariencia
menos relevantes (Peucolao, Nicanor, Afobeto, Iolao, Dioxeno, Arquépolis y Amintas). Nicómaco, sin cumplir los juramentos que le había hecho a Dimno, se lo contó todo a su hermano Cebalino el cual buscó a alguno de los compañeros del rey, encontrando a Filotas a quien le hizo saber todos los detalles. Sin embargo, Filotas estuvo hablando con el rey de otros temas
y no le mencionó para nada la información que había recibido. Cebalino lo intentó otras dos veces con Filotas que le dio varias excusas y buenas palabras. Al final, Cebalino se lo notificó a Metrón, paje real que al punto se lo contó a Alejandro.
La primera reacción de Alejandro fue preguntarle a Cebalino cuánto hacía que conocía el complot y cuando este le dijo que dos días dio orden de prenderle por haber dejado pasar tanto tiempo, ante lo cual Cebalino empezó a gritar que desde el primer momento había informado a Filotas. Llamado este, aseguró que lo sabía pero que no le había dado crédito porque la fuente no le inspiraba demasiada confianza, aunque el suicidio de Dimno cuando le iban a detener (o su muerte durante la detención), le estaba demostrando que se había equivocado, por lo que pedía perdón al rey.
Por otro lado, parece que Filotas, desde la toma de Damasco, se jactaba ante una tal Antígona –una concubina que le había correspondido en el reparto del botín– de que todas las empresas de Alejandro se debían en realidad a las acciones de su padre Parmenión y de él mismo, unido a toda una serie de fanfarronadas. A través de la mujer esas revelaciones acabaron llegando a oídos de Crátero y, por lo tanto, a Alejandro. Se le indicó a Antígona que siguiera contando todo lo que dijera Filotas y este parece haber seguido criticando en lo que pensaba que era su intimidad al rey y los cambios en su política y en su comportamiento. Si esta noticia es cier- ta, pues, Filotas ya estaría bajo sospecha hacía tiempo y sería sobre todo Crátero quien se aprovecharía de la situación. Con estos antecedentes, el no informar sobre una conjura contra el rey era ya un hecho sospechoso. Nadie olvidaba, y menos Alejandro, que su padre había muerto como re- sultado de una conjura, quizá nunca aclarada del todo a pesar de la repre- sión que siguió, cuyo brazo ejecutor era alguien que tenía acceso directo a él. La mayor parte de los autores modernos considera bastante probable que Filotas no participaba en la conspiración; en cualquier caso, lo menos que podríamos decir es que, si Filotas no fue culpable por acción, puede haberlo sido por omisión o, lo que es peor, por arrogancia.
Alejandro decidió que fuera el consejo de los amigos quien decidiera sobre la suerte de Filotas y aquí es donde no tenía posibilidades de salir bien librado. Su padre, Parmenión, había gozado de alta estima por parte
de Filipo, y también de Alejandro, pero había tenido que pactar con Áta- lo, al que había tenido que entregar a una hija en matrimonio cuando aquel alcanzó gran relevancia en la corte. Junto con él, había sido enviado a Asia por Filipo para preparar la campaña pero, a la muerte del rey, supo adecuarse pronto a la nueva situación, aunque ello implicara darle la es- palda a su yerno. No parece que Alejandro le haya guardado rencor ni a él ni a Filotas, a tenor de los puestos importantes que ambos habían ejer- cido en el ejército y en la administración. Los otros dos hijos varones de Parmenión, Héctor y Nicanor, habían muerto; el primero en el Nilo y el segundo en Aria pocas semanas antes del arresto de Filotas. Sin embargo, los compañeros lo verían de otro modo; en realidad, Filotas no había per- tenecido al círculo más íntimo de Alejandro. Cuando sus amigos tuvieron que marcharse al exilio con él, tras el enfrentamiento con su padre, Filotas no se fue con ellos ya que gozaba de la posición de Parmenión y eso debió de hacer que, a pesar de la reconciliación, nunca le consideraran un igual. Además, Filotas daba rienda suelta, y no solo en su dormitorio, a sus críticas hacia Alejandro y se comportaba de modo arrogante y grosero, lo que tampoco le hacía demasiado popular y menos entre los compañeros de Alejandro. El ser acusado y que el propio rey remitiese el caso a los compañeros fue su perdición hasta tal punto que algunos autores han insinuado que más que una conspiración “de” Filotas, algo que no quedó acreditado, se trataría más bien de una conspiración “contra” Filotas, lo que también parece, a nuestro juicio, excesivo.
En el juicio que siguió, los compañeros, y en especial Crátero, persua- dieron a Alejandro de no ejercer el perdón porque daban por sentado que el comportamiento de Filotas se debía al respaldo que su padre Parme- nión le proporcionaba, por lo que cualquier debilidad en su tratamiento podría dar alas al viejo general, cuyo prestigio en el ejército era enorme a pesar de su edad (ya había cumplido 70 años) y de que en esos momen- tos estaba destinado en Ecbatana y no en la primera línea de combate. Si Filotas era un conspirador, y Crátero lo tenía claro, también lo era su padre. Se tomó la decisión de detener a Filotas y al resto de los conjura- dos, lo que se hizo en el sigilo de la noche y sin que el propio Filotas, al parecer, lo sospechara porque esa misma noche había estado cenando con el rey; en ese momento, según asegura Curcio (VI, 8, 22) se da cuenta de
que son las maquinaciones de sus enemigos las que han vencido sobre la bondad del rey.
Una vez realizados los arrestos, se reunió al ejército, que era el encar- gado de juzgar los casos que implicaban la pena capital cuando se estaba en campaña, mientras que en tiempo de paz, lo era la asamblea. El propio rey presentó la acusación contra Filotas, que compareció encadenado. Hablaron los testigos, ninguno de los cuales acusó directamente a Filotas de participación, se leyeron cartas interceptadas de Parmenión a sus hijos que tampoco mostraban indicios claros de complot y Alejandro enumeró los (presuntos) agravios que Filotas le había infligido a lo largo de los años, empezando por el matrimonio de su hermana con Átalo y acabando por una carta en la que Filotas, no sin ironía, comentaba la confirmación del carácter divino por parte del oráculo de Zeus Amón. En el momento en el que a Filotas se le permite hablar, Alejandro le pregunta si les va a hablar en macedonio o en griego y al elegir esta lengua también Alejandro le afea ese hecho. Las intervenciones de algunos soldados sacan a la luz los motivos de rencor que muchos de ellos sentían hacia Filotas y su compor- tamiento arrogante y despectivo, incluyendo la necesidad de intérpretes para entender a quienes le hablaban en macedonio.
El siguiente paso, instigado por Hefestión, Crátero y Ceno, fue so- meterle a tormento; durante el mismo, Filotas habría revelado que, a pesar de que no tenía que ver nada con el presente complot, él y su padre habían estado presentes cuando Hegéloco, quizá el mismo que había mandado la flota y recuperado las ciudades que se pasaron a Darío, y que había muerto en Gaugamela, criticó la pretensión de Alejandro de consi- derarse hijo de Zeus, porque ello iba en detrimento de la figura de Filipo y les propuso un plan para acabar con Alejandro y ocupar su puesto, lo que padre e hijo acabarían aceptando una vez que Darío hubiese muerto. Fuese auténtico o no ese plan, cuyo conocimiento había sido obtenido mediante la tortura, era suficiente para ajusticiar a Filotas y a los conjura- dos denunciados por Nicómaco y Cebalino.
Da toda la impresión, sin embargo, de que aprovechando un complot auténtico y en marcha, los enemigos de Filotas, entre ellos sobre todo Hefestión, aprovecharon su negligencia para acusarle. Si es cierto o no que tanto él como su padre tenían en mente atentar en algún momento
contra Alejandro, como el propio Filotas habría confesado bajo tortura, es difícil saberlo. De haber sido cierto, eso justificaría también el silencio de Filotas, puesto que otros iban a ejecutar el golpe que él quizá tenía pensado aun cuando sin duda no había empezado todavía a ponerlo en práctica; para ello habría necesitado estar más cerca de su padre, que go- bernaba la Media desde Ecbatana con muchos soldados a sus órdenes y con el tesoro a su disposición.
Muerto Filotas, también tendría que morir Parmenión porque, o ha- bía participado y conocía los planes de su hijo o porque, de no haberlo hecho, al enterarse de su ejecución y de los detalles del proceso habría sido un peligro dejarlo con vida. Por consiguiente, Alejandro dio orden de que fuera eliminado por los mismos generales que se hallaban a sus órdenes del mismo modo que él había recibido la orden de eliminar a Átalo años atrás. En su entorno, el puesto de Filotas al frente de los com- pañeros fue ocupado por Hefestión y por Clito. Del mismo modo, y aprovechando esta coyuntura, el miedo a nuevas detenciones, las posibles represalias contra los amigos de los condenados, etc., Alejandro decidió ejecutar a Alejandro el Lincesta –que llevaba ya preso tres años– y tomar toda una serie de medidas contra los partidarios de Parmenión, entre ellas inspeccionar los correos y trasladar a una unidad especial, en cierto modo de castigo, a los que en sus cartas expresaban malestar por el destino del anciano general.
Alejandro se había librado, pues, de una conjura inminente y de otra que se hallaba todavía en estado embrionario. Los motivos de la primera no han llegado a conocerse; los de la segunda, siempre a tenor de la confesión de Filotas, obtenida a la fuerza, tendrían que ver con el cambio radical que había supuesto la adopción de una personalidad divina por parte de Ale- jandro. Si eso había provocado descontentos entre una parte de la nobleza macedonia, la adopción de los nuevos elementos de tipo oriental a los que hemos aludido no podía sino ir acentuando la distancia entre el rey y su pueblo. Y eso solo era el principio; lo peor estaba todavía por venir.
Por otro lado, en todo este episodio se observa el peso que una serie de compañeros va asumiendo; Hefestión, Crátero, Tolomeo y Clito el