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Banda ancha, vida angosta

Después de diez años de ausencia, durante los cuales se había recluido a casi 200 kilómetros de Nueva York para dedicarse pura y exclusivamente a escribir, a explorar sus pensamientos y sentimientos, a sanar o ahondar heridas, según cómo se viera, Nathan Zuckerman regresó a la ciudad, caminó por las viejas, queridas y recuperadas calles, pero algo había cambiado. No encontraba personas que anduvieran sin un teléfono celular adosado a la oreja, hablando solas, gesticulando, gritando, implorando, maldiciendo, acaso riendo. «¿Qué había sucedido en aquellos diez años para que, de repente, hubiera tanto que decir, hubiera tanto apremiante que no pudiera esperar a ser dicho?», se preguntó. «Por donde quiera que anduviese, alguien se me acercaba hablando por teléfono y alguien hablaba detrás de mí por teléfono. Dentro de los coches, los conductores hablaban por teléfono. Cuando tomaba un taxi el chofer hablaba por teléfono. Un hombre como yo, que con frecuencia se pasaba días sin hablar con nadie, tenía que preguntarse qué era lo que antes había retenido a la gente y que ya no existía, haciendo que la conversación incesante por teléfono fuese preferible a pasear sin ser controlado por nadie, momentáneamente solitario, asimilando a la calle a través de tus sentidos animales y abandonándote a la miríada de pensamientos que inspiran las actividades de una ciudad.»

Con la perspectiva que da el distanciamiento, como un testigo que aún no ha perdido la capacidad de asombrarse, Zuckerman siguió observando y reflexionando: «Manhattan se ha convertido en una siniestra colectividad en la que todos espían a todos, se dijo, cada uno es perseguido y controlado por la persona que está al otro extremo de la línea telefónica, a pesar de que, llamándose sin cesar unos a otros desde donde quieren en el gran exterior,

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creen estar experimentando la máxima libertad». Zuckerman no era tonto: «Sabía que el sólo hecho de concebir semejante panorama me incluía en el grupo de chiflados que, al comienzo de la civilización, imaginaban que la máquina era enemiga de la vida. Sin embargo no podía evitarlo: no comprendía cómo nadie podía creer que seguía viviendo una existencia humana mientras iba por ahí hablando por teléfono durante la mitad de su vida consciente».

Nathan Zuckerman es un personaje emblemático del novelista estadounidense Philip Roth, uno de los más lúcidos, sensibles y estilísticamente poderosos escritores contemporáneos. Una suerte de alter ego del autor, Zuckerman expresa esta visión de la cotidianeidad actual en una conmovedora novela que es, también, el canto del cisne del entrañable personaje1. Estos

párrafos retratan con arte y perspicacia el apogeo de lo que, en 1950, en los albores de la sociedad de consumo desenfrenado, el destacado sociólogo estadounidense David Riesman (uno de los primeros en trasladar la sociología del laboratorio a la vida real) denominó «la muchedumbre solitaria»2, título de

su obra clásica.

Para Riesman, el desarrollo de las sociedades contemporáneas dejaba ver la presencia de tres tipos de integrantes: los «dirigidos por su interior (o autodirigidos)», los «dirigidos por los demás» (es decir, por caudillos, gurús, ídolos, dictadores, impulsores de tendencias, etc.) y los «dirigidos por la tradición» (mandatos sociales, familiares y demás). El sociólogo sostenía que en las eras poco dinámicas (Riesman creía que aquella en que publicó el libro resultaba una de ellas) se reforzaban los mecanismos psicológicos de la conformidad y el anhelo de aceptación que marcan a la personalidad «dirigida por los demás».

Si juzgáramos por el proceso de las nuevas tecnologías, especialmente las de Conexión e Información, podríamos concluir apresuradamente que la actual es una época dinámica, de transformaciones profundas, de inquietudes orientadoras, de cuestionamientos que conducen a nuevos y estimulantes paradigmas. Si observáramos con más dedicación y espíritu crítico, acaso comencemos a registrar que a ese movimiento externo, superficial, aparatoso y tan cacareado por sus oficiantes lo acompaña una agónica quietud interior, un adormecimiento casi total de las preguntas por las cuestiones trascendentes de la vida, un conformismo resignado ante lo que los manipuladores inmorales de las tecnologías dicen que «debe» usarse y acerca de cómo y para qué «debe»

1 Philip Roth, Sale el espectro, Mondadori, Buenos Aires 2008. Zuckerman es protagonista

también de Contravida, La visita al maestro, La lección de anatomía y La orgía de Praga, otras obras maestras de Roth.

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usarse. Se da de esta manera una paradoja tan interesante como trágica: en la era de mayor avance tecnológico de la historia humana reina la personalidad «dirigida por los demás», el individuo sin inspiración propia, desprovisto de atributos y motivaciones espirituales, de impulsos generados en el sí mismo como para orientarse a la construcción de una vida propia, responsable, con sentido y trascendencia. Aquellas personas que veía Zuckerman con sus ojos súbitamente ingenuos y desprejuiciados no hablaban (no hablan) porque tuvieran algo que decir, que comunicar, sino porque poseían (tienen) un teléfono celular en sus manos. Debían (deben) utilizarlo para justificar la tenencia, tenencia que, por otra parte, les ha sido impuesta, desde las usinas mercadotécnicas, como una «primera necesidad» (la segunda es cambiar permanentemente el aparato por uno más moderno, de última generación, con más «prestaciones», por supuesto innecesarias).

VIDAS ROBADAS

Un promedio diario de tres horas por usuario es el consumo que detectan, en el tema de la telefonía celular, las consultoras dedicadas a la cuestión. Esto da alrededor de mil horas anuales por individuo. Es decir, poco más de cuarenta y un días de cada año, más del diez por ciento del año, destinados a este menester. Cuarenta y un días de tiempo no disponible para estar con seres queridos, para la reflexión, para la lectura, para la contemplación del mundo y de la naturaleza circundantes, entre tantas otras posibilidades. Cuarenta y un días que darán lugar a lamentos según los cuales «no hay tiempo para nada» o a vacuas e inconsistentes declaraciones de intención acerca de «lo que haría si tuviera tiempo para...». Lo cierto es que el tiempo está y la intención queda incumplida. Cuarenta y un días por año. En paralelo, los períodos de vacaciones se acortan. Y si se sumara el tiempo de comunicación real (afectiva, emocional) que muchos padres pasan con sus hijos o que comparten incontables parejas, el resultado sería muchísimo menos de cuarenta y un días por año.

Se dirá, sin duda, que buena parte de ese tiempo capturado por el celular está empleado en la resolución de cuestiones importantes, y es verdad. Pero no son esas cuestiones las que producen el vaciamiento existencial, sino otras. ¿Qué cuestión tan trascendente ocupa a los padres que, en compañía de sus hijos, «compartiendo» una comida en un restaurante, dan prioridad a la conversación telefónica incesante antes que a una charla con los chicos? ¿Puede ser que la atención, el intercambio, la conversación, el interés hacia un ser

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querido (pareja, amigo, familiar, etc.) que está presente en ese mismo café o restaurante, o en cualquier otro sitio de encuentro, sea postergable mientras resulta impostergable la conexión telefónica que, en definitiva, ocupa la mayor parte del tiempo destinado a convivir y compartir, mientras el acompañante permanece allí, como un objeto? ¿Esa molesta, estridente e irrespetuosa cháchara vía celular que irrumpe en una sala de cine, en una conferencia, en un ámbito de estudio, en una sala de espera, en un ómnibus de larga distancia, en un colectivo o en tantos lugares de uso común y público es más importante que el espacio auditivo del otro y el respeto a ese espacio depredado sin piedad? Si escuchamos esas conversaciones, cosa que es fácil porque habitualmente lejos de mantener la discreción sus ejercitantes se preocupan de gritar a voz en cuello, demostrará la pasmosa vacuidad de las mismas, la patética intrascendencia de ese desesperado intento por «mantenerse conectado» mientras se está fatalmente incomunicado.

Estas conclusiones son apenas las que pueden derivar del simple dato del tiempo y modo de uso de la telefonía móvil. Es sólo un botón de muestra al que se le pueden adosar otros. Entre ellos, el tiempo dedicado a chatear con personajes ilusorios confundidos con seres reales. Si el vacío rellena las conversaciones telefónicas móviles, ¿con qué sustantivo describir el contenido promedio de lo que se «oye» en esas «salas de conversación» virtual o en la nada infinita de las redes «sociales»? Entre los 90 mil vocablos del castellano no aparece la palabra justa para definir tanta insipidez, tanta nadería. Acaso esa palabra nazca, en un tiempo, gracias a las «nuevas tecnologías». ¿Será, quizás, tecnovacío?

Y quedan aún otros ladrones tecnológicos de tiempo de vida, otras pantallas, otros teclados, otras consolas. Cuando se suman todas las fugas de tiempo que la Tecnología de Conexión propone y con las que sus manipuladores e ideólogos tientan, los cuarenta y un días anuales son apenas una porción de una torta que, en términos existenciales, acarrea un alto potencial de indigestión. Si, en un súbito ataque de conciencia, algún abducido por esta trama compacta intentara recuperar su tiempo, su vida, su facultad de autodirigirse, no le resultará tan fácil. Las puertas de la prisión están bien custodiadas y sus cancerberos amenazan con consecuencias terribles. Cisco Systems es una corporación multinacional que, con base en California, se dedica a la fabricación, venta, consultoría y mantenimiento de equipos de telecomunicación. Es una de las auspiciantes, además, del World Economic Forum, un evento anual que se realiza en Davos, Suiza, y en el cual economistas y gobernantes de todo el mundo demuestran su insensibilidad hacia los verdaderos problemas de los habitantes del planeta, mientras hacen gala de una

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notable incapacidad en sus vaticinios, de un irritante cinismo en sus declaraciones y de una incansable capacidad de repetir mil veces y vaciar para siempre de significado a ciertos conceptos como «responsabilidad social empresaria» (?). El Director de Estrategias para Mercados Emergentes de Cisco (léase el Encargado de Planear cómo sacar más Rentabilidad con menos Riesgos en los Países Pobres), Enrique Rueda-Sabater, explicó cómo son las cosas a la periodista Josefina Giglio, del diario La Nación de Buenos Aires. «El no tener banda ancha dentro de poco va a ser un factor de exclusión social»3, se

despachó. Sin anestesia y sin eufemismos. No será la falta de agua y alimentos, no serán la carencia de techo y de trabajo, ni las enfermedades, ni el desarrollo pavoroso del Sida, ni el regreso de la tuberculosis, ni la imposibilidad de acceder a medicamentos que la industria farmacéutica jamás hará llegar a quienes no son un mercado prometedor y acaudalado, ni el analfabetismo, ni la persistencia de culturas capaces de convertir a la mujer en poco menos que una vagina para satisfacción sexual de los machos o un vientre para la parición de mano obra barata, ni la dramática extensión del trabajo infantil, ni la eternización de dictaduras políticas o religiosas, ni la conversión de grandes masas de refugiados en contingentes apátridas, ni las avasallantes consecuencias de la corrupción económica y política (van juntas y no pueden separarse), las causantes de la exclusión. De ninguna manera. Todo eso no será un obstáculo para estar «incluido» (¿en qué, para qué?) siempre y cuando se posea banda ancha. Esto es todo lo que hay que tener: banda ancha.

Sin que se le mueva un pelo, en la misma entrevista, y ante una pregunta sagaz de la reportera, el guardián del campo de concentración tecnológica reconoce (riendo, según apunta Giglio) que el principal uso actual de Internet consiste en bajar música, pornografía y películas. «Sí, es cierto, esos contenidos ocupan la mayor parte de la banda ancha», son sus propias palabras. Y agrega: «La diferencia de estar vinculado pasivamente a Internet con un acceso de doble vía es fundamental. Y es muy difícil hacerlo sin banda ancha». De paso, por si algún tecnoadicto aún se creyera el gran protagonista de la «revolución tecnológica», Rueda-Sabater acaba con esa inocencia: la vinculación con Internet es pasiva. No harás, aunque creas que haces, te harán. No usarás, aunque creas que usas, te usarán.

LOS SONIDOS DEL SILENCIO

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Mientras eso ocurre, mientras el tiempo de nuestra vida es robado, ese mismo tiempo empieza a escasear en áreas esenciales de nuestra existencia. No está a nuestra disposición. Un lugar cardinal de esa anemia se verifica en los vínculos. Otro es el de las experiencias vivenciales. Por una parte, no queda tiempo disponible para el encuentro real con seres reales, encarnados. Este encuentro se va a haciendo esporádico y no sólo afecta al área de la amistad. También a la familia y a todo tipo de relaciones afectivas. Los encuentros y actividades reales, grupales, se remplazan por los virtuales, con la ilusión de que unos y otros son lo mismo. No lo son. El 70% de la comunicación humana no es verbal, no transita por la palabra, oral o escrita. Forma parte de lo que se conoce como silent communication (comunicación silenciosa). Elisabeth Lukas, médica, logo-terapeuta y heredera intelectual de Víktor Frankl, dice que es el medio por el cual se da la irradiación de persona a persona. Aunque las compañías de «comunicación» y ciertos gurús del managment se han apoderado de este concepto para alterar su significado y ponerlo al servicio de sus objetivos de mercado, la comunicación silenciosa no alude a posturas corporales, gestos faciales (hay más de 20 mil diferentes), a mímica y movimientos, como tampoco a nuevos artefactos o nuevas funciones de artefactos ya existentes, funciones destinadas a responder o enviar mensajes sin interrumpir reuniones o conferencias (aunque sin prestarles atención, que es lo importante). Lukas señala que la comunicación silenciosa se centra en la transmisión efectiva y espiritual, «en lo obrado existencialmente por una persona, que se irradia a su medio»4. Esta comunicación es más profunda en la

medida en que es más presente, cuando no está mediatizada, cuando quienes se comunican no se escudan detrás de nicknames, de protocolos informáticos, de ingenierías de conexión generadoras de incomunicación. «Hay personas que esparcen armonía alrededor de ellas», apunta Lukas. «Es agradable estar con ellas, no es necesario hacer algo especial con ellas, reflexionar o discutir acerca de algún tema, lo importante es el ambiente que crean. Un ambiente en el que todos pueden respirar libremente y ser ellos mismos.»

Este párrafo describe muy bien lo esencial de la comunicación humana: ante todo presencia y, sumado a eso, experiencia de vida que se transmite en actitudes. Si se lee con atención, se verá que la comunicación genuina no tiene fines, no es utilitaria, es un valor en sí misma. Y permite que, sin juicios ni prejuicios, aflore lo más fidedigno de cada ser. Si nos sumergimos en los contenidos que circulan a través de la Tecnología de Conexión, veremos que, en un alto porcentaje, se trata de mensajes interesados. Los objetivos van desde

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conseguir pareja rápidamente, obtener sexo, comprar, vender, cerrar negocios, transferir dinero, acciones u otras herramientas económicas, transmitir diferentes tipos de documentos, traspasar, volcar u obtener información, engrosar bases de datos, robar bases de datos, saquear información privada. Nada de esto tiene que ver con la comunicación entendida como proceso de construcción, alimentación, profundización y enriquecimiento de los vínculos humanos.

Sería necio negar que las nuevas tecnologías permiten mantener fresco y actualizado el contacto con seres queridos que están en puntos lejanos y que, desde ese punto de vista, contribuyen a conservar y enaltecer la energía afectiva de dichos vínculos. Cuánto mejor es intercambiar cotidianos mensajes de correo electrónico con el hijo que estudia a 10 mil kilómetros de distancia, con los nietos que viven en otro continente, con la pareja que por algún motivo se encuentra en otro punto del planeta, cuánto mejor es, incluso, verlos y dejarse ver a través de la webcam, que esperar con angustia, y a menudo sin resultado, la llegada de una carta o una frustrada conexión telefónica que naufraga apenas se inicia. Sin duda que es mejor. Aunque es también verdad que la tecnología no crea esos vínculos, sino el sostén esencial y fundacional de los mismos que ha sido construido en la presencia, en el cara a cara, en el cuerpo a cuerpo, en el voz a voz.

Ninguno de esos vínculos depende de la tecnología para existir ni para sobrevivir. Su existencia, su vida están selladas y garantizadas por todo lo que ha sido construido hasta allí a través de la presencia y de la «irradiación» que menciona Lukas. Como debe ser, la tecnología queda ubicada en estos casos en la categoría de medio, de herramienta, cumple una función asistencial. Sería, si se diera el caso forzoso, algo de lo que se puede prescindir sin que por ello muera el vínculo en sus contenidos trascendentes. Puesta al servicio del vínculo, como en estos casos, conservada en un lugar de corista y no de solista, siendo un objeto al servicio del sujeto, no crea adicciones ni vaciamientos. No disimula ni fomenta soledades estériles, no actúa como analgésico sobre el dolor del vacío existencial.

Nada es así cuando el uso de la Tecnología de Conexión se sostiene en los usos que mencioné dos parágrafos atrás, cuando no existe el otro y la pantalla, el teclado, el audífono o el micrófono no son medios. Son fines. Poco importa quién está del otro lado de ellos porque, en definitiva, también él, o ella, es un medio. Constituyen la muchedumbre solitaria, los desvinculados, los incomunicados cuya existencia es celebrada, alentada y reproducida por los grandes beneficiarios del festín tecnológico.

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EL VACÍO COLECTIVO

En las muchedumbres desaparece el individuo singular, precioso y esencial. Se pierden, con él, la responsabilidad y la verdadera libertad. Las muchedumbres ocultan, depredan, desvirtúan, vacían, justifican, extraen lo más oscuro de la sombra colectiva, linchan, avasallan invocando el número. En las muchedumbres no hay responsabilidad, porque, como sostenía fervorosamente Frankl, la responsabilidad es individual. En la oscuridad de la muchedumbre se puede manipular, violar, robar, mentir y en el corazón de la muchedumbre yace la más honda y descarnada soledad. En la muchedumbre solitaria prohijada por la Tecnología de Conexión, los bajos son altos, los morenos son rubios, los cobardes son valientes, los gay son heterosexuales o son mujeres, las mujeres son hombres, los pobres son ricos, los estúpidos copian frases inteligentes y las presentan como propias, los obesos son delgados, los impotentes son atletas sexuales, los fascistas más cobardes se escudan en el anonimato para vomitar su odio, los pedófilos incentivan su perversión y la multiplican, los ladrones se llaman genios informáticos, los acosadores del marketing se desbocan sin ley y sin respeto, los sueños autoritarios de gobernantes y funcionarios se hacen realidad a través del espionaje a los ciudadanos, los cobardes insultan sin darse a conocer, los machistas acosan, los xenófobos evacúan su pestilente oscuridad. Toda esa maraña de falsedades, manipulaciones e impunidades está motorizada por lo que Aníbal Ford describe como «el destape de las subjetividades reprimidas»5. Aunque abundan quienes sostienen que han

encontrado a sus «mejores amigos» gracias al chat o que han conocido «el amor