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del night club al triunfo

In document Alejandro Sanz - Por Derecho (página 38-48)

[1986-1992. El encuentro con el público. Los años de aprendizaje.

Capi. Avatares con las discográficas. «Viviendo deprisa»]

Cuando su padre vio que Alejandro iba en serio, se apresuró a cumplir su palabra y le ayudó en lodo lo que estaba en su mano. Jesús Sánchez Madero tenía contactos y los utilizó a tondo enviándole a trabajar a los pubs y clubs del circuito que conocía bien. A veces incluso cantaban o tocaban la guitarra juntos, pero no era lo habitual, porque Jesús ya se había bajado de los escenarios y para establecerse como agente artístico. En su oficina representaba un poco de todo, desde cantantes de cabaret hasta magos, pasando por números porno. Y mandaba a Alejandro aquí o allá, para que se ganara cinco mil pesetas, que era la cifra habitual. Tenía que tocar a veces en locales de alterne, que casi siempre parecían más bien cómicos: «Salía una señora ahí vieja de verdad,

meneándose, la pobre me miraba... ¡y yo era el espectáculo! Un chaval de dieciocho años ahí, para todas aquellas chicas que estaban acostumbradas a los puros camioneros y a los viejos...»

En la Gran Vía madrileña, ese Hollywood de chotis, los noctámbulos le vieron cantar y tocar bajo el nombre de El Cané —sacado de un juego de cartas y que le puso Antonio Arenas— su repertorio de Romero Sanjuán, Bordón 4, Triana o Alameda, con un solo micro para guitarra y voz...

«Yo actuaba mientras las chicas se cambiaban... Bueno, mientras se cambiaban... ¡de plásticos!, porque todo lo que llevaban eran unos plastiquitos en los pezones. A mí me asustaban esos sitios. Nunca me acostumbré a los puticlubs. Me dan miedo, siempre me han producido mucho respeto.»

Varios veces recalaba en el Erika, donde de vez en cuando se dejaba ver la estrella del local, que podía ser Caco Senante 0 un cantante argentino tipo Francisco, para que le hicieran un homenaje. Por ejemplo, le daban una placa piulada por Tony Greco...

«... un personaje impresionante, un showman que pinta cuadros muy particulares. Tendrá sesenta y tantos años, y ahí sigue trabajando. En ese circuito conocí personales muy curiosos.»

Alejandro no tenía manager aún, y muy pocos amigos estaban dispuestos a aguantar los tres pases nocturnos que debía cumplir —doce, una y media, tres y medía de la madrugada—. De modo que le tocaba pasar el trago solo.

En una de estas sesiones cabareteras, Alejandro conoció a Pedro Miguel Ledó, que sería después su asistente personal durante una larga etapa, llegando a componer con él «Quiero morir en tu veneno». Es su nombre el que se esconde tras «Todo sigue igual».

«Esa canción está dedicada a Pedro Miguel, un tío de Sevilla que trabajó conmigo muchísimos años. Le conocí cuando entré a trabajar en una oficina de management, Star Records, donde el era secretario. Nos hicimos muy amigos y, cuando empecé a tener éxito me lo llevé a trabajar conmigo. Estuvo viviendo en casa de mis padres y todo, con mi familia, como uno más. Le llamábamos “la Tata”.»

De vuelta al trasnoche en el garito de Gran Vía, con aroma a ambientador y humo de cigarro, corre el año 86 y Pedro Miguel, dejando atrás un pasado de técnico en grupos teatrales sevillanos, ha aterrizado en Madrid y en Star Records. Tiene cierto aire curil y habla despacio, como evitando un error.

Alejandro, en el escenario, canta canciones de Lole y Manuel, sevillanas, y Pedro está en un grupo con la actriz argentina Perla Cristal, artista de su oficina, Tony Greco, y el padre de Alejandro.

A Luciano Ruiz, el jefe de Pedro, se le ocurrió que aquel chaval que estaba tocando sobre el escenario y que a la vez estudiaba administrativo, podía echar una mano en Star Records, y allá se fue Alejandro. Durante los tres meses que pasó en la oficina, Pedro Miguel Ledó y él congeniaron y decidieron componer juntos.

Algunas de esas sesiones creativas contaron ton Adolfo Rubio, un tercer socio al que la Warner publicaría un disco en manto de 2000 con alguna canción fruto —todavía— de aquellos encuentros. Componían de noche, en casa de Alejandro, y con un radiocasete roto cuyo botón de record había que mantener apretado mientras se grababa pata que no se detuviera la cinta, por todo soporte técnico. Alejandro se separaba de las calles y la pandilla de Pedrito el Electrónico para hacer música con sus nuevos amigos en los ratos libres que le dejaba la academia de Vicente.

Así escribieron varias cosas, y como Capi, al que Alejandro ya había conocido, estaba haciendo un disco para Marina, la prima de Tijeritas, en ese álbum salieron los dos primeros temas compuestos en esas reuniones: «Javivi» y otro. Después siguió su colaboración en dos discos de flamenco con María Vargas (todos los remas del primero; dos temas de Alejandro y Pedro, y Alejandro coproduciendo con Capi en el secundo); la canción «Vente conmigo» para Azúcar Moreno, en la que también intervino Adolfo Rubio... y el grupo rociero Salmarina grabó «Volver a Sevilla», que Alejandro tocó en el concierto de «Básico», aunque no salió publicada en el disco.

El tema estrella de ese encuentro a tres bandas sería «Quiero morir en tu veneno», que primero interpretó Juan Carlos Valenciaga y más tarde Alejandro (en «Alejandro Sanz 3»), una vez retocada la letra. Llegó al número uno de «Los 40 Principales» y fue objeto de una versión de Alejandro con Paulo Valessi en italiano. Pedro Miguel abandonó Star Records y se fue a trabajar con Tino Azores, un técnico de sonido que había sido socio de Capi. Cuando Azores y Capi se separaron profesionalmente, Pedro se decidió por Tino, lo que le alejó de Capi e indirectamente de Alejandro por cierto tiempo.

Hay que hablar ya de cuando Capi aparece en la historia de Alejandro, y debe ser la propia estrella quien ilustre con sus palabras el encuentro:

«Mi padre buscó a Antonio Arenas, el tío del Capi, para que yo perfeccionara guitarra flamenca a los quince años. Pero en vez de darme clases, decidió que hiciéramos un grupo de sevillanas, Sol y Arena, con su hijo Pepito, otro amigo suyo que era muy repelente, y yo. Actuamos poco y en sitios muy pequeños. Además, Antonio tenía tan mal genio que salíamos de los sitios y no nos querían volver a ver en la vida. Él no tocaba, pero iba siempre con nosotros, y tenía momentos muy mágicos. Contaba historias de cuando los flamencos iban a América y la Mafia era muy fuerte. Él se había traído muchísimas joyas que le regalaban, porque decía que a los mafiosos les encantaba el flamenco y en una noche de fervor, le podían regalar al guitarrista un anillo de rubíes. Así que él tenía su pequeño tesoro en su casa, y desde que se lo robaron tenía un genio fatal. Me presentó a Capi, y empezamos a hacer la historia aquella de Alejandro Magno.»

A aquel Alex que tenía diecisiete años y venía de Moratalaz, de las motos y de competir con Mole por una mujer, le alucinó un poco el encuentro con Capi. Amonio Arenas le envió a su casa diciéndole «quieren hacerte un disco», y nada más entrar se dio enema de cinc... algo no encajaba.

«Yo era un tío de barrio con el pelo hasta aquí, que no había visto un maricón a quinientos metros en mi vida, y de repente me encuentro en aquella casa, oyendo: “¡Bonita!, no sé qué, esto, lo otro.” Tuve la típica reacción del gallito que cuando se topa con una situación así le entra un pánico terrible. Además, Capi y Luis Miguélez me ponían a hacer maquetas cara a la pared para mirarme el culo, ¡los muy cabrones! Total, que empezamos a trabajar en ese ambiente que para mí era totalmente nuevo, pero me enseñaron mucho. Sobre todo, a no temer cosas que de pequeño te han enseñado que no son lo que tienen que ser. Me di cuenta por mí mismo de lo que era para mí y lo que no, de lo que me gustaba y lo que no me gustaba. Porque para reírme, charlar y pasar un buen rato, no conozco a nadie como Capi o Luis Miguélez.»

Alejandro conoció entonces el elemento homosexual que existe en todos los ambientes, y más específicamente en el artístico. Descubrió la sensibilidad y un sentido del humor de personas para las que no estaba preparado desde casa y que le sorprendieron porque «en un momento dado pueden ejercer de

madres, luego de hermanos, y también de amigos».

De aquella factoría salió, entre muchas otras cosas, la primera experiencia discográfica grabada por él en el año 89, aunque bajo el marketinguero nombre de Alejandro Magno: «Los chulos son pa’ cuidarlos». Un hito en su trayectoria que no afronta ya como un sambenito, sino que justifica por lo divertido que fue hacerlo y lo que aquello significaba a su corta edad...

«En ese momento, ya el solo hecho de grabar un disco me parecía simplemente maravilloso. Grabamos con Tino Azores, un técnico de sonido un poco franquista en su alma. La primera vez que grabé con él, iba de productor importantísimo, y como nosotros éramos muy jóvenes, su vida era presumir delante de los chavales que empezaban. Me metí a hacer un coro y me dijo: “Tú salte de ahí, que no vales para esto.” Yo empecé muy pronto a trabajar en los estudios a través de Capi y de este Tino Azores. Muchas veces ni siquiera cobraba.»

Por un ejemplar de «Los chulos...» los coleccionistas de rarezas discográficas llegan a ofrecer hoy un cuarto de millón de pesetas, ya que el disco fue objeto de tal peinado en las tiendas que es sencillamente inencontrable.

La actividad de productor de Miguel Ángel Arenas permitió a Alejandro adquirir experiencia en todas las vertientes del trabajo de estudio: composición, coros, arreglos. En los discos de Capi hacía muchas cosas distintas. También hubo un proyecto de rumba-pop con un productor argentino, donde él cantaba con Adolfo Rubio, aunque luego ese productor pusiera otras caras en la portada del disco. Todos los entresijos de la industria se le mostraron a Alejandro durante esta larga etapa desde dentro y desde abajo, de manera que ese conocimiento le hiciera muy difícil tropezar en un futuro de éxito, al saber de qué pie puede cojear cada pata de su negocio cuando no está bajo control.

* * *

Miguel Ángel Arenas, Capi, tiene porte amejicanado, mucho sentido del humor y gran afición por los colores chillones. Su casa ha sido siempre refugio de artistas con talento en apuros económicos. Desde que conociera —mientras trabajaba de ayudante en el estudio del escultor Luis Sanguino— a finales de los setenta a Costus, el mítico dúo de pintores naïf que encarnaron la iconografía de la movida madrileña hasta hoy, en que David Paquet, con una pintura sucesora de aquélla, usa uno de sus salones como estudio.

Capi ostenta un considerable pedigrí de descubridor. En su modernidad, que es ya posmoderna, sabe casar lo folclórico y lo camp con lo avanzado. Es un visionario con ojo y olfato, que ha tenido muchos intentos y bastantes aciertos en el mundo del disco. Los Pecos en su tiempo, Mecano después, y sobre todo Alejandro Sanz, son los más sonoros.

Arrellanado en su sillón, que más parece un trono, no olvidará cuando le dijeron que su primo José tenía un grupo de sevillanas con otros dos chicos. A sus padres les llamaba mucho la atención Alejandro y le hablaron de él hasta que su tío Antonio le llevó, con la casete que habían grabado, una foto de los tres en el parque de El Retiro. Capi estaba en ese momento con el guitarrista de Alaska y Dinarama, Luis Miguélez, y le comentó: «Qué sexy, qué divertido es éste,

Y empezaron a preparar «Los chulos son pa' cuidarlos», porque a Alejandro, que aún no componía, le gustaba cantar rumbas. Capi quedó fascinado con la capacidad de aquel chico polifacético que igual recitaba a Lorca que contaba El Quijote...

«Era brillante, guapo, simpática, inteligente, y se acoplaba a las situaciones como si llevara en ellas toda la vida. Tenía talento, el mundo artístico le llamaba, y estaba ahí como podía haber estado en la Factory de Andy Warhol. No había que introducirle en nuda.»

Si Capi tiene que destacar algo de la personalidad de Alejandro cuando se conocieron, se queda con «lo divertidísimo que era. Tanto como ahora,

sólo que pudiendo salir a la calle, que es la pena. Yo me he jartao de reír con él».

Siempre le encontró interesado por las novedades. Desconocía lo que era trabajar con un fotógrafo, y se entregó al objetivo de Pablo Pérez-Mínguez hasta superar la prueba y saber todo el partido que podía sacarse. Y como era trabajador y la música era su vida, pasaba mucho tiempo en casa de Capi escuchando, absorbiendo como una esponja toda información valiosa.

«Los chulos...», refrito y última vuelta de tuerca a un proyecto tecno-rumbero de Tino Azores y Capi que remató Luis Míguelez, salió en el 89 con una sola canción compuesta por Alejandro, «Tom Sawyer».

En el 90, Alejandro hizo coros con el legendario Tino Casal y con Laín, compuso los temas «Gángster» y «La magia está en tu corazón» para Los Chicos de Tass —una especie de New Kids On The Block a la española— y produjo el álbum «Música en el rincón» para La Ventura. Es el año de «Quiero morir en tu veneno» y «La llama de la pasión» para Juan Carlos Valenciaga...

«Era una máquina de trabajar. Y yo, como productor que necesitaba movimiento, llegaba con una idea y “¡que la haga Alejandro!”. Y Alejandro lo hacía todo. Yo impulsaba los motores y él no paraba. Por eso, cuando llegó “Viviendo deprisa”, antes hay montones de discos que han sido su preparación y su aprendizaje para enfrentarse un día con un proyecto propio y personal, porque lo tenia muy claro desde que me dijo: “Voy a estar en esto aunque sea llevando el café.” Y cuando llegó su primer disco, él ya había trabajado antes en seis. Por eso lo hicimos como nos dio la gana, y la compañía tuvo que tragar.»

Para el gran público, ahí empieza todo.

Ni Alejandro ni Capi hicieron concesiones en «Viviendo deprisa» porque tampoco calculaban que se convirtiera en la revolución que resultó ser. Se hubieran contentado con que gustara en el ambiente musical, pero la dimensión que alcanzó no era previsible.

Mientras preparaba repertorio de encargo pan la cantante Arabia, se dio cuenta de que sólo él debía interpretar ese material que tenía entre las manos. Como

después de «Los chulos son pa' cuidarlos» Alejandro seguía ligado por contrato a Hispavox, propuso a esa compañía editar su debut con temas propios. Pero la casa de discos vertió un jarro de agua fría sobre sus sueños. El entonces director, Javier del Moral, no sólo le advirtió que nunca triunfaría cantando baladas con ese deje flamenco, sino que sus letras eran demasiado complicadas. Ante esa reacción, Alejandro pidió su carta de libertad —la rescisión del contrato— para poder grabar sus canciones en otra discográfica, y Del Moral le exigió tres millones de pesetas a cambio. El artista, que no tenía ni para el metro, amenazó con sentarse a la puerta hasta conseguir su propósito. Finalmente lo logró, pero con una condición: sólo podía grabar con su futura compañía los mismos temas que había ofrecido a Hispavox, y que estaban

«condenados al fracaso».

En los meses previos a la grabación de «Viviendo deprisa», tan faltos de apoyo, hay personas dentro de Hispavox que alientan a Alejandro. Una mano amiga es la de Moncho Ferrer, entonces jefe de promoción de la discográfica. Pero llegamos al momento de la historia donde ya ha pasado lo peor, uno de los períodos más dulces en la vida profesional de Miguel Ángel Arenas, Capi...

«Se produce una pugna por Alejandro. Íbamos a grabar con Ariola, pero allí, Álvaro de Torres propuso que hiciéramos primero un single. “¿Cómo que un single?” —exploté—. Por pura intuición, fui a ver a Iñigo Zabala a Warner, para buscarme la vida por otro lado, porque con aquéllos no íbamos a ganar ni para los gastos.»

Iñigo, ex teclista de La Unión, había debutado con muy buen pie como director artístico de Warner fichando a Revólver y a Presuntos Implicados. Cuando Capi le llevó aquella maqueta y escuchó «Se le apagó la luz», se convirtió en fan de Alejandro. Pero al mismo tiempo, las canciones llenaban por fin hasta el despacho de Cámara, director de Ariola, y empezó una puja entre ambas compañías que no paraba de subir por los dos lados...

«Se estaba hablando de cincuenta o sesenta mil dólares —dice Iñigo— que ahora nos parece una cantidad ridícula, pero entonces era muchísimo dinero por un artista que empezaba. Cuando vi que podía perderle, le llamé y le dije: “Alejandro, te decidas o no por Warner, yo voy a ser fan tuyo toda la vida.” Me dio las gracias, colgó el teléfono, y a los dos días estaba firmando el contrato.»

Cámara ya era un semidiós en la industria, y Zabala apenas empezaba, pero Alejandro se dejó guiar por su instinto inclinándose por este último.

Capi y Alejandro grabaron en los meses de noviembre y diciembre del 90. Invirtieron el dinero del contrato en fichar a Eddy Guerin, prestigioso arreglista que ya había colaborado con Capi en un trabajo de Arturo Pareja Obregón. Eddy desarrolló su labor en «Viviendo deprisa» como un músico más, construyendo cada canción diariamente según la iban haciendo, porque tenía a gala no escribir nada en un papel. Era un músico de raza, al estilo de Krank Pourcel o cualquier director de orquesta de su época, que a los veintitrés años ya dirigía a cuarenta y tres profesores en la Orquesta del Casino de Beirut.

Responsable de sintonías televisivas legendarias, como la del programa «Un, dos, tres», también había trabajado con Isabel Pantoja, José Luis Perales o Serrat.

«Viviendo deprisa», publicado en mayo del 91, empezó a despegar. Alejandro tenía un buen contrato discográfico en el bolsillo, y era el primer artista al que Rosa Lagarrigue (Bosé, Mecano, La Unión, Pedro Guerra, Revólver, Malú, Niña Pastori y Txetxo Bengoetxea) se preocupó de buscar y fichar personalmente.

«En el verano del 91, Mecano estaba arrasando y Alejandro sólo tenía un single. Pero yo había oído hablar de él a Iñigo Zabala, había visto su vídeo, y le llamé para cenar con él sin que lo supiera nadie más.»

«Los dos cogidos de la mano» fue ese primer sencillo, pero fue el segundo single, «Pisando fuerte», el que conectó con el público. La frescura del primer tema dejó paso al carisma y la contundencia del segundo, más emblemático. Como dice Capi, «en España se acostumbra a dejar caer los discos a

los dos meses de salir. Pero con los artistas de talento no hay que bajar la guardia. Y con «Viviendo deprisa» se insistió y se insistió. Ayudaron mucho el vídeo de Isabel Coixet (de «Pisando fuerte») que acertó plenamente, y el trabajo de Rosa Lagarrigue y de la

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