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EL REFLEJO DE LO TRÁGICO ANTIGUO EN LO TRÁGICO MODERNO

In document O Lo Uno o Lo Otro - Kierkegaard (página 117-142)

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ENSAYO DE ASPIRACIÓN FRAGMENTARIA Leído ante los Συμπαρανεκρωμένοι196

I En el caso de que alguien dijese: lo trágico siempre será lo trágico, yo no tendría demasiado que objetar, puesto que, en efecto, todo desarrollo histórico yace invariablemente dentro del contorno del concepto. En el supuesto de que sus palabras signifiquen algo, y de que, por tanto, quepa suponer que la palabra que figura en dos ocasiones, es decir, lo trágico, no constituye un insignificante signo de paréntesis que rodea una nada insustancial, lo que aquél debió de querer decir es, por fuerza, que el contenido del concepto no destrona el concepto sino que lo enriquece. Por otro lado, seguramente no habrá escapado a la atención de ningún observador aquello en cuya consagrada posesión cree estar el público lector y asiduo del teatro como si se tratara de los dividendos logrados por diligentes conocedores de arte, a saber, que hay una diferencia esencial entre lo trágico antiguo y lo trágico moderno. Si ahora alguien insistiera en hacer valer la diferencia absoluta entre ambos y, primero a traición y luego quizás a la fuerza, irrumpiera entre lo trágico antiguo y lo trágico moderno, su comportamiento no sería menos absurdo que el del primero, ya que pretendería que la base firme que tanto necesita es lo trágico mismo, y que esta base estaría tan lejos de poder disociarse que aunaría justamente lo trágico antiguo y lo trágico moderno. Algo que debe alertarnos contra esta unilateral tentativa de disociación es el hecho de que los estetas vuelven siempre a las determinaciones y a los requerimientos planteados por Aristóteles para con lo trágico, considerando que éstos agotan dicho concepto; debe alertarnos también, e incluso mucho más, eso que ha de sobrecoger a cualquiera con una cierta tristeza, a saber, que la representación de lo trágico permanece esencialmente inalterada por más que el mundo haya cambiado, del mismo modo que llorar sigue siendo indefectiblemente natural al ser humano. Si bien esto puede tener un efecto tranquilizador para quien no desea divorcio alguno, cuando menos | ruptura alguna, en ello reaparece la misma dificultad que acababa de ser rechazada, bajo un aspecto nuevo y casi más peligroso. El hecho de que

se vuelva permanentemente a la estética aristotélica no responde sólo a un deber de cortesía o a la fuerza de la costumbre, y esto lo admitirá con toda seguridad cualquiera que tenga alguna noción de la estética moderna y que, gracias a ello, pueda comprobar cuán escrupulosamente se ciñe este ámbito a los ejes trazados por Aristóteles, los cuales siguen estando todavía vigentes en la estética moderna. No obstante, tan pronto como nos aproximamos a éstos, aparece en seguida la dificultad.

Las determinaciones son de índole general y, si bien en este sentido uno puede acordar con Aristóteles, en otro sentido puede, sin embargo, estar en desacuerdo. Para no anticipar el consiguiente desarrollo mencionando ya ejemplos de lo que ha de constituir su contenido, prefiero dar a conocer mi opinión haciendo la correspondiente observación con respecto a la comedia. Si un esteta de antaño hubiese dicho que lo que la comedia presupone es carácter y situación y que lo que busca despertar es la risa, esto bien podría ser reiterado una vez tras otra; pero tan pronto como uno reflexionara sobre cuán diverso es lo que hace reír a un hombre, se cercioraría de inmediato del enorme spatium que tal requerimiento ocupa. Quien alguna vez ha hecho de su propia risa y de la de los demás objeto de observación, quien en tal empeño no ha tenido a la vista lo casual sino lo general, quien ha advertido con interés psicológico cuán diverso es lo que despierta la risa en cada edad de la vida, se convencerá con facilidad de que el inmutable requerimiento para con la comedia, a saber, que debe despertar la risa, contiene en sí mismo un alto grado de mutabilidad dependiendo de la diversidad de representaciones de lo irrisorio dadas en la conciencia universal, sin que, no obstante, esta diversidad llegue a ser tan difusa que su correspondiente expresión en el campo de las funciones somáticas obligue a la risa a manifestarse en el llanto. Esto mismo puede aplicarse a lo trágico.

Aquello que ahora ha de constituir sobre todo el contenido de esta breve investigación no es tanto la relación entre lo trágico moderno y lo trágico antiguo, sino que ha de ser un intento de mostrar cómo la particularidad de lo trágico antiguo permite ser integrada en lo trágico moderno, de manera que lo verdaderamente trágico se haga visible. Ahora bien, por más que yo me esfuerce en que se haga 141 visible, I procuraré mantenerme al margen de toda profecía donde se muestre como aquello que nuestro tiempo requiere, con lo cual su aparición carecerá por completo de consecuencias, tanto más cuanto más brega nuestro tiempo por lo cómico. La existencia se encuentra socavada hasta el límite por la duda de los sujetos y el aislamiento prevalece siempre, algo que uno puede comprobar con sólo poner atención en las múltiples aspiraciones sociales. Estas, en efecto, son

tanto un testimonio del aislado esfuerzo de nuestro tiempo por llegar a contrarrestarla cuanto de la tentativa de contraponerse a ella de un modo irracional. El aislamiento estriba siempre en hacerse valer como numerus; cuando uno quiere hacerse valer como uno solo, el resultado es el aislamiento; en este punto me darán la razón todos los que tengan afición por las asociaciones, sin que por ello puedan o quie- ran reconocer que se trata exactamente del mismo aislamiento cuando son cien los

que quieren hacerse valer pura y exclusivamente como un centenar. El número como tal es siempre indiferente, y sigue siendo indiferente por más que se trate de uno o de mil o de todos y cada uno de los habitantes del mundo numéricamente determinados. Por ello, empezando por su principio, este espíritu asociacionista es tan revolucionario como el espíritu al que pretende contraponerse. Cuando David quiso averiguar la justa medida de su poder y de su gloria hizo contar a su gente197; en nuestro tiempo cabe

decir, en cambio, que las gentes, para averiguar su significación en comparación con un poder superior, se cuentan a sí mismas. Pero todas estas asociaciones llevan el sello de la arbitrariedad, a menudo son creadas con un fin casual, que depende, naturalmente, de la asociación. De este modo, todas las asociaciones prueban la disolución de nuestro tiempo y contribuyen ellas mismas a acelerarla; son un microbio en el organismo estatal que indica la disolución del mismo. ¿En qué momento empe- zaron a proliferar las hetairías198 en Grecia sino cuando el Estado estaba en camino de

disolverse? ¿Acaso no guarda nuestro tiempo una flagrante similitud con aquel tiempo, que ni el mismo Aristófanes pintó más irrisorio de lo que en realidad era? ¿No se ha aflojado, en lo que hace a lo político, el lazo que de modo invisible y espiritual mantenía la unidad en los Estados? ¿Y acaso no está debilitado y hasta aniquilado el poder que en la religión sostenía lo invisible? ¿Y acaso no tienen en común los hombres de Estado y los de Iglesia el no poder cruzar la mirada sin sonreírse el uno al otro, como antaño los augures? Es cierto que nuestro tiempo aventaja en una característica a los tiempos de Grecia, a saber, en que está más apesadumbrado y, por ello, más profundamente desesperado. Así, nuestro tiempo está lo suficientemente apesadumbrado como para saber que aún hay otra cosa llamada responsabilidad, y que ésta significa | algo. Por 142 ello, si bien todos quieren gobernar, nadie quiere tener la responsabilidad. Aún se conserva fresco el recuerdo de aquel estadista fran- cés199 quien, habiéndosele una vez ofrecido una cartera tras otra, declaró que

aceptaría, pero bajo la condición de que el secretario de Estado asumiera la responsabilidad. Como es sabido, el rey de Francia no es responsable; en cambio, el ministro sí lo es; el ministro no

quiere serlo pero quiere ser ministro a cambio de que el secretario de Estado cargue con la responsabilidad; naturalmente, la cosa acaba por fin en que los serenos o los alguaciles asumen la responsabilidad. ¡¿No sería esta historia al revés de la responsabilidad un tema digno de Aristófanes}\ Por otro lado ¿por qué asusta tanto al gobierno y a quienes gobiernan cargar con la responsabilidad, sino porque temen a un partido atacante que, indefectiblemente, y según un patrón similar, se quita de nuevo la responsabilidad de encima? Cuando uno se imagina a estos dos poderes

enfrentados, incapaces, empero, de abordarse mutuamente, porque uno evita indefectiblemente al otro, uno sólo figurando ante el otro, está claro que el planteamiento no deja de estar dotado de potencial cómico. Todo esto muestra con creces que lo que propiamente mantiene al Estado unido está disuelto, pero el aislamiento a que da lugar es naturalmente cómico, estribando lo cómico en que la subjetividad quiere hacerse valer como mera forma. Cualquier personalidad aislada se vuelve cómica por el hecho de querer hacer valer su carácter casual por encima de la necesidad del desarrollo. Está fuera de toda duda que permitir a un individuo casual hacerse con la idea universal de querer ser el libertador del mundo entero entrañaría la más honda comicidad. Por el contrario, la conducta de Cristo es en cierto sentido la más honda tragedia (en otro sentido es infinitamente mucho más), porque Cristo llegó con la plenitud del tiempo y cargó con el pecado del mundo, algo que debo poner de relieve sobre todo en relación a lo que sigue.

Como es sabido, Aristóteles indica dos cosas como origen de la acción en la tragedia: διάνοια και ήθος [raciocinio y carácter], pero destaca además que lo principal es el τέλος [fin]200 y que los individuos no actúan para representar

caracteres, sino que éstos son incorporados en función de la acción. Se constata aquí una clara divergencia con respecto a la tragedia moderna201. Aquello que es

precisamente característico de la tragedia antigua es que la acción no resulta sin más del carácter, que la acción no se refleja de manera suficiente en lo subjetivo, sino que la misma acción tiene un cierto grado de pasividad. Por ello, la tragedia antigua no ha cultivado tampoco el diálo- 143 go hasta convertirlo en una | reflexión exhaustiva que todo lo asimila; propiamente, tiene en el monólogo y en el coro los discretos móviles para el diálogo. Ya sea que el coro se aproxime más a la sustanciali- dad épica o al ímpetu lírico, aquél indica en cualquier caso algo así como un plus que no se deja asimilar por la individualidad; a su vez, el monólogo es más bien la concentración lírica y dispone de un plus que no se deja asimilar por la acción y la situación. En la tragedia antigua, la acción misma contiene un elemento épico, siendo en igual

medida acontecimiento y acción. Esto radica naturalmente en que la Antigüedad no contaba con la subjetividad reflejada sobre sí misma. Aunque el individuo se moviese libremente, se sostenía en cambio sobre determinaciones sustanciales, sobre el Estado, la familia, el destino. Esta determinación sustancial es lo propiamente fatal en la tragedia griega y es lo que verdaderamente la caracteriza. Por ello, la caída del héroe no es una consecuencia sin más de su acción sino que es además un padecimiento mientras que, en la tragedia moderna, la caída del héroe no es en rigor

un padecimiento sino una obra. Por ello, en la Modernidad la situación y el carácter son propiamente lo predominante. El héroe trágico se refleja de modo subjetivo en sí mismo y esta reflexión no lo ha reflejado tan sólo fuera de toda relación inmediata con el Estado, la estirpe y el destino sino que a menudo lo ha reflejado incluso fuera de su propia vida anterior. Lo que nos ocupa es cierto momento concreto de su vida en tanto que obra suya. Debido a esto mismo, lo trágico admite ser vaciado en la situación y en la réplica, porque ya no queda en absoluto nada inmediato. Por ello, la tragedia moderna no dispone de ningún proscenio épico, de ningún postumo legado épico. El héroe se sostiene y cae por entero por sus propias obras.

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Lo que aquí acaba de ser desarrollado con brevedad pero en suficiente medida será significativo a la hora de dilucidar una diferencia entre la tragedia antigua y la moderna que considero muy importante, a saber, la diferencia genérica de la culpa trágica. Como es sabido, Aristóteles requiere que el héroe trágico incurra en αμαρτία [error, culpa]202. Pero si en la tragedia griega la acción es una cosa intermedia entre el

actuar y el padecer, también lo es la culpa, y en ello estriba la colisión trágica. Sin embargo, cuanto más reflexionada viene a estar la subjetividad, cuanto más vemos al individuo solo y abandonado a sí mismo desde una óptica pelagiana203, más ética

viene a ser la culpa. Si el individuo no está en posesión de culpa alguna, se suprime el interés trágico, pues la colisión trágica es, en ese caso, enervada; si, | por el contrario, aquél se encuentra en posición de una culpa absoluta, carece de todo interés trágico para nosotros. Por eso, está claro que se trata de un malentendido de lo trágico cuando nuestro tiempo se esfuerza por facilitar la transustanciación de lo fatal en individualidad y en subjetividad. No se quiere saber nada del pasado del héroe, se le echa su vida entera sobre sus espaldas como si se tratara de su propia obra, se le imputa absolutamente todo, transformando con ello también su culpa estética en ética. El héroe trágico viene entonces a ser vil y el mal, objeto trágico, pero el mal no tiene ningún interés estético y el pecado no es un elemento estético. No hay duda de que este equivocado esfuerzo tiene su origen en el bregar de todo nuestro tiempo por lo cómico. Lo cómico estriba precisamente en el aislamiento; cuando se pretende hacer valer lo trágico dentro de los límites de aquél, lo que se obtiene es el mal en su vileza, no la falta propiamente trágica en su ambigua inocencia. No presenta dificultades encontrar ejemplos de ello; basta con echar un vistazo a la literatura moderna. Así, una obra de Grabbe, tan auténticamente genial en muchos sentidos,

único escrito, prefiero mostrarlo en la conciencia general de toda la época actual. Si se quisiera representar a un individuo en quien los desgraciados avatares de la infancia hubiesen repercutido perturbándolo, hasta el punto de que tales impresiones forzasen su caída, una cosa así no agradaría en lo más mínimo al tiempo presente, y esto, naturalmente, no porque hubiese sido maltratado, pues se supone que tengo derecho a imaginármelo excelentemente tratado, sino porque nuestro tiempo aplica otra medida. Este no quiere saber nada de semejantes majaderías y hace sin más responsable de su vida al individuo. Si el individuo cae, no es que sea trágico, sino vil. Se diría que la estirpe entre la que hasta yo tengo el honor de vivir es un reino de dioses. Por el contrario, no es así en absoluto, el vigor, el coraje, que entonces serían los creadores de su propia felicidad, sí, sus propios creadores, son una ilusión, y dado que nuestro tiempo pierde lo trágico, gana la desesperación. En lo trágico residen una tristeza y un remedio que en verdad no deben ser desdeñados, y cuando uno pretende ganarse a sí mismo de modo sobrenatural, tal y como lo intenta nuestro tiempo, uno se pierde a sí mismo y viene a ser cómico. Cualquier individuo, por más originario que sea, pertenece sin embargo a Dios, a su tiempo, a su pueblo, a su familia, es el hijo de sus amigos, sólo en ello radica su verdad, y si pretende ser lo absoluto en toda esta relatividad suya, viene a ser ridículo. En ocasiones uno da 145 con I una palabra en algunas lenguas que, declinada a menudo según un casus concreto conforme a la construcción, acaba independizándose, por así decir, como adverbium en este casus·, una palabra tal tiene desde entonces para el versado una impronta y un defecto que nunca más desaparecen y si, esto no obstante, aquélla exigiese ser un substantivo y pidiese ser declinada según los cinco casus, sería auténticamente cómico. Eso mismo sucede con el individuo cuando siendo éste arrancado, quizás con grandes dificultades, del seno materno del tiempo, pretende ser absoluto en esa inmensa relatividad. Si, por el contrario, desecha semejante pretensión para ser relativo, entonces posee eo ipso [justamente] lo trágico aun tratándose del más feliz de los individuos; sí, yo incluso diría que sólo es feliz el individuo cuando

posee lo trágico. Lo trágico atesora una benignidad infinita, siendo propiamente para la vida humana desde una perspectiva estética lo que son la gracia y la clemencia divinas; aquello es incluso más tierno, por lo cual yo incluso diría que se trata de un amor maternal que arrulla al afligido. Lo ético es severo y duro. Por ello, cuando un delincuente quiere disculparse ante el juez alegando que su madre era propensa a robar, sobre todo en el tiempo en el que ella estaba encinta de él, el juez recaba el dictamen del Consejo Superior de Higiene Pública205 sobre su estado mental

aquí se está hablando de un delito, de nada sirve que el pecador huya hacia el templo de la estética incluso a pesar de que en él encontraría una expresión atenuante para su propósito. De todos modos, sería erróneo por su parte dirigirse allí, pues el camino que ha tomado no lo conduce hacia lo estético sino hacia lo religioso. Lo estético ha quedado tras él y cometería un nuevo pecado ciñéndose de nuevo a lo estético. Lo religioso es la expresión del amor paterno, pues atesora lo ético pero atenuado y, en virtud de qué, si no precisamente de lo mismo que otorga a lo trágico su benignidad: la persistencia. Pero mientras que lo estético le da a ésta tregua, previamente a que la profunda contradicción del pecado se haga valer, lo religioso no le da tregua hasta que esta contradicción ha sido comprendida en todo su horror.

En el preciso instante en que el pecador está a punto de sucumbir al pecado general que él mismo se impone porque siente que sólo convirtiéndose en un mayor pecador cabe prever que se salvará, en ese mismo y pavoroso instante se hace patente el consuelo por tratarse del pecado general que también en él se ha hecho valer; | mas este 146 consuelo es un consuelo religioso, y quien estima alcanzarlo por

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