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I. PRIMERA PARTE: DEL CONCEPTO AL ESTATUTO SEMIOLÓGICO DEL

2. Estudio del estatuto semiológico del personaje del loco

2.2 Estudio del estatuto semiológico del personaje del loco en Lejos de Veracruz, de Enrique

2.2.4 La representación del loco en Lejos de Veracruz

2.2.4.2 Máximo Tenorio

La llegada al mundo de este personaje en Barcelona del 62, se produce en un momento particularmente arduo para su familia. Sus padres, que acaban de trasladarse de Veracruz a Barcelona, inician su vida en España con peleas constantes que contrastan con la armonía y la felicidad veracruzanas. Estas discordias paternas alcanzaron al joven Máximo, el cual tuvo, entre otras cosas, que aguantar el rigor y la severidad de su padre. Este ambiente y esta hostilidad hicieron de Máximo un niño timorato, torpe, sucio, y amujerado. Dentro de este marco convulso, cabe sumar el castigo corporal y todo tipo de frustraciones:

Máximo se pasó toda la infancia castigado. Y sólo en días concretos, como el de los Reyes Magos, se le permitía ser algo feliz, aunque siempre con la perversa idea de aumentar la desdicha del niño en cuanto despertara la luz el día siguiente, destrozándole entonces el alma al pequeño genio privándole de cualquier juguete y enviándole de nuevo a la soledad de los cuartos de castigo (p. 115).

Los malos tratos de los que Máximo es víctima por parte de su padre y el sentimiento antipático del mundo exterior, son factores que influyen considerablemente en el desarrollo afectivo, cognoscitivo, y social del niño. El temperamento del personaje, y la inadecuación que se evidencian entre su personalidad, su nombre y su apellido, resultan del universo áspero en el que vive. La consecuencia inmediata es la ciclotimia o la psicosis maniaco depresiva que, según Pierre Debray, “es un trastorno de humor que puede ser un rasgo caracterial” (Debray, 1986: 95). El narrador precisa que Máximo “era confundido con un mal imitador del Burlador de Sevilla” (p. 29). Es probable que su desequilibrio mental esté provocado en parte por este ambiente agresivo, pues en casa se comportaba de una forma muy rara que suscitaba las represalias del padre. Veamos cómo el narrador lo expresa en la obra:

[…] bajaba a cenar con la cabeza coronada por extraños tocados hechos de algas que, al parecer, le suministraba el chico del colmado. [...] Mi padre después gritaba, le llamaba afeminado. Máximo entonces lloraba. Y había que consolarle, porque daba pena verle tan frágil, tan falto de defensas ante la hostilidad de nuestro padre y del mundo (p. 33).

Además, se le notaban algunas dificultades en el habla, pues el narrador afirma que a veces exhibía “un lenguaje sumamente críptico, sólo puntuado por silbidos que no hacían más que mostrarnos que no percibía la realidad de los mortales” (p. 34). Estos detalles ponen de relieve las manifestaciones del desarreglo psicológico de Máximo que, a fin de cuentas, tomó la resolución de dar sentido a su vida ya que ni su padre, ni el “mundo”, le aceptaban:

Destrozado, convertido en un tímido sumamente raro y en un trágico muy apocado, el pobre Máximo, al descubrir que no podía ser feliz, decidió probar a ser un genio encerrándose en el ático del inmueble de Sant Gervasi (p. 30).

Desde luego, se nota que el padre, con respecto a Máximo, no cumple la función de darle a Máximo el estatuto simbólico necesario para asentarse como sujeto en la vida, de tal manera que es el propio Máximo el que tiene que crearlo. Su comportamiento estrafalario deriva de lo que el narrador denomina “su afán de reforzar su conquista de la genialidad” (p. 33). Pero puede decirse que las consecuencias fueron positivas, puesto que consiguió sacar de su imaginación excelentes retablos que convertían su casa, no en “una tumba etrusca”, sino en “una interesante parodia de las salas de exposiciones” (p. 53), construyendo de esta forma su delirio, es decir, el delirio como estatuto simbólico que le permite situarse en el mundo.

Pues bien, nuestro personaje constituiría un ejemplo innegable de la locura creativa de la que hablan Ruldolf y Margot Wittkower. El personaje narrador de Lejos de Veracruz sostiene esta postura añadiendo que “cuanto más loco y fuera del mundo estaba, más genial se le veía” (p. 34), lo que viene a decir que la soledad, o sea, la ruptura con el mundo tangible, constituye una especie de fuente de inspiración determinante para la originalidad de su arte.

Sin embargo, el personaje cobra más envergadura en la narración cuando nos permite establecer una analogía entre la concepción que tenía del mundo en la adolescencia, y su propia vida. Esto nos demuestra cómo Máximo escapa de una dimensión humana, para llevar otro abrigo que le confiere la imagen de una figura simbólica. Según el narrador,

la visión del mundo de Máximo era profundamente teatral, pues él estaba convencido, creo que tanto como lo estoy yo ahora, de que el hombre está vivo sólo en sus momentos de extremo goce o de pena, y lo demás son tan sólo tediosos entreactos de la puesta en escena, lo demás no importa (p. 117).

En efecto, en la adolescencia se dedicó al teatro “portátil” y luego al teatro de marionetas, con la firme preocupación de presentar la vida como un valle de lágrimas en el que los personajes cristianos desempeñaban un papel relevante. Se trataban de

Escenas de lo más siniestro y muy truculentas, casi siempre todas sobre tristes mártires cristianos -le encantaban, le fascinaron hasta el final de sus días todos esos héroes de medio pelo que, surgidos de las catacumbas, inmolaban sus vidas por una creencia-, a los que fieros leones devoraban espectacularmente, entre los más fieros rugidos, en las arenas de su circo imaginario (p. 116).

Apoyándonos en una de sus fotografías infantiles en la que Máximo viene “vestido de cura ante el altar” (p. 115), y considerando el trágico final de su vida en la isla de Beranda, podemos decir que el personaje es el reflejo de estos “tristes mártires cristianos”, pues, pese a la vida “ordinaria” que llevaba, contra toda previsión, es asesinado en el Caribe. Marilú, la artista apodada Rosita que conspira con “el chulo de Badajoz” para su asesinato, representan a estos “fieros leones” que incorporaba imaginariamente en sus breves representaciones escénicas. El personaje

goza así de un estatuto semiológico particular en virtud de su ambivalencia y de su complejidad.