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Apogeo de la virtualidad, agonía del individuo

Hay palabras, en apariencia inofensivas y hasta convocadoras, que enunciamos mucho y sobre las que reflexionamos poco. Voy a enumerar una serie de ellas que me parecen especialmente peligrosas: público, gente, pueblo, masa, audiencia, televidentes, oyentes, mercado, internautas, afición, hinchada, fanáticos, electorado, opinión pública. Estas palabras han cobrado fuerza de argumento en la sociedad contemporánea y, a menudo, se invocan como una suerte de mandato divino. La «voluntad del pueblo», la «exigencia del mercado», el «gusto de la audiencia», el «favor de los televidentes», el «clamor de la afición», la «voluntad del electorado», la «lealtad de los fanáticos», la «inclinación de la opinión pública», la «elección de los internautas» bastan para justificar conductas aberrantes, traiciones, perversiones, faltas de respeto, ignorancia de la empatía, violación de normas y derechos. A cualquier político corrupto y obsesionado con el poder (casi todos), a un hombre de negocios sin escrúpulos (para muchos, negocios e inescrupulosidad se han ido convirtiendo en sinónimos), a un científico delirante (convencido de que es un reemplazante de Dios), a un tecnólogo obsesivo (desentendido del uso perverso que se pueda dar a sus inventos), a un ídolo mediático desquiciado (de los que abundan), a un publicitario o a un mercadócrata sin ética (personajes sumamente exitosos en esta sociedad), a un encuestador que manipula preguntas y respuestas y fabrica estadísticas a gusto del que las paga, a todos ellos las palabras que mencioné, y algunas otras del mismo tenor, les dan vía libre, los habilitan a hacer uso y abuso de mentes, personas, voluntades, cuerpos y almas. Escudados en esas palabras, hacen de las suyas.

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elegir ser usados y manipulados. Y quienes usan a otros bajo un paraguas (el de la política, el de los negocios, el del espectáculo, el de la ciencia, por ejemplo) con frecuencia suelen ser usados por otros bajo el paraguas de al lado. ¿Cómo se elige ser usado y manipulado? De una manera sencilla: resignando la responsabilidad sobre la propia vida, renunciando a vivirla de una manera significativa, dimitiendo de la tarea de mejorar, a través de acciones concretas y continuas, el mundo en el que vivimos, desertando de todo compromiso con el semejante y desligándonos de los efectos de nuestras acciones. Retirándonos de la exploración del propio ser, resistiéndonos a expandir nuestra conciencia y crecer, escapándonos de las preguntas que la vida nos plantea. ¿Por qué habría que responderlas? Acaso porque «una vida humana feliz no se encuentra en el horizonte de la libre satisfacción de los instintos ni en el logro de situaciones sociales de poder», acaso porque una vida realizada se plasma en la concreción de «tareas llenas de sentido a las que se dice que sí desde nuestro fuero interno»1.

La pregunta esencial de la vida, la pregunta que se reitera bajo diferentes formulaciones, es: ¿Qué hay más allá de mí mismo, cuál es la razón de mi existencia, y cómo se integra ésta a la totalidad de lo existente? A cada individuo este interrogante esencial se le presenta de un modo distinto, único, intransferible. Y, por lo tanto, él o ella darán una respuesta distinta, única e intransferible. La búsqueda de la respuesta puede motorizar y orientar la propia existencia, darle una razón de ser. Es posible que no alcance el tramo biológico de una vida para encontrarla, pero en la misma averiguación habrá empezado a despuntar el sentido. Es posible morir en paz sin la respuesta final, pero la vida se vacía de significado cuando se huye de la pregunta, cuando se pretende ignorarla. Huir de la pregunta existencial es, en cierto modo, huir del propio Yo, de la identidad. Y en esa fuga aparecen refugios tentadores, que se multiplican y desde donde se promete que, una vez parapetado allí, el individuo no correrá riesgos, no sufrirá dolor, no deberá elegir ni hacerse responsable de las consecuencias de sus actos. Esos refugios toman nombres como los que listé en el párrafo inicial de este capítulo: público, gente, pueblo, masa, audiencia, televidentes, oyentes, mercado, internautas, afición, hinchada, fanáticos, electorado, opinión pública.

LA ALQUIMIA NECESARIA

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Oculto en las sombras de esos rótulos se disuelve el individuo, se diluye la conciencia, se borra la identidad. Carl Jung alertaba ya en los años cuarenta del siglo XX acerca de las ideas de masa, pueblo, gente y demás. Veía allí las amenazas más oscuras para el desarrollo de la conciencia humana. Encontraba que en esos pantanos se ahogaba toda posibilidad de individuación. La individuación es aquel proceso por el cual, mediante un trabajo alquímico interior, disolviendo creencias y mitos, pasamos de nuestro Ego (lo que creemos ser, lo que creemos que creen que somos) a nuestro Yo profundo y esencial. La pregunta que guía este proceso es ¿Quién soy? El Ego propone respuestas falsas o confusas, que se trascienden muchas veces con dolor. La respuesta está constantemente en construcción. «La individuación es la manifestación en vida de nuestras potencialidades innatas, congénitas», explica el analista jungiano James A. Hall2. «No todas las posibilidades pueden realizarse, por lo tanto la

individuación jamás se completa. Es más una búsqueda que una meta, es más un movimiento en una determinada dirección que un lugar de descanso».

Asumir la individuación es asumir la responsabilidad sobre la propia vida. Esa responsabilidad se pierde en la masa, en el mercado, en el gentío, en la audiencia. Y con ello se pierde, también, la libertad. Puesto que cuando abandonamos nuestra responsabilidad existencial, cuando hacemos lo que todos hacen (y movemos la cola contentos con el hueso que nos arrojan a cambio), cuando entregamos nuestro libre albedrío para que lo administre y gestione el albedrío de otro, cuando nos limitamos a «pertenecer», abdicamos de nuestra capacidad de elegir y de responder por la elección, atiborrados de bienes, artefactos, premios, posesiones y placeres efímeros, dejamos de ser libres. Ponemos en marcha lo que, en su clásico y tan actual El miedo a la libertad, Erich Fromm describía como «un mecanismo de evasión de la libertad que consiste en abandonar la independencia del yo individual propio para fundirse con algo, o alguien, exterior a uno mismo, a fin de adquirir la fuerza de la que el yo individual carece»3.

Así nacen las dictaduras. El dictado de la moda, el de las tendencias, el de las mayorías (donde nadie se hace cargo), el de los caudillos populistas, el de los ídolos musicales, mediáticos o deportivos metidos a referentes de vida, la dictadura de los gerentes artísticos de los canales de televisión (que excretan su basura amparados en que eso es «lo que la gente quiere»), la dictadura de los blogs, de los sitios, de los My Space, de los Facebook y demás (fabulosos negocios cocinados al calor de la «democracia» y la «libertad» de la Web, donde los internautas son corderos llevados como rebaño hacia donde el pastor se lo

2James A.Hall, La experiencia jungiana, Cuatro Vientos, Santiago de Chile, 1995. 3 Erich Fromm, El miedo a la libertad, Paidós, Buenos Aires, 2006.

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proponga). Así nacieron dictaduras peores, sombrías y trágicas para la Humanidad (y, como es obvio, también para nuestro país, tan poco proclive al ejercicio de la responsabilidad individual y social, y tan generoso con mesiánicos y populistas).

Conviene recordar una y otra vez que la Tecnología de Información y Conexión no es una tecnología satánica. Por el contrario, gracias a ella la democracia española pudo reaccionar cuando, tras el atentado terrorista del 11 de marzo de 2004 contra el ferrocarril suburbano, el gobierno de José María Aznar (uno de los secuaces del genocida George Bush, junto con el fascista Silvio Berlusconi y con Tony Blair) intentó manipular obscenamente a la opinión pública con fines electoralistas. Gracias a esta tecnología, se puede reunir comida y hacerla llegar a sitios remotos y necesitados de Afganistán sin que sea interceptada por los ejércitos de asesinos mercenarios al mando de los Señores de la Guerra. Gracias a ella, se han promovido con velocidad efectivos movimientos de protesta, entre ellos algunos a favor de Tibet contra el gobierno autoritario neocapitalista de China, o a favor de los monjes budistas de Myanmar. Gracias a ella, en la Argentina se convocó en una tarde a expresarse masiva y exitosamente a una ciudadanía harta de la manipulación del poder a cargo de un matrimonio con sueños de absolutismo e ignorancia de los mecanismos republicanos. Gracias a ella, se motorizan masivos movimientos solidarios en casos de catástrofes naturales o promovidas por la intervención humana. El blog MobileActive.org integrado por miles de voluntarios en todo el mundo, interesados en promover el uso del teléfono celular con fines sociales (blog que debe henchir de placer el corazón y los bolsillos de los fabricantes de celulares) da innumerables muestras de usos creativos y útiles de esa tecnología. Pero, dentro de los paradigmas que rigen a una sociedad en donde la rentabilidad y el tener aparecen como valores supremos, aquellos usos de la tecnología no son lo que primero se promueve o valora, sino que terminan convertidos en beneficios secundarios.

ANEMIA MENTAL, PEREZA DIGITAL

Ningún aviso de Nokia, Motorola, Sony Ericsson, Hewlett Packard, Microsoft, Toshiba, IBM o demás vende sus productos a partir de su utilidad social, no es para eso que estas corporaciones los han creado. Ningún aviso de las empresas telefónicas apunta en esa dirección. Suelen poner el acento sobre el consumo por el consumo (con sus consecuencias ecológica y emocionalmente

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devastadoras) o en usos depredadores de esos artefactos. Por ejemplo, para estimular el envío de mensajes de texto a través de teléfonos celulares la empresa Personal, de Argentina, publicó y distribuyó un manual con 200 abreviaturas para que los usuarios pudieran seguir destruyendo el lenguaje, pudieran seguir empobreciendo su ortografía y pudieran seguir echando al traste su vocabulario y el idioma castellano en general. Personal se llama a sí misma empresa de comunicación, pero el efecto de estas acciones deplorables (creación de algún mercadotecnia irresponsable o algún publicitario alucinado) es ahondar la incomunicación mediante la destrucción de su herramientas esencial, el lenguaje. Ya se sabe cómo son las abreviaturas de los mensajes de texto. Te quiero se escribe tkr, Mañana es mñn, nacieron es nacrn, Gracias es grcs y así. La anemia mental se va convirtiendo en pereza digital.

En una entrevista concedida a la revista de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) y realizada por Carlos Vernazza, el presidente de Academia Nacional de Letras, el lingüista Pedro Luis Barcia, advierte que los jóvenes están hablando hoy con un promedio de 250 palabras, contra las 800 que usaban diez años atrás, hacia fines del siglo veinte. Esto en un idioma rico, bello y fecundo que, como el castellano, cuenta con 85 mil vocablos. La escritura tiene una historia de cinco mil años que comenzó con los sumerios. Empezó en grafismos elementales, pasó por sucesivas etapas hasta alcanzar su madurez y complejidad contemporáneas. ¿Habrá empezado el proceso involutivo de ese maravilloso proceso, gracias al uso con fines monetarios que se promueve de las Tecnologías de Información y Conexión? ¿Cuánto tiempo llevará volver a las señales de humo con iniciativas como las de Personal y tantas otras? La piedra fundamental de la comunicación es devastada cada día un poco más, y con diferentes recursos, por quienes usurpan el concepto. Empobrecer el lenguaje, así sea en nombre del «progreso», es empobrecer el pensamiento.

No digo algo nuevo al recordar que el lenguaje manifiesta al pensamiento, que cuanto más rico y más articulado sea, más rico y articulado es, a su vez, el vocabulario (oral o escrito) que lo expresa. A la inversa, desorden y pobreza en el lenguaje provienen del desorden y la pobreza en el pensamiento. La facilidad que ofrece, como valor supremo, la Tecnología de Información y Conexión va en dirección contraria a la proactividad, a la iniciativa, a la voluntad de búsqueda, a la convivencia con preguntas e incertidumbres que suponen el desarrollo, a la fecundación y el enriquecimiento del pensamiento. La aventura del pensamiento es artesanal, requiere presencia y actitud. Los usos promovidos por la Tecnología de Información y Conexión estimulan la pereza del intelecto, fomentan la ignorancia disfrazándola de pericia digital.

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Cuando el lenguaje se empobrece, cuando sus campos de uso y experimentación se reducen, cuando la incapacidad de usarlo con propiedad y de explorarlo se imponen, se derrumba el puente primordial que nos lleva hacia el otro y que le permite a él venir hacia nosotros. Cuando se reduce nuestro pensamiento (aunque se amplíe nuestro parque de teléfonos celulares, computadoras, iPods, iPhones, MP3, reproductores de video discos y demás), se reduce nuestra capacidad de aprehender y comprender el mundo que habitamos, se pierde la empatía. El empobrecimiento de la capacidad de comunicación (recordemos, conexión no es comunicación) no sólo me aísla del otro que está afuera de mí, sino que bloquea mis potencialidades de incursionar en mí mismo, en el corazón de mi ser. La angustiante soledad real que el mundo virtual procura disimular se sostiene sobre ese doble aislamiento: incomunicación con el otro, incomunicación conmigo mismo. Ambas son complementarias e inseparables.

«La gente piensa que el mundo está sólo ahí fuera y no conoce su mundo interior, no crea su mundo interior; la tele y la publicidad, los otros, lo crean para ella», sostiene Mike George, escocés, orador, escritor y formador de directivos, que suele viajar por el mundo dando conferencias auspiciadas por la organización Brama Kumaris. «Si utilizo el mundo para estimularme, me hago dependiente de él. Ahora todos dependen de que se les estimule para no sentirse vacíos. Hay que acceder a los recursos internos.»4 Hemos vuelto,

entonces, a encontrarnos con Fromm, con Jung, con Frankl.

LA DEMOCRACIA EN PELIGRO

Pero acceder a los recursos internos, lo que equivale a acceder al sí mismo, requiere espacio y tiempo para la reflexión, para explorar preguntas, pide apagar el bullicio y el aturdimiento del permanente bombardeo de sensaciones que proponen la Tecnología de Conexión y su marketing. En la venta (o imposición) de esta tecnología es clave la incitación a sentir, vibrar, experimentar y, sobre todo, a hacerlo ya, sin espera, sin reflexión, inmediatamente, so pena de quedar al margen, desactualizado, excluido. Todd Gitlin, matemático, poeta, investigador de temas sociales, indica en su libro Enfermos de información5 los

riesgos que conlleva vivir centrados sólo en las sensaciones y en la inmediatez

4En La Vanguardia, Barcelona, 13de febrero de 2007, entrevistado por Ima Sanchís. 5Todd Gitlin, Enfermos de información, Paidós, Barcelona, 2005.

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de las experiencias audiovisuales. Gitlin recuerda que la educación de excelencia y la democracia, pilares básicos de una cultura que se proponga trascender, necesitan compromiso y una visión de largo plazo. El tiempo, los procesos, son esenciales en ambos casos. La Tecnología de Información y Conexión, tal como se usa y se vende hoy y aquí, va en contra de esto. Se valora por la intensidad, la velocidad y la cantidad de los estímulos. Se glorifica lo nuevo, lo último, por sobre lo importante, lo esencial. Y cuando los valores de esta Tecnología se imponen en la sociedad, cuando son los valores de mercado los que dan (supuesta) identidad, se anula la capacidad de elección, nos arrasa la «Tendencia», la dictadura de las modas tecnológicas. Donde hay dictadura no hay democracia, es obvio decirlo, pero no está demás recordarlo en un país proclive a los autoritarismos. En el imperio de las sensaciones, coincido con Gitlin, peligra la educación entendida como desarrollo de recursos para la construcción de vidas con sentido, y peligra la democracia.

¿Peligra la democracia? ¿No es ésta una idea alarmista, catastrofista? Retomo aquí la opinión de Pedro Barcia: «Cuando en una sociedad democrática al hombre se le reduce el vocabulario, se lo estrecha mentalmente, se lo somete intelectualmente y pierde la posibilidad de matices de pensamiento crítico». Barcia recuerda la neolingua, esa jerga estrecha y rígida que se imponía en la sociedad de 1984, la impresionante y genial novela de George Orwell: «En el apéndice de la neolingua dice que el sistema va reduciendo cada vez más las palabras para que el hombre sea cautivo y no tenga libertad de pensamiento. Un régimen totalitario termina por dominar al hombre a través de la escasez del lenguaje». Cuando se reduce el pensamiento y se comprime el lenguaje (y ambas cosas van juntas), la libertad de expresión es más un enunciado que una realidad. ¿Cómo expresarse con una herramienta rudimentaria, empobrecida, reducida al mínimo?

El uso de la Tecnología de Información y Conexión como relleno para el vacío existencial, el vínculo adictivo con ella, su mutación de medio en fin, desconecta a la persona usuaria de toda introspección, la aísla de la reflexión trascendente, la aparta de preguntas basales para la construcción de una vida con sentido y contenido, elimina la posibilidad de elaboración de un pensamiento crítico, reduce sus potencialidades intelectuales y, con todo esto, comprime sus lenguajes propios y su pensamiento hasta la anemia. Si la democracia se alimenta de vínculos humanos reales, del enriquecimiento de las herramientas de comunicación y del empleo consciente e intensivo de las mismas, si se asienta en la diversidad, en la ruptura del pensamiento único, en la liberación de mandatos y tendencias excluyentes, a mi entender es obvio que el uso indiscriminado y desvirtuado de la Tecnología de Conexión atenta contra

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el espíritu de la democracia y, como consecuencia, la amenaza.

Seguramente, una conclusión de este tipo no será compartida por quienes danzan hipnotizados celebrando la buenaventura tecnológica. Seguramente, redoblarán sus argumentos condescendientes en favor de ella. Persistirán en ser funcionales a los que impulsan el uso perverso de la herramienta conectiva. En otra época y en otras circunstancias, se solía decir que quienes actuaban así eran «idiotas útiles». Útiles son, sobre eso me caben pocas dudas. El 1º de julio de 2007, uno de estos apologistas se entusiasmaba del siguiente modo en un artículo publicado en el diario barcelonés La Vanguardia: «Los usuarios más activos y frecuentes de Internet, cuando se comparan con los no usuarios, son personas más sociables, tienen más amigos, más intensidad de relaciones familiares, más iniciativa profesional, menos tendencia a la depresión y al aislamiento, más autonomía personal, más riqueza comunicativa y más participación ciudadana y sociopolítica»6. Esta declaración recuerda al aviso

con el que se anunció por primera vez en el mundo Coca-Cola, uno de los más legendarios placebos de la historia moderna. Aquel aviso, publicado en el Atlanta Journal, de Atlanta, Georgia, el 27 de mayo de 1886, hablaba de un jarabe creado por un boticario de nombre John S. Pemberton con base en hojas de coca y nuez, que prometía aliviar los males estomacales, tonificar el cerebro y los nervios, refrescar y vigorizar a quien lo ingiriera. En 1901 para otro periódico, el Atlanta Constitution, Coca-Cola era un ejemplo del «intento de envasar el placer». Hoy Internet y las diferentes variantes de la Tecnología de la Información y la Conexión parecen proponerse como la promesa de envasar la comunicación, radiar la soledad, garantizar la pertenencia, erradicar la angustia. En un caso y en el otro, se pide a cambio un consumo masivo, fiel, sin cuestionamiento, sin indagar (la fórmula de Coca-Cola sigue siendo inviolable, a cambio del placer y la felicidad prometidas al consumidor se le pide que trague sin preguntar, aunque no sepa qué es lo que ingiere).

Así como se minimizan las consecuencias patológicas del uso abusivo y no