CAPÍTULO II: Mónica caída del cielo y Llamarse Mateo en el atardecer como obras representativas de la narrativa infantil cubana actual
2.1. Análisis de los elementos ideotemáticos
Las historias de Mónica caída del cielo y Llamarse Mateo en el atardecer presentan como rasgo unificador la modelación de sus personajes centrales: ambos textos eligen protagonistas representativos de la diferencia dentro del entorno social infantil. Son niños feos, víctimas de la marginación por su apariencia física. Mónica es una muchacha pelirroja, pecosa y miope, tildada en el barrio de rara, y que tiene que ser defendida por su hermanito de las chanzas de la escuela. Lleva el apodo de «pecosa huevo de guanajo» (2005:19). Mateo, a su vez, es el niño más feo del mundo; también lleva consigo a todas partes su epíteto sonoro y burlón: Mateo el feo. El niño al que nadie encuentra lindo - a pesar de las normas adultas al respecto-, y cuyo reflejo huye de sí mismo y hace caer las estrellas; el niño que nunca pusieron «ni a tocar platillos», pues «a los niños feos no los ponían en la banda rítmica de la escuela […]. Aunque bailaran y tocaran mejor, los feos no tenían oportunidad» (2006: 21). Este primer rasgo acerca los textos de Boris Mesa al panorama narrativo cubano de finales de siglo, inundado de «criaturas taciturnas e insatisfechas, niños solitarios y evadidos» (Mauri, 2002: 78).
Estos pequeños héroes, excluidos del canon de la belleza infantil, son resarcidos en su configuración con cualidades extraordinarias y formidables capacidades. Por ello Mónica tiene una sobresaliente aptitud para la escritura, y su inteligencia y extrema sensibilidad le permiten llegar a dirigir la asamblea de la ONU, obtener un premio Nobel, y ser una cartomántica de prestigio internacional. Mateo, por su parte, posee agudo intelecto, voluntad y audacia épica, sencillez y generosidad, por las cuales puede ser tumbador de estrellas profesional, salvamariposas, domador de jirafas, director de escuela, ayudante de escritor y padre de un dragón.
La configuración de estos dos personajes permite establecer una relación con la tradición narrativa infantil, donde los protagonistas se presentan acompañados de adjetivos
meliorativos y son la representación del areté físico occidental29. Pero al mismo tiempo, entronca con la otra parte de la tradición que ostenta el protagonismo de la diferencia30. Estos protagonistas representan el status de la marginación existencial (Mayers, 1977:15), consistente en determinantes fisiológicas ineludibles (étnicas, genéricas, orgánicas, etc): Mónica «cayó del cielo» con sus pecas y su miopía; Mateo nació con su fealdad a cuestas. Pero al mismo tiempo, se corresponden con la tipología de la marginalidad intencional
(Mayers, 1977:15), al ser concientes de su diferencia y cultivar el desvío de la norma: de modo que Mónica se concentra en su soledad y «cuando en el barrio se ríen de ella […], ella no tiene reparos en ceñirse un perfecto silencio, verdeazul» (2005: 23), se hace amiga de un brocal, sueña que es la lluvia o la novia de un papalote ido a bolina. Pero también interacciona con su medio y se afana en que sus condiscípulos coman lombrices y arañas (2005: 92).
A tono con la evasión de Mónica encontramos la introspección de Mateo: «Se pone huraño, descuida su aspecto personal, comienza a hablar solo, deja de comer, dormir […]» (2005: 17). Más elocuente resultan sus decisiones: «Y Mateo comenzó a chuparse el dedo. Pero por el puro gusto de hacerse más feo de lo que era en realidad» (2006: 11). Su rebeldía lo lleva a transgredir constantemente las normas de comportamiento: «Hoy Mateo fue el niño más pesado de la clase de Literatura» (2006: 41). Y comenzó a buscar dentro de sí lo extraordinario: «seré el niño más feo del mundo, pero voy a despedir una fragancia de frutos» (2006: 61).
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La Caperucita Roja tiene el pelo rubio como el oro, las mejillas rosadas como las manzanas y los ojos azules como el cielo (Almendros, 1999: 77); la Bella Durmiente recibe las mejores galas en la sesión de otorgamiento de dones de las hadas: ser la más bella del mundo (1999: 144); Blanca Nieves es tan blanca como la nieve, con mejillas y labios tan rojos como la sangre, cabellos negros y lacios como madera pulida, y por si fuera poco, la más bella entre las bellas (1999: 164); incluso la desdichada Cenicienta es de hermoso rostro y pies finos y pequeños (1999: 137).
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Pongamos como ejemplo Mediopollito, el pollito raro y diferente de sus hermanos que nace con solo un ojo, un ala y una pata (Almendros, 1999: 69); el Patico Feo, el embrión terco que demora más en salir, grande y feo como la estirpe de los guanajos y diferente de las moticas amarillas de sus hermanos (1999: 182). También recordemos a Pulgarcito, el niño más pequeño de la comarca o Almendrita, la niña pequeñita nacida de una flor (1999: 123) o el Soldadito de plomo, diferente de los 24 soldaditos iguales de la caja, que por una contingencia azarosa es cojo (1999: 103), y Pinocho, el niño de madera.
La elección de estos personajes poco agraciados pero de atributos portentosos, moviliza proposiciones éticas que han acompañado ancestralmente a la serie infantil, como la de defender la importancia de la belleza espiritual por encima de atributos externos. No resulta casual entonces la apelación intertextual a El principito que encontramos en uno de los episodios de Mónica caída del cielo a través del personaje de la zorra, quien le pide consejo a la niña prodigiosa por el comportamiento de sus hijos: «Amiga, debes imaginar que no paro de aconsejarles y hablarles: “hijitos, lo esencial es invisible para los ojos”. Sin embargo, de nada me ha valido» (2005: 31).
La misma posición ética aparece en el capítulo: «Cómo nació una flor», que recrea uno de los mitos más recurrentes en la literatura cubana: Narciso. El contraste entre Mateo, el niño más feo del mundo, y Narciso, el más lindo, pone al descubierto la vacua exterioridad de la belleza. El lago funge de juez para decidir quién es el más feo según la naturaleza de los deseos de cada uno; el bello Narciso se torna taciturno y no es siquiera capaz de formularlos. El lago sentencia: «Te juro, niño, por mis orillas/ que te corono: Rey de los Feos» (2006: 50).
Pero sobre todo los protagonistas permiten suscitar visiones críticas contextualizadas, algo que conecta las novelas con las características de la narrativa infantil cubana de los noventa (Quiles, 2006:22). El conflicto de estos personajes con su entorno remite a las problemáticas sociales del país en lo que se refiere a la aceptación de la diferencia. Mónica, a pesar de sus afanes inverosímiles, seguirá siendo la niña a la que los médicos miran conmiserativamente al recetarle los espejuelos (2005: 63); y estará condenada a la falta de éxito social: mientras los vecinos tengan hijos afines a los roles privilegiados (doctores, ingenieros y científicos), su familia solo podrá decir como consuelo: «Sí, eso está bien, pero nuestra Mónica cayó del cielo» (2005: 16). Su destino parece solo ser los sueños y la Casa de Cultura de Potrerillo (2005: 136). Nada puede sustraerla del status al que pertenece, junto a Diente Sacao, Bizcocho Come Sancocho, Oreja de Burro, Nariz de Porrón (2005:57). A pesar de su sino, la pequeña heroína estrábica encuentra una forma de solucionar su exclusión: invierte el criterio de la norma y el rasero del éxito por lo cual el rezagado, el que menos habilidades físicas para la carrera tenga, no será el perdedor: « El penúltimo es la peste, el último, un príncipe azul (2005:45). Mónica… es una graciosa denuncia a la escuela cubana, y así pueden valorarse otros ejemplos, como la directora que
no sabe qué hacer con la niña diferente (2005:92), o el maestro que lastima la autoestima cuando no hizo la tarea, con su frase rotunda: «eres un fracaso» (2005:144). Aún más, es una imputación a todos los adultos responsables de que se instauren y se ejerza la marginación en este contexto31.
Mateo, por su parte debe luchar todo el tiempo contra la incomprensión y terminará por administrar justicia a favor de sí mismo cuando por un efímero día puede ejercer el poder: «Pero se acabó aquello de que a mí no me seleccionaran para la banda porque soy muy feo» (2006:21). Más aún, redimirá a todos los desvalidos, «los niños cabezones, dientes sacaos, pecosos y raquíticos», (2006:21) y será la mirada de una niña ciega (2006:39). También Mateo lanza una ojeada crítica a la pervivencia de manifestaciones de exclusión social y de violencia infantil (como el ajusticiamiento al niño obeso y fuerte que arrebata la merienda a sus condiscípulos) en el entorno escolar (2006: 20).
La representación del tópico de la escuela en ambas novelas de Boris Mesa ha dejado de ensalzar las virtudes del sistema educativo cubano, y se ha dirigido hacia las problemáticas que allí subsisten y afectan el pleno desarrollo del niño. Esto sitúa ambos textos en el panorama narrativo infantil de la Cuba de los noventa donde lo relativo a la escuela aparece como un tema de «alta complejidad» (Mauri, 2002: 56) y donde se hace presente «la crítica a los antiguos esquemas educativos» (Quiles, 2006:22).
Ambos textos, en sus líneas temáticas principales, son representativos además del tratamiento de asuntos como el divorcio, la desintegración familiar, el abandono de los niños que también proliferan en la literatura cubana actual, como han dado fe Omar Felipe Mauri (2002: 56), María del Carmen Quiles (2006:22), Lucía Iglesias (2008:S/P) y otros. En Mónica caída del cielo nos enfrentamos al tema en el episodio titulado: «Crónica del desamor», donde se intenta ofrecer una explicación de las causas y consecuencias del divorcio desde la visión del mundo infantil. Por ejemplo, para referir la «frialdad» de las relaciones entre los «padres iglú», se ha utilizado la hipérbole: «Cuando mamá tomaba en
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El personaje del director en Mateo y la directora en Mónica como representantes despóticos del poder en el contexto escolar, presentan características muy similares al personaje de Miriam Malandrina de la novela Ito de Luis Cabrera Delgado (Martín, 2007).
sus manos la sopera, al instante la sopa se volvía hielo […]. Si papá se ponía a escribir sus libros, el bolígrafo se le pegaba a las manos heladas […]» (2005:84). Ello permite acceder a un episodio de visos trágicos desde una perspectiva desacralizadora y humorística. Mónica y su hermano consiguen, a través de la magia de la infancia, resolver las desavenencias de sus padres amarrándolos a papalotes de colores y enviándolos hacia el sol para entibiar y dorar su relación (2005:85-86).
En Mateo el tema aparece abordado de una manera menos explícita, porque Mateo es un niño errabundo que camina por las calles con una caretilla extravagante y que no puede esconderse detrás de la madre o el padre ante la invocación de los extraños, sino que necesitará a ese extraño para suplir «todo lo que hacen los padres que conocen bien el oficio de padres» (2006:7). Mateo representa el niño abandonado, solo que esta orfandad está despojada de dramatismo, y se presenta transgrediendo la apariencia canónica de la familia cubana. Se ha formado un nuevo hogar alrededor del escritorio, compuesto por todos los niños y niñas que «dicen ser el más algo del mundo: el más valiente, la más linda, la más inteligente, el más soñador, el más adivino, el mejor marino, el más observador» (2006:75).
El tema de la emigración según Luis Cabrera de pertenencia continental (2006: 3) y analizado por varios autores como Omar Felipe Mauri , Joel Franz Rosell, María del Carmen Quiles32 como un fenómeno propio de la narrativa cubana actual para niños, aparece en Mateo . Un día, el niño feo debe sufrir el alejamiento de su amada Rosario y deberá interrogarse sobre: «¿Qué cosa es llegar el bombo?» (2006:73), a lo que responde el narrador: «es irse a vivir a otro país, es dejar tus costumbres, tus amigos, tus paisajes, y comenzar otra vida en otro lugar» (2006:73); de esta manera se ha resumido para la comprensión del niño lector tan dramática circunstancia. Termina este episodio con la oración que encierra la experiencia dolorosa ante el hecho, sin necesidad de regodearse en explicaciones que trascienden la inferencia infantil: «Esa noche, entre sueños, dijo dos veces la palabra soledad» (2006:73). Tampoco debe desatenderse las implicaciones del título del capítulo: «Cómo no ver la lluvia caer»,que propone una metáfora de resonancias
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Esta autora prefiere enunciar esta línea temática de otra manera: «el dolor por el desarraigo », por lo que llama la atención no sobre la presencia del hecho en sí, sino sobre la forma de tratarlo de una manera trágica (2006: 22).
afectivas, y que apela a la hilación de una serie de isotopías dispersas en el texto. Aunque el narrador intentara hablar del asunto «como si fuera lo más natural del mundo, como si hablara de la lluvia», debe aceptar ante la tristeza del niño que «la lluvia no siempre es alegre», y que no puede soslayarse este asunto como no puede dejar de verse la lluvia caer (2006:73).
En esta ocasión es en Mónica donde el tratamiento del tema aparece menos explícito, no compete a las problemáticas vitales de la niña con pecas. Pero en su quinta página del diario, ella propone un argumento de novela que bien pudiera ser la historia de Mateo y Rosario, solo que será la de dos niños sin nombres que se aman pero deben irse lejos, «lejos y vivir sin nunca más verse. Al cabo de los sesenta y ocho años se encuentran nuevamente […]» (2005:79). Más adelante, se dedica un capítulo al dramaturgo cubano Alberto Serret, un intelectual de la diáspora, y aparecerá una reflexión sobre el tema a través de una hermosa alegoría: «el caso de los lémings», curiosos mamíferos que emigran durante dos o tres años completos (2005:150). La reflexión llega a alcanzar un tono sentencioso: «La emigración puede considerase variante de la migración, porque casi siempre desemboca en la muerte» (2005:149). Pero sobre todo se impondrá un conmovedor alegato que llega a trascender quizás la comunicación con el receptor niño: «He visto a muchos como los lémings alejarse mar adentro, abandonar sus montañas, sus cuevas y sus cielos y nunca más regresar. He visto a muchos como los lémings… y mi corazón de niña ha llorado por ellos (2005:150)».
De igual forma, en estas narraciones encontramos un tratamiento ligero sobre la temática de la muerte, a tono con el carácter con que se presenta en la narrativa cubana contemporánea, como se ha visto en la opinión de autores como Omar Felipe Mauri y otros. En el capítulo: «Salvamariposas», Mateo ocupa el puesto de salvavidas, en el que se encuentra con una objeción: «Nadie quería ser salvado por alguien tan feo» por tanto: «La playa se fue llenando de ahogados y los niños comenzaron a coleccionarlos» (2006: 15). Ante el absurdo de las decisiones adultas y los caprichos humanos, Mateo opta por concederle más importancia a la vida de una mariposa, quien sí tendrá un gesto de gratitud al deslucido salvador. Lo curioso es que la hipérbole está asistida por una serie de visiones grotescas: como el chapoleteo de los ahogados, la recolección de cadáveres «tristes y solos» por parte de los niños, que conminan a una aceptación desprejuiciada de la muerte humana, y al
desplazamiento de su estimación como un asunto grandilocuente y trascendental. La muerte es desagradable y absurda, pero para los niños, es solo un juego más.
En Mónica también aparece el tópico de la muerte, pero tampoco este ocupa un espacio central en el argumento; la muerte es solo una aventura más de la protagonista, «Una mañana de junio Mónica dispuso su testamento» (2005: 17), y esto será una ocasión divertida de expresar sus sentimientos a los familiares y hacer volar la imaginación: «El mago Merlín me debe cinco cocodrilos del Nilo y siete cóndores de los Andes. Cóbraselos». Pero al final, la niña tendrá una revelación de la tristeza que acompaña el acto de morir: «Cuando Mónica terminó de repartir sus bienes, sentía un nudo en la garganta, un agüita en los ojos y un peso en el corazón» (2005: 21).
En ambos textos, el tema está despojado de tragicidad, y evidentemente es objeto de desacralizaciones. Más tampoco obtiene un tratamiento superfluo o desacralizado, sino que se ha intentado acercar a la perspectiva y la experiencia infantil de la realidad.
Ya hemos visto en el capítulo anterior la activación de la función lúdica en la narrativa infantil cubana, pero además es propio de esta producción en los noventa tematizar el juego y concederle un espacio entre los elementos ideotemáticos (Herrera, 1998: 6). En Mónica
aparece el cuestionamiento acerca de la mercantilización del juego en nuestra sociedad: « ¡y todo porque le cambié el nintendo por un papalote! ¿quién le hace entender que un papalote verde con flequitos rojos, incapaz de irse a bolina vuela más alto y mejor que el aparatico ese?» (2005:129). Se queja Mónica de la incomprensión del hermano, incapaz de valorizar la sencillez de un juguete rústico y de fácil confección frente al nintendo, tan sofisticado y desarrollado, el fenómeno enajenante de la era tecnológica. A través de historias como esta, se propone la valorización del juguete, por las emociones que sea capaz de producir y no por su novedad técnica o su valor en el mercado. Es necesario encontrar el disfrute sencillo y natural de un papalote al viento antes que elegir un videojuego.
En la historia de Mateo se rescatan los juegos infantiles tradicionales, y nos encontramos un capítulo como «Se nos olvidan los juegos», que constituye una reflexión semejante a la que vimos en Mónica: «De la misma manera en que nos conmueve un bosque o un río que desaparece, debe entristecernos un juego olvidado, que murió» (2006:65).La pérdida de los juegos va unido a la pérdida de los afectos, «el amigo con el que jugabas a algo que ya no
juegas» (2006: 65), y sobre todo a la pérdida de la infancia y de los viejos valores. Por ello el rescate de la quimbumbia, el burrito veintiuno y el capitán cebollitas, significa revivir la historia de la humanidad. Mateo propone la creación de una Organización Mundial de Juegos Olvidados, utilizando las siglas OMJO, jugando con las siglas de connotadas organizaciones ocupadas en asuntos de envergadura para los hombres como la ONU, la FAO, etc.
En ambos textos el autor utiliza el papalote como leit motiv: Mateo tiene dos posesiones importantes: «Andaba con una carretilla en la que había un microscopio y en la otra mano llevaba un papalote» (2006:8). Mónica también se fascina por este juguete (2005:129) y lo utiliza para solucionar problemas vitales como la separación familiar (2005:86); el artefacto llega a tener validez cosmopolita, por lo que convoca a la Primera Competencia Internacional de Papalotes Presidenciales (2005:39). Los textos exaltan la importancia de este juego en los niños de hoy, rescatándolo para las nuevas generaciones y contrastándolo con las diversiones de la sociedad tecnificada.
Las dificultades económicas, el emplazamiento de valores erróneos, el apego a lo material, aparecen en estos textos a través de visiones críticas. En Mónica la zorra se queja de las actitudes de sus hijos adolescentes:
[…] Orejita me reclamaba que sus zapatillas no eran Niké […] Raboncito me comunicó que no iba más a la escuela en su bicicleta porque no es montañesa […] figúrate que a Rojito le ha dado por andar con una pelota de chicle en la boca. […] Resulta que le pregunté a Hociquito cuál carrera le interesaba estudiar y ¿sabes qué me contestó? Para turista, mamá, yo quiero estudiar para turista (2005:30-31).
La heroína es un reducto de valores, por lo que se convertirá en mentora de los zorrillos extraviados.
Otras alusiones las encontramos en las quejas de la familia Celeste ante asuntos de la cotidianeidad como las carencias tercermundistas (el agua, la electricidad, el gas, la comida, el aseo) que hacen desear «¡qué bueno sería chocar con un planeta¡» (2005: 118).
En Mateo también hay una incursión en el texto de problemáticas de la actualidad, como las