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5.4.2 (Trans) formando el género

En el imaginario social nos encontramos con dos ideas recurrentes en relación a las personas trans: que representan los roles de género de forma estereotipada y que todas se someten a la reasignación sexual. En este apartado, revisamos estos dos aspectos con el objetivo de mostrar que las personas trans siguen diferentes trayectorias y llevan a cabo distintas estrategias en su relación con el género normativo. A continuación presentaremos el debate político en relación a la patologización de la transexualidad.

La idea según la cual las personas trans reproducen los roles de género de forma estereotipada está muy extendida tanto entre la población general como entre el activismo lésbico, gay y feminista (ver Coll-Planas, 2006). De hecho, esta supuesta reproducción acrítica de los roles de género ha sido esgrimida por parte de feministas lésbicas como Sheila Jeffreys (1996) y del activismo gay para justificar su rechazo a establecer alianzas con el activismo trans (Mira, 2004: 436). Sin embargo las realidades de las personas trans son más diversas de lo que plantean los que critican

las personas trans de conservadurismo respecto al género. Está, por ejemplo, el creciente activismo transgénero que apuesta por no reproducir los roles de género establecidos y por cuestionar la necesidad de la transformación corporal. Al margen de esta minoría politizada que muestra que la reproducción de los roles también es combatida por parte de las personas trans, consideramos que antes de criticar este supuesto conservadurismo es necesario indagar en los porqués de las personas que reproducen los roles de género establecidos. En este sentido, debemos empezar teniendo en cuenta que las personas trans se encuentran, como el resto de la población, sujetas a las normas del género:

Aunque todos los miembros de la sociedad están sujetos a las normas y sanciones de la Matriz [Heterosexual], los transexuales están particularmente afectados ya que están constantemente controlándose a si mismos y controlando también las reacciones de los demás a sus apariencias y sus actos, dado que su valoración social y su autoestima dependen en gran medida de una eficiente actuación de género y que una presentación sin éxito puede acarrear el acoso (Soley-Beltran, 2005: 219)103.

Además, la valoración de que su representación del rol es sobreactuada dice más del ojo del espectador que de la actuación de las personas trans. Consideramos que el espectador que tilda de exagerado el comportamiento masculino de un hombre trans, no opinaría lo mismo de la misma conducta llevada a cabo por parte de un hombre no trans. Por lo tanto, nos inclinamos a pensar que las críticas a la exageración de los roles esconde que el observador sencillamente considera inadecuado que una persona que ha nacido con un cuerpo hembril se comporte como un hombre, o que alguien con un cuerpo machil tenga actitudes asociadas a la feminidad. El rechazo también puede provenir del hecho que las personas trans, al romper con la correspondencia sexo/ género, muestran el carácter no necesario de las vinculaciones macho/ hombre y hembra/ mujer, que son la base en la que se apoya el género normativo.

En definitiva, de la misma forma que el mandato social respecto la integración de las personas gays y lesbianas es contradictorio, consideramos que las personas trans se encuentran con una situación similar: se les presiona para que representen el rol de género completamente (hasta el extremo de encarnarlo literalmente mediante la transformación de sus cuerpos) pero, al mismo tiempo, su actuación se juzga inapropiada, estereotipada, sobreactuada por no estar abalada por el cuerpo pertinente.

Por otro lado, no se ejerce la misma presión para representar el género normativo a machos que a hembras, lo puede explicarnos porqué en la mayoría de países occidentales la proporción de mujeres trans es tres veces superior a la de hombres trans:

dado que las mujeres reciben menos sanciones negativas ante una conducta acorde con el género opuesto, es de esperar que existieran más chicas con comportamiento masculino que chicos afeminados a la hora de engrosar el número de transexuales adultos. (…) Quizá el tratamiento social distintivo que se da hacia niñas poco femeninas y niños afeminados pueda ayudar a explicar la preponderancia de transexuales masculinos. Mariquita es una etiqueta mucho más negativa que marimacho. Los chicos que se desvían de su rol de género se enfrentan a una reacción decidida y negativa por parte de los demás. Las chicas que se desvían de los mandatos de su rol de género no son en absoluto castigadas tan severamente e incluso puede que se las aplauda (Pauly en Risman, 1998: 245).

El trabajo de campo llevado a cabo por Patrícia Soley-Beltran (2005: 209) confirma en que las trans femeninas (o sea, que han pasado de hombre a mujer) son las que más insisten en los aspectos negativos del género asignado al nacer, destacando la presión que les suponía tener que comportarse como hombres. Los trans masculinos coinciden en que la masculinidad es más restrictiva que la feminidad, considerando que ésta última presenta un abanico más amplio de posibilidades. Cristina Garaizabal (1998: 43) sostiene que en una cultura como la nuestra, en que lo masculino está más valorado que lo femenino, pasar de una posición masculina a una de femenina es connotado negativamente y se castiga más duramente, mientras que una persona que trate de pasar de una posición femenina a una de masculina “es vista como algo más ‘normal’ –a fin de cuentas es lógico valorar aquello que socialmente está más valorado- y sufre menos presiones del entorno”.

En relación a la segunda idea recurrente, que la operación de reasignación sexual es definitoria de las personas trans, podemos advertir que este tipo de intervención quirúrgica es menos general de lo que se suele pensar. En primer lugar, conviene tener en cuenta que la transformación corporal tiene muchas más dimensiones que la reasignación sexual y que se suelen llevar a cabo antes que la eventual operación: vestimenta, corte de pelo, esconder las partes del cuerpo asociadas con el género asignado y resaltar las que se vinculan con el género sentido104, hormonarse, etc. Los efectos del tratamiento hormonal se perciben en la aparición o el debilitamiento del pelo corporal (el bello facial toma mucha importancia, tanto su aparición en el caso de los trans masculinos como su desaparición en las

104 Los trans masculinos suelen llevar faja para disimular los pechos o prótesis para simular los genitales

trans femeninas) y hace más grave la voz de los trans masculinos y más fina la de las trans femeninas. Como veremos, desde el discurso patologizador se señala que la hormonación produce efectos a nivel de estado de ánimo y de excitación sexual siguiendo los planteamientos del determinismo hormonal que justifican las diferencias entre mujeres y hombres105 (ver 3.1.1).

En segundo lugar, hay gran parte del colectivo que no se somete a la reasignación sexual por varias razones que tienen que ver con la relación con el propio cuerpo (nivel de rechazo o aceptación); posiciones políticas (como el transgenerismo); el elevado coste económico de las intervenciones; problemas de salud que no aconsejan la operación; o el hecho que las operaciones de reasignación genital no estén bien resueltas, provocando en muchos casos insensibilidad sexual. Sobre todo este último factor hace que muchos trans masculinos opten sólo por llevar a cabo una reducción de pechos o una mastectomía, descartando la faloplastia, construcción quirúrgica de un órgano parecido a un pene. Asimismo, las mujeres trans optan mayoritariamente por implantarse pechos y algunas de ellas se niegan a amputarse el pene. En el caso de las mujeres trans que se dedican al trabajo sexual, parte de lo que les hace deseables para sus clientes es precisamente tener un aspecto hiperfemenino pero conservando el pene activo (lo que requiere no estar hormonándose, ya que algunos tratamientos hormonales reducen la capacidad eréctil).

Para las personas que optan por la operación, ésta toma una relevancia trascendental: “los transexuales esperan que “la op” [la operación] materialice las partes físicas del cuerpo que sienten que se corresponden con la percepción de su identidad y los placeres deseados” (Soley-Beltran, 2005: 211-2). Este planteamiento genera frustración porque siempre hay elementos del cuerpo que revelan el sexo con el que se ha nacido. Así, esta concepción de la operación puede ser un impedimento para reconocer, elaborar y asumir la propia trayectoria vital; una pantalla para no aceptar que nunca se podrá llegar a ser un hombre o una mujer no trans. En este sentido, Barbara Warren (1998: 344) afirma que entender la transexualidad como un proceso que acaba con la operación “destruye los intentos de desarrollar un sentido afirmativo e integrado de la identidad”. Una mujer transexual se expresa en esta misma línea:

Ninguna operación puede fabricar nada que se parezca a la vagina de una mujer. La operación es un robo. El tejido reconstruido quirúrgicamente no es más que una herida abierta. Necesita dilatación para mantenerla abierta y si se dilata demasiado resulta inútil para la relación sexual. (…) Un trozo de falo con una herida abierta por debajo y un anillo de escroto colgando es todo lo que es… (en Billings y Urban, 1998: 113).

La capacidad de reasignar sexos se puede leer como parte del empeño del ser humano, expuesto en el capítulo 2, de controlar la naturaleza. Tanto la operación de reasignación sexual como la de asignación de sexo a los bebés intersexuales muestran los avances en el empeño de dominar la naturaleza, haciendo posible la construcción (en el sentido material) de cuerpos sexuados, pero estos procesos al mismo tiempo revelan los límites de la capacidad del ser humano para modificar los cuerpos a su antojo:

La transexualidad como categoría psiquiátrica concibe la materia como inferior a la voluntad de la mente. Así pues, el cuerpo se subyuga a una identidad de género que se localiza en la mente y se moldea a través de los avances tecnológicos de la endocrinología, la cirugía, etc. No obstante, y a pesar de los sofisticados procedimientos tecnológicos desarrollados con el propósito del cambio de sexo y de la superioridad adscrita a la ciencia y a la tecnología, nuestros cuerpos no son totalmente maleables; por tanto, se tiende a percibir el cuerpo como un obstáculo. En la actualidad, las últimas e insalvables fronteras de la transexualidad son la estructura ósea, particularmente por lo que afecta a la altura, los genes, los cromosomas y la capacidad de reproducirse (Soley-Beltran, 2005: 226).

Para terminar, abordamos diferentes formas de posicionarse ante la patologización por parte de las propias personas trans. Para empezar, apuntar que sería incongruente con nuestra concepción del poder plantear la patologización como la imposición de un poder externo (el Estado, la psiquiatría) a la comunidad trans. Partimos de una concepción del poder foucaultiana, que no lo concibe como algo externo que es impuesto a los sujetos sino como algo que los propios sujetos reproducen, y que no funciona de arriba a abajo sino que es una red que se teje de abajo a arriba. Las evidencias históricas, además, respaldan esta direccionalidad del poder en el caso de la patologización, pues fueron las mismas personas trans las que históricamente presionaron a los profesionales de la medicina para ser tratadas e intervenidas quirúrgicamente. Hausman (1998: 198) expone que “los transexuales que se autodiagnostican, conscientes de las tecnologías que se encuentran disponibles, buscan médicos que puedan satisfacer su demanda”106.

106 También Hausman (1998: 203-7) destaca que los primeros médicos que trataron a personas trans tenían una

clara voluntad de ayudar a mitigar el sufrimiento de los pacientes trans, tratando de evitar las automutilaciones y los suicidios que se producían. La retórica de evitar el sufrimiento y mantener una actitud compasiva hacia la angustia y la infelicidad de las personas trans sigue presente en el discurso psiquiátrico actual (Butler, 2006: 145).

Sin embargo, es preciso señalar que no todas las personas trans están dispuestas a entrar en el proceso de patologización. Por un lado, encontramos activismo que se moviliza en contra de la misma desde planteamientos diferentes: el activismo transgénero o queer critica el diagnóstico pero también el biologismo y la visión normativa del género presente en el discurso psiquiátrico, mientras que bajo el llamado Síndrome de Harry Benjamin se agrupan activistas que critican la patologización porque consideran que la discordancia entre sexo y género se debe a causas biológicas que nada tienen que ver con un trastorno mental107.

Por otro lado, entre las personas trans que acceden a entrar en el proceso de diagnóstico encontramos una creciente deslegitimación del poder que tienen los psiquiatras y psicólogos en el proceso, por lo que generan más resistencias (ver Soley-Beltran y Coll-Planas, 2008). Además, varios estudios apuntan que las personas trans hacen un uso estratégico de la patologización, la instrumentalizan para conseguir su objetivo: la hormonación y la reasignación sexual. Por ejemplo, Soley-Beltran (2005: 214) muestra que la comunidad trans está muy bien informada sobre como ‘performar’ la transexualidad hábilmente para satisfacer los requisitos de psiquiatras y psicólogos, por ejemplo, fingiendo un total rechazo hacia los genitales originales o escondiendo una tendencia homosexual. Este es el efecto que se consigue:

Aunque el objetivo declarado de la diagnosis es averiguar si un individuo puede adaptarse con éxito a la vida según las normas de otro género, parece que la verdadera prueba que plantea el GID es si uno puede definirse en el lenguaje de la diagnosis. En otras palabras: puede que no sea una cuestión de si puedes conformarte a las normas que rigen la vida del otro género, sino si puedes conformarte al discurso psicológico que estipula lo que son dichas normas (Butler, 2006: 137).

Aunque uno se aproxime a la patologización de una forma estratégica, ésta supone una cierta sujeción, una internalización del sentido de trastorno mental, el fortalecimiento de la percepción social de la transexualidad como enfermedad (Butler, 2006: 122-4) y, en definitiva, el reforzamiento de la concepción binaria y reificada del género. Estos elementos ponen en entredicho la posibilidad de utilizar el diagnóstico de una forma enteramente estratégica, desvinculada de sus connotaciones:

debemos cuestionar si el diagnóstico es, de una forma no ambigua, parte del “apoyo” que los individuos necesitan para ejercitar su autodeterminación con respecto al género. Después de todo, la diagnosis efectúa muchas presunciones que minan la autonomía trans. Aprueba ciertas formas de asesoramiento psicológico que asumen que la persona

viven en un engaño o en una disforia. Asume que ciertas normas de género no han sido encarnadas apropiadamente y que han tomado su lugar el error y el fracaso. (…) Asume el lenguaje de la corrección, de la adaptación y de la normalización. Busca apoyar las normas de género del mundo en su composición actual y tiende a patologizar cualquier intento de producir el género de formas que no se conformen con las normas existentes (...) (Butler, 2006: 115).

En este sentido, Butler (2006: 135-6) considera que el precio a pagar para acceder a los instrumentos que proporciona la patologización es renunciar a hablar en primera persona sobre la propia experiencia y verse obligado a asumir un discurso que te “borra” en el acto de representarte. En palabras de la autora, el discurso patologizador funciona como un “chantaje” ya que ofrece a los trans la promesa de conseguir una nueva vida con el cuerpo y el género deseados a cambio de apoyar y reforzar el poder de la diagnosis.

Como en la cuestión del debate entre el deseo de integración y la apuesta por la trasgresión, volvemos a encontrarnos sin respuestas unívocas. Para Butler (2006: 147) “debe decirse que la diagnosis alivia el sufrimiento; y es posible y también necesario decir que la diagnosis intensifica el mismo sufrimiento que requiere ser aliviado”. O dicho de otra forma, la diagnosis capacita pero también puede ser restrictiva y, de hecho, puede ser ambas cosas a la vez (Butler, 2006: 116).

6. DISEÑO DE LA

INVESTIGACIÓN