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Los problemas en Suministros Gráficos continuaron luego de que López Rega partiera hacia España en 1966. Por entonces era presidente del directorio, y debió pedir una licencia de 180 días para irse. Su lugar lo ocupó Héctor Paramidani, pero el capitán de ultramar también pidió licencia y el cargo recayó sobre su cuñado Héctor Prieto Roca, quien cargó con los problemas derivados de la quiebra fraudulenta de la empresa, decretada el 17 de febrero de 1967.

Según el contrato que firmó con el Estado, la empresa debía pagar doce millones de pesos en diez años por el valor de las maquinarias y los insumos. Esa suma nunca fue cubierta; las deudas se acumularon. La papelera Hermida pidió la quiebra por un pagaré incumplido de 50.000 pesos que tenía las firmas de Vanni y Villone, y por otro endosado de la Cinematográfica Pino, cercano al medio millón de pesos; también reclamaron sus pagos varios obreros de Suministros Gráficos. El inmueble, cuya compra López Rega anunciaba a Perón como inminente, y que ponía a su disposición como puente de cabecera para su retorno, fue devuelto a Ferrocarriles Argentinos.1

Cuando el juez Francisco Bosch procesó a Vanni y a Villone por la quiebra fraudulenta, los dos ya habían desaparecido del mapa, López Rega estaba concentrado en su misión en España y Héctor Prieto Roca, que tenía origen patricio y una fuerte inclinación por el arte, debió refugiarse en la casa del policía José Famá para esquivar su comparecencia ante la Justicia. Para su familia fue una deshonra. El resto de los hermanos de Paso de los Libres se sintió defraudado por

1En el momento de la clausura de Suministros Gráficos, el síndico encontró una máquina de impresión

Kelly, otra Aufzugstarke, una perforadora, armarios, escritorios, repisas, un retrato de Manuel Belgrano, baldes con papeles y sesenta libros sin terminar, con el título de Astrología esotérica. La liquidación de los bienes se destinó al pago de los abogados y de la obra social del personal gráfico, pero los acreedores jamás pudieron cobrar sus deudas. Los letrados de Suministros adujeron que el Estado no les había dado créditos y que el Poder Judicial y la DGI tampoco les dieron trabajos para imprimir: sólo dependían de los encargos de los partidos políticos y de la impresión de libros de la colección esotérica que impulsara López Rega. En el escrito se mostraron decepcionados con la actitud de los obreros "por no asumir el rol de accionistas y dedicarse a realizar juicios indemnizatorios". Véase expediente 23331, legajo 36314 del Juzgado Comercial N° 13, secretaría 25. Juzgado Nacional Penal y Económico.

la conducta del grupo esotérico porteño en la imprenta, y también por la decisión de López Rega de volcarse a la política.

Después de su paso por Suministros Gráficos, Vanni y Villone sobrevivieron como pudieron.2 Aprovecharon la oficina que les prestó un abogado para refugiarse

y crearon una agencia de contactos matrimoniales para señoras. Entre los dos se repartieron las tareas gerenciales. A veces Carlos Villone entrevistaba a las interesadas para evaluar el perfil del candidato que más se adecuara a sus pretensiones, y su elección recaía sobre el Gordo Vanni. En otras ocasiones, Vanni las recibía en la oficina y era Villone quien oficiaba de gentil caballero. Lograron complementar su avidez económica con la desesperación de las damas, que tomaban al primero que se les ofrecía. Aunque siempre maldecían que nunca caía nada respetable a la oficina, durante unos meses obtuvieron el dinero suficiente para seguir remando.

Vanni y Villone fueron el único sostén de López Rega en Buenos Aires, y quienes más creyeron en el sentido de su viaje. Estaban a sus órdenes, ya fuese para encontrar algún producto de exportación o para buscar contactos dentro del peronismo que pudieran proporcionarle algún dinero. En forma irregular, también continuaron sus relaciones con los miembros de la logia Anael. El dúo aprovechaba cada encuentro para recoger sus impresiones de la actualidad política con el argumento de transmitírselas a Perón. Sin embargo, a ojos de los anaelistas, todas sus explicaciones eran argucias esgrimidas para ganarse un almuerzo o un dinero para salvar la semana. Pero Vanni y Villone también buscaban dinero con sentido solidario: en una oportunidad realizaron una colecta entre los miembros de la logia para solventar una costosa operación de cadera de Chiquitina, la esposa de López Rega. No obstante los favores recibidos, ninguno de los dos daba información clara respecto de los resultados de la misión de López Rega, que había excedido largamente su promesa de retornar a los tres o cuatro meses de su partida.

De todos modos, los integrantes de la logia Anael ya le habían perdido la confianza. Apenas se fue, tuvieron la convicción de que el ex director de Suministros Gráficos los había utilizado como plataforma de acceso a Perón, y que luego había decidido emprender su propio camino. Urien consideraba que la predicción de doña Victoria se había cumplido.3

2Además de la quiebra fraudulenta de Suministros Gráficos, de la que sería provisionalmente sobreseído

en mayo de 1970, Carlos Villone arrastraba otros tres procesos judiciales de su paso por Salud Pública: uno por malversación de caudales y fraude al fisco (1962); otro por defraudaciones y estafas (1962) y uno más por violación a los deberes de funcionario público (1963). De todas las acusaciones fue sobreseído parcial y provisoriamente en 1967 y 1969.

3 Llevado por Vanni y Villone, Urien viajó a Paso de los Libres para conocer a la Madre Victoria. En el

curso de un viaje de ochocientos kilómetros por la ruta 14, Villone asociaba el menor de los acontecimientos con un llamado celestial. Cuando una paloma blanca cruzó frente al parabrisas del auto, lo atribuyó a una emanación del Espíritu Santo y afirmó que el encuentro era precedido por buenos

Hacia octubre de 1971, cuando la logia Anael decidió el viaje de uno de sus miembros a Madrid, López Rega ya había montado una barrera muy difícil de franquear para los que deseaban entrevistarse con Perón. El enviado fue el suboficial Héctor Sampayo. Llevaba varias cartas guardadas en los bolsillos de su saco. Una de ellas contenía un informe de Urien, donde el juez sentaba los cimientos de una nueva democracia y especificaba las funciones que desempeñaría cada ministerio en la tarea de contribuir a la reconstrucción, la dignificación y la perfección del hombre. Era un completo esquema de gobierno que ponía a disposición del Líder. En otra carta precisaba un plan de operaciones para tomar el poder.

Sampayo se alojó en una pensión cerca de la avenida José Antonio. La logia había juntado unos pocos pesos argentinos para que el enviado cumpliera su misión. Cuando llamó a Puerta de Hierro lo atendió una mucama, que lo derivó a López Rega. El secretario le reprochó que hubiese llegado a Madrid sin avisarle. Sampayo le explicó la urgencia: se estaba gestando un golpe de Estado contra Lanusse. Dos generales habían alzado a las tropas de los regimientos de Azul y Olavarría. Ninguno de ellos era peronista. López Rega le preguntó si traía algún mensaje de Urien. Sampayo le aseguró que no. Entonces el secretario le pidió que viera a Vanni, quien, tras varios años de incertidumbre en Buenos Aires, estaba acomodándose en Madrid junto a su amigo, y tomándole el gusto a la vida nocturna de la capital española. Se había hospedado en un hotel de cuatro estrellas. Cuando Sampayo subió a la habitación de Vanni, el Gordo estaba en bata, recostado en una cama de dos plazas, y con el almuerzo servido en bandeja. El suboficial le dijo que parecía un rey y le pidió que le convidara algo:

—Tengo un hambre peludo, y ningún banco me cambia los pesos argentinos por pesetas.

—Yo no te puedo dar de comer esto —lo frenó el Gordo—. Sale mucha guita. Enseguida sonó el teléfono. Era López Rega. Le dijo a Vanni que llevara a Sampayo a un hotel cercano a la residencia, sobre la calle Navalmanzano, a las seis de la tarde. Lo atendería en el lobby. Era el lugar donde el secretario se reunía con los que pretendían ver a Perón. Con la cita acordada, Sampayo se sintió más confiado y le pidió a Vanni que lo invitara a comer.

—Cada vez que pasabas por mi taller me pedías comida o plata. Ahora devolveme algo de lo que te di —le recriminó en tono cordial.

El Gordo se sensibilizó: lo llevó a un bar, pidió un sándwich de miga y le cedió la mitad. Empezó a preguntarle sobre los motivos del viaje y se preocupó por

augurios. Tras su permanencia de dos días en la casa, antes de irse, Victoria le dio un consejo a Urien: "Cuídense de López. Los va a traicionar". Testimonio del doctor Julio César Urien.

saber dónde estaba alojado. Sampayo le dio el nombre de la pensión, ubicada en una callecita cercana a la avenida José Antonio, y volvió a su preocupación: la inminencia del golpe de Estado. Cuando el tema se agotó, y antes de despedirse, le pidió al Gordo que le recomendara un buen museo. Era la primera vez que viajaba a Europa. Horas más tarde, de regreso a su pensión, Sampayo tuvo la impresión de que las cosas no estaban dispuestas tal como él las había dejado. La tapa del bolsillo derecho de su saco estaba metida adentro. Jamás la dejaba así, y sospechó una intrusión furtiva, algo raro. Pasó a buscar al Gordo Vanni por su hotel y marcharon hacia el encuentro con López Rega, que llegó unos minutos tarde a la cita, exultante:

—Pidan lo que quieran —invitó—. Yo tomo un cognac.

El Gordo Vanni le dijo que le iba a joder la diabetes. López Rega no lo escuchó.

—Te dejo entrar a la casa sólo para demostrarte quién manda ahí adentro — le explicó a Sampayo.

Vanni intentó frenarlo, pero el secretario quería dejar en claro el poder que tenía sobre Perón. Después se puso de pie y les dijo que los esperaba en veinte minutos en la residencia. Cuando el guardia lo autorizó a entrar, Sampayo vio a Perón parado en el último peldaño de la escalera del porche. Sonreía. A su lado, también sonreía López Rega. Mientras avanzaba hacia su encuentro, Sampayo imaginó el abrazo que le daría el General. Le habían advertido que le estrujaría los huesos. Era peronista desde 1943 y era la primera vez que lo veía en persona. Llevaba casi treinta años siguiendo a ese hombre.

—Acá está Sampayito. Este es mi muchacho —le comentó el secretario a Perón, orgulloso.

La sonrisa de Perón se apagó de golpe. Le dio la mano a Sampayo con frialdad y lo invitó a pasar al estudio de la planta baja. López Rega se sentó en una banqueta al costado izquierdo del General, y a su lado se ubicó Vanni. Pero López Rega lo cambió de lugar y lo hizo sentar enfrente, al lado de Sampayo, para cortar la cadena de fluidos malignos, según dijo.

—¿Qué lo trae por acá? —preguntó Perón, seco.

—Esto —afirmó Sampayo. Sacó un sobre del bolsillo de su saco y se lo entregó.

El General lo abrió, contó las páginas —eran cuatro— y comenzó a leerlas. López Rega se acercó y leyó en el membrete el nombre "Julio César Urien". Se enfureció.

—¡¿De Urien?! ¡Qué carajo tiene que decir ese pelotudo! —dijo el secretario, y fulminó a Vanni con la mirada. El Gordo, sorprendido, alzó los hombros y bajó la cabeza. López Rega siguió descalificando a Urien. Perón le pidió por favor que

parara un momentito porque sus gritos le dificultaban la lectura. Leyó dos veces la carta. El silencio era sepulcral. Sólo lo interrumpía algún bramido de López Rega, que oscilaba entre espiar el texto y estudiar la cara de Sampayo. El suboficial se mostraba imperturbable.

—¿Qué más tiene? —preguntó Perón.

Sampayo le dio la otra carta de Urien. El plan de operaciones. El General volvió a leer dos veces. Cuando terminó, Sampayo le dijo que tenía una carta del coronel Salinas.

—¿Qué Salinas? ¿El alto? —preguntó Perón.

Sampayo hizo un silencio. Le costaba entender que no lo reconociera. Lo había acompañado en su exilio de Venezuela. Había visitado a Tricerri en Suiza.

—Porque, si no es el alto, no lo conozco —agregó Perón, tomó la carta y empezó a leerla.

Sampayo intuyó que el General intentaba proteger al coronel Alfredo Salinas del conocimiento de López Rega. El otro Salinas, el alto, había muerto en los bombardeos del 16 de junio de 1955, y el General lo sabía muy bien.

López Rega se ofreció a llevar las dos cartas de Urien y la de Salinas al escritorio del primer piso. Perón dijo que no, y subió las escaleras con la agilidad de un gato.

—Vos creés que me cagaste, ¿no? —le dijo el secretario a Sampayo, una vez que lo tuvo solo—. Pero ahora vas a ver quién es el jefe de todo esto.

Cuando el General volvió de su escritorio, López Rega y Vanni se fueron. Sampayo imaginó que podría hablar a solas con Perón. Debía contarle los planes de Anael y la manera en que López Rega había engañado a la logia para llegar a Puerta de Hierro. Pronto se dio cuenta de que eso sería imposible. Perón no escuchaba. Empezó a hablar sobre la penetración imperialista y la tragedia del dólar. Sampayo sabía que su discurso iba a durar cuarenta o cuarenta y cinco minutos, no más. Un mes atrás, por intermedio de Américo Orts —piloto de Aerolíneas Argentinas y uno de los conductos secretos del General—, había recibido la copia de una cinta grabada de Perón y la había escuchado en su casa dos o tres veces. La recordaba de memoria. En un momento los caniches entraron a juguetear con el General, pero éste continuó con su discurso, sin modificar una línea.

Sampayo admiraba a Perón. De joven había sido cautivado por sus ojos brillantes y penetrantes como dos puñales. Pero ahora la luz del General estaba apagada. El rostro sombrío, la boca blanca. Cada tanto se limpiaba la baba que crecía, tímida, en la comisura de sus labios. En un momento, el eco vivo de la cinta empezó a fallar. Perón preguntó de qué estaban hablando. Sampayo se lo recordó y, en una pirueta verbal, Perón se recompuso y concluyó el discurso acerca del dólar con referencias a Nixon, y de allí pasó a relatar anécdotas graciosas sobre los

sindicalistas que se sentaban ante su escritorio. Sampayo empezaba a notarlo más sereno, con el semblante compuesto, cuando desde afuera se escuchó un grito de López Rega.

—¡General! ¡Ya está la comida! ¡Van a ser las diez!

Perón le preguntó a Sampayo si le apetecía un churrasquito. Pero antes de que pudiera contestar lo interrumpió el secretario.

—No, no, no General. Sólo hay comida para nosotros.

En ese momento apareció Isabel. Entre delicada y molesta, saludó a Sampayo y le preguntó por qué había llegado a Madrid así de sorpresa.

Perón sacó al suboficial del escritorio y lo hizo salir hacia el parque para acompañarlo hasta la calle. Lo llevaba del hombro. "Valor y adelante", le dijo. Sampayo sintió que, en el fondo, seguía siendo un militar. López Rega y Vanni los seguían algunos pasos atrás.

—Deles un abrazo a todos los compañeros y no me vaya a movimentar un solo suboficial si no es por orden expresa mía. Usted ya conoce el conducto —le advirtió con voz grave. Luego, cambiando de tono, le dijo que no tropezara con la banda de hierro del portón de entrada, y cuando lo abrazó para despedirlo, le susurró al oído.

—Hijo, cambie de hotel.

Vanni se ofreció a acompañarlo a pie hasta la ruta. A esa hora ya no había más taxis. Sampayo lo mandó al diablo y se fue. Mientras iba por la calle insultando a viva voz a López Rega, se cruzó con Juanita Larrauri, dirigente de la rama femenina, que iba de regreso al hotel donde se hospedaba. Larrauri lo dejó pasar y luego le preguntó al secretario quién era ese loco que estaba gritando en la otra cuadra.

—Es Sampayito, un amigo mío —comentó López, mirándolo irse—. Yo lo dirijo y lo protejo desde aquí.4

Mientras Lanusse intentaba comprometer a los partidos políticos con su proceso de institucionalización, el Líder reorganizó el Consejo Superior Justicialista y nombró a su nuevo delegado, Héctor J. Cámpora. El ex presidente de la Cámara

4 En 1974, el suboficial Héctor Sampayo salvó su vida cuando un militar destinado a la custodia de la

residencia de Olivos le advirtió que había visto su nombre en una lista de la Triple A, y se refugió en las afueras de Mar del Plata. Véase capítulo 15. Desde hace veinte años, Sampayo realiza gestiones para que el Círculo Militar coloque en su sede una placa con los nombres de los militares fusilados por la Revolución Libertadora en 1956. En la actualidad, a los 83 años, está al frente de un taller mecánico de Barracas y sigue militando en el Conasub, bajo el mismo lema: "El Ejército es el pueblo de uniforme". Cuando surgió la Triple A en la década de los setenta, el juez Urien criticó a López Rega por haber utilizado el nombre de su teoría de los vértices magnéticos para una organización criminal: "Me arruinó un trabajo de veinte años", se lamentó en entrevista con el autor. Urien falleció en el año 2006.

de Diputados de los años cincuenta carecía de juego político propio, lo que le permitía a Perón mantener un férreo control de sus movimientos y dar una señal de intransigencia ante las maniobras de Lanusse.5

Sin embargo, cada uno de sus pasos provocaba incertidumbre en la sociedad argentina. ¿Perón quería volver al país o sólo buscaba una reivindicación histórica? La conducción de Montoneros quiso tener una visión realista sobre este punto y envió a Madrid a Alberto "Chacho" Molina, un santafecino que había participado de las primeras operaciones armadas. A su regreso, Molina transmitió a los suyos la noticia de que Perón pronto enviaría señales para confirmarles cuándo deberían iniciar la campaña para su retorno. La clave estaría en Las Bases. La revista sería lanzada en diciembre para el gran público, montada sobre una empresa de Carlos Spadone. Si en ella aparecía una foto de Isabel con un pañuelo, Montoneros podría lanzar el operativo por el retorno del Líder.6

En su informe a la conducción, Molina comentó también que había mantenido una reunión aparte con López Rega, en la que el secretario había manifestado la intención de llegar a un acuerdo con Montoneros, explicando que, ya que los sindicatos utilizaban bandas armadas como fuerzas de choque, él había llegado a la conclusión de que había que nivelar ese poder militar formando otro grupo armado, es decir, crear un contrapoder. En definitiva, se trataba de sellar una alianza entre él y Montoneros. La propuesta movió a risa a la conducción.7

Por entonces, las propensiones ocultistas de López Rega ya eran un hecho público. Cuando encaró una negociación con los gremialistas, la revista Primera

5Simultáneamente con la designación de Cámpora como delegado, Perón incorporó al Consejo Superior

Justicialista a dos representantes juveniles, Rodolfo Galimberti y Julián Licastro; este último había sido expulsado del Ejército por difundir ideas peronistas. De este modo institucionalizó a los sectores "duros"

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