I. PRIMERA PARTE: DEL CONCEPTO AL ESTATUTO SEMIOLÓGICO DEL
2. Estudio del estatuto semiológico del personaje del loco
2.2 Estudio del estatuto semiológico del personaje del loco en Lejos de Veracruz, de Enrique
2.2.4 La representación del loco en Lejos de Veracruz
2.2.4.1 AntonioTenorio
Nace en Veracruz en 1954, antes del traslado de la familia a Barcelona. Apasionado de la cultura, se dedica exclusivamente a la redacción de libros de viajes. Considera al arte como un tesoro de su familia y un elemento que la singulariza en la sociedad barcelonesa. Dicho apasionamiento explica su oposición a su hermano Enrique Tenorio, que al principio menospreciaba todo cuanto se refiriese a la cultura.
A su parecer, apartarse del camino de la cultura significaba echarse a perder y contribuir a su propia ruina. El narrador afirma:
[...] me advirtió del peligro que estaba yo corriendo de acabar muy mal si seguía empeñado en diferenciarme de mis hermanos por el camino de huir de la cultura para convertirme en un obrero de la construcción o un beduino del desierto (p. 40).
Estas premoniciones de Antonio se concretarán en Sidney, cuando Enrique Tenorio pierde el brazo al burlarse de los valores culturales hindúes. Su lucidez es un elemento característico que se suma a su autoridad en el marco familiar, en cuyo seno, Antonio pretende ser el único responsable después de la muerte de su padre, para dejar paso al dominio de un ambiente antagónico en la familia.
En efecto, se autoproclama “el león de la tercera planta” (p. 41) después de la muerte de su padre, y considera a sus hermanos como personas con las que puede enfrentarse para hacer gala de su superioridad artística. Ante Enrique Tenorio se apoya en sus “típicas maniobras verbales” (p. 41) para demostrarle que goza de una cierta facilidad expresiva, mientras que se vuelve celoso de Máximo cuando “éste había decidido convertirse en un genio” (p. 32).
A pesar de todo, Antonio se preocupa por el bienestar de los suyos, e incluso se inquieta por la situación financiera precaria de su hermano Enrique. Así, el proyecto de montar una tienda en la que se venderían únicamente libros de viajes, era menos para sus propios intereses que para los de su hermano.
Si montaba la tienda era, según no se cansó Antonio de repetirme muchas veces, para ayudarme a rehacer mi vida, pues le daba apuro y mucha pena saber que de noche trabajaba de camarero gracias a la
caridad cristiana de un amigo común que había sido nuestro director espiritual en el colegio y ahora regentaba una discoteca (p. 202).
A un tiempo, estos detalles dejan transparentar la imagen de Antonio como un personaje autoritario y humano. Ello no es óbice para apuntar que sus actuaciones se sitúan, a veces, fuera de las orillas del buen sentido. En efecto, oscilan entre la sensatez y la sinrazón. Así es cómo deja visualizar la indubidable existencia de unos fallos en su equilibrio mental cuando desempeña el papel de su difunto padre. Siguiendo al narrador, nos enteramos de lo siguiente:
Se había convertido en una rata militante de lo sedentario, en un maniático tan engreído como autoritario, que se vestía con la bata de seda de papá y fumaba en lugar sagrado con la pipa, sin darse cuenta, bien apagado. Eso deduje de su actitud y de sus ridículas palabras (p. 41).
Se trata, pues, de un personaje que se traza un espacio, a la vez concreto e imaginario, en el que cree gozar de un estatuto peculiar. En ningún momento de la obra le encontramos fuera de su piso en la tercera planta en Barcelona, donde se dedicaba exclusivamente a la escritura de libros de viajes sin haber realizado ni un solo viaje concreto. Es la razón por la cual busca una artimaña para apartarse sutilmente de la única oportunidad que se le ofrece cuando resultó elegido finalista de un premio literario en Teruel, enviando a su hermano Enrique para que le representara. El narrador lo retratra como “el ser más sedentario y de vida más monótona que he visto en mi vida, el hombre de la pipa apagada y el batín de seda de papá” (p. 203).
Pero pensamos que es la soledad, el momento de expresión de sus fantasmas, el marco en el que halla la inspiración necesaria para la creatividad. Cuando Cuba
era un gran cabaret, Entre beduinos, Por la alta Mongolia, Espiando a la reina Pele en Hawai, El viaje a Ítaca y Por el camino de Santiago, son los títulos que ponen de relieve su compromiso con la literatura de viajes, cuya finalidad era proporcionarle una vida diferente de la realidad tangible que vivía en Barcelona.
Desafortunadamente, se quita la vida al darse cuenta de que se estaba haciendo viejo, pues, a fin de cuentas, descubre que “Los viajes no curan el espíritu” (p. 202), última frase que pronuncia antes de arrojarse por la ventana del tercer piso de Sant Gervasi.
Sin embargo, Antonio Tenorio se presenta como un personaje a quien no se pueden atribuir unos rasgos fijos o estables. De ahí su acercamiento al personaje Mr. Knott en Watt, de Samuel Beckett. En efecto, los aspectos dispersos de su “etiqueta semiológica”, que el narrador intenta esquematizar a lo largo de los siete días de la semana, ofrecen, pese al hecho de que habla de “costumbre”, la imagen de un personaje imprevisible, irrepresentable y complejo:
Tenía la costumbre -todo en él eran costumbres- de mostrarse los lunes hiperactivo, como si el peor de los días laborables le diera una energía suplementaria; los martes se volvía muy cabezón, y era recomendable no discutir nada con él; los miércoles se mostraba familiar (con exageración) y los jueves muy generoso; los viernes un ser huraño, como si le aterrara ver acercarse el fin de semana; los sábados solía caer en depresiones de diferente hondura; para los domingos, siempre tan peligrosos para casi todo el mundo, tenía una estrategia infalible para escapar de la angustia: escuchar en la radio el ‘Carrusel Deportivo’ (pp. 203-204).
La imprecisión del narrador en esta pintura semanal de Antonio Tenorio, es semejante a la incapacidad de Watt para presentar, con exactitud, los rasgos del personaje Mr. Knott en la novela del escritor irlandés. Es también análoga a la caracterización despistada de los distintos objetos que Alain Robbe-Grillet representa en La jalousie. Con ello, Enrique Vila-Matas desafía no sólo la forma de caracterización literaria, sino también nuestra definición habitual de la personalidad. Nos da a conocer su desafecto por el personaje de la novela tradicional, y se adhiere, así, a los principios metodológicos que rigen la configuración del personaje en la novela actual.