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ALOCUCIÓN IMPROVISADA

In document O Lo Uno o Lo Otro - Kierkegaard (página 144-152)

SILUETAS PASATIEMPO PSICOLÓGICO

ALOCUCIÓN IMPROVISADA

Festejamos este día la fundación de nuestra asociación, vuelve a llenarnos de júbilo que se haya repetido una vez más la feliz circunstancia, que el más largo de los días llegue a su fin y la noche emprenda su victoria. Todo ese largo día hemos esperado, y hasta hace tan sólo un instante suspirábamos aún por su longitud, mas ahora nuestra desesperación se ha tomado alegría. Si bien es cierto que la victoria es insignificante y que la preeminencia del día se hará sentir por un rato, no se nos escapa que su hegemonía está hecha añicos. Por ello, no esperemos a que todos hayan advertido la victoria de la noche para regocijarnos con ella, no esperemos a que la amodorrada vida burguesa nos recuerde que el día declina. No; así como la joven novia espera impaciente la llegada de la noche, así aguardamos nosotros, nostálgicos, el primer atisbo de la noche, el primer anuncio de su inminente victoria, y la alegría y la sorpresa son tanto mayores cuanto más cerca hemos estado de desesperar por cómo habríamos de soportar que los días no se acortaran.

Un año ha transcurrido y nuestra asociación aún subsiste — ¿Deberíamos celebrar, queridos Συμπανεκρωμένοι, celebrar que su existencia pone en solfa nuestra doctrina acerca de la decadencia de todas las cosas? ¿No deberíamos más bien deplorar que subsista y celebrar que, en todo caso, sólo le queda un año de existencia? Pues si en ese plazo no hubiese desaparecido, ¿no estaríamos dispuestos a disolverla nosotros mismos? — En el momento de su fundación no propusimos planes de gran alcance, pues, familiarizados con la miseria de la vida y la perfidia de la existencia, decidimos acudir en auxilio de la ley universal y aniquilarnos a nosotros mismos si es que ésta no se nos adelantaba. Un año ha transcurrido y nuestra asociación sigue estando repleta, nadie ha sido aún reemplazado, nadie se ha re- emplazado a sí mismo, y es que a cada uno | de nosotros le sobra 166 orgullo para hacer algo así, porque todos tenemos la muerte por la

felicidad suprema. ¡Deberíamos celebrarlo y no más bien deplorarlo y sólo regocijarnos con la esperanza de que el enredo de la vida ha de dispersarnos pronto, de que la tempestad de la vida ha de llevarnos pronto! En verdad que estos pensamientos resultan más apropiados para nuestra asociación, que concuerdan mejor con el carácter festivo de este instante, con el medio por entero. ¿Pues no es acaso ingenioso y significativo que el suelo de esta pequeña habitación esté, según la costumbre nacional, teñido de verde, como dispuesto para un funeral? ¿Y acaso no nos da la Naturaleza que nos rodea su aprobación, a juzgar por la salvaje tormenta que

brama a nuestro alrededor y atendiendo al poderoso aullido del viento? Eso, enmudezcamos por un instante y escuchemos la música de la tormenta, su intrépido curso, su audaz desafío, el obstinado rugido del mar y el angustioso suspiro del bosque, el desesperado fragor de los árboles y el tímido siseo de la yerba. Cierto que la gente sostiene que la voz de la divinidad no se encuentra en la desatado temporal sino en la acallada brisa; mas nuestro oído no está hecho para captar acalladas brisas sino para absorber el ruido de los elementos. ¿Y por qué no irrumpe con más violencia aún y pone fin a la vida y al mundo y a este breve discurso que, al menos, goza de la ventaja respecto a todo lo anterior de que pronto se dará por acabado? ¡Ah, ese torbellino que es el principio íntimo del mundo aun cuando la gente, sin tan siquiera notarlo, se da a engullir y a beber, a casarse y a multiplicarse con despreocupada prisa! ¡Ojalá irrumpiese y con profunda indignación se quitase de encima las montañas y los Estados y los productos de la cultura y los sagaces hallazgos de la gente! ¡Ojalá irrumpiese con ese último y estremecedor silbido que, con mayor seguridad aún que la trompeta del Juicio final, anuncia la decadencia de todas las cosas! ¡Ojalá se agitase y en un remolino levantase la desnuda peña en cuya cima nos hallamos, con la misma facilidad con la que un bufido de su nariz levantaría un tamo! — ¡Mas la noche vence y el día mengua y la esperanza crece! ¡Llenemos una vez más las copas, queridos compañeros de taberna! ¡Con este grial te saludo, eterna madre de todas las cosas, silenciosa noche! De ti vino todo, a ti vuel- ve todo de nuevo. ¡Apiádate, entonces, otra vez del mundo! ¡Alzate de nuevo para recobrar todas las cosas y preservarnos a todos nosotros escondidos en tu seno! ¡A ti te saludo, oscura noche, te saludo como se saluda al vencedor y éste es mi consuelo, pues tú lo acortas todo, el día y la vida y las fatigas del recuerdo en un olvido eterno!

167 I Desde el tiempo en que Lessing pusiera fin con su famoso ensayo Laoconte al conflicto de límites entre la poesía y el arte, parece que puede considerarse como resultado, reconocido de modo unáni-

me por todos los esteticistas, que la diferencia es que el arte reside en la categoría de espacio y la poesía en la de tiempo; que el arte representa lo que está en reposo y la poesía lo que está en movimiento. Por eso, lo que debe convertirse en objeto de representación artística debe poseer la calmosa transparencia dada cuando el fuero interno reposa en un correspondiente fuero externo. Cuanto menos es éste el caso, más difícil es la labor para el artista, hasta el momento en que se hace valer la diferencia, la cual le enseña que para él no hay labor alguna.

relación entre la pena y la alegría, nos apercibiremos con facilidad de que la alegría se deja representar artísticamente con mayor facilidad que la pena. Con ello no ha sido en modo alguno negado que la pena se deje representar artísticamente, aunque sí queda dicho que se alcanza un punto donde para ella es esencial establecer una contradicción entre el fuero interno y el externo que hace su representación imposible para el arte. Ello reside, a su vez, en la propia esencia de la pena. A la alegría le corresponde querer revelarse, la pena quiere esconderse y, en ocasiones, hasta engañar. La alegría es comunicativa, francamente sociable, quiere manifestarse; la pena es retraída, callada, solitaria y retorna siempre a sí misma. Seguro que la exactitud de lo dicho no la negará nadie por poco que haya hecho de la vida objeto de su observación. Hay hombres cuya complexión es tal que, al sufrir una afección, la sangre fluye hacia el sistema epidérmico, siendo entonces visible en el fuero externo el movimiento interior; la complexión de otros es de índole tal que la sangre fluye en sentido inverso, hacia los ventrículos y otras partes internas del organismo. Más o menos así se comportan la pena y la alegría con respecto al modo de manifestarse. La complexión descrita en primer lugar resulta mucho más fácil de observar que la otra. En la primera se ve la expresión, el movimiento interior es visible en el fuero externo; en la segunda complexión, se intuye el movimiento interior. La palidez exterior es como el adiós del fuero interno, y el pensamiento y la fantasía corren tras el fugitivo, que se oculta en lo recóndito.

Esto vale para la clase de pena que examinaré en adelante, la cual podemos denominar pena reflexiva. El fuero externo contiene aquí, con mucho, sólo una seña que nos pone sobre la pista; en ocasiones ni siquiera | tanto. Esta pena no se deja representar artísticamente, 168 pues el equilibrio entre el fuero interno y el externo está roto, por lo que no reside en categorías espaciales. Tampoco se deja representar en otro respecto, dado que no goza de calma interior alguna sino que se encuentra en perpetuo movimiento; aunque este movimiento no la colma de resultados nuevos, más bien es el movimiento mismo lo

esencial. Como una ardilla en su jaula, gira dentro sí misma, aunque no de modo tan uniforme como este animal, sino alternando sin cesar por la combinación de los determinantes internos de la pena. Aquello que hace que la pena reflexiva no pueda ser objeto de representación artística es que carece de sosiego, que no se pone de acuerdo consigo misma, que no reposa en ninguna expresión determinada y concreta. Como el enfermo que, en su dolor, ora se hace a este lado ora a este otro, la pena reflexiva da vuelcos para dar con su objeto y con su expresión. Cuando la pena tiene

sosiego, el interior de la pena logra entonces, con el tiempo, promoverse, hacerse visible en lo exterior y, de ese modo, convertirse en objeto de representación artística. Cuando la pena atesora sosiego y reposo, el movimiento se activa desde dentro hacia afuera, la pena reflexiva se mueve hacia adentro, como la sangre que huye de la periferia, y que sólo permite que se la intuya por medio de la presurosa palidez. La pena reflexiva no conlleva ninguna modificación esencial en lo exterior; nada más empezar, la pena se apresura hacia adentro y sólo un observador muy detallista intuye su desaparición; luego, aquella vela con todo detalle por que lo exterior sea lo menos llamativo posible.

Puesto que busca de tal modo refugio hacia adentro, encuentra al fin un cercado, unos adentros, y allí cree poder permanecer, iniciando entonces su movimiento uniforme. Como el péndulo de un reloj, se balancea sin poder encontrar reposo. Empieza una y otra vez desde el principio sin dejar de deliberar, de interrogar a los testigos, de confrontar y cotejar las diversas declaraciones, algo que ha hecho ya cien veces pero que nunca concluye. La uniformidad tiene con el paso del tiempo un efecto soporífero. Así como producen sopor el uniforme desliz de la gotera, la uniforme rotación de la rueda de la rueca, el monótono sonido que se produce cuando alguien va y viene marcando el paso en el piso de arriba, la pena reflexiva encuentra alivio en este movimiento, el cual, en tanto que moción ilusoria, acaba por convertirse en una necesidad. Por fin surge un cierto equili- 169 brio y la impetuosa necesidad de | hacer que la pena se declare, contando con que alguna vez haya podido manifestarse, cesa, lo exterior está calmado y sosegado y en un pequeño rincón de su fuero interno vive la pena como un preso a buen recaudo en una prisión subterránea, en donde pasa la vida, año tras año, sin cesar en su movimiento uniforme, yendo y viniendo en su reducto, nunca cansada de recorrer la larga o corta senda de la pena.

Lo que ocasiona la pena reflexiva puede residir, por un lado, en la índole subjetiva del individuo y, por el otro, en la pena objetiva o en la ocasión de la pena. Un individuo ávido de reflexión desea trans-

formar toda pena en pena reflexiva, su estructura y complexión individuales le impiden asimilarse sin más la pena. No obstante, esto es una morbosidad que apenas logra interesarnos, dado que el modo en que cualquier contingencia sufre una metamorfosis es convirtiéndose en una pena reflexiva. El asunto es bien distinto cuando la pena objetiva o cuando la ocasión de la pena alumbra en el individuo mismo la reflexión que hace de la pena una pena reflexiva. Este es siempre el caso allí donde la pena objetiva no se ha consolidado, dejando atrás una duda, sea cual sea por lo

demás su índole. Aquí se le aparece de inmediato al pensamiento una gran multiplicidad que será mayor cuanto más cosas haya vivido y experimentado uno o cuanto mayor sea su propensión a emplear su perspicacia en tales experimentos. Sin embargo, no es en absoluto mi intención agotar dicha multiplicidad en un estudio exhaustivo y destacaré tan sólo un único aspecto suyo, respetando el modo en que éste se ha aparecido a mi observación. Cuando la ocasión de la pena es un engaño, la misma pena objetiva es de tal índole que engendra en el individuo la pena reflexiva. Poner en claro que un engaño es en verdad un engaño resulta a menudo muy difícil y, sin embargo, todo depende de ello; mientras quepa discutirlo, la pena no encuentra sosiego sino que debe seguir deambulando en la reflexión. Cuando, además de eso, el engaño no concierne a una cosa externa sino a la totalidad de la vida interior de un hombre, el núcleo íntimo de su vida, la probabilidad de que la pena reflexiva acabe deambulando, crece todavía más. ¿Pero qué podría calificar la vida de una mujer con más certeza que su amor? Y es que cuando la pena de un amor desgraciado se funda en un engaño, tenemos incondicionalmente una pena reflexiva, ya sea que ésta dure toda la vida o que el individuo la venza. Si bien el amor desgraciado es de por sí la más honda pena para una mujer, de ello | no se sigue 170 que todo amor desgraciado genere una pena reflexiva. Así, cuando el amado muere o ella quizás no es correspondida en su amor o las circunstancias de la vida impiden que se cumplan sus deseos, se da, sí, una ocasión para la pena, pero no para una pena reflexiva, a no ser que la persona en cuestión esté enferma de antemano, en cuyo caso aquélla sería ajena a nuestro interés. Si, por el contrario, no está enferma, su pena se convierte en una pena inmediata y, como tal, se convertirá también en objeto de representación artística, mientras que, por el contrario, al arte le resulta imposible expresar y representar la pena reflexiva o su asunto. La pena inmediata es justamente la ins- cripción y la expresión inmediatas de la impresión que causa la pena, las cuales concuerdan por entero, tal como sucede con la imagen que Verónica retuvo en su manto de lino, y la sagrada escritura de la

pena permanece estampada en lo exterior, hermosa y clara y legible para todos. La pena reflexiva no puede ser por tanto objeto de representación artística, pues, por una parte, no es nunca existente sino que está indefectiblemente en ciernes y, por la otra, lo exterior, lo visible es indistinto e indiferente. Así es que si el arte no quiere verse restringido a la ingenuidad, de la cual encontramos ejemplos en viejos escritos en donde se representa una figura que da una idea aproximada de aquello que debería ser mientras que, por otro lado, en su pecho descubrimos una placa, un

corazón o cosas por el estilo en donde podemos empaparnos de todo, en especial cuando la figura dirige hacia ello nuestra atención mediante su postura o incluso señalándo

lo, un efecto que bien podría lograrse también con sólo escribir encima: tome nota, por favor; si no es esto lo que quiere, entonces el arte se ve obligado a renunciar a representaciones de este tipo y a cederlas a un tratamiento poético o psicológico.

Es esta pena reflexiva la que me propongo exponer y hacer que, en la medida en que ello sea posible, salte a la vista en algunas imágenes. Las llamo siluetas, en parte para traer de inmediato a la memoria con esta denominación que las recojo del lado oscuro de la vida, y en parte porque, al igual que las siluetas, no son inmediatamente visibles. Si tomo una silueta con la mano, ésta no me causa impresión alguna, y puedo sólo hacerme una idea de ella sujetándola contra la pared y dejando de contemplar la imagen inmediata para contemplar la que se muestra sobre la pared; sólo entonces la veo. Eso mismo sucede con la imagen que quiero mostrar aquí, una imagen interior 171 que sólo se hace | perceptible en tanto en cuanto penetro lo exterior con la mirada. Quizás lo exterior no tiene nada de llamativo pero en cuanto lo penetro con la mirada, sólo entonces, descubro esa imagen interior que quiero mostrar, una imagen interior que es demasiado fina para hacerse exteriormente visible, dado que ha sido tejida con los más acallados acordes del alma. Puedo contemplar una cuartilla de papel sin que éste resulte notable a la observación inmediata y sólo sujetándola contra la luz del día y penetrándola con la mirada descubro la fina imagen interior que es, digamos, demasiado inmaterial para verse de modo inmediato. Fijad, pues, vuestra vista, queridos Συμπαρανεκρωμένοι, en esta imagen interior, no os dejéis perturbar por lo exterior o, mejor dicho, no lo suscitéis, como yo lo desecho incesantemente para escudriñar mejor el fuero interno. Con todo, para seguir adelante con lo dicho no necesito en absoluto exhortar esta asociación de la cual tengo el honor de ser miembro; pues aunque somos jóvenes, somos también todos lo suficientemente vie-

jos como para no dejarnos engañar por lo exterior o como para permanecer anclados en ello. ¿O se tratará acaso de una esperanza vana con la que yo me lisonjeo creer que habréis honrado vuestra atención con estas imágenes? ¿Os resultará acaso mi empeño ajeno e indiferente, no en armonía con el interés de nuestra asociación, una asociación que sólo conoce una pasión, a saber, la simpatía con el secreto de la pena? Y es que también nosotros conformamos una orden, también nosotros salimos de vez en cuando al mundo cual caballeros errantes, cada uno por su lado, no para combatir monstruos o para socorrer la inocencia o para probar fortuna en la aventura

amorosa. Nada de esto nos ocupa, ni siquiera lo último, pues la flecha en el ojo femenino no hiere nuestro erguido pecho, y la sonrisa de las jóvenes no nos conmueve, sino el secreto gesto de la pena, i Dejemos que otros se enorgullezcan de que ninguna joven de cualquier parte pueda ofrecer resistencia a su poder erótico, no nos dan dentera, nosotros queremos enorgullecemos de que ninguna pena secreta escape a nuestra atención, de que ninguna pena clandestina sea tan desdeñosa y tan orgullosa como para que no consigamos adentrarnos victoriosos en sus más íntimas guaridas! Cuál sea la pugna más peligrosa, cuál la que presupone mayor arte y mayor placer, no vamos a investigarlo ahora, nuestra elección ha sido obrada, sólo amamos la pena, sólo la pena y sea donde sea que descubrimos su rastro, lo seguimos, hasta que se revela. Para esta lucha nos preparamos, en ella nos entrenamos a diario. Y en verdad la pena se desliza tan secretamente por el mundo que sólo aquel que | tiene simpatía por ella, sólo a él le 172 es dado presentirla. Yendo por la calle, una casa tiene el mismo aspecto que otra, y sólo el observador experimentado presiente que hacia la medianoche esta casa tiene un aspecto del todo diferente; en ese momento merodea por allí un desdichado que no ha encontrado sosiego, sube las escaleras, sus pisadas resuenan en la quietud de la noche. Pasando al lado de la gente por la calle,

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