• No se han encontrado resultados

Capítulo dos Clasificación de las

2.2. Topografía de las crisis

La presentación de una crisis emocional depende de una conjunción –o disyunción– peculiar entre las dinámicas del mundo que nos rodea y nuestra manera de funcionar en él. En algunos casos, la disrupción que da origen a la crisis ocurre fuera de nosotros, y hablaremos entonces de crisis externas; en otros, son los propios procesos internos del individuo los que han ido cambiando por sí mismos, con relativa independencia de su entorno, hasta dar el salto cualitativo que define una crisis interna. Finalmente, cambios externos relativamente poco importantes pueden entrar en disyunción con procesos internos no necesariamente anómalos o disruptivos en sí mismos, pero inadecuados a su nuevo ambiente. Éstas son las crisis de adaptación.

Tabla 5

Clasificación topográfica de las crisis emocionales

Las crisis estructurales son crisis personales cuyo origen tiene que ver, más que con las circunstancias externas, con una particular combinación de carácter y de oportunidad. Algunos individuos atraviesan de manera repetida crisis que parecen relacionadas con problemas de su entorno, pero que no afectan a nadie más que a ellos. Es como si las provocaran o las aprovecharan para ensayar en la vida real soluciones para los problemas que llevan en su interior. Independientemente de la forma que adopten, las crisis estructurales proceden de la propia organización de la personalidad del individuo, que tiene conflicto con dinámicas razonablemente fluidas para el sujeto normal. La personalidad predispuesta a las crisis puede tener su origen en el fracaso en la resolución de crisis normativas, en excesos, carencias o desequilibrios de su desarrollo y, a veces, en simple y pura mala educación, con desconocimiento de pautas apropiadas de conducta para consigo mismo y con los demás.

Las crisis normativas, descritas por Erik Erikson, son universales, en el sentido de que ocurren en todos los seres humanos y, al mismo tiempo, personales, en el sentido de que para cada individuo su vivencia de cambio es intransferible, consubstancial a su propio desarrollo psíquico. Cada ser humano nace con aptitudes, capacidades y tendencias que conforman su constelación genética, actualizada y modulada por las influencias de la educación y del medio ambiente. La maduración de la personalidad se efectúa por etapas, a través del dominio sucesivo de tareas psicológicas y sociales específicas a cada una de ellas. En realidad, es difícil encontrar personas que hayan triunfado o fracasado totalmente en alguna etapa del desarrollo, siendo lo normal que todo el mundo alcance un cierto grado de maestría en casi todas ellas. Erikson planteaba cada una de las crisis normativas como una oposición dinámica entre dos extremos: uno que representa la resolución óptima de la tarea crítica y otro que representa su fracaso total. Cada dinámica crítica permite al individuo moverse en un continuo entre esos dos extremos, más que quedarse atrapado en una dicotomía exacta. Por eso es posible recuperar “asignaturas pendientes”, mejorando, con el tratamiento apropiado, el grado de superación de la crisis normativa en la que uno

está relativamente atascado. La superación de cada crisis normativa se acompaña de la adquisición de una virtud o cualidad humana básica, una “fuerza interna o cualidad activa”, como dice Erickson, rasgos de madurez que dan evidencia del grado de resolución de la tarea psicosocial correspondiente. El razonable éxito en cada tarea crítica en la edad apropiada se acompaña de la adquisición de la habilidad psíquica correspondiente y prepara al individuo para recorrer la siguiente fase de su desarrollo psicosocial. Inversamente, cada fallo relativo en una tarea crítica dificulta el tránsito por las etapas subsecuentes y va marcando al individuo con sentimientos negativos específicamente asociados con cada crisis incompleta. Por su importancia se les dedica un capítulo entero (el capítulo sexto) en esta obra.

Las crisis espirituales, a pesar de su anticuado nombre, son enormemente actuales. Podríamos llamarlas también crisis de convicciones o de compromiso psicológico, o de creencias, pero el término clásico sigue sirviendo bien para transmitir la idea básica del problema. Pueden clasificarse en tres grandes grupos:

1. Negativas. Las creencias y la adscripción a organizaciones de tipo ideológico, religioso e incluso deportivo, tienen un efecto protector sobre el sentimiento de continuidad personal. Cuando esto se pierde, porque las convicciones y

vínculos internos se debilitan o porque entran en conflicto con otras dinámicas, se produce un estado de duda que puede llegar a la ruptura y rechazo de una parte importante de la identidad personal. Aparte del cambio que esto supone, el individuo se encuentra bruscamente desprotegido ante angustias y tensiones que antes eran fácilmente superables con el apoyo de su ideología, afiliación o creencia.

2. Positivas o de conversión. Inversamente, una persona en situación de crisis externa, como por una pérdida familiar o por un fracaso de gran envergadura, o que se siente perdida por haber pasado una crisis espiritual negativa, puede sentirse bruscamente atraída por afiliaciones y creencias que antes le eran extrañas. Sin descartar la autenticidad de algunos casos, los individuos en esta situación son presa fácil de sectas y de movimientos más o menos sensatos, sobre todo si una cierta inmadurez los hace, además, proclives a crisis estructurales.

3. Místicas o de revelación. Conocidas desde hace mucho tiempo por

descripciones de los místicos occidentales y de los gurús orientales, han sido estudiadas psicológicamente por Jung y Grof, entre otros. Este tercer tipo de crisis o “despertar espiritual” es de origen interno y sus manifestaciones pueden ser, a veces, alarmantes. Más que la adopción o rechazo de creencias, la causa de la crisis es una brusca entrada en contacto con aspectos del mundo interno desconocidos o reprimidos hasta ese momento, con acceso a modos de

consciencia no habituales, también llamados en algunos contextos

“transpersonales”. La práctica prolongada de técnicas de meditación y el tratamiento con técnicas psicológicas de inducción de estados de conciencia

(terapias ASCI) favorece la aparición de estas crisis de emergencia espiritual. Teóricamente, el propio proceso de la técnica meditativa o terapéutica va preparando al individuo para el adecuado afrontamiento y superación de estas crisis internas, que conducen a la progresiva regularización y optimización de la personalidad. Los efectos psicodislépticos de algunas drogas también pueden provocar experiencias de este tipo, lo que es mucho más peligroso, porque la experiencia puede degenerar en psicosis cuando el sujeto no está

psicológicamente preparado para integrarla.

Las crisis coyunturales dependen totalmente de circunstancias externas, que, sin ser en sí mismas traumáticas, superan temporalmente las capacidades de adaptación y/o resolución de un individuo normal. Pueden ocurrir en algunas circunstancias como, por ejemplo, cuando se aproxima un examen difícil o una actuación importante, en vísperas de casarse o antes de cambiar a un nuevo empleo. Estas crisis suelen resolverse solas, excepto cuando alguna acción torpe del sujeto que las sufre complica la situación. El objetivo principal de la intervención es mantener a la persona operativa y presente, es decir, sin bloquearse y sin huir, hasta que pase la coyuntura.

Las crisis adaptativas son parecidas a las coyunturales, en el sentido de que la discontinuidad de la experiencia personal tiene su origen en un cambio importante en el entorno del individuo, pero difieren en que la situación desencadenante es más duradera, incluso permanente, como fijar residencia en un nuevo país, cambiar radicalmente de profesión o empleo, subir o bajar drásticamente en el nivel social, etc. Admitiendo que las nuevas circunstancias pueden ser difíciles para todos, lo normal es que la mayoría de los individuos se adapte, algunos incluso mejor que a su estado anterior. Las crisis de adaptación se consideran “mixtas” en la clasificación topográfica de las crisis porque, aunque aparecen bajo los efectos de circunstancias externas, necesitan para producirse una cierta inmadurez o disfunción de las estructuras psicológicas internas del individuo.