• No se han encontrado resultados

Alteraciones de los procesos cognitivos

4.1 ¿Qué es un trauma?

4.3. Efectos de una crisis traumática

4.3.1. Alteraciones de los procesos cognitivos

El shock o inhibición masiva de los procesos cognitivos es el síntoma más llamativo de la crisis traumática. Suele ser de corta duración y da paso enseguida, en el mejor de los casos, al procesamiento adecuado de la realidad o, en el peor, al bloqueo persistente de funciones cognitivas esenciales, como la memoria y la atención. En este segundo caso, es característica la sensación de entorpecimiento de la capacidad de pensar, junto con dificultades para fijar la atención y mantener la concentración, olvidos de datos recientes y dificultad para recordar conocimientos o información antigua. La amnesia para el suceso traumático y el contexto en el que tuvo lugar es más o menos completa.

En pleno día, en un hospital de Madrid, una doctora enloqueció súbitamente y mató a cuchilladas a tres personas e hirió a otras siete. Todo el equipo del servicio de psiquiatría se reunió en un pequeño despacho, mirándose unos a otros en silencio. De repente, el jefe dijo: “Esto es una catástrofe y tenemos que poner las medidas para prevenir el síndrome de estrés postraumático”. El color volvió a todos los rostros y los psiquiatras se movilizaron para atender a los pacientes y familiares, al personal sanitario y, en general, a todos los testigos de la tragedia, que habían sido más de cuarenta. Un simple dato cognitivo, el poner nombre a la situación, los sacó del estado de estupor en el que se encontraban. Naturalmente, todos sabían, al menos en teoría, en qué consiste el estrés traumático y qué es lo que hay que hacer cuando se presenta.

El aspecto ensimismado, como “ido”, es una secuela muy característica de las crisis traumáticas. Cuando el trauma ha sido generalizado, como ocurre después de una guerra, o entre los supervivientes de campos de concentración, estas manifestaciones inconspicuas de inhibición están tan bien distribuidas y son tan frecuentes que, para quien viene de fuera, pueden parecer un rasgo cultural.

Hace unos meses estuve en Camboya, país con el que la Universidad Autónoma de Madrid mantiene un programa de cooperación internacional. Durante muchos años, este bello país ha sido un infierno, a causa, sobre todo, del sanguinario dictador Pol Pot, que hizo ajusticiar a millones de habitantes por crímenes tan graves como no tener callos en las manos (lo cual demuestra que son capitalistas opresores) o saber idiomas (lo cual demuestra que son agentes del imperialismo extranjero). Sea como fuera, cuando yo estuve la paz habia vuelto y el resurgir del país era notable. En mis paseos, me llamó la atención la relativa frecuencia con la que encontraba a personas, sobre todo mayores, de aire ensimismado, aspecto ausente y poco comunicativas. Como yo sabía que el camboyano, en general, es simpático, siempre con la sonrisa en los labios, muy atento con los demás y deseoso de causar buena impresión, me sorprendieron mis observaciones. “Estarán emporrados”, pensé, “o quizá son de alguna etnia especial que cultiva el mutismo oriental”. Mi colega, la Dra. Dany Chea me sacó de dudas: “Son supervivientes de los Khmer Rouges” –me dijo– “a algunos les han matado a toda su familia, la mayoría ha estado en peligro de muerte y se salvaron de milagro”. La Dra. Chea, que ha estudiado muy bien el tema en su tesis Coping with Trauma

the Cambodian Way (Haciendo frente al trauma a la camboyana), me confirmó que

el aire ausente y la irritabilidad son dos síntomas muy frecuentes entre la población, restos evidentes de la grave crisis traumática de la que acababan de salir.

Otro síntoma importante es el “clic asociativo”, que da paso a la presión focalizada del pensamiento. La conversación puede transcurrir con relativa normalidad hasta que el tópico que se está tratando se acerca a temas asociados con el acontecimiento traumático. La relación puede ser lógica y fácil de prever o muy lejana, incluso sorprendente. Cuando se produce el “clic asociativo” pueden ocurrir dos cosas: o el sujeto se bloquea, se queda emocionalmente embotado, como anestesiado y pierde el hilo de lo que estaba diciendo (es decir, se intensifican los síntomas de inhibición) o bien, por el contrario, se acelera y se lanza a describir, en todo detalle y con creciente expresividad emocional, las experiencias traumáticas que ha sufrido.

Cuando estaba escribiendo El maltrato psicológico fui invitado a un almuerzo de la Junta Directiva de la Asociación Española contra el Acoso Psicológico en el Trabajo. Los asistentes me parecieron muy amables, inteligentes y educados y la conversación fue trascurriendo de manera agradable y mesurada. De repente, sin venir mucho a cuento, (estábamos hablando de un viaje del que yo acababa de regresar) uno de los comensales mencionó que su jefe le había negado unas vacaciones a las que tenía derecho y que eso no era lo peor, sino que además... El tono general cambió como por ensalmo. Todos empezaron a contar su historia, algunos atropelladamente, sin prestarse gran atención unos a otros. Sin poderlo

evitar, me acordé del viejo refrán “Cada loco con su tema”20.

He denominado a este síntoma presión focalizada del pensamiento21, para distinguirlo de la presión generalizada del pensamiento, un síntoma casi patognomónico del trastorno bipolar en fase maníaca, que consiste en hablar mucho y muy deprisa, pero sin tema específico, saltando de un tópico a otro en función de las circunstancias externas o de las ocurrencias espontáneas del paciente. Adiferencia de este síntoma maníaco, la presión

focalizada del pensamiento tiene un tema concreto, precisamente el acontecimiento o

conjunto de acontecimientos que constituyen la crisis traumática que el sujeto no ha podido superar, siendo el resto de su conversación totalmente normal. La necesidad de contar es más frecuente en las crisis por microtraumas repetidos que en aquellas en las que el suceso causal es un único evento de ocurrencia bien recortada en el tiempo. Se puede entender como un mecanismo de eliminación o descarga de contenidos mentales indigeribles que, al no tener una representación adecuada en el mundo interno personal, no pueden “guardarse dentro”. Relatar la experiencia traumática parece producir un cierto alivio por sí mismo, pero no es el mero relato o repetición de palabras lo que favorece la neutralización progresiva de la experiencia traumática, sino la transformación del relato en contenidos simbólicos que puedan ser incorporadas al mundo interno. La presencia de una segunda persona que escucha el relato con calma y comprensión es importante para que se pueda producir esta integración. Esto es lo que Guimón llama la “función detoxificadora” del terapeuta y Winnicott “contención”. En mi libro Cabalgar el tigre describo este proceso con el nombre de “contener el trauma” (= mantener el trauma cómodamente dentro), que consiste en ampliar progresivamente un área de conciencia en la que predominan sentimientos de calma y serenidad, e ir incluyendo en ella los recuerdos del suceso traumático. Además de relatar la experiencia a un terapeuta sereno y comprensivo, cumplen también una función detoxificadora otras actividades, como escribir, dibujar o pintar sobre el tema y realizar ejercicio físico contenido, tipo Tai Chi, artes marciales o pilates.

Aunque la persona afectada caiga en la presión focalizada del pensamiento sin darse cuenta y, una vez que ha comenzado, le cueste parar, no puede decirse que sea algo totalmente involuntario. Por lo menos, no se acompaña de rechazo y deseos de evitación sino, todo lo contrario, de necesidad de relatar. Son los demás, sus familiares, amigos y su entorno en general, los que cada vez están más hartos de su repetición monotemática, que les resulta exasperante, primero, porque no saben cómo ayudarle y segundo, porque acaban por descubrir que la presión focalizada no precisa respuesta, sólo recepción.

Cuando empieza a contarme sus desdichas por enésima vez, me enervo porque me siento como un cubo de basura, no quiere que le ayude ni que le aconseje, sólo quiere descargar todas sus penas sobre alguien. Comprendo que necesite desahogarse, pero a mí me pone mala, ya me tiene harta.

Estos son unos comentarios, bastante típicos, del cónyuge de una persona que está sufriendo acoso laboral.

Muy distinto a la presión focalizada del pensamiento son las intrusiones obsesivas, que consisten en ideas, imágenes, recuerdos, que se meten en la cabeza del sujeto en contra de su voluntad, causándole intenso malestar y angustia. En ocasiones se pueden revivir experiencias completas, como si se estuviera de nuevo en la situación, como en la famosa escena del flashback de Rambo. Las intrusiones obsesivas pueden aparecer en cualquier momento, siendo característico que lo hagan cuando el sujeto está relajado o empezando a dormirse.

Magdalena había sido amenazada de cerca con un cuchillo, en un ataque en el que murieron dos de sus compañeras. Cuando vino a la consulta, llevaba tres días sin poder dormir, desde el día del ataque. No podía cerrar los ojos porque, nada más hacerlo, veía claramente el rostro desencajado de su atacante, blandiendo el cuchillo a la altura de su rostro. Cuando caía rendida por el agotamiento, el sueño le duraba escasos minutos, porque enseguida le sobresaltaba la imagen aterradora.

En ocasiones, las intrusiones obsesivas no aparecen espontáneamente, sino sólo cuando ocurre algo que recuerda el contexto en el que el suceso ocurrió originariamente.

Los padres de Juan se separaron cuando era niño. Sabe que se llevaban muy mal, pero había olvidado completamente el episodio final de la ruptura entre ellos. Un día, discutiendo con su esposa durante la comida, le vino bruscamente a la mente la imagen de su padre, rojo de ira, levantando con las dos manos la sopera y estrellándola sobre la mesa. Se sobresaltó tanto que se echó a llorar en ese mismo momento, como si volviera a ser un niño pequeño. Desde entonces, le ha vuelto a venir la misma imagen de vez en cuando, junto con una sensación de miedo y ganas de llorar.