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In document Alejandro Sanz - Por Derecho (página 177-187)

No hay manera de entender a Alejandro si no es con la música al lado. Y dentro de la música, con el flamenco, ese amor que no decayó ni cuando tuvo que compartir su corazón con el rock duro. La fuerza del flamenco está, para él, en que «no es racista y le gusta mezclarse con muchas otras músicas.

Por eso está tan vivo».

Para Alejandro, lo que es y no es flamenco está separado en la vida diaria por una hamletiana línea divisoria que sirve para calificar una actitud, una persona y hasta un objeto. Según su particular visión, no es flamenco gastarse cinco mil pesetas en un taxi, pero sí lo es, y mucho, «levantarte a las tres de la

tarde, comerte un puchero, echarte la siesta, volverte a levantar, vestirte, arreglarte muy bien y salir por ahí a fumarte una pipa».

No sorprende cuando lo dice un hombre a quien el mejor pop arranca un «ole». Sus conversaciones acaban girando casi siempre sobre esta obsesión: se recrea ensalzando el talento de Vicente Amigo y vive al día, por su amistad con Antonio y José Miguel Carmona, las buenísimas canciones de Ketama.

El cantaor Camarón de la Isla es para Alejandro tan intocable como Paco de Lucía, y le indigna el disco póstumo que le han publicado, porque en el concierto parisiense que reproduce, José Monge no estaba en forma y, a su entender, si su estela se hubiera respetado con más celo, nunca hubiera debido permitirse que ese material viera la luz.

Sobre José Mercé y su «Del amanecer», considera peligrosa la identificación del propio cantaor con Camarón, por lo que pueden caerle encima comparaciones demasiado rigurosas.

Alejandro es capaz de señalar con sabiduría de experto todas las maderas que han intervenido en la factura de una guitarra... «El instrumento más

íntimo, desde la forma de tocarla, que tiene que estar pegada al pecho, y para hacerla sonar hay que abrazarla. La guitarra llora, habla, expresa el sonido que le sale de dentro al músico. La guitarra utiliza a quien la toca como caja de resonancia.»

Tiene siempre cerca un cajón rumbero que golpea de vez en cuando... «El

cajón, ese instrumento flamenco por antonomasia, proviene de los Andes peruanos. Tiene su origen en la pobreza.» Pero el modo de

agarrar su guitarra española cuando la reencuentra, delata sus preferencias. Alejarse de ella es, para él, como dejar de respirar... Uno de los entretenimientos favoritos de Alejandro es poner canciones propias y ajenas a sus invitados, para comprobar su efecto en sus caras. En esas sesiones privadas se oyen cosas estupendas de José Carlos Gómez, un compositor de Algeciras, «que aunque

es muy flamenco presenta las canciones enteras en una cinta». O la

Ellos, o Antonio Reguera, su amiguete gaditano que tocaba blues hasta que se enamoró de una monitora de aerobic y transformó su pub Valolo en un gimnasio, son sus raíces, gente que le mantiene con el oído al día y el pie en la calle.

Su dedicación al flamenco se centra en colaboraciones con otros artistas, pero sobre la posibilidad de sacar un disco propio en esta línea, ha sido rotundo...

«Yo no voy a descubrir nada en eso. No voy a cantar mejor que Camarón ni a tocar mejor que Paco de Lucía. Prefiero emplearme a fondo en algo que pueda hacer mejor que nadie. Soy flamenco en mi forma de sentir y de vivir, pero no soy un cantaor.» Y le gusta bromear

sobre lo bien que tocan, cantan y bailan cientos de niños de siete años en todos los pueblos de Andalucía: «Menos mal que les queda mucho por delante

y lo tienen difícil para darse a conocer, que si no...» Es un vacile que

contrasta con su generosidad para con otros músicos, porque oye todas las maquetas que le llegan y está dispuesto a ayudar cuando descubre talento en otros —o «pellizco», como en el caso de la Nina Pastori.

Cuando encuentra algo innovador, se emociona como si estuviera implicado. Por ejemplo, con las maquetas que le pasó Capi de una chica aragonesa, Carmen París, que hace una mezcla de jota, fado y jazz bastante original. Y con tantos otros.

Alejandro colaboró como guitarrista en el álbum «Hiperespacio», de La Unión. Participó en «One voice: the songs of Chage and Aska», un álbum tributo a este grupo japonés, con «Canción de amor para olvidarte». Cedió a la hija de su amigo Pepe de Lucía, Malú, «Aprendiz», «Donde quiera que estés» y «Antes que amantes, amigos». Han cantado temas suyos Azúcar Moreno, Pepe de Lucía, Vainica Doble, Alba Molina y... Julio Iglesias.

El tema que da nombre al disco de Adolfo Canela —su viejo amigo Adolfo Rubio— «Pa’ ir tirando», es de Alejandro. Ha participado en el disco «De la zambra al duende», en homenaje a Juan Habichuela, con la bulería «Dale al aire», que interpretó con Ketama. Y ha recitado para la grabación «Marinero en tierra», un tributo a Pablo Neruda, el poema XV de «Veinte poemas de amor y una canción desesperada». Aquel que empieza: «Me gustas

cuando callas, porque estás como ausente...»

Aunque en este caso sólo actuara como inspiración, la suerte llegó hasta Lydia, una fan que a los dieciséis años le envió una cinta con sus canciones, y llegó a ver su disco publicado, en el que se incluía «No sé si es amor», la canción en que confesaba su pasión por Alejandro. La chica llegó a vender cincuenta mil copias.

Esa actitud abierta del Alejandro músico hace posible también que un número uno indiscutido como Paco de Lucía haya estado a su lado en el estudio y sobre un escenario cuando se le pidió. Una prueba de su ascendente entre sus compañeros de profesión se encontró en el monográfico de «El séptimo de caballería» que se hubo de emitir dos veces ante el éxito de audiencia. En él, se

reunieron en torno a Sanz el maestro Juan Habichuela con su familia —Ketama—, Malú, la Niña Pastori, Pancho Céspedes, Joaquín Sabina

(impresionante su versión a dúo con Alejandro de «Princesa»), y Arturo Pareja Obregón entre otros.

En el invierno 1999-2000, Alejandro tuvo una ocupación extra: preparar, producir y grabar «Cañaílla», el tercer disco de la Niña Pastori y el que la ha consagrado. Desde que la fue a escuchar a San Fernando hace años, en un viaje muy loco que duró una semana, tuvo mucha fe en ella. Iban la Tata, Paco Ortega —que había insistido en que la conociera— y Alejandro, que ha contado algunas veces ese viaje como uno de los más divertidos de su vida. La Niña esperándoles con todos los nervios de una debutante, y la pandilla parando en cada mesón que se cruzaba por el camino y jartándose de reír. Ya con Paco Ortega le produjo el primer disco a María, «Entre dos puertos» —en el 96—, con sus temas «Fandangos del río», «Tú me camelas» y «Anoche me diste un beso».

Pero Alejandro sabía que Niña Pastori tenía una virtud que no se había explotado aún lo suficiente...

«Lo que tiene la Niña es que es gaditana, y nadie se lo ha sacado todavía. Ya está bien de hacer rumbitas. “Cañaílla” no es sólo un disco de flamenco, sino con muchas cosas sorprendentes en otros registros. Es un disco como ese mío segundo a lo mejor, el “Si tú me

miras”. No porque venda más o menos, que eso no me preocupa,

sino por su planteamiento. Ya veréis cuando ella cante esta canción...», decía a sus más íntimos antes de sentarse al piano para

interpretar «Cái», el gran éxito de «Cañaílla».

Mientras proyectaban el disco, Alejandro la invitaba a cenar con frecuencia, y María iba con su inseparable Chaboli, el risueño y melenudo percusionista que está siempre de broma y lanza un ole cada vez que abre la boca. Chaboli tiene historia y un pedigrí florido, ya que es hijo de Jero, el desaparecido miembro de Los Chichos, una de cuyas canciones figuró en el disco de la Niña, lujosamente versionada. Sentados a la misma mesa podían encontrarse amigos como el empresario Pepe Barroso mezclados con gente del entorno cotidiano como Luis, el técnico de sonido con el que siempre trabajaba Alejandro en Somosaguas. El jamón solía ocupar un lugar destacado en aquellas cenas informales rebosantes de ensaladas, en las que algo denotaba que Alejandro estaba muy a gusto en esa residencia, pero de paso. Marta creaba siempre alrededor un ambiente reconocible y familiar, pero el aroma de provisionalidad latía al fondo. ¿Y no viven, en el fondo, siempre así los artistas de nacimiento? ¿No es su verdadera patria una guitarra y la belleza su única religión?

A los postres llegaba José Miguel Carmona, con la guitarra en las manos, y María —la Niña— cantaba una y otra vez los versos de «Raro» siguiendo las indicaciones de Alejandro. Los tres se sentaban en un círculo de altos taburetes y reclamaban paz para el trabajo. El mirón incapaz de quedarse quieto, era amonestado sin piedad por el anfitrión: «¡Siéntate, hombre, que te

La canción «Raro» fue antes «Alma de trapo» para el disco debut de Alba Molina, «Despasito», pero Manuel Molina (padre de Alba y ex miembro de Smash y de Lole y Manuel) la retocó para ponerla por tangos. Alejandro la volvió a convertir para la Niña en una bulería, el palo que más le gusta y como la pensó desde un principio.

Se familiarizó en Broadway y Londres con los grandes espectáculos musicales, y acarició otro proyecto a propuesta de su «hermano mayor» Miguel Bosé: producir y dirigir un musical sobre Don Juan, que incluyera música contemporánea y flamenca. Llegó a componer varios fragmentos, inspirados en compositores como Schönberg, con piezas que duran hasta diez minutos. Se trata de sonidos que sugieren un escenario y piden a gritos una coreografía, creados para el ballet, y que tal vez obliguen algún día a considerarle como creador de otras músicas. Pero la fuerza y la magia de Niña Pastori se acabaría llevando toda la energía disponible para proyectos que no fueran su propio disco.

Después de aquellos ensayos caseros, Alejandro ejerció ya de productor del disco de la Niña. Producir exige ejercer esa rara mezcla de padre, jefe, amigo y admirador tan difícil de encarnar, donde lo que cuenta es la autoridad moral. Tenía clara la idea de cómo enfocar la carrera de Niña Pastori, y la desarrolló aconsejándole cómo dosificar su poderosa voz.

Durante esa grabación hubo una sesión que ilustra su manera de trabajar en estudio con otros artistas: José Miguel Carmona y el Paquete, de La Barbería del Sur, se enredaron con sus guitarras en un pasaje de «Raro». Se atascaban de verdad, repitiendo un pasaje una y otra vez. Paquete no se la sabía del todo, y Josemi se empezó a contagiar de inseguridad. Y se pasaban la pelota el uno al otro, como niños en el patio del colegio: «Hazla tú solo, tío.» «No, mejor

los dos de tirón.» Alejandro, desde la mesa de control, pedía que se pinchara

el pedacito de la canción una y otra vez, y por el altavoz se oía a María cantar el fragmento que se les había atragantado:

«Mi cama estaba vacía, me dormí pensando en ti, pensando en ti me desperté, soñé contigo estoy sin ti, y así llevo toa la vía...»

El Alejandro productor le echaba humor al asunto... «Vamos, Josemi, que

tengo aquí delante un dibujo de tu hijo. A ver qué va a pensar de su padre.» «Venga, Paquete, que esto tiene menos misterio que unos premios Amigo». Expandía buen rollo a manos llenas, pero el tapón seguía

ahí, y al final optó por salirse del estudio para que los dos músicos solucionaran entre ellos la situación. Esa mano izquierda que maneja con habilidad el humor y el respeto a partes iguales es clave. Alejandro había implicado a José Miguel Carmona y a Emanuele, su propio productor, armando así un trío de lujo para el disco. Y sostuvo personalmente un tira y afloja en las negociaciones con Ariola, hasta que la compañía de la Pastori antepuso la calidad del proyecto a cualquier otro criterio. Para completar el círculo, Rosa Lagarrigue fichó también a la Niña. La apuesta era completa.

Hasta aquí su manera de afrontar en el estudio un disco ajeno, pero la gran pregunta es: ¿Cómo compone sus canciones el hombre de los cinco millones de discos?

Es fácil imaginar a una legión de espías industriales en busca de la fórmula mágica, a un montón de salieris queriéndole robar el talento y el sistema de trabajo a este Mozart de los récords que, sin embargo, muestra su cocina como esos chefs excelentes que dan alegremente sus mejores recetas con la seguridad de que nadie será capaz de recrearlas en toda su perfección.

Suele componer desde la tarde hasta la madrugada, e incluso recibe «visitas» inesperadas a las que invita a participar en su insomnio creativo... «Como a

todo el mundo, cuando he trabajado muchas horas, se me ha hecho de noche y he tenido la atención centrada en un papel, empiezo a ver cosas extrañas. Es un efecto óptico, pero he decidido llamarlo “mis duendes” porque así lo paso bien. Creo que hay una chispa ahí, y en vez de llamarla “chispa” llamo “duendes” a esos momentos en que, de pronto, tras haber estado horas sin lograr nada, sale lo que me faltaba para completar una canción, o alo mejor sólo una frase que vale por todo el día...»

El cuadernillo que acompaña «Más» con las letras del disco está salteado de esos hallazgos, que Alejandro distribuyó entre sus fotos como regalo añadido a sus seguidores. Son frases de altas horas, paridas en la frontera de lo real y lo imaginario, con la lucidez febril que sólo un insomnio severo proporciona. Sentencias que se han hecho populares entre sus fans como «Hay cosas que

no se cuentan y mueren en los corazones», o «Escribo de noche a pesar de que la luna tiene las manos frías». Cosas del corazón, como «La distancia no es cuanto nos separemos; la distancia es si no volvemos», o «A veces mi corazón va donde mi voz no llega».

Sin duda en esos momentos de soledad y explosión lírica, recoge el artista, casi inconscientemente, sus influencias literarias. Los ratos invertidos en leer novelas de Alessandro Baricco, o poemas de Mario Benedetti...

Siempre dijo que, para construir una canción, había que hacer «mucha

caligrafía». Partiendo de esa base, maneja dos sistemas distintos de trabajo:

Cuando logra lo que él llama una frase musical —que por su rítmica le sugiere ya una melodía—, escribe esa estrofa sobre su pizarra frente al piano, para poder repetirla cuantas veces necesite mientras toca, mientras adecua su modulación a lo escrito. En este sistema, la letra manda sobre la música, hasta que sale la canción completa.

Pero si no es así, no puede dejar de trabajar sólo porque no encuentre la frase genial a la primera: acude a la improvisación pura y dura. Tiene varias grabaciones de fragmentos e ideas que ha ido juntando a pelo; ejemplos de diálogo improvisado entre su tarareo y su instrumento.

Este proceso es el que ha seguido creando las canciones de «El alma al aire». Un ala de la casa de Miguel fue equipada con todo lo necesario para trabajar: un

enorme piano al fondo con su computadora encima, el saxo sobre un atril, y las pantallas de ordenador que su técnico operaba desde la caída de la tarde hasta que salía el sol.

El estudio era uno de esos lugares acogedores a su pesar que, proyectados para un corto espacio de tiempo, se habían hecho semidefinitivos. En el espacioso baño pegado a la sala que utilizaba para componer, tocar y grabar, había situado equinas de gimnasia a las que dedicaba un rato algunas mañanas.

Su técnico iba grabando el trabajo directamente en el ordenador, pero cuando Alejandro trabaja solo, vuelve a su sistema original...

«Me han invadido las máquinas porque dan la posibilidad de escribir en casa para toda una orquesta a través del teclado. Pero son un arma de doble filo, Porque te enganchas al ordenador, empiezas a cambiar una nota de sitio, ¡y cada acorde puede tener sesenta variaciones, todas ellas buenas! Entonces te dices: “¿Qué hago aquí buscando una nota si tengo que seguir adelante?” Lo quieres poner muy bonito, te pierdes en los efectos y en los “reverbs”, y te puedes olvidar de componer, que es lo importante.» «Por eso acabo usando una grabadora de bolsillo. Después de gastarme un dineral comprando lo último en ordenadores, termino con una grabadora y la primera guitarra que tuve —“la abuela”— o con el piano.»

Desde que domina el piano, lo utiliza más que la guitarra, y es ejemplar la disciplina que se aplica para evitar hasta las noches que le piden libres las musas: una experiencia muy bien contada por Joan Manuel Serrat (protagonista del primer concierto que vio Alejandro en su vida), en su famosa canción a la sequía creativa... «No hago otra cosa que pensar en ti».

Con Serrat logró cumplir Alejandro un viejo sueño en la entrega de los Premios Ondas de Radio Barcelona (noviembre del 99): cantar a dúo «Romance de Curro el Palmo», su canción favorita del «Noi de Poble Sec», y que no había podido interpretar en el disco homenaje que se le dedicó, porque Antonio Vega la había reservado antes que él.

Aun así, no da por terminada ninguna canción hasta que finaliza el proceso de grabación. Y hay muchos pasos previos.

A partir de «Más», cuando la colaboración se hizo ya muy estrecha, Alejandro enseña las canciones a Emanuele y las tocan juntos muchas veces. A veces él solamente canta y Emanuele toca el piano. O Alejandro coge la guitarra y Emanuele, el piano. Cuando ven la estructura que va a tener la canción, se la entrega a Emanuele, que realiza en solitario los arreglos que considera oportunos. Es una fase en la que el italiano procura alejarse siempre lo más posible de lo que Alejandro puede esperar... «Intento hacer el arreglo

menos obvio. Si él espera una cosa, le doy la contraria. Y es muy abierto. Se lo cuento y me dice: “Hazlo.”»

En un tercer momento, los dos escuchan los arreglos que Emanuele ha preparado y se hacen los cambios definitivos en todo, incluso en letras. Cuando se toma la decisión, se entra a grabar.

«De todas maneras, Alejandro genera mil ideas por segundo, y está aportando cosas hasta el último día de la grabación.»

El subidón que experimentan las canciones cuando van superando estas fases impresiona tanto como asistir al vuelo experimental de una nave cuando se han vivido los primeros martillazos de su construcción.

Durante ese largo invierno de retiro y composición, un amigo de Alejandro escuchó a todo volumen la segunda versión de una canción que había oído antes solo al piano, y mantuvo con él este diálogo mientras la letra de «Para que me quieras», decía:

«Para que me quieras te daré un año entero que te haré sólo de primaveras

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