Capítulo 1. El diseño de la investigación
1.4. Algunas precisiones conceptuales para leer esta tesis
A la hora de optar sobre la estructura a partir de la cual presentar los resultados de la investigación, elegí desarrollar la base teórico-conceptual sobre la cual se apoya a medida que procedía con el análisis. De todas maneras, antes de empezar me parece pertinente puntualizar algunas cuestiones conceptuales que de manera general han orientado la realización investigación.
El punto de partida de esta tesis, por obvio que pueda parecer, es que el capitalismo por definición es un sistema social desigual y que para sostenerse y reproducirse necesita legitimar las desigualdades en las que se basa. Una legitimación que, como señala Verena Stolcke, tiende generalmente a producirse mediante su “naturalización”, que consiste básicamente en:
“(…) un subterfugio ideológico que tiene como fin reconciliar lo irreconciliable, a saber, la ilusión liberal que todos los seres humanos, libres e iguales por nacimiento, gozan de igualdad de valor y oportunidades, con la desigualdad económica existente, en interés de los que se benefician de esta última.” (Stolcke, 2000: 29)
El análisis de la división social del trabajo constituye un lugar privilegiado para dar cuenta de las desiguales relaciones sociales y cómo las mismas se legitiman. De hecho, allí se expresa “la jerarquización de tareas pero también la jerarquización de personas, así como también las ideas y representaciones sobre tales actividades y relaciones” (Comas d’Argemir, 1995:18). De manera tal, que en la división social del trabajo se integran y reproducen las distintas formas de desigualdad, basadas en el género, clase y raza, entre otras posibles variables de estratificación social.
Como ha demostrado la antropología, si bien la división sexual del trabajo pareciera constituir un universal, cada sociedad tiene un diferente concepto de lo que es trabajo y lo que no lo es (Comas d’Argemir, 1995; Moore, 2009). También varía la distribución social del mismo, las relaciones bajo las cuales se realiza y las valoraciones que se le
atribuyen a las distintas actividades. Eso supone que el trabajo tiene lugar en contextos específicos y que por tanto su definición comprende dimensiones sociales y culturales. En la sociedad capitalista, como es ampliamente conocido, con la expansión de la mercantilización de los procesos productivos, el trabajo ha quedado equiparado al empleo -es decir, a las relaciones asalariadas- fundamentalmente adscripto al espacio público que se construyó como masculino. Así, en el largo proceso que supuso la transición de la sociedad pre-industrial a la industrial, los hogares fueron vaciados de sus funciones productivas a la vez que se gestó la ideología de las esferas separadas, configurando al ámbito doméstico como un espacio privado en contraposición al público, orientado a las tareas reproductivas, de las que las mujeres pasaron a ser sus principales y “naturales” responsables (Carrasco, Borderías, y Torns, 2011; Comas d’Argemir, 1995). En la medida que las actividades de reproducción no fueron remuneradas y permanecieron circunscriptas al ámbito doméstico, las mismas no alcanzaron el status de verdadero trabajo, quedando socialmente desvalorizadas, al igual que quienes las realizan, las mujeres, ocupando una posición subordinada con respecto a los varones.
La distinción entre trabajo reproductivo y productivo, los espacios en que se realizan, las personas asignadas a dichas tareas y su distinta valoración social son el resultado de una configuración social concreta en un momento histórico. El propio Marx en su análisis del capitalismo reconoció lo engañoso de la distinción entre producción y reproducción, señalando que no pueden separarse y que forman parte de un mismo proceso: la primera no es posible sin la segunda en la medida que para que la producción se realice, necesita que se produzca su constante renovación (Comas d’Argemir, 1995). Sin embargo, tal como apunta Silvia Federici, el análisis de Marx “se ha visto lastrado por su incapacidad de concebir el trabajo productor de valor de ningún otro modo que no sea la producción de mercancías” (2013:154). Es decir, “compartía el mismo criterio que el capitalismo sobre qué constituye trabajo y qué no” (2013:158-9). De allí, su “ceguera” sobre la importancia del trabajo reproductivo no remunerado realizado por las mujeres en el proceso de acumulación capitalista, y vinculado con ello, la devaluación social que el mismo debe sufrir a fin de rebajar el coste de la mano de obra. Un nexo, el existente entre el ámbito doméstico y productivo, que es importante que permanezca oculto porque facilita el desplazamiento de los costes desde la producción capitalista hacia la esfera doméstica, tal como las
economistas feministas se encargarían de demostrar años más tarde (Carrasco et al., 2011).
Ha sido a partir de los años ’60 y ’70, que los nexos entre producción y reproducción se visibilizaron, en buena parte gracias a los debates en el seno del movimiento feminista en torno al trabajo doméstico y la situación de opresión vivida por las mujeres. Debates que años más tarde -no sin dificultades- se incorporaron también a la academia poniendo en evidencia su fuerte sesgo androcéntrico.45
A partir de los años ’80, se recuperaron algunos de los presupuestos de la teoría marxista para profundizar en el análisis de las relaciones de reproducción, a las cuales se vinculan mayoritariamente las mujeres, examinando la relación entre la esfera productiva y otras instituciones sociales –especialmente la familia- en las que tiene lugar la reproducción de los trabajadores (Comas d’Argemir, 1995).46 Datan de esta época las teorías sobre la reproducción, que si bien han estado sujetas a mucha controversia, han permitido distinguirla en su triple acepción, a saber, la reproducción humana o biológica, la reproducción de la fuerza de trabajo y la reproducción social, es decir, de la de sociedad en su conjunto, constituyendo cada una un nivel de abstracción distinto, con distintas consecuencias para las relaciones de género (Comas d’Argemir, 1995; Moore, 2009).
Como señala Moore, uno de los grandes aportes de la crítica feminista en antropología ha sido poder evidenciar que “(…) la función doméstica/reproductora de la mujer no se contemple como un conjunto de tareas predeterminadas común a todas las sociedades de todos los tiempos; ni que se dé por supuesto que todas las mujeres desempeñan dichas funciones” (Moore, 2009:73). De hecho, resulta especialmente complicado definir qué tareas se incluyen dentro del trabajo reproductivo, justamente porque las mismas cambian en el tiempo y espacio. Como también cambian las concepciones sobre quién debe realizarlas, bajo qué relaciones y en qué emplazamientos. En este sentido, tal como se verá en el apartado histórico, la progresiva desaparición de las nodrizas ejemplifica los cambios que se sucedieron con respecto a las concepciones sobre la maternidad y la infancia. Así, la lactancia, que en un determinado momento se
45En el caso concreto de la antropología, dichos desarrollos tendrán lugar dentro de la “antropología de la mujer”que cuestionó las representaciones que se hacía de las mujeres en la literatura antropológica. Véase al respecto: Moore (2009).
46 En especial se tomó como referencia la obra de Engels The Origin of Family, Private Property and the
State, inspirada en los estudios antropológicos de Henry Morgan, en la que se analiza la relación existente
entre los cambios en la constitución de las familias y en las relaciones de género con los cambios en las condiciones materiales (Comas d’Argemir, 1995; Moore, 2009).
consideraba una tarea que podía ser mercantilizada, externalizada y realizada inclusive en ámbito extradoméstico, más tarde pasó a ser un trabajo realizado gratuitamente por las madres en sus hogares.
Asimismo, no todas las mujeres han tenido (ni tienen) la misma experiencia con respecto al trabajo de reproducción. Evelyn Nakano Glenn (1992), ha analizado en perspectiva histórica la construcción del género y la raza en relación al trabajo reproductivo para el caso de Estados Unidos. Desde finales del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX, mujeres pertenecientes a distintos grupos raciales y étnicos – afroamericanas en el sur, “chicanas” en el sudeste y nipoamericanas en el sudoeste – fueron empleadas como sirvientas en las casas de las clases medias blancas americanas. Su empleo estuvo acompañado de justificaciones raciales que las hacían especialmente aptas para este trabajo, como por ejemplo, su necesidad de protección frente a la incapacidad que tenían para gestionar sus propias vidas o su carácter especialmente servicial. De esta manera, las mujeres blancas de las clases medias se libraron del trabajo más pesado y rutinario –el trabajo sucio (Anderson, 2000)- asumiendo su supervisión. Lo cual, como también ha explicado Davidoff (1976) para el caso británico, les permitió conciliar su adscripción doméstica con su construcción como seres virtuosos, espirituales y refinados, alejadas de cualquier tipo de trabajo físico, pudiendo además participar en actividades culturales o filantrópicas, y más raramente para la época, llevar adelante carreras profesionales.
Más tarde, a partir de la segunda mitad del siglo, con la expansión de los empleos en los servicios de reproducción extradomésticos, la división del trabajo en ámbito público reflejó aquella preexistente en los hogares. Las mujeres pertenecientes a las minorías étnicas y raciales fueron empleadas en las tareas menos cualificadas y peor remuneradas –como por ejemplo, la preparación de comidas en restaurantes o la limpieza en oficinas, hoteles y hospitales– mientras que las mujeres blancas ocuparon los puestos profesionales, técnicos y administrativos de rango medio, realizando tareas más cualificadas y de supervisión, siempre en una relación de subordinación con respecto a los varones (blancos). Y el espacio dejado por las mujeres afroamericanas, chicanas y nipoamericanas en el trabajo del hogar fue gradualmente cubierto por migrantes llegadas de Latinoamérica y el Caribe, tal como lo ha estudiado Colen (1995). Una etnoestratificación y jerarquización de las tareas reproductivas que
también ha sido relevada en distintas investigaciones en el actual contexto español (Parella, 2003; Torns et al., 2014; Vega, 2009).47
Así, las relaciones a través de las cuales se realiza el trabajo de reproducción y los distintos espacios en los que tiene lugar, cambia en los distintos momentos históricos. Además, el mismo no solo se estructura en base a relaciones de género, sino también de clase y raza. Tal como señala Kofman (2014), siguiendo a Katz, la reproducción siempre involucra una compleja interacción entre distintos actores en diferentes emplazamientos y se asegura mediante una constelación cambiante de recursos, canalizadas a través de los hogares, el Estado, la sociedad civil y el mercado. Por tanto, cómo el trabajo de reproducción se asigna a diferentes grupos en diferentes espacios es algo a estudiar.
Los hogares no son unidades autónomas. Para atender a sus necesidades de reproducción interactúan con distintas instituciones (Estado, mercado, sociedad civil) y agentes externos. Tener en cuenta estas interacciones, dentro de las cuales se incluye el trabajo del hogar, permite cuestionar la división entre producción y reproducción, público y privado, ámbito familiar y laboral, relaciones afectivas y mercantiles... un continuum de oposiciones que si bien son ficciones orientan fuertemente nuestra manera de actuar y pensar.
Por tanto, abordar el trabajo del hogar, implica centrar el análisis en el trabajo de reproductivo que tiene lugar en ámbito doméstico, atendiendo a aquellas tareas que allí se mercantilizan y externalizan. Ello constituye un recorte en la mirada sobre el trabajo de reproducción. En primer lugar, porque no todo el trabajo reproductivo que se realiza en los hogares se externaliza y mercantiliza. Recuérdese aquí el caso de las nodrizas. En segundo lugar, porque no todo el trabajo de reproducción que los hogares mercantilizan y externalizan lo hacen a través del trabajo del hogar, como puede ser la realización de tareas no rutinarias de manutención de las viviendas (aunque como se verá, puede suceder que la empleada del hogar también las asuma). En tercer lugar, porque no todo el trabajo de reproducción se realiza enteramente en los hogares. Piénsese en la educación y la sanidad, por ejemplo. O en una comida preparada en un restaurante o la ropa que se lleva a una lavandería.
47 A lo largo de este texto utilizaré el concepto de etnia, y asociado a este, el etnoestratificación porque
son términos frecuentes en la literaura académica. No obstante, no siempre concuerdo con el modo en que se aplica, como si fuese sinónimo de raza o nación. Entiendo que existe un proceso de racialización a partir del cual se construye la inferioridad de las persona en base a atributos como su extranjería.
Por otro lado, al hablar de trabajo del hogar me estoy refiriendo a una forma de externalizar y mercantilizar el trabajo reproductivo en los hogares que, en el contexto del Estado español, se hace por contratación directa –formal o informal- en el mercado entre privados.48 Ello lo distingue de otras formas de externalización y mercantilización actualmente existentes, como puede ser la de los Servicios de Asistencia Domiciliaria, servicios de base domiciliaria tal como su nombre indica pero cuya provisión se encuentra mediada por el Estado y empresas que pueden o no ser mercantiles.
Lo anterior de todas maneras no implica que en la configuración actual del trabajo del hogar no participen otros actores más allá de la parte empleadora y trabajadora. En el contexto de un régimen de bienestar familista, el Estado, a través de sus políticas consolida el lugar privilegiado del ámbito doméstico para el trabajo de reproducción al tiempo que favorece el recurso al trabajo del hogar como manera de atender las necesidades reproductivas que allí tienen lugar. También regula a la baja las condiciones laborales bajo las cuales se realiza el trabajo del hogar al tiempo que mediante las políticas de extranjería, canaliza la inserción laboral de las mujeres migrantes en esta ocupación en condiciones de gran desprotección (Gil y González- Fernández, 2014; Williams, 2012). Y dado el carácter escasamente regulado del trabajo del hogar, ello deja espacio para que distintas organizaciones de la sociedad civil participen en la configuración de esta actividad laboral, de acuerdo con las ideas que manejan sobre el trabajo del hogar y las trabajadoras, inclusive favoreciendo la llegada de mujeres extranjeras para emplearse en este sector (Gregorio et al., 2003; Pérez- Orozco y López- Gil, 2011:100-102; Poblet-Denti, 2011; Scrinzi, 2008).
Atender a la creciente internacionalización del trabajo del hogar, implica situarse en el contexto actual de globalización económica y de avance del capitalismo neoliberal, es decir, en el ámbito más amplio de la reproducción social, que hoy en día se estructura globalmente de manera estratificada (Colen, 1995). En la sociedad global actual, las fuerzas económicas, políticas y sociales estructuran la reproducción física y social, determinando que la misma se realice diferencialmente en función de desigualdades basadas en jerarquías de género, clase, raza, etnicidad y extranjería. El trabajo reproductivo es entonces experimentado, valorado y realizado diferencialmente en función de las desigualdades existentes con respecto al acceso a los recursos materiales y sociales, en contextos históricos y culturales específicos.
48 En el mercado pueden actuar como intermediarias empresas que conectan la demanda con la oferta en
Shellee Colen (1995) ha acuñado el concepto de reproducción estratificada a partir de su investigación sobre las trabajadoras del hogar antillanas empleadas en Nueva York, dando cuenta de cómo la creciente internacionalización y mercantilización del trabajo reproductivo ha configurado un sistema transnacional estratificado en el que las desigualdades globales en base al género, clase y raza se manifiestan local, íntima y cotidianamente. La división sexual del trabajo reproductivo supone que tanto las trabajadoras como a sus empleadoras deban resolver la atención de las necesidades reproductivas de sus grupos familiares, pero los recursos diferenciales con los que cuentan determinan la manera diferencial en que lo hacen y los arreglos familiares sobre las que se sustenta. Así, las empleadoras lo resuelven a través del trabajo reproductivo escasamente valorado, poco regulado y mal pagado realizado en sus hogares por las trabajadoras migrantes; por su parte, las migrantes, aseguran la reproducción de sus propias familias transnacionales en base a la provisión de trabajo reproductivo en los hogares acomodados de Nueva York, realizado frecuentemente en condiciones de informalidad laboral, irregularidad jurídica y relaciones interpersonales estructuradas jerárquicamente. De manera tal que, la reproducción estratificada reproduce ella misma la estratificación, reflejando, reforzando e intensificando las desigualdades sobre las cuales se basa (Colen, 1995:78).
Apoyarme en esta base conceptual, me distancia de lo que se puede llamar la literatura sobre cuidados que ha tenido un gran desarrollo en las últimas décadas pero que de acuerdo a los objetivos que me propuesto, a mi entender entraña ciertas limitaciones. A pesar de la capacidad heurística que ha tenido el debate sobre el trabajo doméstico o reproductivo iniciado en los años ’70, el concepto de cuidados pareciera estar teniendo actualmente mayor receptividad, desplazando en buena medida al de reproducción social (Kofman, 2014). Y ello, más allá de las dificultades que parecen haber para llegar a un acuerdo sobre qué son los cuidados o trabajo de cuidados (Carrasco et al., 2011). Varios pueden ser los motivos.
Por un lado, la capacidad para remarcar la complejidad que entrañan los cuidados, enfatizando en sus dimensiones relacionales y emotivas, que redunda en una puesta en valor de los mismos, no reductibles a una simple tarea mecánica (Pérez-Orozco y López-Gil, 2011). Lo cual, se vincula estrechamente con los intentos de profesionalización de este trabajo por medio de la especialización de tareas (Federici, 2013), introduciendo de esta manera jerarquizaciones entre las distintas tareas reproductivas.
Otro de los motivos de su mayor receptividad podría estar ligado a la capacidad de posicionar a los cuidados como un elemento clave en las políticas sociales, reclamando a una nueva organización social de los cuidados (social care) (Daly y Lewis, 2000) frente a las nuevas necesidades sociales derivadas del envejecimiento de la población, las transformaciones en las familias, la mayor presencia de las mujeres en el mercado laboral sin una paralela redistribución entre varones y mujeres en relación a las tareas reproductivas (Carrasco et al., 2011). Desde esta perspectiva, la problemática de los cuidados se vincula directamente al campo de la intervención sociopolítica, reclamando en ámbito europeo la necesidad de replantear el propio Estado de bienestar. Una problematización, que en la década de los ‘90 coincidió con el interés de la Unión Europea de crear empleos, y que vio en la expansión de los servicios de cuidados uno de los posibles “yacimientos” existentes (Torns et al., 2014).
Y por último, no menos importante, su aceptación también puede vincularse a que se trata de una literatura procedente mayoritariamente del mundo anglosajón que, no se puede negar, ocupa actualmente una posición hegemónica en el mundo del conocimiento científico (Carrasco et al., 2011).
La receptividad que ha tenido el concepto de cuidados (o trabajo de cuidados) creo que ayuda a entender el lugar preponderante que ha pasado a ocupar el concepto de “cadenas de cuidado” (Hochschild, 2001), convirtiéndose en la lente privilegiada para el análisis en de la internacionalización del trabajo reproductivo (Kofman, 2014), muy especialmente en lo que concierne al trabajo del hogar y las trabajadoras del hogar migrantes. Sin embargo, dicho concepto presenta a mi parecer algunas limitaciones que también han sido señaladas por otras autoras, entre las cuales, la reificación de los mismos como algo esencialmente femenino, hipertrofiando además su dimensión emocional y proporcionando una visión apolítica en que los cuidados parecieran fluir globalmente entre los hogares (Comas d’Argemir, 2016; Esteban, 2011; Gregorio, 2012; Kofman, 2014).
En términos generales, puede entenderse que cuidar consiste en gestionar y mantener cotidianamente la vida, atendiendo al bienestar físico y emocional de las personas (Pérez-Orozco y López-Gil, 2011).49 Uno de los mayores potenciales de transformación política que entraña la noción de cuidados es su cuestionamiento del
49 Hay por ejemplo definiciones mucho más amplias que ubica la noción de cuidados en el contexto más
amplio de sostenibilidad de la vida humana que incluye las dimensiones económicas, sociales y