• No se han encontrado resultados

69Apóstoles, Los Doce

In document Diccionario Manuel Ropero (página 30-36)

principio de su ministerio Jesús llamó a algunas personas, en núme- ro de doce, para instruirles de un modo especial con vistas a una mi- sión (Mc. 3:14). El llamamiento de los doce apóstoles se describe ca- si con las mismas palabras en los sinópticos (Mt. 10:1-4; Mc. 3:13-19; Lc. 6:12-16), lo cual indica que son literariamente dependientes. El Evangelio de Juan, si bien menciona varias veces a «los doce», en nin- gún momento de su redacción recoge la lista de sus nombres, aunque

69 Apóstoles, Los Doce

algunos de ellos son citados en diversas partes de su texto por acon- tecimientos puntuales referidos a cada uno de ellos, pero sin darles el título de «apóstoles». Juan presupone que los lectores conocen el gru- po tradicional de los doce, que se presentan como los elegidos por el mismo Jesús y de los cuales hay uno que lo traicionará (6:70-71). Co- noce de nombre a ocho por lo menos de sus componentes: Simón, An- drés, Natanael, Tomás, Santiago, Judas de Santiago y Judas Iscariote (1:35-51; 6:5; 12:21-22; 14:22; 21:1-2).

El número doce no es caprichoso, sino que guarda relación con las do- ce tribus de Israel, con sus cabezas representativas, los Patriarcas. Por ello podemos decir que la elección de doce apóstoles, cuales padres de respectivas familias futuras, tiene un sentido escatológico claro. Representan a las doce tribus del nuevo Israel que se sentarán en el banquete del final de los tiempos para juzgar a las doce tribus del vie- jo Israel (Mt. 19:28). La elección de un duodécimo apóstol en sustitu- ción del caído Judas aparece indispensable para que se descubra en la Iglesia naciente la figura del nuevo Israel (Hch. 1:15-26). Los Doce son para siempre el fundamento de la Iglesia: «El muro de la ciudad tenía doce hiladas, y sobre ellas los nombres de los doce apóstoles del cor- dero» (Ap. 21:14, cf. Ef. 2:20). Su especial significación dentro de la institución apostólica del primitivo cristianismo estriba en que ellos re- presentan el eslabón entre el Jesús histórico y la Iglesia que se va cons- tituyendo; en haber sido los primeros que recibieron la misión autori- tativa y en ser, además, los testigos privilegiados de la salvación de Dios en Cristo.

El NT ofrece muy pocas noticias de los doce apóstoles y su actividad, exceptuando Pedro, Juan y Santiago el Menor. Lo que sabemos de ellos es debido en gran parte a tradiciones orales del siglo II recogidas en sus respectivas historias eclesiásticas por Eusebio, Hegesipo, Nicé- foro y otros.

Según Hch. 8:1, parece ser que los Doce permanecieron en Jerusalén y actuaron solamente en Palestina (Hch. 8-11), a excepción de Pedro, de quien se dice expresamente que marchó «a otro lugar» (Hch. 12:17). El resto desaparece del horizonte de la historia (Hch. 16:4) des- pués de ser mencionados con ocasión del llamado Concilio de Jerusa- lén (Hch. 15).

Aquila (lat. «águila»). Judío converso oriundo del Ponto, que adoptó el

nombre latino de Aquila, probablemente en honor a la casa patricia ro- mana de los Aquila. Su nombre aparece siempre junto al de su espo- sa Priscila. Pablo lo conoció en Corinto (Hch. 18:2), y juntos trabaja- ron como fabricantes de tiendas. Aquila y Priscila habían sido

70 Aquila

expulsados de Roma bajo el edicto de Claudio contra los judíos. Via- jaron con Pablo a Éfeso, donde pudieron ayudar espiritualmente a Apolos (Hch. 18:18-26). Se hallaban todavía en Éfeso cuando Pablo es- cribió la primera epístola a los Corintios (1 Co. 16:19), y se hallaban en Roma cuando se escribió la epístola a los creyentes de allí. En ella dice Pablo que ellos habían arriesgado sus vidas por él, y que él y to- das las iglesias de los gentiles se lo agradecían (Ro. 16:3, 4). En la úl- tima epístola de Pablo aún les envía saludos (2 Ti. 4:19).

Aquilón. Viento seco del norte (Lc. 13:29; Ap. 21:13) que en Israel ge-

neralmente soplaba desde junio hasta septiembre.

Aquis. Nombre de dos reyes filisteos.

1. Rey de Gat, en cuya corte se refugió David dos veces para proteger- se de la persecución de que era objeto por parte de Saúl. La prime- ra vez sus siervos le recordaron cómo David tenía fama de haber matado «sus diez miles». Al oír esto, David tuvo miedo y se fingió loco, y Aquis lo hizo expulsar (1 Sam. 21:10-15). La segunda vez que David huyó de Saúl, Aquis le dio la ciudad de Siclag. Al pedir- le Aquis que le ayudara en su guerra contra Israel, David se vio obli- gado, muy a su pesar, a incluirse en el ejército filisteo. Sin embar- go, los otros príncipes se negaron a aceptar su ayuda, temiendo que David se pasara al enemigo (1 Sam. 27, 28).

Este rey es llamado en otro lugar Abimelec: «Salmo de David, cuan- do cambió su conducta ante Abimelec, y éste lo echó, y él se fue» (Sal. 34:1). Quizá se deba a una corrupción de «Aquis el rey», en heb. Akis melek.

2. Otro rey de Gat, sucesor del anterior, a quien acudieron en busca e refugio los siervos de Simei, que había maldecido a David cuando éste huía de Absalón. Esto llevó a la muerte de Simei, pues tenía prohibido salir de Jerusalén (1 R. 2:39-46).

Arabá (heb. «desierto»). Gran valle o depresión geológica que atraviesa

Palestina de norte a sur, desde el monte Hermón hasta Eiliat, incluyen- do el lago de Genesaret, la llanura del Jordán, el mar Muerto y la tie- rra más al sur de éste, hasta el mar Rojo. En la Biblia, el Arabá desig- na casi exclusivamente la hondonada del Jordán (Dt. 1:7; Jos. 18:8); hoy se llama así solamente la depresión del mar Muerto.

Árabes. Designación nacional de los habitantes de la región denominada

Arabia, compuesta por tribus nómadas al sur y al este de Palestina. De origen semita, a partir del tercer milenio a.C. invadieron en tres oleadas

71 Árabes

sucesivas la actual Mesopotamia, Siria y el Asia anterior. Los que perma- necieron en la Península Arábiga representan el fondo de esos pueblos. En la primitiva historia hebrea aparecen como parientes de los hebreos, descendientes de Isamael, hijo de Abraham con su sierva Cetura. Se alu- de a su vida pastoral en el desierto (Is. 13:20; Jer. 3:2; 2 Mac. 12:11); su territorio se asocia al país de Dedán, mercaderes caravaneros (Is. 21:13), Tema y Buz (Jer. 25:24), los cuales supuestamente ocupaban el norte de la Península Arábiga.

En los días de Salomón, todos los reyes o jeques de Arabia le rendían tributos (1 R. 10:15; 2 Cro. 9:14), posteriormente se rebelaron contra el dominio hebreo, atacaron la capital del reino de Judea, aliados con los etíopes, tomaron todos los bienes que hallaron en el palacio real, y también a los hijos y a las mujeres de Joram, excepto Ocozías, el me- nor de los hijos (2 Cro. 21:16-22:1). El rey Uzías sometió a los árabes que habitaban en Gur-baal (2 Cro. 26:7). Durante la cautividad, pare- ce que se extendieron sobre todo el territorio palestino, ya que cuan- do se produjo el regreso de los exiliados judíos, los árabes se cuentan entre los principales opositores a la restauración de Jerusalén, entorpe- ciendo las obras de Nehemías (Neh. 4:7). En la historia posterior, los árabes sirvieron bajo Timoteo en su guerra con Judas Macabeo, pero fueron derrotados (1 Mac. 5:39; 2 Mac. 12:10).

Aram, arameos (heb. prob. «tierras altas»). Nombre de una nación y de

varios personajes y pueblos del AT, en especial de uno de los hijos de Sem, progenitor de los arameos (Gn. 10:22ss.; 1 Cro. 1:17), primitivos moradores de Siria. Las inscripciones en escritura cuneiforme mencio- nan a los arameos a partir del año 1300 a.C. como nómadas de las es- tepas situadas entre Palestina y Mesopotamia, desde donde penetraron en los países cultivados, asimilando la cultura hurrítica, más antigua. En el AT se les menciona aprox. desde el año 1000 a.C., así como a pe- queñas provincias arameas cuya importancia sería pronto superada por la del potente reino de Damasco, que mantuvo una rivalidad conside- rable durante dos siglos con Israel. Los asirios pusieron fin en el año 732 a.C. a la independencia de su reino y de sus tribus, incluyendo Da- masco.

Arameo, Lengua. Lengua semítica noroccidental, relacionada con el

hebreo y el fenicio, originariamente dialecto semítico de las tribus arameas, que hacia el año 1300 a.C. penetraron en la región de cul- tura siropalestinense, fundando allí varias ciudades. El arameo se ha- blaba desde el segundo milenio antes de Cristo. En la Biblia queda un indicio de que Labán hablaba arameo en el nombre Jegar Sahaduta

72

que dio al monumento erigido para recordar la alianza con Jacob, al que este último llamó en hebreo Galaad (cf. Gn. 31:47). Llegó a ser la lengua comercial de casi toda el Asia Menor. Usada primero por las gentes cultas y en las relaciones diplomáticas (cf. 2 R. 18:25), se con- virtió más tarde en la lengua del pueblo. En el siglo VIII a. C. el arameo era una especie de lengua común, especialmente por la influencia del Imperio persa. Éstos difundieron el arameo por toda la Mesopotamia, hasta Afganistán, Egipto y Norte de Arabia, de cuya época quedan do- cumentos escritos en los monumentos y en distintas formas. A raíz del cautiverio babilónico los judíos sustituirán gradualmente el hebreo por el arameo, hasta derivar hacia el hebreo cuadrado o judaico que es una variante del arameo. Esta lengua era mucho más flexible que el hebreo, más apta para expresar los matices y circunstancias de un re- lato o las evoluciones del pensamiento. Las partes del AT que fueron escritas en arameo son: Esdras 4:8-6:18; 7:12-26; Daniel 2:4b-7:28; Je- remías 10:11 y dos palabaras en Génesis 31:47, mientras que sigue abierto el debate de si el Evangelio de Mateo fue originalmente escri- to en arameo antes de su traducción al griego. En el NT aparecen va- rias expresiones arameas, p.ej.: «Talitha cumi», «Maranatha» y «Elí, Elí, lama sabactani». Investigadores recientes, sostienen la teoría de que no sólo los Evangelios fueron originalmente redactados en arameo, sino también las cartas de san Pablo.

Ararat. Topónimo de una región montañosa de Armenia junto al curso

medio del Araxes, donde, según Gn. 8:4, se asentó el arca de Noé. El Ararat es probablemente el reino Urartu en los montes armenios, del que se habla en inscripciones cuneiformes, y cuyo florecimiento se de- sarrolló entre los siglos IX y VII a.C. Aquí huyeron los dos hijos de Se- naquerib, después de asesinar a su padre (2 R. 19:37; cf. Tobit 1:21). En la actualidad reciben el nombre de Ararat dos montañas en la re- gión montañosa del borde sur de la altiplanicie de Erivan, en Turquía. Los campesinos de la región tienen tradiciones sobre el arca de Noé. Durante la década de 1973 a 1983 se han efectuado muchas expedi- ciones para explorar la región y los montes de Ararat.

Arauna. Jebuseo, propietario de una era junto a la cual se detuvo el án-

gel exterminador. Recibe también el nombre de Ornán (1 Cro. 21:15- 28). Por mandato del profeta Gad, David compró dicha era y unos bue- yes para ofrecer en sacrificio a Yahvé (2 Sam. 24:16-24). Posteriormente, Salomón construyó allí mismo el Templo (2 Sam. 24:16-25), es lo que hoy se conoce como el área del templo, en el su- reste de Jerusalén.

73 Arauna

Árbol. El árbol es uno de los símbolos más ricos de la Biblia en parti-

cular y de las religiones en general. La figura del árbol con su firme arraigo en la tierra, su fuerte tronco que crece derecho y sus ramas en tensión hacia el cielo, se ha considerado frecuentemente como sím- bolo de la unión entre la vida sobre la tierra y la vida del cielo. Algu- nos árboles del AT tienen un significado especial en la historia del pueblo de Dios, ya que cerca de ellos tuvo lugar algún acontecimien- to de especial significación; así:la encina de More en Hebrón, donde el Señor se apareció dos veces a Abraham (Gn. 12:6-7; 18:1); el en- cinar de Mamre que está en Hebrón, donde Abraham edificó un altar (Gn. 13:8); el terebinto de Bet-el; la encina de Jabes, donde los habi- tantes de las cercanías enterraron a Saúl y a sus hijos; la encina de Ofra, donde el Señor se apareció a Gedeón; el valle de Ela, donde Da- vid mató a Goliat; el tamarisco de Beerseba, donde Abraham, después de establecer alianza con Abimelec, levantó un altar al Señor; el ta- marisco de Gabaa, donde Saúl recibió la noticia de que habían des- cubierto a David; la palmera de Débora, donde ésta solía sentarse y donde los israelitas subían juntos para los juicios; el granado de Mi- grón, donde estaba sentado Saúl cuando Jonatán intentó cruzar las fi- las enemigas de los filisteos (Gn. 12:6-7; 18:1; Gn. 13:8; 1 R. 13:14; 1 Cro. 10:12; Jue. 6:11; 1 Sam. 17:2; Gn. 21:23-33; y 1 Sam. 22:6; Jue. 4:5; 1 Sam. 14:2). Estos pasajes y muchos otros nos indican hasta qué punto los árboles gozan de un carácter privilegiado, si bien acciden- tal, en los hechos del pueblo de Dios. Los profetas y las leyes orde- nan destruir todo árbol que pueda ser, aun indirectamente, objeto de veneración o de culto que solamente se debía rendir al Señor (Dt. 12:2-3; 16:21; Jer. 2:20).

Árbol de la ciencia del bien y del mal. Uno de los dos árboles que se en-

contraban en medio del Paraíso, la comida de cuyo fruto estaba prohi- bida a la primera pareja humana (Gn. 2:9). La locución «del bien y del mal» no parece referirse tanto a reglas morales como a la noción del universo, cuyo conocimiento está reservado a Dios. Una vez que la mujer y el hombre, seducidos por la insinuación de la serpiente, pro- baron su fruto, descubrieron su desnudez y conocieron la vergüenza, lo cual no significa un despertar de la conciencia sexual, que estaba ya implícita en Gn. 2:23-24.

Árbol de la vida. Árbol colocado por Dios en medio del Paraíso (Gn.

2:9), cuyo fruto le es vedado al ser humano después del pecado. Ga- rantizaba, al parecer, la inmortalidad de la primera pareja comiendo regularmente de sus frutos. Para impedir que el hombre tienda su ma-

74 Árbol

no y coma de él después de haber pecado, Dios lo expulsa del Edén y protege el árbol con querubines de espada llameante. Este árbol ya no vuelve a mencionarse hasta la literatura sapiencial que fusiona am- bas imágenes, la de «árbol de la vida» y «árbol de conocimiento», y las utiliza frecuentemente como imagen de la vida moral del hombre, que conduce a la felicidad y «abundancia de días» (Prov. 3:13-18; 11:30; 13:12; 15:4).

In document Diccionario Manuel Ropero (página 30-36)

Documento similar