ASPECTOS TEÓRICO-METODOLÓGICOS
III.5. ANTECEDENTES DE ESTUDIOS TAFONÓMICOS EN RESTOS HUMANOS
La tafonomía conforma una subdisciplina reciente en la arqueología (ver apartado III.2). En nuestro país, su aplicación sobre restos faunísticos ha sido más prolífica en comparación con los huesos humanos. A escala mundial, los trabajos de esta índole también son recientes y de creciente incorporación en el ámbito de la arqueología. A continuación se describen, en primer lugar, estudios tafonómicos a nivel mundial y luego, las investigaciones regionales.
III.5.1. Investigaciones internacionales
Uno de los aspectos que intentan dilucidar los estudios tafonómicos se relaciona con la preservación de los restos óseos en ambientes y condiciones diversas. Los huesos humanos generalmente son hallados en contextos terrestres variados y, en menor medida, en condiciones de contacto con medios acuíferos, pero poco es sabido sobre ellos en ambientes marinos (para una excepción ver Arnaud et al. 1978).
La preservación y el deterioro de los huesos son aspectos que están condicionados por factores extrínsecos e intrínsecos (Boaz y Behrensmeyer 1976; von Endt y Ortner 1984; Henderson 1987; Lyman 1994; Galloway et al. 1997, entre otros). La densidad mineral ósea (DMO) pertenece a estas últimas y ha sido evaluada en su relación con la supervivencia de los restos humanos (Galloway et al. 1997). Las metodologías de mediciones de densidad mineral ósea permiten evaluar las potencialidades de preservación y deterioro de los huesos y tal información tiene implicancias para la estimación del número mínimos de individuos (NMI) y de elementos (NME), y para documentar los procesos tafonómicos que afectaron al conjunto óseo estudiado. Un caso de aplicación de esta metodología es el presentado por Willey et al. (1997) con el objetivo de explorar la relación entre densidad y preservación de huesos humanos. Los valores de densidad derivados de una muestra contemporánea (Galloway et al. 1997) fueron comparados con las tasas de supervivencia de elementos óseos de las víctimas de la masacre de Crow Creek, mostrando una alta correlación positiva entre ambas variables.
El pH del suelo en el que los huesos se encuentran inmersos es uno de los factores extrínsecos que afectan la integridad de los mismos. En tal sentido, Gordon y Buikstra (1981) examinaron la relación entre el pH del suelo y la preservación ósea mediante el estudio de muestras de suelo de una serie de montículos con entierros humanos en el área centro-oeste de Illinois, Estados Unidos. Estas observaciones dejaron en evidencia que existe una relación inversa entre el pH del suelo y la destrucción del material óseo, y además hallaron esperable alguna clase de sesgo asociado con la edad en conjuntos depositados en ambientes ácidos a causa de las diferencias en la densidad mineral ósea. Henderson (1987), por su parte, analizó los factores extrínsecos (agua, tipo de suelo, temperatura, oxígeno, flora y fauna) e intrínsecos (química, forma, tamaño, densidad y edad del hueso) que afectan la preservación de los huesos humanos, considerando las condiciones de entierro y la acción antrópica. Destacó la complejidad involucrada en la preservación diferencial de los restos humanos teniendo en cuenta que las interacciones de todos estos factores condicionan los procesos de descomposición y mencionó la importancia de su comprensión para entender las acciones de las sociedades pasadas. Considerando estos mismos factores, Waldron (1987) condujo un estudio preliminar respecto de la supervivencia relativa de huesos humanos usando datos de un cementerio romano- británico que data de los siglos II al IV de la Era Cristiana. En este caso se destacan las implicancias que la preservación diferencial tiene para las inferencias paleopatológicas y las consecuentes posibilidades de subestimar la frecuencia de enfermedades dentro de una población.
Los cambios microscópicos en los huesos humanos sepultados han sido objeto de análisis en varios aspectos. Hackett (1981) investigó la destrucción focal microscópica (túneles) en huesos humanos exhumados, atribuyendo esta alteración ósea a la acción de hongos que se desarrollan en ambientes de inhumación favorables para dichos organismos, provocando la temprana desmineralización del hueso. En este sentido, Child (1995) aportó interesantes datos respectos de los principales cambios en huesos humanos que pueden ser atribuibles a la acción de varios microorganismos, considerando aspectos intrínsecos del hueso, ambientales, microambientales y tafonómicos. También a nivel microestructural se han considerado las variables intervinientes en la velocidad de cambio post-mortem en el esqueleto humano y su
significado tafonómico (Bell et al. 1996). Estos autores examinaron material humano proveniente de distintos contextos ambientales y con rangos de tiempo postmortem variados, utilizando un microscopio electrónico de barrido para obtener información sobre la microestructura y la densidad relativa. Los resultados de este estudio sugieren que la alteración microestructural de los huesos de los cadáveres comienza a los pocos días de la muerte como resultado de la acción bacterial endógena y que el ambiente de depositación tiene influencias significativas en el tipo de alteración microestructural/morfológico post-mortem. A esta misma escala de análisis fueron examinados huesos humanos del sector inferior del valle de Illinois (Estados Unidos) para evaluar la variación en la preservación histológica (Hanson y Buikstra 1987). Ambos investigadores sugirieron que la destrucción micro-focal por acción de micro- organismos depende de varias propiedades intrínsecas del tejido que condicionan la invasión inicial y dispersión de hongos y/o bacterias y destacaron los efectos potenciales de la preservación histológica en el contenido mineral y la densidad del hueso y, por consiguiente, sus implicancias para los estudios paleodietarios.
Alteraciones óseas particulares han sido foco de investigaciones tafonómicas, como sucedió con los huesos humanos intencionalmente perforados de la cultura Laurel en Minnesota, provenientes de un montículo inhumatorio que data del 565 AD (Torbenson et al. 1992). Tales perforaciones fueron vinculadas por los autores con el ritual mortuorio y fueron atribuidas a propósitos relacionados con las ideas de “liberación del espíritu”. Aludieron, además, que fueron realizadas en el momento del entierro sobre la base de filiaciones grupales hereditarias.
Por su parte, Villa y Mahieu (1991) estudiaron huesos largos humanos fracturados de conjuntos procedentes de tres sitios arqueológicos del sur de Francia, con causas de fragmentación únicas y conocidas. La finalidad de esta investigación fue la de distinguir fracturas postdepositacionales de las realizadas sobre hueso “fresco”. Indicaron cinco atributos como estadísticamente diagnósticos a nivel de conjuntos y caracterizaron a los materiales óseos quebrados postdepositacionalmente por: 1) fracturas in situ (con los fragmentos remontables adyacentes unos a otros), 2) presencia frecuente de fracturas incompletas y fisuras y 3) una tendencia a la fragmentación en los huesos depositados sobre superficies cóncavas o convexas.
En el sudeste de Australia, Littleton (2000) examinó cuatro sitios de entierros que habían sido expuestos por procesos erosivos. Mediante el análisis del grado de meteorización, dispersión, tamaño promedio de los fragmentos, localización estratigráfica y mineralización demostró que la erosión causada por el agua y el viento tiene efectos desiguales sobre los restos humanos provocando diferencias en el potencial de información en cuanto a contexto, localización original y preservación.
Los estudios tafonómicos también han sido aplicados para analizar casos de violencia física y canibalismo, por ejemplo, entre distintos pueblos prehistóricos tardíos del sudoeste de Estados Unidos (Turner y Morris 1970; Turner y Turner 1990, 1992, 1999; White 1992; Turner et al. 1993) y en los restos del sitio de Gran Dolina en Atapuerca (Burgos, España) (Fernández Jalvo et al. 1999). Uno de los casos norteamericanos se relacionó con el estudio de dos aldeas que fueron víctimas de un ataque violento (Castle Rock y Sand Canyon), en la región de Mesa Verde, sudoeste de Colorado, durante los siglos XII y XIII. Se registraron modificaciones adicionales peri- mortem en los cuerpos y huesos, constatándose la práctica de antropofagia (Kuckelman et al. 2002). Por otro lado, se realizaron estudios de mutilaciones postmortem de cuerpos humanos en un cementerio de la Edad de Hierro en Kasakhstan, donde se llegó a la conclusión de que las fracturas frescas presentes y las huellas de corte serían el resultado de una especie de “saqueo ritual” de las tumbas (Bendezu-Sarmiento et al. 2008).
Lieverse et al. (2006) plantearon un nuevo método tripartito para documentar la condición esqueletal con el fin de examinar aspectos tafonómicos en un cementerio localizado en la región del Lago Baikal de Siberia, Rusia. Examinaron tres variables, completitud, fragmentación y articulación, y su vinculación con 15 factores tafonómicos con el fin de investigar la alta variabilidad presente en el sitio en los tres aspectos mencionados. Los resultados indican que las características esqueletales intrínsecas (edad de muerte y tipo de elemento) junto con las actividades culturales, principalmente las prácticas mortuorias, son los factores que han influenciado esta variabilidad en las condiciones esqueletales de manera directa o indirecta. De este modo, los autores destacaron el significado de las prácticas culturales como agentes tafonómicos que afectan los huesos humanos.
Existe el caso de estudio particular de la necrópolis de Baza en Granada, España, donde se recuperaron un gran número de tumbas. Estudios de la estratigrafía revelaron que al menos dos eventos de inundación alcanzaron a cubrir esta necrópolis, rellenando con finos sedimentos algunas tumbas sin producir grandes modificaciones en los huesos (i.e., abrasión o pulido). Un hallazgo particular fue el de los restos de un individuo femenino adulto de entre 21-25 años de edad y los de un feto de 21 a 31 semanas de gestación ubicados entre los fémures de la madre, en la parte trasera de la pelvis (Rascón Pérez et al. 2007). Ninguno de los elementos óseos presenta signos de alteraciones perimortem, de patología, o de alguna alteración tafonómica que evidencie transporte o acción de carroñeros. Entonces, se trataría de una doble inhumación; no obstante, la ubicación inusual del feto podría tener diferentes explicaciones que los investigadores intentaron develar mediante el análisis tafonómico. Los autores sostuvieron que la presión de gas durante la fase enfisematosa del cuerpo de la madre habría sido suficiente como para despedir el feto (con menor grado de descomposición) con violencia. Este planteamiento tiene mayor solidez para explicar cómo el bebé alcanzó la posición en la que fue hallada, mayormente si se considera la ausencia de carroñeros o cualquier otra evidencia de transporte. Estas acumulaciones de gases habrían causado el desplazamiento de elementos del individuo adulto y del nonato. El hueso occipital del feto, separado del cráneo y ubicado cerca del canal pélvico de la madre, demuestra que este fue el modo en el que el feto fue expelido (Rascón Pérez et al. 2007). Los resultados indican que los diferentes grados de desarticulación, y por consiguiente de esqueletización, de los dos individuos se correlacionaría con distintas tasas de descomposición, datos obtenidos de experimentos actuales.
Los trabajos orientados a abordar aspectos vinculados con las prácticas mortuorias o el ritual funerario mediante la aplicación de análisis tafonómicos sobre restos óseos humanos, son escasos en la literatura internacional. Los casos existentes demuestran los significativos aportes de la tafonomía a la comprensión de la amplia variabilidad de conductas frente a los muertos y las implicancias respecto de la existencia de etapas en las diferentes costumbres funerarias y el tiempo involucrado en cada una de ellas. El sector de entierros del sitio Predmostí, República Checa, representa una de las colecciones más grandes de restos humanos tempranos (Svoboda 2008). Con el fin de evaluar si se trata un episodio sincrónico de inhumación como consecuencia de
un evento catastrófico o una acumulación gradual de cuerpos humanos en un lugar, se analizó la distribución espacial, la estratigrafía y los procesos tafonómicos actuantes. Los resultados indican que existió una tendencia a largo plazo de colocar los muertos debajo de un acantilado, en un área periférica del asentamiento, lo que habría llevado a la acumulación gradual de restos humanos en un único lugar (Svoboda 2008). Cada nuevo cuerpo agregado deformaba la disposición de aquellos depositados más tempranamente, a pesar de hallarse protegidos parcialmente por la cobertura del suelo, los desechos de piedra caliza y las escápulas de mamut. Además, fueron afectados por procesos postdepositacionales naturales, tales como redepositación de sedimentos y actividades de predadores (Svoboda 2008). El estudio tafonómico aplicado a la necrópolis de Cova des Càrritx (ca. 1400-800 años AP), Menorca, España, es otro ejemplo de este tipo de aproximaciones hacia la comprensión de los contextos mortuorios. Las características de este conjunto lo hacían asemejar a un osario de inhumación colectiva, sin tumbas, ni espacios individualizados para los cadáveres (Rihuete Herrada 2000). Las posibilidades que se manejaban sobre la funcionalidad de este sitio eran que fuera un lugar de inhumación secundaria o de inhumación primaria y secundaria, pero existían rasgos contextuales y de los propios restos que apoyaban y contradecían ambas hipótesis (para una descripción ver Rihuete Herrada 2000). Mediante los análisis tafonómicos se constató que el uso continuado del cementerio con el fin de depositar nuevos cadáveres durante 600 años, así como la manipulación de los restos cuando se instauró el ritual de selección y recolocación de cráneos, no sólo facilitaron la desarticulación sino también la fragmentación de muchos huesos. La actividad de los seres humanos parece haber sido un agente tafonómico de primer orden en la configuración de los depósitos arqueológicos, involucrando tanto las prácticas intencionales (e.g., segregación de cadáveres) como aquellas actividades que causaron consecuencias involuntarias del uso humano de la cueva como cementerio. Los agentes tafonómicos “naturales” contribuyeron también en la historia tafonómica de este conjunto pero de un modo no tan significativo (Rihuete Herrada 2000).
III.5.2. Investigaciones regionales
En lo que respecta a los antecedentes en Argentina, se destacan una serie de trabajos que abordan una variedad de temáticas tafonómicas y su relación con los restos óseos humanos. Variables de alteración ósea humana diversas han sido examinadas de manera individual, mediante el análisis de procesos/agentes y efectos tafonómicos particulares (e.g., erosión, marcas de corte, acción de roedores, acción antrópica, fracturas, entre otros). Por una cuestión de espacio, sólo se describirán los casos de estudios desarrollados en las regiones patagónica y pampeana, ya que en las mismas se encuentran los sitios analizados en esta investigación.
Para la región patagónica existe mayor cantidad de antecedentes sobre este tema. En el espacio continental patagónico se han llevado a cabo varias investigaciones de índole tafonómica. Tal es el caso del análisis macro y microscópico de marcas sobre la superficie ósea realizado por Mendonça et al. (1984-1985) sobre cuatro esqueletos hallados en el sitio arqueológico Las Lagunas, Neuquén, noroeste de Patagonia. Por su ubicación topográfica y por la asociación con instrumentos líticos estos rasgos parecían corresponder, en una primera aproximación, a la acción antrópica, implicando una conducta de descarne. Como resultado del análisis de estas modificaciones concluyeron que corresponderían a la acción de roedores de pequeño tamaño que no alteraron las articulaciones entre las unidades anatómicas de cada individuo y que actuaron sobre regiones específicas de los huesos. Destacaron, además, que el reiterado roído sobre una misma mordida puede resultar en marcas con apariencia semejante a las de corte, fenómeno ya descripto por Shipman y Rose (1983) en restos faunísticos.
Para el sector noreste de Patagonia, Borella et al. (2007) analizaron una serie de variables tafonómicas aplicadas sobre un conjunto de fragmentos óseos humanos recuperados en superficie en la localidad de “Bajo de la Quinta”, costa norte del Golfo San Matías, Río Negro. Estos restos humanos se hallaron en una zona de concheros erosionados emplazados entre dunas deflacionadas y fueron hallados específicamente en dos loci dentro de esta área (sector 1 y sector 2). Como resultado de su estudio, notaron que los elementos óseos provenientes de cada uno de estos locus exhibían historias tafonómicas distintivas relacionadas con el predominio de procesos naturales particulares según el contexto sedimentario de cada uno de los conjuntos. En el sector 1
los huesos se hallan mineralizados y presentan un patrón de meteorización que no se corresponde con el propuesto por Behrensmeyer (1978); es decir, no presentan los clásicos rasgos de exfoliación y agrietamiento en sentido de las fibras de colágeno sino que han sido afectados por la disolución química en forma de hoyuelos o mamelones, o la disgregación del hueso en capas. Sólo lograron registrarse ca. 1% de marcas de roedores y escasas marcas de raíces (ca. 24%) en algunos sectores menos afectados por la meteorización química; en este último caso, las rizoconcreciones (ver Borella et al. 2007) se desarrollaron en horizontes de suelo subsuperficiales en climas semiáridos y, de esta manera, su vinculación con los huesos tiene lugar cuando sobre ellos se desarrolló un suelo. Una vez expuestos, los huesos comenzaron a sufrir un proceso de lixiviación que llevó a las mencionadas modificaciones por disolución química. Los restos del sector 2 evidencian una meteorización acorde con los estadios más avanzados de Behrensmeyer (1978). Debido a esta mala preservación, no pudieron ser observados otros efectos tafonómicos. Aquí no se registraron evidencias relacionadas con la formación de suelos (rizoconcreciones) ni con la mineralización ósea como en el sector 1. Es destacable que estos dos loci con grados de preservación tan diferentes se encuentren espacialmente cercanos. El proceso de mineralización sufrido por los restos humanos del primer locus, determinó una historia tafonómica diferente del locus 2, a pesar de hallarse en la misma localidad.
Para dos zonas del norte y centro de Patagonia, valles inferiores de los ríos Negro y Chubut, respectivamente, Gordon (2009) analizó colecciones de museos representadas sólo por cráneos con el fin de registrar la frecuencia y tipos de lesiones traumáticas producto de situaciones de violencia. En el marco de dicha investigación, evaluó las modificaciones óseas tafonómicas y su incidencia en el potencial de visibilidad de las lesiones de violencia interpersonal. Las variables consideradas fueron las improntas de raíces, las marcas de roedores, las fracturas postdepositacionales, los estadios de meteorización (agrupados en 0, 1-2 y 3-4-5), los depósitos de manganeso, los depósitos de carbonato de calcio y la fragmentación/pérdida ósea. También analizó la integridad de los cráneos, aspecto que considera dentro de las evaluaciones tafonómicas. En este caso, las llamadas “marcas de corte” (simples, de descarne y tangenciales) fueron consideradas como variables dentro del análisis de lesiones traumáticas premortem y/o perimortem (ver Barrientos y Gordon 2004). La autora
rescata el valor de los estudios tafonómicos sobre colecciones para dar cuenta, al menos en parte, de las condiciones de depositación o de la historia tafonómica de los restos que las conforman. Dados los elevados porcentajes de marcas de raíces registrados, infirió, a modo general, que los individuos representados estuvieron enterrados por un tiempo prolongado. La ausencia de evidencia de actividad de carnívoros, apoyaría esta hipótesis e indicaría un alto grado de estabilidad. En la muestra del río Negro, la frecuencia de marcas de roedores está más representada y se observa una alta proporción de fracturas postdepositacionales, de fragmentación/pérdida ósea y de los estadios mayores de meteorización. De acuerdo a la autora, estos datos podrían indicar que esta muestra permaneció un tiempo más prolongado expuesta superficialmente. La elevada cantidad de casos con meteorización cero, junto con la depositación de manganeso, sugeriría para la muestra del río Chubut un mayor tiempo de permanencia enterrada que la muestra de río Negro, y un mayor grado de estabilidad. Finalmente, Gordon (2009) destacó que la muestra del valle inferior del río Negro, a pesar de ser la más perturbada por factores postdepositacionales, es también la que muestra mayores evidencias de violencia interpersonal. Planteó que debe evaluarse si este mayor nivel de lesiones traumáticas jugó un rol favoreciendo la destrucción de los cráneos.
En la cuenca del Lago Salitroso, Santa Cruz, fueron analizados entierros