Se presenta a Dios como un Dios de amor. Por supuesto, la pala- bra para el amor de Dios, agape, es una palabra ética y espiritual, diferente de philia, el amor de amistad, y de eros, el amor de hombre y mujer. Sin embargo, el amor de Dios como se representa en toda la Escritura se niega completamente si no implica relaciones cronológicas específicas entre Dios y sus criaturas.
Charles Hodge llama la atención a la doctrina que quitaría toda emoción de la palabra «amor» como un atributo de Dios. Dice: «Los escolásticos y frecuentemente los teólogos filosóficos nos dicen que no hay sentimientos en Dios. Esto, dicen, implicaría pasividad o sus- ceptibilidad de impresión de afuera, lo cual se presume es incompati- ble con la naturaleza de Dios... amor, entonces [tales filósofos lo definen] como aquel atributo de Dios que obtiene el desarrollo del universo racional...» Pero Hodge arguye que tal punto de vista está en «verdadera contradicción con lo que se presenta de Dios en el A. T. y en el N. T.» Hodge concluye: «Otra vez tenemos aquí que esco-
ger entre una mera especulación filosófica y el testimonio claro de la Biblia y de nuestra propia naturaleza moral y religiosa. Por necesi- dad el amor involucra sentimiento, y si no hay sentimiento en Dios no puede haber amor.» 5
Si la palabra traducida como amor, agape, ha sido reducida por algunos a una inofensiva frigidez, una congelada nada, ¿qué harán con la palabra «misericordia», oiktirmor? «Os ruego por las miseri- cordias de Dios que presentéis...» (Ro 12.1) «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia, ton
oiktirmon, y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas
nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación por medio de la consolación con que somos nosotros consolados por Dios» (2 Co 1.3,4).
Aquí se aducen las misericordias de Dios como la base de su consuelo a nosotros, así como las misericordias nuestras son la base de consuelo a otros en sus dificultades. Con este fin se nos exhorta: «Vestíos pues, como escogidos de Dios, santos y amados de entraña- ble misericordia, splagchna oiktirmou... (Col 3.12).
Como para hacer doblemente seguro que entendemos la actitud de Dios hacia nosotros como una de compasión y simpatía literal y no meramente simbólica, la Escritura distingue entre los actos de misericordia de Dios, implicados en el verbo eleo y los sentimientos comprensivos de Dios implicados en el verbo oikterio: «tendré mise- ricordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca» (Ro 9.15). La distinción entre los dos verbos de este texto es similar a aquella entre las palabras hebreas chanan y
racham en Éxodo 33.19 que se cita en Romanos 9.15.
En la declaración de la Confesión de fe de Westminster (cap. II, sec. I) de que Dios es «... espíritu purísimo... sin cuerpo, miembros o pasiones», parece claro que los padres de Westminster entendieron la palabra «pasiones» como pasiones corporales, así como la palabra «miembros» se refiere a miembros del cuerpo. Las palabras se refie- ren a él, como un espíritu incorporal. A.A. Dodge dice: «Negamos que le pertenezcan las propiedades de la materia, tales como los miem- bros y las pasiones» (Comentario de la confesión de fe, p. 43). Cier- tamente la Confesión no niega que Dios el Hijo, en la encarnación, asumió atributos corporales sin renunciar a sus atributos divinos, ni tampoco niega que Dios tiene sentimientos hacia sus criaturas.
A no ser que deseemos reducir el amor de Dios a desiertos con- gelados de pura abstracción especulativa, debemos arrojar la ideología estática que ha entrado en la teología cristiana de fuentes no bíblicas e insistir en predicar al Dios vivo de verdaderas relaciones íntimas con su pueblo. La inmutabilidad de Dios es la absolutamente perfec- ta compatibilidad de su carácter a través de la historia en sus relacio- nes con su creación temporal. Cuando un pecador se arrepiente siem- pre hay gozo en la presencia de los ángeles (Lc 15.7,10). Cuando un hijo de Dios, sellado por el Espíritu, cae en el pecado, el Espíritu Santo se contrista (Ef 4.30). «Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.»
VI. I
NFINITO,
ETERNO,
E INMUTABLE ENS
U SABIDURÍAEn el contexto de nuestra definición [de Dios], no se piensa dis- tinguir la «sabiduría» de Dios de sus conocimientos, sino que estos están incluidos en ella. El sentido de la declaración de que Dios es infinito en su sabiduría es el de señalar su omnisciencia; el de la declaración de que Dios es eterno en su sabiduría es enseñar que la omnisciencia de Dios siempre ha sido y siempre será de él; la decla- ración de que Dios es inmutable en su sabiduría es para indicar que la sabiduría de Dios no puede ser aumentada ni disminuida, y que lo que él sabe (es decir todo sin excepción alguna), lo sabe verdadera e inmutablemente desde la eternidad y hasta la eternidad.
Como hemos indicado arriba, la supuesta disociación de Dios del tiempo y la supuesta naturaleza estática de su inmutabilidad están rela- cionadas con la alegación de que él no puede conocer la verdadera suce- sión de eventos en tiempo, sino que todo lo que sabe tiene que saberlo completamente aparte de todas las relaciones temporales. Este problema fue examinado en relación con la eternidad de Dios y en relación con su inmutabilidad. Se ha indicado que en este asunto hay bastante traslapo. Sostengo que aducir que Dios no puede conocer relaciones tempora- les es una contradicción de su omnisciencia capaz de escandalizar a la persona más sencilla. La única opinión consecuente en la cual la omnisciencia pudiera ser compatible con una falta de conocimiento de las relaciones de tiempo, sería el negar tales relaciones y sostener que el tiempo, la duración, la relación de antes-después, son una mera ilusión. Hay eruditos competentes y devotos que así lo hacen. Mi respuesta ya la he dado al tratar la eternidad de Dios. La omnisciencia significa que Dios siempre sabe precisa y totalmente que él sabrá cuando mañana llegue a ser ayer y siempre sabe lo que sabrá cuando mañana llega a ser ayer.