X. Implicancias centrales de las teorías del desarrollo de
10.3 Las implicancias para la psicoterapia
El “aspecto evolutivo e histórico de los estadios arquetípicos no sólo es, como creemos, de importancia para la teoría, sino justamente también para la psicoterapia práctica” (Neumann, 1949b, p. 210). Esto se debe a que las teorías del desarrollo de la consciencia de Neumann y Edinger proporcionan algunas nociones sugerentes para comprender mejor ciertos aspectos típicos de un proceso psicoterapéutico y su dinámica. En el núcleo de estas ideas se encuentra la concepción de que la psicoterapia ofrece la oportunidad de reparar, hasta cierto grado, daños psicológicos infantiles relevantes y, de esa manera, modificar sus secuelas psicopatológicas presentes (Edinger, 1972; Neumann, 1963). La psicoterapia constituye, en este sentido, una posibilidad de corregir desviaciones evolutivas psicológicas o de reanudar procesos psíquicos detenidos del crecimiento de la personalidad.
En este contexto, uno de los conceptos psicoterapéuticos fundamentales, tanto en la obra de Neumann como en el trabajo de
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Edinger, es el concepto de la transferencia23. Para ambos, la situación transferencial que surge en el transcurso de la psicoterapia debe ser considerada su ingrediente curativo principal porque representa la actualización de la relación primal y sus deficiencias originales en el presente; esta circunstancia es, quizás, la única instancia existente que posibilita la elaboración psicológica efectiva y sistemática de las causas históricas del sufrimiento neurótico o psicótico actual y la transformación gradual de la personalidad hacia estadios evolutivos más integrados, con características subjetivamente más satisfactorias. Por lo tanto, al hablar del abordaje terapéutico del sentimiento primario de culpa que hemos discutido con anterioridad, Neumann (1963) señala:
Pareciera que, en la primera mitad de la vida, casi sólo el establecimiento de la relación primal en la situación transferencial, en el cual el dañado eje ego−sí-mismo es regenerado, puede conducir a una reducción o disolución de este sentimiento primario de culpa y sus consecuencias. Otra posibilidad consiste −sin embargo, sólo en una estructura menos dañada− en que, en una vía evolutiva intrapsíquica que casi siempre es posible recién en la segunda mitad de la vida, emerja la figura de la Gran Madre Buena y supere lo negativo de la relación primal perturbada. (p. 97)
Esto significa, en términos más generales, que la seguridad y la contención del vínculo terapéutico son capaces de generar una situación transferencial profunda, en la cual la relación primordial originaria puede ser reexperimentada y sus trastornos rectificados o bien compensados. Podemos ver, también, de qué manera la transferencia sobre la persona del psicoterapeuta puede afectar la relación interna entre el ego y el sí-mismo.
23 El concepto de la transferencia se originó en el marco de la teoría y la práctica del
psicoanálisis. “Designa, en psicoanálisis, el proceso en virtud del cual los deseos inconscientes se actualizan sobre ciertos objetos, dentro de un determinado tipo de relación establecida con ellos y, de un modo especial, dentro de la relación analítica. Se trata de una repetición de prototipos infantiles, vivida con un marcado sentimiento de actualidad” (Laplanche & Pontalis, 1968, p. 439). En el contexto del análisis jungiano, hace referencia a un caso “particular de proyección, que describe el lazo emocional inconsciente que surge en el paciente en relación al analista” (Sharp, 1994, p. 203).
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De modo similar, Edinger piensa que, en los procesos psicoterapéuticos, el individuo establece un vínculo con el analista que exhibe características muy cercanas a aquellas de la relación primal que vivió en su infancia; y no sólo esto, ya que, de modo simultáneo, la persona vuelve a experimentar su sí-mismo en proyección sobre una figura significativa externa, al igual que durante su niñez (Edinger, 1972). Como sabemos, uno de los síntomas más destacados de muchos estados psicopatológicos es la falta de un sentimiento de autoaceptación que, de acuerdo a la teoría de Edinger, puede ser explicado como producto de vivencias repetidas de rechazo parental que fueron percibidas, al mismo tiempo, como rechazos por parte del propio sí-mismo. Es así que los pacientes
con un eje ego−sí-mismo dañado se impresionan mucho, en psicoterapia, por el descubrimiento de que el terapeuta los acepta. [...] La psicoterapia ofrece a tal persona una oportunidad de experimentar aceptación. En casos exitosos, esto puede llegar a la reparación del eje ego−sí-mismo, la cual restablece el contacto con las fuentes interiores de fuerza y aceptación, dejando al paciente libre para vivir y crecer. (Edinger, 1972, p. 40)
En la medida en la que el proceso psicoterapéutico avanza, la persona es cada vez más capaz de retirar la proyección del sí-mismo sobre el terapeuta y la relación interna entre el ego y el sí-mismo pasa a un primer plano. Este cambio progresivo indica que la reparación terapéutica del eje ego−sí-mismo está, en efecto, llevándose a cabo. Edinger (1972) concluye que la “realización de que un proceso nuclear profundo que involucra la reparación del eje ego−sí-mismo está teniendo lugar proporciona una dimensión adicional al entendimiento del fenómeno de la transferencia” (p. 59) −adicional a otras dimensiones de la transferencia que el psicoanálisis y otras aproximaciones psicoterapéuticas han puesto al descubierto en las últimas décadas.
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Desde otra perspectiva, siguiendo a Edinger (1972), la experiencia terapéutica de aceptación también reactiva áreas residuales de identidad entre el ego y el sí-mismo, sobre todo si, como es el caso a lo largo de toda la primera mitad del ciclo vital, el eje ego−sí-mismo permanece aún inconsciente. Esta circunstancia tiende a impulsar la emergencia de estados psicológicos de inflación que se expresan a través de actitudes, suposiciones y expectativas grandiosas, posesivas y poco realistas por parte de la persona frente al terapeuta. Aquí, la persona puede evocar respuestas de rechazo o no aceptación que podrían repetir la traumatización infantil original, por lo que el objetivo terapéutico es “desinflar” y no simplemente frustrar, lo que lleva a un estado de alienación que es más relativo que definitivo. Este proceso es indispensable dado que los estados de alienación son aquellos momentos en los cuales la consciencia puede ser fortalecida pero, “aún aquí, uno no debe nunca olvidar la necesidad de mantener el eje ego−sí-mismo” (Edinger, 1972, p. 36).
Cuando el contacto entre el ego y el sí-mismo ha sido interrumpido por la aparición de un estado de alienación, la comunicación bi-direccional entre ambas instancias psíquicas debe ser restaurada con el fin de enmendar el daño histórico ocasionado por la separación más o menos marcada entre ellas. La psicoterapia vuelve, así, a poner en marcha el proceso cíclico entre inflación y alienación, con lo que contribuye, en el caso ideal a largo plazo, a dar lugar al funcionamiento adecuado de uno de los procesos psicológicos más básicos que generan y garantizan el desarrollo continuado de la consciencia.
Mencionaremos, por último, dos implicancias complementarias y más circunscritas de la teoría evolutiva de Neumann para la psicoterapia. En primer lugar, el miedo inespecífico −es decir, el miedo que no está ligado a un objeto particular− recibe, en las consideraciones de Neumann, un lugar privilegiado en términos de un proceso terapéutico. Cuando un
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temor inespecífico aparece, en un contexto psicoterapéutico, en la experiencia de una persona, a menudo se trata de un síntoma que indica una movilización relacionada con la posibilidad de un genuino proceso de crecimiento psicológico.
Allí donde una fase del ego es relevada por otra, surge miedo, el cual está simbólicamente ligado al simbolismo de la muerte. En efecto, al ego, caracterizado por su fase, le es inminente una muerte. Decisivo es sólo si se llega a una regresión a una fase egoica anterior o a la transición a una fase egoica superior. (Neumann, 1949b, p. 278)
El hecho de que el miedo es un síntoma de la centroversión, una alarma por medio de la cual el ego es prevenido, lo podemos reconocer, de manera más clara, en el miedo frente a la regresión a una forma egoica antigua −ésta significaría la disolución de la nueva forma egoica y, con ello, del sistema egoico-consciente nuevo. [...] Su disolución le amenaza desde dos lados, de la regresión a un plano inferior tanto como de la progresión a un nivel superior. La aparición típica del vuelco de placer en miedo y viceversa, en consecuencia, se puede observar, acumulado ontogenéticamente, en la transición de las fases egoicas particulares, por ejemplo, en la infancia y en la pubertad. (p. 250)
“El miedo, cuando no es abrumador, es un síntoma del desarrollo que le acerca a la experiencia del ego aquello que es temible y que le posibilita, de este modo, su necesaria orientación renovada” (Neumann, 1963, p. 185). Estas reflexiones advierten a un psicoterapeuta sobre la necesidad de permanecer atento y abierto a las posibilidades evolutivas que un miedo inespecífico o difuso puede estar conteniendo y anunciando. Su trabajo, en esta situación, consiste en elaborar el miedo y sus ramificaciones, facilitar la progresión del ego y la consciencia hacia los estadios superiores del crecimiento de la personalidad y evitar la regresión hacia niveles ya superados del desarrollo.
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En segundo lugar, tal como ya hemos visto, Neumann señala la relevancia de factores sociales y culturales en términos de la génesis de los estados psicopatológicos. Entre otros aspectos de esta cuestión, destaca la posibilidad de que, en el patriarcado, la opresión y desvalorización de lo femenino puede haber generado en las madres un sentimiento fundamental y generalizado de inferioridad y una debilidad básica del eje ego−sí-mismo (Neumann, 1963). Esta circunstancia, por su parte, podría contribuir a perturbar la capacidad de las madres para proporcionar la seguridad necesaria en la relación primal que establecen con sus hijos.
Esta línea de sus reflexiones lo llevó a plantearse la idea de lo que denominó terapia cultural, un acercamiento o, más bien, un movimiento terapéutico dirigido a corregir las desviaciones o volver a encaminar las detenciones de la evolución colectiva de la consciencia. Pensaba que una comprensión global e integrada de los estadios psíquicos que atraviesa el crecimiento de la personalidad individual implicaba el potencial para apoyar el avance evolutivo de la humanidad en su conjunto. Concluye, en este sentido, que la
psicoterapia del individuo y una terapia cultural del todo nos parece posible recién cuando disponemos de una orientación total sobre el origen y el significado de la consciencia y su historia, la cual posibilita un diagnóstico del estado de la consciencia del individuo y su colectivo. (Neumann, 1949b, p. 316)
Las tres secciones antecedentes han intentado esbozar una visión general de las implicancias clínicas de los modelos del desarrollo de Erich Neumann y Edward Edinger para las áreas de la teoría psicopatológica, el psicodiagnóstico y la psicoterapia. Su en ocasiones precaria sistematicidad se debe, antes que nada, al hecho de que ni el uno ni el otro se dedicaron, en profundidad, a delinear las consecuencias clínicas específicas que sugieren o que se desprenden de sus respectivas concepciones. No obstante, aquellos aspectos que sí abordaron y que hemos revisado en las
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páginas precedentes demuestran el alcance explicativo e insinúan la aplicabilidad de sus consideraciones teóricas acerca del crecimiento de la personalidad humana.
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