Abstract Faced with the norm
5.4. Ante el género normativo
En este apartado abordamos distintas formas de posicionarse ante el género normativo por parte de trans, lesbianas y gays. En primer lugar, nos centramos en la valoración política de la pluma, definida por Alberto Mira (2004: 151) como un “modelo de expresión cuyos significantes (que pueden incluir el travestismo) se asocian con lo femenino en los hombres (y lo masculino en las mujeres)”. En segundo lugar, cuestionamos la difundida percepción de que las personas trans contribuyen a la reproducción del género normativo y planteamos el debate en torno a la patologización.
5.4.1. La pluma: ¿subversión o reproducción del
género normativo?
La valoración política de la pluma genera escisiones a nivel de relaciones personales, de activismo político y de producción cultural. Entre los defensores del potencial subversivo de la pluma encontramos al poeta Jaime Gil de Biedma (en Mira, 2004: 150), quien resalta su potencial crítico como “ritual de complicidad colectiva y una refinada venganza –contra todos los heterosexuales, incluido el que uno un día pensó que tendría que ser”. En la misma línea, Eribon plantea:
El humor de “loca” y el camp pueden describirse, ciertamente, como otras tantas estrategias de resistencia o de reapropiación de la acusación de afeminamiento, pero
Sin embargo, la reapropiación que lleva a cabo la cultura camp, no está ausente de críticas. Bersani, por ejemplo, pone en duda el efecto subversivo de la parodia:
La resignificación no puede destruir; simplemente presenta a la cultura dominante espectáculos de una irrespetuosidad políticamente impotente. (…) Es extremadamente dudoso que la resignificación, el redespliegue o el remedio hiperbólico derroquen alguna vez algo. Estas actividades miméticas están demasiado estrechamente imbricadas en las normas a las que continúan (Bersani, 1998: 64).
Para Jeffreys (1996: 156), la reivindicación de lo camp como una arma en la lucha contra el género parte de una visión idealista de la política según la cual la opresión que reciben las mujeres se puede combatir simplemente mostrando que el género es una construcción social. Además, desde el feminismo lésbico se han tildado de misóginos algunos elementos de la cultura gay como el travestismo. Sheila Jeffreys (1996: 217-8), por ejemplo, considera que los artistas transformistas se burlan de la opresión al vestir “la ropa que la supremacía masculina impone a las mujeres, una ropa que simboliza la condición inferior de éstas”. La autora afirma que la mayoría de gays son misóginos, como demuestra su deseo hacia “miembros de la clase dominante” y su falocentrismo. En base a esto, afirma que la homosexualidad masculina no supone una subversión de las reglas del género sino que “los gays son fieles al principio básico de la supremacía masculina” (Jeffreys, 1996: 207). Frye lleva más lejos esta afirmación al sostener que, siendo el amor a los hombres la ley de la cultura falocrática, “los varones gays deben constar entre los ciudadanos más fieles, leales y respetuosos con la ley” (en Jeffreys, 1996: 207-8).
El teórico gay Leo Bersani (1995: 95-6) coincide en que la cultura gay mantiene un compromiso con el machismo, lo que tiene serias implicaciones políticas, ya que idealizan las mismas representaciones de la masculinidad que están en la raíz de su opresión. La lectura de Bersani sobre la reproducción del género normativo en la cultura gay resulta interesante ya que no elabora una defensa acrítica de su potencial político, aunque reconoce que puede tenerlo, y al mismo tiempo se muestra crítico con las complicidades de los gays con la misoginia y el machismo.
Bersani critica a Jeffrey Weeks (1993: 303-4) por haber elaborado una defensa de la reproducción de la hipermasculinidad de parte de la cultura gay al describirla como “un episodio más en la incesante ‘guerra de guerrillas semiótica’ librada por los marginados sexuales en contra del orden establecido”. Para Bersani (1995: 93), esto sería un ejemplo de la voluntad de disfrazar de acto político lo que son actuaciones que no son llevadas a cabo con este objetivo y que, si bien pueden tener efectos en la deconstrucción del género, también pueden reforzar su expresión normativa. Según el
autor, elementos como el estilo “macho-gai”, la diferencia de roles en parejas gays o lesbianas o el sadomasoquismo son presentados como “parodias subversivas” cuando en realidad expresan “complicidades incalificables o incontrolables con un ideal de masculinidad brutal y misógino, o con la pareja heterosexual, permanentemente encerrada en una estructura de poder establecida a partir de la supremacía sexual y misógina masculina sobre la pasividad sexual y social femenina” (Bersani, 1995: 93). A pesar de su contundente crítica, no desatiende la capacidad de estas prácticas de deconstruir las diferencias de género, planteando así un panorama ambivalente:
Si lamerle las botas de cuero a un hombre (o que te las lama él a ti) os resulta excitante, no por ello estáis ninguno de los dos estableciendo un principio de subversión de la masculinidad. (...) La parodia de una cierta feminidad por parte de los gais que puede constituir una compleja construcción social, es tanto una manera de dar rienda suelta a la hostilidad que probablemente sienten todos los hombres contra las mujeres y también podría ser considerada paradójicamente como una contribución a la deconstrucción de esa misma imagen de las mujeres (Bersani, 1995: 95).
No se trata, en definitiva, de establecer una defensa a ultranza de los efectos del camp en la deconstrucción de género ni, por el contrario, de elaborar una crítica demasiado simplista, sino de tener en cuenta sus efectos contrapuestos y los ambivalentes significados que puede generar.
Después de referirnos a las potencialidades y los límites de la pluma en la subversión del género, veamos la crítica a los detractores de la pluma. Una de las mayores críticas que reciben es que la aversión a la pluma genera segregación endogrupal:
Un rasgo característico de la homosexualidad (la masculina, en todo caso): la polaridad entre virilidad y afeminamiento. El desprecio, el odio en ocasiones, de quienes se complacen en pensarse masculinos o viriles hacia los “afeminados”, ha sido una de las grandes estructuras de la divergencia (…) (Eribon, 1999: 13).
Las aportaciones de Ervin Goffman en relación al estigma pueden darnos las claves para entender esta forma de trans/homofobia que actúa entre iguales. Goffman (1986: 127) sostiene que una de las reacciones típicas de los estigmatizados es “adoptar con aquellos cuyo estigma es más visible que el suyo las mismas actitudes que los normales [sic] asumen con él”. Así, los sujetos que presentan un estigma menos visible promueven la “purificación endogrupal” a través de la corrección del comportamiento de los otros miembros del grupo (o directamente excluyendo los que
el individuo estigmatizado puede revelar una ambivalencia de la identidad cuando ve de cerca a los suyos comportarse de manera estereotipada, poner de manifiesto en forma extravagante o lastimosa los atributos negativos que se le imputan. Estas escenas pueden repugnarlo, ya que, después de todo, apoya las normas del resto de la sociedad, pero su identificación social y psicológica con estos transgresores lo mantiene unido a lo que rechaza, transformando la repulsión en vergüenza (Goffman, 1986: 128).
En el caso de lesbianas y gays, lo que se castiga es la masculinidad en las lesbianas y la feminidad en los gays. Así, lesbianas y gays con pluma son los más expuestos tanto a la trans/homofobia que proviene del exterior como del interior de su grupo social. Como hemos expuesto en el apartado 4.2, en la actualidad la homosexualidad se construye por parte de la ciencia y del propio activismo en oposición a la inversión de género. En base a esta consideración podemos entender el alcance político de los actos de segregación tanto de lesbianas y gays con pluma como de las personas trans: especialmente estas últimas, representan en el imaginario de gays y lesbianas normativos la imagen en contra de la cual se construyen, son aquello de lo que huyen. En definitiva, la segregación endogrupal tiene la función de rechazar aquellos sujetos que alimentan la asociación entre homosexualidad e inversión de género y, en último término, de proteger las fronteras del género normativo.