VII. Algunas consideraciones generales
7.1 Algunos aspectos generales de la teoría del desarrollo
Neumann define el desarrollo por medio de diferentes procesos o aspectos complementarios que se entrelazan e influyen unos a otros, complejizando así las reflexiones pioneras de Jung. En primer lugar, podemos reconocer en el desarrollo “un autodespliegue dinámico de la estructura psíquica, que domina la historia de la humanidad y la historia individual” (Neumann, 1949b, p. 12). Es decir, existe una secuencia coherente y arquetípica, prefigurada en términos constitucionales, de progresivas diferenciaciones y configuraciones psicológicas estructurales que se manifiesta en la medida en la que la maduración del organismo humano procede. En este sentido, aunque Neumann (1949b, 1963) es consciente de que sus puntos de vista son, en alto grado, específicos a la cultura occidental, sustenta la opinión de que es valioso y conceptualmente
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imprescindible establecer una concepción ideal universal del desarrollo de la consciencia con la cual comparar sus expresiones socioculturales específicas.
En segundo lugar, el desarrollo también puede ser visto como un proceso continuado de asimilación, introyección e integración de contenidos psíquicos inconscientes −exteriorizados2 primero y proyectados después− a través del cual la personalidad humana se constituye y adquiere cierta forma (Neumann, 1949a, 1949b). Es en base a esta perspectiva que Neumann (1949b) articula el concepto básico de la personalización secundaria [sekundäre Personalisierung], un mecanismo responsable del fortalecimiento del sistema personal del ego y la consciencia y, a la vez, de la reducción simultánea del poder del inconsciente:
Este principio afirma que, dentro de la humanidad, se impone una tendencia a entender, de manera secundaria, contenidos que son primariamente contenidos transpersonales como personales y de reducirlos a lo personal. [...] La personalización secundaria está relacionada con los procesos de introyección, en los cuales de lo exteriorizado se hace algo interior. [La] consciencia de la personalidad, centrada en el ego, recibe un ´peso´ cada vez más grande en la medida en la que ha llevado más contenidos para adentro. (pp. 268-269)
Así, por medio de la personalización secundaria, la consciencia se apropia de contenidos de carácter colectivo que, hasta entonces, pertenecían al inconsciente. Siguiendo estas ideas, la personalización secundaria debe
2 Neumann (1949b) considera que, antes de poder ser proyectados, los contenidos
mentales se encuentran exteriorizados: “Cuando hablamos de la proyección o la introyección de un contenido psíquico, es decir, de que éste es experimentado como un afuera pero llevado hacia adentro, estamos presuponiendo una ya existente, delimitada estructura de la personalidad, para la cual hay un ´afuera´ y un ´adentro´. Pero, en realidad, lo psíquico está originalmente exteriorizado en su mayor parte. [...] En cuanto a la cualidad de exteriorización de un contenido psíquico se trata, en contraposición al concepto de la proyección, del estar-afuera de algo que originalmente no se encuentra dentro de la personalidad. Esta cualidad de exteriorización de un contenido es algo originario y nos dice que el contenido es reconocido como perteneciente a la psique en un estado tardío de la consciencia” (p. 219).
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ser contemplada, por un lado, como condición del crecimiento de la personalidad y, por otro lado, como uno de sus procesos distintivos.
En tercer lugar, el desarrollo de la consciencia puede ser descrito en términos de las transformaciones que se producen en la relación recíproca entre los centros de la consciencia y el inconsciente. A partir de 1959, Neumann (1963) llamó a esta relación eje ego−sí-mismo [Ich-Selbst-Achse], que aparece “como fenómeno ´interno´ fundamental de la psique [...] Hablamos de la relación entre el ego y el sí-mismo, crucialmente importante para el desarrollo y el funcionamiento sano del psiquismo, como eje ego−sí-mismo” (pp. 20-22). Este eje es tan relevante, en términos evolutivos, porque representa el “lugar” en el cual se generan numerosos procesos internos tanto entre el inconsciente y el centro de la totalidad psíquica −el sí-mismo− como entre la consciencia y su propio centro −el ego−.
Los procesos de interacción entre los dos sistemas psicológicos de la consciencia y del inconsciente y entre sus dos respectivos centros también transcurren en el contexto del eje ego−sí-mismo; pueden, incluso, ser descritos metafóricamente como alejamientos o acercamientos entre los dos polos del eje, una idea que, años más tarde, utilizará Edinger en sus elaboraciones teóricas. El eje ego−sí-mismo es el fundamento de la tendencia de la personalidad hacia la mantención de su equilibrio por medio de actividades regulatorias de compensación.
Cada cambio de la consciencia implica, siempre, una modificación del eje, por lo que éste se encuentra en continuo movimiento. En el transcurso de sus transformaciones, el inconsciente se le presenta a la consciencia en distintas conformaciones (arque-)típicas. Esto significa que, en diferentes momentos, los arquetipos constelados son otros, debido a lo cual la relación del ego con los arquetipos se va modificando, muchas veces de manera dramática, durante las dos mitades de la vida. Las
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regularidades del desarrollo de la consciencia y el ego dependen, en cada instante, de aquel polo del eje que llamamos sí-mismo.
En el contexto de la relación entre el ego y el sí-mismo y, especialmente, a la luz de las actividades regulatorias y la orientación teleológica que el sí-mismo introduce en ella, Neumann plantea la existencia de dos principios que traspasan el desarrollo de la consciencia a lo largo de todo el ciclo vital: la centroversión [Zentroversion] y el automorfismo [Automorphismus]. “La centroversión es la tendencia de la totalidad a establecer la unidad de sus partes y a integrar su diferenciación en sistemas unitarios. Esa unidad del todo es mantenida por procesos de compensación que están subordinados a la centroversión” (Neumann, 1949b, p. 229), con cuya ayuda el todo se perpetúa como sistema vivo en constante equilibración.
Así, este principio se manifiesta, en el organismo, como regulación de la totalidad en dirección de la sistematización de sus componentes y la nivelación homeostática, mientras que presupone la ocurrencia de diversos procesos de diferenciación cuyos resultados pueden ser integrados en una unidad funcional. En el psiquismo, la centroversión está al servicio del sí- mismo (esto es, de la personalidad total) y encauza el desarrollo de la consciencia hacia la perfilación de una personalidad diferenciada pero cohesionada y la construcción de un eje que liga al ego con el sí-mismo.
El automorfismo, en cambio, representa “la tendencia específica y única de cada individuo hacia la realización de sí mismo” (Neumann, 1963, p. 74) y la necesidad de cada ser humano de “actualizar su realidad constitucional e individual al interior del colectivo y, si fuera necesario, también fuera o en contra del colectivo” (p. 8). Así, el automorfismo es una concepción que concretiza las ideas de Jung acerca de un instinto o impulso humano intrínseco hacia la completud psicológica. El desarrollo automorfo de la personalidad está sujeto a la actitud que el ego asume frente a las realidades interna y externa y depende, además, de una relación estable entre el ego y el sí-mismo. La tendencia hacia la
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centroversión, por su parte, constituye un ingrediente esencial e indispensable del automorfismo.
Neumann (1963) precisa:
Mientras que el concepto de la centroversión se refiere a la conexión entre los centros de la personalidad, el concepto del automorfismo comprende no tanto el desarrollo de los centros psíquicos, sino el de los sistemas psíquicos: consciencia e inconsciente, su relación [como] también [los] procesos que ocurren sólo en el inconsciente o sólo en la consciencia, pero que están al servicio del desarrollo de la totalidad de la personalidad. (pp. 9- 10, cursiva del original)
Esto significa, en otras palabras, que
pertenece a la naturaleza de lo vivo no solamente la conservación de su totalidad y su estatus con la ayuda de regulaciones compensatorias, sino también su desarrollo, es decir, el avanzar hacia totalidades más complicadas y más grandes, en el sentido de que el espacio del mundo que es experimentado y capaz de ser experimentado, y con el cual el ser vivo entra en contacto, crece y se hace más amplio. (Neumann, 1949b, p. 240)
El crecimiento de la personalidad transcurre en una sucesión ordenada de estadios3, determinada por las estructuras arquetípicas del
inconsciente colectivo y observable en términos objetivos. Estos estadios son experimentados subjetivamente como tales, están enlazados con períodos vitales específicos que involucran ciertas experiencias individuales definidas y deben, en última instancia, ser entendidos más como fases estructurales de la personalidad que como etapas que se suceden, con claridad, en el tiempo. En cada uno de ellos, como ya hemos señalado, el eje ego−sí-mismo está constelado de una manera (arque-)
3 Aún cuando la teoría de Neumann está construida sobre la idea de una sucesión
ordenada de estadios evolutivos, Neumann (1952) reconoce que cada “presentación esquemática del desarrollo no corresponde, por supuesto, a la realidad, en la cual no existen desarrollos lineales” (p. 142). No obstante, para los fines de una exposición sistemática coherente, es necesario asumir que el crecimiento de la personalidad transcurre por medio de una progresión de estadios psicológicos diferenciados.
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típica y, asimismo, la relación del ego y la consciencia con la realidad exterior exhibe características particulares. El paso de una de estas fases a otra tiende a ser más bien fluido y existen estadios de transición, en los cuales confluyen y conviven elementos de aquella etapa que está siendo reemplazada y de aquella que está comenzando a imponerse.
Sin embargo, Neumann (1949b) considera que “nos encontramos, en lo psíquico, siempre de nuevo con que el crecimiento se produce a empujones. Se llega, de momento, a inmovilizaciones [...] que son superadas por una nueva fase del desarrollo a través de rupturas” (p. 244). La psicología analítica asume, de todas formas, que distinciones descriptivas y conceptuales entre diferentes estadios evolutivos transpersonales de la psique pueden y deben efectuarse; más allá, la tentativa de separar y delimitar las etapas arquetípicas del desarrollo de la consciencia, para Neumann, no se justifica, en definitiva, por las necesidades teóricas del pensamiento jungiano, sino por los recurrentes simbolismos distintivos que se revelan en el psiquismo humano de modo habitual. Para la psicología analítica neumanniana, el acento está puesto en que el desarrollo psíquico es, en esencia, de naturaleza transpersonal y que sus estadios transpersonales se actualizan de forma autónoma. “Esto también quiere decir que el ego y la consciencia se despliegan desde el ´inconsciente´ en una secuencia arquetípicamente ordenada, hasta que alcanzan una cierta autonomía, característica del adulto moderno” (Neumann, 1963, p. 198).
El analista jungiano inglés Andrew Samuels (1985) resume lo dicho, indicando que el nombre de Neumann
está asociado con la idea de que existen estadios arquetípicos que pueden ser observados en el desarrollo del ego [...] Se sigue de esta noción que el ego individual pasa por fases o estadios arquetípicos del desarrollo y que, en cada etapa de su evolución, el ego entrará en una nueva relación con los arquetipos y complejos. En consecuencia, el poder y el alcance de la consciencia del ego aumentan. (p. 70)
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