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Todo el vértigo de Caracas se aplacó en República Dominicana. Perón vivió durante dos años en calidad de huésped de honor del Generalísimo Rafael Leónidas Trujillo Molina, con todas las comodidades a su disposición. El gobierno extremaba las condiciones de su seguridad hasta el punto de informarle sobre los argentinos que solicitaban visitarlo, para que él mismo decidiera si se aceptaba o rechazaba el pedido de visa. Trujillo estaba siempre dispuesto a atender a sus necesidades. Si se enteraba de que Perón tenía alto el colesterol, mandaba comprarle aceite de maíz importado de los Estados Unidos. Y así con todo. Cuando sufrió un mareo que lo tumbó en la cama, lo asistieron los más calificados médicos del Hospital Militar, que le extrajeron de la oreja un tapón de cera del tamaño de una almendra. Apenas el Generalísimo supo que Perón se sentía incómodo en el hotel Paz, que pertenecía al Estado, de inmediato le envió un coronel que lo trasladó a la residencia desocupada de su hijo Ramfis Trujillo, rodeada de ocho hectáreas de tierra, ubicada a doscientos metros del mar Caribe, y con tres morenas dedicadas a su servicio.

A pesar de las permanentes distinciones, Perón no dejaba de sentirse aislado del mundo. La rutina provinciana, en la que cada día era una réplica exacta del anterior, empezaba a oprimirlo. Para no desanimarse intentó vivir cualquier mínimo programa como si fuera un gran evento. Si en la calle El Conde había un local que vendía zapatos de cuero italiano, reservaba una tarde para visitarlo. La proyección de la película Simón el Mago, en el autocine al aire libre, le provocó tanto interés que lo impulsó a salir del Cadillac presidencial que le había puesto Trujillo para verla de parado. Un viaje en su Lambretta con rumbo al río Haina, del otro lado de la ciudad, para fumar un cigarrillo rubio recostado en las barandas del puente mientras observaba las garzas dormidas sobre los árboles, se volvía una experiencia de un significado inolvidable.

Isabel también intentaba llenar el vacío de cada día con atracciones mínimas. Su programa dilecto era el helado con frutas que servían en un bar japonés del centro, pero además se entretenía enseñándoles a escribir a las chicas del servicio, o memorizando las tablas de calorías de los alimentos que aparecían

en el libro del doctor Hauser. En los momentos de intimidad de la pareja, Isabel y el General esperaban la madrugada sentados en el porche de la casa; a ella le agradaba escuchar los relatos de su hombre sobre las campañas militares de Alejandro Magno; su voz ronca, tabacal, la acunaba, se perdía en el rumor sordo de las olas que rompían en los acantilados. La esgrima fue otro gran entretenimiento. Perón, que durante varios años había sido campeón de espada en los torneos internos del Ejército, alentó a Isabel para que tomara clases. Compró dos caretas y dos floretes, y ambos se pusieron a las órdenes de un profesor puertorriqueño que los proveyó de pectorales. Pasaron casi dos meses haciendo de cada clase un argumento sólido para sostener los días. Incluso, Isabel realizaba movimientos de una elegancia que estimulaban al General. Pero imprevistamente todo terminó: el profesor debió regresar a su país. Durante varias semanas esperaron su retorno, pero, cuando finalmente volvió, Isabel ya no tenía ganas de retomar las clases.

En República Dominicana, todo lo que concernía a Perón como conductor del Movimiento se había reducido: las visitas de dirigentes en busca de instrucciones, el flujo de envíos y la recepción de cartas; pero la ausencia más notable era la de su entorno, limitado a la presencia de Américo Barrios, un periodista al que Perón envió a Egipto en 1953 a entregar una réplica del sable corvo de San Martín al rey Naguid. Barrios había intentado montar una agencia de publicidad en Caracas, proyecto abortado por la revolución contra Pérez Jiménez. El motivo determinante para que acompañara a la pareja a República Dominicana, donde se convirtió en fiel testigo de su aburrimiento, era que le caía en gracia a Isabel. En términos formales, era el secretario de Perón, aunque no tenía más funciones oficiales que la de distribuir en la Argentina miles de fotografías de su jefe o mandar a imprenta una selección de estrofas del Martín Fierro, que Perón siempre citaba con tono aleccionador. Cada vez que Trujillo tenía ganas de contar con la presencia de Perón, recurría a Barrios para que se lo trajera, o lo hacía venir mediante los dos edecanes de turno que había colocado a su lado. A veces llevaba a Perón a la inauguración de una obra pública o lo invitaba a almorzar al Palacio Nacional. De los muchos encuentros, Perón no olvidaría el de aquel sábado en que el Benefactor de la Patria lo obligó a permanecer cinco horas en el palco oficial observando un interminable desfile de trabajadores que se atropellaban para besar las manos de Trujillo. Luego al mismo Perón le tocó descender a la calle y desfilar junto a los ministros del gabinete nacional bajo un sol perturbador.

Cuando comenzó a sembrar semillas de césped en la casa de Ramfis Trujillo, Perón ya sentía un incontenible deseo de irse de la isla. Se sentía un prisionero colmado de atenciones: ninguna gestión realizada ante las embajadas en busca de otro refugio había dado resultado positivo. Debía conformarse con seguir en manos de su demandante protector local.

Con el correr de los meses la forzada calma de la República Dominicana se volvió amenazadora. Las relaciones entre los Estados Unidos y Trujillo se tensaron; le impusieron sanciones económicas y dejaron de proveer al país caribeño de armamento pesado. Luego de treinta años de armonía entre ambos países, la moral media norteamericana se sentía algo inquieta por las denuncias sobre las violaciones a los derechos humanos a las que eran sometidos los opositores al régimen de Trujillo. En consecuencia, la economía dominicana, que se sostenía con los monopolios del azúcar, el aceite, la sal y otros productos primarios en manos de la familia gobernante y de sus allegados, empezó a dar muestras de decaimiento. El enfrentamiento entre países tomó un carácter más familiar cuando se conoció la conducta del hijo mayor de Trujillo, que corría a las actrices de Hollywood a bordo de su Mercedes Benz y las seducía con tapados de visón más que con la calidad de su labia. Ramfis, que revistaba en el ejército norteamericano con el grado de coronel, debió volver a su país antes de que el gobierno de los Estados Unidos lo expulsara. Su padre tomó este hecho como una afrenta personal. En revancha, poco tiempo después echaría de la isla al embajador norteamericano.

Fidel Castro fue el otro problema. El triunfo de la Revolución Cubana del 1o

de enero de 1959 produjo un efecto desestabilizador sobre las dictaduras caribeñas, y el régimen de Trujillo no fue una excepción. Desde su radio portátil, Perón escuchaba con preocupación las transmisiones clandestinas de proclamas revolucionarias. También estaba al corriente de la represión a los rebeldes que preparaba el régimen, porque uno de los que estaba a cargo de implementarla era una vieja relación suya, nacida en el tiempo en que España vivía acuciada por el hambre y bloqueada por la Unión Soviética, los Estados Unidos y las Naciones Unidas. Se trataba del coronel español Enrique Herrera Marín.

Perón lo había conocido durante su primera presidencia, cuando el militar español llegó a Buenos Aires con una carta de Franco en la que éste le reclamaba que intensificara el envío de carne y trigo. De inmediato, Perón decidió cambiar el destino de cuatro barcos mercantes que transportaban toneladas de trigo a Inglaterra, y les ordenó que se dirigieran a los puertos de Cádiz, Barcelona y Vigo. En 1948 el pacto entre Perón y Franco estaba en su luna de miel, pero una década más tarde, y debido a las estruendosas desavenencias entre el ex presidente argentino y la Iglesia Católica, el dictador español se negaba a acoger a un excomulgado.

Como agregado militar español en Dominicana, en términos oficiales, Herrera Marín asesoró a Ramfis Trujillo en la creación de una academia militar para el régimen, pero su misión más reservada fue la de participar en el armado de una legión anticomunista internacional, que dirigía el agente de inteligencia español Luis González Mata, "El Cisne". Para tal objetivo, y teniendo a su disposición cuatro

millones de dólares depositados en un banco suizo, González Mata reclutó a 1200 mercenarios franceses, españoles, griegos y alemanes, entre ellos el aviador nazi Hans Ulrich Muller, que había armado la red de protección del criminal médico Josef Mengele en la Argentina, y que en las tertulias nocturnas del comedor del hotel Paz le relataba a Perón sus proezas contra los acorazados rusos. Otro integrante de la Legión Anticomunista era el criminal croata Milo Bogetich, que años más tarde le brindaría su amistad a Isabel.

Los mercenarios que llegaban a la isla fueron contratados como técnicos de la Sociedad Azucarera del Río Haina, y quedaron a la espera del arribo de las fuerzas revolucionarias que se entrenaban en Cuba y Venezuela. No tardarían en ponerse en acción: cuando sesenta cubanos, a bordo de un DC 3, aterrizaron en un aeródromo cercano al lago Constanza, con el fin de crear un foco guerrillero, la Legión Anticomunista les tendió una emboscada y los eliminó. Otro grupo más numeroso desembarcó en la costa norte, y logró infiltrarse en las montañas, aunque correría la misma suerte. Los mercenarios, estimulados por la oferta de Trujillo de entregarles mil dólares por la cabeza de cada invasor, completaron su faena a las pocas semanas. De todos modos, aunque el régimen dominicano logró aplastar la rebelión, sus brutales métodos de represión contra el pueblo, más la presión política de los Estados Unidos, hacían prever que el final era inminente.

A Perón le incomodaba verse incluido en el lote de dictadores refugiados. A la del venezolano Pérez Jiménez se había sumado la llegada de Fulgencio Batista, el depuesto dictador cubano. En términos morales, lo único que tranquilizaba a Perón frente a la posible debacle de Trujillo era que había manifestado su deseo de irse antes de que el régimen empezara a peligrar: no quería que el Generalísimo imaginara que estaba huyendo.

La esperanza de Perón era radicarse en Suiza. A ese efecto, Américo Barrios viajó en dos oportunidades a Ginebra, pero no consiguió el permiso de residencia. Al margen de las bondades que podía ofrecerle la paz helvética, distintos biógrafos suponen que Perón intentaba recuperar un dinero que supuestamente estaba depositado en una cuenta a nombre de Evita o de su hermano Juan Duarte, el mítico "tesoro" del cual todos hablaban. Las críticas realizadas por Perón a Suiza en esa época constituyen un indicio que refuerza, aunque no confirma, esa hipótesis. El último intento de radicación lo haría Isabel, quien viajaría en febrero de 1960 a encontrarse con Silvio Tricerri. El comerciante de granos, en previsión de una respuesta positiva por parte del gobierno helvético, ya había conseguido una residencia para alojar al ex presidente. Sin embargo, cuando ya todo parecía estar en orden, le negaron el permiso a Perón por enésima vez.1

1 Silvio Tricerri había conseguido la residencia de Les Charmettes, en la localidad de Gland, cantón de

Pero si las gestiones para ser acogido en Suiza fueron infructuosas, mayores beneficios, en cambio, le rindió el trabajo del canciller argentino Carlos Florit, que intercedió ante España y consiguió una respuesta favorable a su solicitud, contentando de ese modo a los militares argentinos, que consideraban beneficiosa cualquier alternativa de alojamiento de Perón, si se excluía la de su regreso a Buenos Aires. Florit y el embajador español en República Dominicana, Alfredo Sánchez Bella, acordaron que Perón se trasladaría a Portugal y, luego de un tiempo prudencial, entre cuatro o seis meses, entraría a España como turista. Su presencia se restringiría al territorio de Málaga. Pero cuando el General obtuvo la visa para emigrar, ninguna compañía aérea quiso tomar el compromiso de llevarlo a Europa. En el cable que la embajada norteamericana envió a Washington, el 15 de enero de 1960, se informaba que "Perón no pudo alquilar charter esta semana, lo que pone en dudas su propia explicación acerca de cuándo dejará el país. La embajada sugiere que se vigile debidamente su partida, porque puede buscar rutas alternativas y hay que restringirle las visas por razones de seguridad." Finalmente, Barrios consiguió que Varig cediera un Super Constellation-G. Los gastos los afrontó el Generalísimo Trujillo. La CIA, en tanto, colocó a un agente propio en el avión, John del Re, que viajó a Europa como un turista accidental. Sin embargo, en pleno vuelo, a la altura de las islas Azores, y desconociendo el acuerdo previo, Perón ordenó al piloto que tomara la ruta hacia el aeropuerto de Madrid. El Generalísimo Francisco Franco, indignado, ordenó a la Fuerza Aérea que lo obligaran a aterrizar en Sevilla, y de allí partió a su confinamiento en Torremolinos, que por entonces era un pueblo de pescadores. En ese lugar, dos guardias civiles lo vigilaban permanentemente. Perón se alojó en una casita dependiente del hotel El Pinar, con vista al mar, y con gastos a cargo del empresario Jorge Antonio.2

y comunicó a los puestos fronterizos la prohibición del ingreso de Perón. Véase el diario Le Courrier (Suiza) del 4 de febrero de 2003. Por otra parte, según el testimonio de la actriz española Niní Montiam, Perón le pidió que acompañara a Isabel a Suiza para que la ayudara a ubicar los depósitos bancarios de Evita, de quien la actriz había sido muy amiga. En un relato autobiográfico de esos años, Perón dijo que "Suiza es el país en que se juntan todos los bandidos, porque es el país 'reducidor'. Reducidor le decimos los argentinos a ese que compra las cosas robadas. Suiza es el lugar donde esconden todo lo que roban a los demás". Pese a que en esa misma grabación Perón no se consideraba un bandido, por el tono que empleaba, aparentemente se sentía damnificado por Suiza. Para la confesión de Niní Montiam, véase Joseph Page, Perón, una biografía, Buenos Aires, Grijalbo, 1999, pág. 444. Para la referencia a Suiza, véase Juan Domingo Perón, Yo, Juan Domingo Perón. Relato autobiográfico, Buenos Aires, Sudamericana/Planeta, 1976, pág. 107.

2 Casi un año y medio después de la partida de Perón, Trujillo moriría asesinado a tiros en una

emboscada, cuando salía de paseo nocturno en su Chevrolet. Su cadáver sería puesto en el maletero del automóvil. Para un relato novelado sobre su vida y el régimen dominicano, véase Mario Vargas Llosa, La

fiesta del Chivo, Buenos Aires, Alfaguara, 2000. El hijo del Generalísimo Trujillo, Ramfis, moriría pocos

años más tarde en un accidente automovilístico en Madrid. Perón participaría del oficio religioso junto al hermano del difunto, Radamés. Por su parte, luego de la muerte del Generalísimo Trujillo, el dictador venezolano Pérez Jiménez se exiliaría en Madrid y moriría en septiembre de 2001, a los 86 años. El presidente Hugo Chávez envió condolencias a los deudos en nombre de "Venezuela entera", publicó una solicitada en su memoria y comparó el gobierno de Pérez Jiménez con la gesta del general Bolívar.

Durante su estadía en Ciudad Trujillo —actual Santo Domingo—, el General se desembarazó de John William Cooke. El ex diputado había sido funcional a su estrategia de guerra revolucionaria durante más de dos años, ocupándose del armado de la "línea dura" del peronismo con activistas de la Resistencia Peronista. Pero luego de la firma del pacto con Frondizi, Perón comenzó a erosionar su liderazgo y lo puso en pie de igualdad con aquellos que habían buscado acomodarse primero con la Revolución Libertadora, y luego con la política "integracionista" de la UCRI, seducidos por las mieles del Estado y el calor oficial.

La influencia de Cooke dentro del Movimiento se vio reducida con la creación del Consejo Coordinador y Supervisor Peronista, un nuevo organismo de representación, "brazo táctico" de Perón, que integraban múltiples dirigentes, la mayoría de ellos pertenecientes a "la línea blanda". Todos ellos se vigilaban entre sí y reportaban directamente al General. Con esta estrategia Perón lograba un efecto doble: por un lado, socavaba el poder interno de Cooke; por el otro, al integrar a la "capa blanda" a la conducción del Movimiento, evitaba la diáspora interna, aunque, según sus cartas, Perón confiaba en su propio poder de aniquilación.3

En enero de 1959, la huelga obrera que resistió la privatización del frigorífico Lisandro de la Torre bastó para que el nuevo Consejo Peronista entrara en colisión con la línea revolucionaria de Cooke. Bajo la calificación de "loquito y terrorista", lo acusaron de promover una alianza entre obreros peronistas y comunistas en el conflicto, que fue reprimido por Frondizi, como un ejercicio previo a la implementación del Plan Conintes: cientos de líderes gremiales fueron encarcelados.4

3 En una carta que escribió a Juanita Larrauri, dirigente de la rama femenina, Perón indica: "Yo no creo

en la fábula de la 'integración' y menos en la 'fagocitación' del peronismo por la UCRI,como algunos temen. Si Frondizi llegara a 'comprarse' algunos dirigentes peronistas o algunos dirigentes peronistas quisieran 'recostarse' o 'cabrestiar' para el lado de Frondizi, me bastaría una sola palabra para aniquilar a todos los que se prestaran para un acto tan indigno. El peronismo, por su mística, su doctrina y la politización de la masa está en condiciones de expulsar a la mitad de sus dirigentes sin que pierda un solo voto. Nosotros no tenemos caudillos". Véase Perón-Cooke. Correspondencia, ob. cit., tomo I, págs. 61-62.

4La aplicación del Plan Conintes ("Conmoción interna del Estado") en 1960 llevó a los obreros rebeldes a

ser juzgados por la justicia militar acusados de "terrorismo". El plan fue elaborado con asesoramiento de una misión francesa, algunos de cuyos integrantes se habían desempeñado en la represión y el asesinato de los combatientes del pueblo argelino. Para la influencia de los métodos de la guerra sucia en los militares argentinos, véase revista Todo es Historia, septiembre de 2002, y Página/12, 31 de agosto y 3 de septiembre de 2003. A poco de haber iniciado su gobierno, Perón denunció a Frondizi por haber incumplido el pacto electoral que lo había llevado a la presidencia. Frondizi, a su vez, negó la autenticidad de su firma en el pacto. Luego, Frigerio admitió que lo firmó, pero dijo que el contenido del pacto había sido adulterado. La controversia fue debatida por periodistas e historiadores durante varios años. Lo conclusión final demuestra que Frondizi, pese a recibir el apoyo electoral del peronismo, no tenía la fuerza política necesaria para levantar la proscripción a Perón y autorizar su participación electoral, como indicaba una de las cláusulas del pacto. Según el empresario Jorge Antonio, Perón recibió 85.000 dólares de parte de Frigerio como contraprestación por el apoyo electoral a Frondizi. Véase reportaje en revista Tres Puntos, 29 de enero de 2003.

Cooke imaginaba que Perón saldría a respaldarlo. Le escribió que se sentía

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