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MATERIALES Y MÉTODOS

V.7. INTERPRETACIÓN DE LOS RESULTADOS Y DISCUSIÓN

V.7.1. Cuantificación

Los resultados cuantitativos obtenidos para los distintos individuos analizados de los entierros primarios reflejan que 16 de ellos (76,2%) están representados por menos del 50% del total esperado en un esqueleto completo (ver Tabla V.3). Los cinco restantes (AS19, AS20, AS22, AS24 y AS39) presentan un índice de supervivencia superior al mencionado valor. Las frecuencias óseas de estos esqueletos, exceptuando AS22, son de alrededor del 70% y en los cinco casos los elementos axiales están menos representados en relación con los apendiculares (ver Apéndice 1: Tablas 22 a 27). Respecto a los datos de sexo y edad de estos individuos, cuatro de ellos son adultos masculinos y uno subadulto (15-19 años) posiblemente femenino, pero con un grado de desarrollo óseo comparable al de un adulto en términos de grados de fusión y macroestructura ósea. Aquellos 16 esqueletos mencionados con bajos índices de supervivencia exhiben valores de NME muy diversos, de modo que para este conjunto

dicho índice se caracteriza por su heterogeneidad (ver Tabla V.3). No existe una tendencia en relación con la edad de los individuos, es decir, tanto adultos como subadultos presentan porcentajes muy bajos de elementos y algunos infantes poseen valores de representación más elevados y equivalentes al de esqueletos con una edad de muerte correspondiente a individuos maduros. En relación con el sexo puede mencionarse también la ausencia de un sesgo preservacional (ver Tabla V.3).

El grupo de los 10 individuos adultos muestra una heterogeneidad en su representación anatómica, con índices de supervivencias esqueletales que van desde el ca. 20% hasta el 70%. Es decir, que más de la mitad de estos esqueletos (60%) poseen porcentajes de supervivencia inferiores al 50% mientras que los restantes no sobrepasan el 70% (excepto AS24 por apenas 0,5%) (ver Tabla V.3). Dado que estos individuos fueron enterrados mediante la modalidad primaria, se asume una condición inicial de entierro con el esqueleto completo, entonces las faltantes de las unidades óseas se deberían a procesos postdepositacionales. Los mismos serán discutidos más adelante en el marco de la interpretación de los resultados obtenidos en el análisis de los distintos efectos tafonómicos registrados (ver Apartado V.7.2).

La densidad mineral y el tamaño son algunas de las propiedades óseas intrínsecas que pueden mediar en la preservación. Dichas variables poseen una relación con la edad del individuo ya que el grado de desarrollo y crecimiento óseo influye en el contenido mineral de los huesos (Lyman 1994; Marco Hernández et al. 2002, entre otros). En zooarqueología existen más estudios al respecto que han aportado importantes datos para generar herramientas interpretativas sobre la representación anatómica considerando la incidencia de los agentes/procesos tafonómicos (Boaz y Behrensmeyer 1976; Elkin y Zanchetta 1991; Elkin 1995; Lam et al. 1999; Pavao y Stahl 1999; Dirrigl 2001; Gutiérrez et al. 2010, entre otros). Sin embargo, este aspecto ha sido poco abordado en estudio de restos óseos humanos (Del Río et al. 1994; Moreno et al. 1994; Marco Hernández et al. 2002). Considerando esta estimación de modo general, sin hacer las salvedades pertinentes (e.g., interdependencia de la DMO con variables extrínsecas como nutrición, salud, estilo de vida, fisiología, ecología, etc.) (Villa y Nelson 1996; Lunt et al. 2001; Suby et al. 2005, entre otros), podría esperarse un patrón de menor índice de supervivencia anatómica para aquellos esqueletos subadultos, principalmente de las categorías infancia y niñez. Los resultados

cuantitativos no indican que este sea el caso ya que de los cinco infantes representados, tres (AS3, AS16 y AS34) exhiben frecuencias anatómicas similares a las de algunos adultos. No obstante, los otros dos infantes y un subadulto de la categoría niñez son los esqueletos compuestos por la menor cantidad de elementos en toda la muestra (AS13, AS33 y AS27) (ver Tabla V.3).

Se destaca que las unidades óseas ausentes o en frecuencias muy escasas en gran parte de los esqueletos son, principalmente, aquellas que componen manos y pies (huesos de carpo, del tarso, metacarpos, metatarsos y falanges), las costillas y las vértebras (ver Apéndice 1: Tablas 23 a 27). Los individuos AS20, AS24 y AS39 pueden considerarse como excepciones a esta tendencia para algunos de estos elementos aunque no en todos ellos. Es notable que estos huesos no se presentan individualmente ni en pares en el esqueleto humano sino que son numerarios (e.g., 56 falanges, 30 huesos de carpo y tarso, 20 metapodios, 24 vértebras, 24 costillas). Si se analizan los porcentajes de representación anatómica a escala grupal, claramente se marca esta tendencia aunque los valores se elevan al incluirse aquellos esqueletos más completos (ver Apéndice 1: Tablas 22 a 27). En el caso de los adultos, en cuanto al esqueleto axial, las costillas y las vértebras poseen bajos porcentajes, entre 25% y 45% (ver Apéndice 1: Tablas 22 a 24). No obstante, debe mencionarse que el hioides es el hueso con el menor índice de supervivencia, no sólo en adultos sino en toda la muestra. Cráneos, mandíbulas y esternón son los de mayor representación axial en relación con el NMI de los adultos (ver Apéndice 1: Tabla 24). De la cintura escapular y miembros superiores, carpos, metacarpos y falanges tienen los menores índices de supervivencia (ca. 50%), mientras que húmeros, radios y cúbitos son los más representados superando el 70% (ver Apéndice 1: Tabla 23). Lo mismo ocurre con la cintura pélvica y miembros inferiores, los huesos de los pies junto con la rótula alcanzan porcentajes de supervivencia inferiores al 50%, en general. Los elementos con valores más altos de representación no son todos los huesos largos sino los coxales y las tibias (86,4% y 72,7%, respectivamente). Los peroné se aproximan al 70% y los fémures, llamativamente, están representados por un índice de poco más que el 50% (ver Apéndice 1: Tabla 24).

Respecto de los subadultos, los resultados cuantitativos de los nueve individuos cuyas unidades óseas pudieron individualizarse (la excepción es AS13) muestran, en términos generales, tendencias similares a las de los adultos. En el esqueleto axial, los

cráneos y sacros presentan los valores de supervivencia más elevados, los cuales superan por poco al 50%. Por su parte, las costillas y las vértebras exhiben los índices de supervivencia más bajos (ver Apéndice 1: Tabla 25). En lo que respecta a la cintura escapular y los miembros superiores, también los huesos de la mano son los menos representados pero con valores notablemente inferiores a los obtenidos para los adultos (e.g., carpos y falanges <20%). Sólo los húmeros superan el 70% mientras que escápulas, radios y cúbitos rondan el 60% en sus índices de supervivencia (ver Apéndice 1: Tabla 26). En la cintura pélvica y los miembros inferiores, todos los huesos largos y los ilion poseen los mayores porcentajes de supervivencia (>70%), mientras que las rótulas y las unidades anatómicas que conforman los pies son los que menor representatividad poseen en función del número de individuos, con porcentajes considerablemente inferiores al 20% (ver Apéndice 1: Tabla 27).

Teniendo en cuenta que estos individuos fueron enterrados de forma primaria, es decir, sin desarticulación ni selección intencional de partes anatómicas, esta tendencia general en la menor representación de elementos caracterizados por un tamaño relativamente pequeño y/o por una estructura ósea endeble indica la importancia que han tenido las propiedades óseas intrínsecas (e.g., densidad mineral ósea, estructura, morfología, tamaño) en el potencial de preservación de los distintos huesos. La interacción de estas características con los factores extrínsecos que se vinculan, en términos generales, con el contexto natural y cultural conformó la historia tafonómica de este conjunto óseo. Las variables que entran en juego en dichos contextos serán evaluadas más adelante en relación con los resultados obtenidos del análisis de los efectos tafonómicos. No obstante, pueden comenzar a esbozarse ciertas apreciaciones en función del conocimiento previo y de los resultados hasta aquí discutidos. Tanto las vértebras como las costillas son huesos con una estructura, morfología y tamaño que los haría más susceptibles a la destrucción postdepositacional dadas determinadas condiciones. La alta porosidad, sobre todo en los cuerpos vertebrales, parecería a priori un factor coadyuvante en el deterioro óseo. El caso de los huesos de manos y pies es singular debido a que el tamaño, en este caso, podría tomarse como condicionante de su supervivencia ya que poseen una arquitectura ósea (mayor superficie de tejido compacto que de tejido esponjoso) que contribuiría a darles mayor resistencia ante factores de compresión. Entonces, si a las características de tamaño se la considera en conjunto con

la forma y la estructura de dichos elementos, su DMO podría resultar en un valor no muy bajo en comparación con las demás unidades óseas del esqueleto humano. No obstante, esta conjetura no puede ser sustentada ya que los datos sobre DMO en restos óseos humanos son escasos y más aún sobre los elementos arriba mencionados (Galloway et al. 1997; Suby y Guichón 2004; Suby 2006). Más adelante se discutirá la información disponible sobre esta propiedad en restos humanos, las dificultades en la obtención y aplicación de los datos de DMO en arqueología y su relación con los procesos tafonómicos.

Por lo tanto, en este punto y sólo en relación con los datos cuantitativos, podría considerarse que las propiedades óseas enumeradas, tuvieron una incidencia directa en la preservación de estos elementos pero en modos distintos. Claro está que debieron mediar procesos postdepositacionales que afectaran dichas propiedades deteriorando el tejido óseo. Por un lado, el tamaño junto con la proporción de tejido compacto/esponjoso y la densidad mineral ósea habrían favorecido la destrucción de vértebras y costillas; por otro lado, las falanges, carpos, tarsos y metapodios podrían estar subrepresentados pero principalmente debido a su tamaño. Es decir, los agentes/procesos postdepositacionales que actuaron sobre este registro, podrían haber provocado inicialmente su desplazamiento y, posteriormente, su pérdida definitiva por diversos factores naturales o culturales.

El único entierro secundario múltiple hallado en el sitio y que fue incluido en este trabajo de tesis presentó una frecuencia muy baja de elementos óseos en relación con el NMI obtenido para los cráneos (100%). Las mandíbulas tienen un porcentaje de supervivencia del 75% mientras que las costillas y la columna están pobremente representada (ca. 5% y 20%, respectivamente). Los huesos largos de los miembros inferiores presentan un índice de supervivencia del 75% mientras que de aquellos correspondientes a los miembros superiores, sólo los cúbitos están representados en muy baja frecuencia (12,5%). Todos los demás elementos que componen estos miembros están ausentes, así como los pertenecientes a la cintura escapular (ver Apéndice 1: Tabla 48). La cintura pélvica posee un índice de supervivencia del 50%. Siguiendo el patrón ya mencionado en los otros entierros, tampoco están presentes los huesos de los pies. Resta estimar si las unidades faltantes se deben sólo a una selección intencional de partes anatómicas por parte de los humanos en el contexto de las

prácticas mortuorias o si existieron procesos postdepositacionales que ayudaron a conformar la representación registrada en esta investigación. Esto último es evidente debido al estado de preservación que presentan los huesos y a la dificultad que existió para poder excavarlos y extraerlos dada las características de su disposición, del sedimento que los rodeaba y de su estado friable. Estas tareas generaron la fragmentación de algunos sectores óseos y la pérdida de integridad de algunos huesos ante la manipulación. Dadas estas condiciones finales, es evidente que algunos elementos que se encontraban presentes finalmente no pudieron ser contabilizados.

V.7.2. Variables tafonómicas

Los resultados del análisis de los efectos tafonómicos reflejan, a grandes rasgos, una homogeneidad en la distribución de frecuencias para los distintos individuos que integran esta muestra. En general, no se distinguen diferencias notables en la manifestación de los distintos efectos registrados entre el grupo de adultos y subadultos, así como tampoco entre aquellos esqueletos que formaban parte de entierros primarios simples y múltiples. Sí pueden destacarse algunas tendencias diferentes en el entierro secundario múltiple que serán mencionadas en el transcurso de esta discusión.

En lo que respecta a los entierros primarios, ya sea múltiples o simples, las pérdidas de tejido óseo son una constante en la totalidad de la muestra analizada (NMI=20, AS13 no pudo ser cuantificado). En todos los individuos, presentan una frecuencia más elevada aquellas originadas durante momentos postdepositacionales y de una extensión pequeña (ver definiciones en Capítulo IV). No obstante, las faltantes óseas causadas en la etapa reciente también han alterado la integridad de los elementos y, en la mitad de los esqueletos, se presentan en frecuencias de entre 25% y 50%. Estas pérdidas se dieron en vinculación con la actividad antrópica en el contexto de las tareas de excavación y de limpieza de los restos. En el caso del entierro secundario múltiple (Nº 33), la tendencia es la misma, registrándose un elevado porcentaje de pérdidas óseas postdepositacionales (96,2%) y, en menor frecuencia, recientes (41,5%). Cabe destacar que tanto las pérdidas como las fracturas que han sido subdivididas en postdepositacionales y recientes, pueden presentarse bajo estas dos modalidades en un

mismo elemento de modo que la sumatoria de sus frecuencias puede no ser igual a 100% (ver Apartado IV.3.e y IV.3.f en Capítulo IV).

Las fracturas también están presentes en todos los entierros primarios, sólo que en frecuencias menores que las pérdidas óseas. Gran parte de los esqueletos (85%) presentan valores de entre 25% y 50% y, en general, se observa una distribución heterogénea entre las postdepositacionales y recientes (Figuras V.13 y V.14). En el entierro secundario la frecuencia de las fracturas es más elevada que en la mayoría de los individuos de entierros primarios (86%) y, además, las fracturas postdepositacionales y recientes exhiben valores elevados similares (77,6% y 63,3%, respectivamente). 0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100

I1 I2 I3 I4 I5 I6 I7 I8 I15 I16 I19 I20 I22 I23 I24 I27 I32 I33 I34 I39 E33 (sec.)

Presenta % No presenta %

I: individuo; E: entierro; Pdp.: postdepositacionales; Rec.: recientes; Indet.: indeterminadas.

El estado fragmentario de los huesos se registró en casi la totalidad de los individuos, con la única excepción de AS33, sólo que en frecuencias bajas, principalmente de entre 10-20% (68,4%) y con predominio de los fragmentos con un tamaño promedio de 1-5 cm (63,2%) (Figuras V.15 y V.16). En el entierro secundario la tendencia es similar a la de los entierros primarios, aunque la frecuencia de elementos afectados es algo mayor (36,8%). Es importante resaltar, para toda la muestra, que casi la totalidad de las modificaciones óseas catalogadas como recientes resultaron de las actividades arqueológicas y ocurrieron como consecuencia del estado de los huesos previo al desentierro actual. Es decir, son el resultado de la profundización o intensificación de cambios generados en el microambiente de depositación.

0 20 40 60 80 100 120 140 160 I1 I3 I5 I7 I15 I19 I22 I24 I32 I34 E33 (sec.) Pdp. % Rec. % Indet. %

Figura V.14. Distribución de frecuencias de tipos de fractura en los individuos de AS2 (los porcentajes representan la sumatoria de las categorías de fracturas presentes, por lo tanto los valores pueden superar el 100% dada la ocurrencia

0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100

I1 I2 I3 I4 I5 I6 I7 I8 I15 I16 I19 I20 I22 I23 I24 I27 I32 I33 I34 I39 E33 (sec.) Presenta % No presenta % 0% 10% 20% 30% 40% 50% 60% 70% 80% 90% 100% I1 I3 I5 I7 I15 I19 I22 I24 I32 I34 1-5cm % 5-10cm % >10cm %

Figura V.16. Distribución de frecuencias de los tamaños promedio de la fragmentación en los individuos de AS2.

En el caso particular de las faltantes óseas, los resultados muestran una tendencia, principalmente, hacia los huesos de pequeño tamaño. Dadas las propiedades intrínsecas de los mismos (e.g., huesos de manos y pies), no puede plantearse la acción de procesos diagenéticos como la causa de su ausencia o subrepresentación en este registro. Teniendo en cuenta las características contextuales del registro más la información que aportan los antecedentes sobre el tema, particularmente en conjuntos óseos humanos (Barrientos y Gutiérrez 1996; Barrientos 1997; Barrientos et al. 2002; González 2009; Bayón et al. 2010, entre otros), se propone que los roedores actuaron como agentes perturbadores provocando el desplazamiento y la consecuente “eliminación” de algunos huesos del entierro del que formaban parte. La presencia de cuevas de roedores en el paisaje actual y las identificadas durante las excavaciones, dan mayor sustento a esta inferencia.

Como se mencionó anteriormente al discutir los resultados de cuantificación, las propiedades intrínsecas del hueso inciden, de algún modo, en la preservación ósea. En este caso, la densidad mineral ósea, la estructura, la morfología y el tamaño, pueden asociarse con las alteraciones (e.g., pérdidas, fracturas y fragmentación) en la integridad de las unidades anatómicas (Behrensmeyer 1975; Binford y Bertram 1977; Lyman 1984).

A partir de investigaciones sobre restos faunísticos, se conoce que la DMO (sensu Lyman 1984; Kanis 1994) varía entre unidades anatómicas y entre clases de edad (Lyman 1994; Munson y Garniewicz 2003; Lam y Pearson 2005; Gutiérrez y Kaufmann 2007; Gutiérrez et al. 2010). En el caso de los restos óseos humanos, el estudio de la

DMO en pocas ocasiones se ha aplicado como fuente de información tafonómica (Suby et al. 2009). La información sobre valores de DMO en huesos humanos no es abundante y la existente está sujeta a una serie de cuestionamientos vinculados con el tipo de muestras medidas y las técnicas de medición utilizadas. Por un lado, existen las problemáticas que se relacionan con las diferencias entre la población de la que se obtienen los datos y aquella a la que serán aplicados debido a que inciden en el contenido mineral de los huesos (ver discusión en González 2006). Las mismas abarcan desde la latitud de sus hábitats hasta el tipo de dieta y sus modos de vida (Kanis 1994; Currey 1999, 2003; Villa y Nelson 1999). Por otro lado, las metodologías para obtener

valores de DMO varían en las técnicas usadas para medir el contenido mineral del hueso, en las variables consideradas al momento de realizar los cálculos para derivar dichos valores y en los métodos de preparación del material comparativo. Esto puede conducir a sobreestimaciones o subestimaciones de los valores de DMO de distintos huesos o sectores óseos e inclusive en la variabilidad de la DMO de un mismo hueso (Lam et al. 2003; Álvarez et al. 2010; Gutiérrez et al. 2010).

En AS2 los procesos tafonómicos que pudieron estar mediados por la densidad ósea parecen estar vinculados particularmente con la diagénesis. Los resultados tafonómicos no reflejaron efectos significativos de meteorización, de la acción de carnívoros ni de roedores sobre los huesos. Entonces, las alteraciones estructurales macroscópicas observadas tienen su origen en procesos acaecidos bajo la superficie del terreno y, posteriormente, en acciones antrópicas modernas. Queda por considerar la incidencia de las prácticas inhumatorias a lo largo del tiempo en la alteración postdepositacional de los entierros. Ninguno de los entierros analizados en este trabajo de tesis se encontraba en superposición espacial con otro y en los casos de inhumaciones múltiples, tanto primarias como secundaria, se estima que los individuos se enterraron en un mismo evento, de modo que esta actividad antrópica no habría generado pérdidas de tejido óseo, fracturas y ausencia de elementos. Tampoco existen evidencias de alteraciones producidas con el hueso en estado “fresco”. En este sentido, al evaluar la relación de las frecuencias relativas de fracturas y grados de fragmentación por individuo con la profundidad de los entierros, no se observa ningún tipo de tendencia particular (Figuras V.17, V.18, V.19 y V.20). También se examinó si existía algún patrón vertical con relación a estos dos tipos de fracturas y a los tamaños promedios de los fragmentos, el resultado también fue negativo.

0% 20% 40% 60% 80% 100% 1,9m I39 1,8m I34 I24 I16 I22 I27 I3 1m I7 I5 I1 Presenta No presenta 0 20 40 60 80 100 120 140 160 1,9m I39 1,8m I34 I24 I16 I22 I27 I3 1m I7 I5 I1 Pdp. Rec. Indet.

Figura V.18. Distribución de frecuencias relativas de clases de fracturas por individuo en relación con la profundidad de los entierros de AS2. Figura V.17. Distribución de frecuencias relativas de fracturas por individuo en

0% 20% 40% 60% 80% 100% 1,9m I39 1,8m I34 I24 I16 I22 I27 I3 1m I7 I5 I1 1-5cm 5-10cm >10cm 0% 20% 40% 60% 80% 100% 1,9m I39 E33 (sec.) 1,8m I34 I32 I24 1,4m I15 I16 I23 I22 I19 I27 1,2m I20 I3 I2 1m I7 I8 I5 I6 I1 0,95m I4 1-5cm 5-10cm >10cm

Figura V.20. Distribución de frecuencias relativas de promedios de fragmentación por individuo en relación con la profundidad de los individuos de AS2. Figura V.19. Distribución de frecuencias relativas de fragmentación por individuo

Asimismo, se decidió evaluar si la antigüedad de las inhumaciones había ejercido algún tipo de influencia en estas variables. Sólo siete de los esqueletos estudiados en esta investigación poseen fechados radiocarbónicos (ver Tabla V.1) y aunque, en realidad, están brindando la fecha aproximada de muerte del individuo se consideran estimativos de la cronología del evento de enterramiento, sobre todo para aquellos entierros de modalidad primaria. Al combinar ambos tipos de datos no se refleja ninguna tendencia para fracturas y grados de fragmentación en relación con fechas más tempranas o tardías (Figuras V.21, V.22, V.23 y V.24). El lapso temporal abarcado por estas inhumaciones es de 1500 años aproximadamente, lo cual indica la relativa proximidad de los distintos episodios representados. No obstante, se desconoce si esta distancia temporal de 1500 años entre el individuo sepultado más antiguamente y el más tardío puede verse reflejada en grandes diferencias en el tipo e intensidad de los