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El aporte espiritual (I): el mormonismo

In document Los Masones - César Vidal.pdf (página 73-83)

El peso de la masonería en los procesos revolucionarios del siglo

xtx fue ciertamente extraordinario, hasta el punto de que no puede entenderse su historia particular —ni tampoco la univer- sal— sin hacer referencia a él. Con todo, la masonería no surgió sólo como una sociedad secreta que deseaba cambiar la sociedad en la que vivía. Ya hemos indicado como otro de sus componen- tes esenciales —y uno de sus atractivos— era la pretensión de po- seer un conocimiento secreto, una gnosis, que sólo se comunica- ba a los iniciados. Esta circunstancia —absolutamente esencial en la historia de la masonería y, sin embargo, tantas veces omitida— explica, por ejemplo, el considerable papel representado por la masonería en la configuración de algunas de las sectas surgidas durante el siglo x1x y en el importante resurgir del ocultismo de ese siglo y del siguiente.

Las dudosas revelaciones de Joseph Smith Jr.

De entre las sectas contemporáneas, la más importante, con dife- rencia, es la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, más conocidos popularmente como los mormones. En la actua- lidad, los mormones cuentan con no menos de diez millones de miembros en todo el mundo y un peso social, político y econó- mico que supera con mucho el de ese número. Todo eso es más o menos conocido, lo que ya resulta mucho menos sabido es que

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oseph Smith Jr. era masón y que la masonería desempeñó un pa- pel muy considerable en el nacimiento y establecimiento de la secta fundada por él.

Resulta obligado decir que nada puede alcanzar la categoría de comprensible en relación con la historia y la teología de los mormones —a la que Ferguson denominó la religión sintética de Utah— sin hacer referencia a la persona de su profeta, Joseph Smith. Nacido el 23 de diciembre de 1805, cuando Estados Unidos era una jovencísima nación recién emancipada de Gran Bretaña, Smith se crió en un entorno doméstico peculiar. Los vecinos de Smith consideraban a la familia de éste como «analfabeta, bebedora de whiskey, holgazana e irreligiosa».I La madre de Smith, Lucy

Mak, practicaba la hechicería y alimentaba la pretensión —por lo visto no del todo desprovista de fines crematísticos— de tener visiones. El padre, Joseph, más conocido como Joe, contaba con una cierta popularidad que emanaba de que su ocupación consistía, como la de José Bálsamo en una época, en buscar teso-ros en favor de aquellos que le pagaban con esa finalidad. Está documentado que el joven Joseph Smith acompañaba con frecuencia a su padre en estas expediciones a mitad de camino entre el fraude y lo oculto, y

desde edad muy temprana se dedicó a la práctica de la adivinación y de decir la fortuna mediante el uso de piedras, un comportamiento específicamente prohibido por la Biblia.' Sin embargo, de manera aún más interesante, la familia de

oseph Smith estaba estrechamente vinculada con la masonería. El padre, Joseph Smith Sr., había sido iniciado en el grado de maestro masón el 7 de mayo de 1818 en la logia de Ontario n. 23 de Canandaigua, Nueva York. Uno de los hijos mayores, Hyrum Smith, era miembro de la logia Mount Moriah n. 112 de Palmyra, Nueva York. Las fechas resultan interesantes porque en época tan cercana como1820, según el relato de los mormones, Dios se le apareció a Joseph Smith en un episodio que explica el surgi- miento de la secta.

La importancia de esta experiencia es de trascendencia capital para la teología mormona. El dirigente y apóstol de la secta Da- vid O. McKay ha señalado claramente que «la aparición del Padre y del Hijo a Joseph Smith es el fundamento de esta Iglesia».3

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En realidad, con ello no hace sino repetir lo que antes han dicho otros apóstoles mormones: si la visión es falsa, todo el edificio del mormonismo se debería derrumbar como un castillo de naipes. Tal y como lo expresó el apóstol mormón John A. Widtsoe: «So- bre su realidad (la de la visión) descansa la verdad y el valor de su (de Smith) obra posterior.»4 Desde luego, no es para menos. Si

efectivamente Dios se le apareció a Joseph Smith dándole ins- trucciones concretas, sería estúpido negarle, al menos, un poco de atención. Si, por el contrario, la historia es falsa, Smith sería un farsante, un enfermo o algo peor.

El relato oficial es como sigue. En 1820, cuando Joseph Smith tenía sólo catorce años, se adentró, una hermosa mañana de inicios de la primavera, en el bosque. Al parecer había decidido orar para descubrir cuál de «todas las sectas era la correcta», una oración nada baladí teniendo en cuenta la vinculación de su padre con la masonería. Mientras, presuntamente, se hallaba en oración vio so- bre él, en el aire, a dos personajes. Uno de ellos señaló al otro y ex- clamó: «Este es mi Hijo amado, escúchalo.» Después, uno de los dos personajes le dijo que todas las iglesias estaban equivocadas.

Sería de esperar que esta visión de radical importancia hubiera sido registrada desde el principio entre los recuerdos y testimonios del futuro profeta. Lo cierto es que no fue así. Los mismos mor- mones se han visto obligados a reconocer que «el relato oficial de la primera visión de Joseph Smith y las visitas del ángel Moroni... fue publicado por primera vez en 1842»,5 es decir, veintidós años

después de acontecidos, supuestamente, los hechos. Hasta qué punto este «retraso» resulta absurdo podemos verlo en el hecho de que la secta fue fundada oficialmente en 1830, el mismo año de publicación del Libro de Mormón. ¿A qué se debe que la piedra bá-

sica —la visión divina de Smith— sobre la que está edificada la secta de los mormones no fuera mencionada por el profeta sino

veintidós años después de presuntamente acontecida?

Diversas investigaciones parecen apuntar a una causa bien poco presentable: el mismo Joseph Smith no contó siempre la misma historia y ello se debe sencillamente a que la misma no era

verdad. Jerald y SandraTanner6 han dejado de manifiesto que en el

interior de la secta circulaban, al menos, dos versiones diferen-

J

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tes de la visión divina de Smith, si bien no salieron a la luz pública hasta que Paul Cheesman, un estudiante de la Universidad Brigham Young, las publicó en 1 9 6 5 . Por si esto fuera poco, al

año siguiente, James B. Allen, profesor asociado de Historia de la BYU, reveló otra versión más de la visión. Demasiados relatos discordantes para creer en una versión —hoy oficial— que, al pa- recer, desconocieron dirigentes mormones como Brigham Young y Oliver Cowdery.'

El mismo Joseph Smith se destacó por ser el origen de este tre- mendo embrollo. A fin de cuentas, no relató siempre la misma historia. Así, el Messenger andAdvocate de septiembre de 1834 y

de febrero de 1 8 3 5 publicó diversas versiones de la «primera vi-

sión» considerablemente diferentes de la oficial de 1 8 4 2 . Las dife-

rencias son de bulto. En la versión ahora oficial, Joseph Smith tenía catorce años, buscaba saber qué secta era la verdadera y se le aparecieron el Padre y el Hijo. En las de 1 8 3 4 y 1835, Joseph

Smith tenía diecisiete años, lo que ansiaba saber es si existía un ser supremo y el que se le apareció fue un simple ángel. Para terminar de complicar las cosas, el 2 9 de mayo de 1852 el Desert News pu-

blicaba unas declaraciones del profeta Smith en que afirmaba que la primera visión la tuvo a los catorce años y que fue de ángeles. Esto fue corroborado posteriormente por el apóstol mormón Orson Pratts y por John Taylor, el tercer presidente de los mormones.`'

Por desgracia para Srnith, ni siquiera en la época en que coincidían casi todos en que quien se había aparecido era un ángel llegaban a ponerse de acuerdo sobre la identidad del mismo. En la primera edición de La Perla de gran precio de 1851, página 41, se decía

que el ángel era Nephi, y la misma opinión sustentaba Lucy Mack, madre del profeta. No obstante, después se denominó al ángel con el apelativo de Moroni. Finalmente, alguien debió de llegar a la conclusión de que una aparición del Padre y del Hijo siempre es mucho más atrayente que la de un simple enviado. Así, esta tesis acabaría imponiéndose de manera oficial en la La Perla de gran

precio, uno de los libros sagrados de los mormones.10

Como fundamento —según el profeta y apóstol MacKay de la organización que afirmaba ser la única Iglesia cristiana, la visión primera de Smith da la impresión de dejar mucho que de-

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sear. No coinciden —de acuerdo a las diferentes versiones— ni la edad de Smith ni el motivo de su oración ni los personajes que se le aparecieron. Francamente, un profeta con una memoria tan dudosa sobre asunto de tanta importancia no consigue crear pre- cisamente confianza en la manera en que transmite las revelacio- nes ni en la veracidad de las mismas. Para colmo, la última —por el momento— versión de la visión de Smith se contradice con sus propias enseñanzas de manera directa. En 1832, Joseph Smith

afirmó haber tenido una revelación de Dios según la cual nadie puede ver a Dios sin tener el sacerdocio. Según el propio Smith, él no tuvo ese sacerdocio hasta pasado el año 1830,11 pero la visión

de Dios fue, al menos, diez años antes. Como y por qué Dios hizo una excepción a su revelación en relación a Smith constituye un misterio que —hasta la fecha— ningún adepto de la secta ha conseguido aclarar. Como ha dejado de manifiesto Floyd C. Mc Elveen, ambas revelaciones no pueden ser verdad. O bien Smith vio a Dios en 1820 — y eso se contradice con la revelación sobre el

sacerdocio de 1 8 3 2 — , o bien la revelación de 1832 es falsa y con

ello queda a salvo la veracidad de la versión —hoy oficial— de la visión de 1820. Naturalmente, cabe también la posibilidad de que

ambas visiones no fueran sino una falacia.

El libro de Mormón

Aún más problemas plantea esa obra que Mark Twain denominó

«cloroformo en forma de libro» y que nosotros conocemos como el

Libro de Mormón. La historia oficial del mismo es digna de ser

referida aunque sea brevemente. En La Perla de gran precio, uno

de los libros sagrados de la secta, Joseph Smith narra una visión que tuvo en 1823. De acuerdo con este libro, en el curso de la

misma se le apareció a Smith un ángel llamado Moroni que le se- ñaló la misión que Dios le había encomendado. Smith tenía que

encontrar unas placas de oro en las que había escrita una obra cuya

traducción debía acometer. Junto a las placas, Smith encontraría unas gafas que le permitirían traducir las placas del egipcio

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ravillas, las mencionadas lentes fueron identificadas por el ángel con el Urim y el Tumim del Antiguo Testamento. La obra señala- da por el ángel, presuntamente, era el Libro de Mormón.

No hace falta decir que para una vez que una revelación pre- suntamente divina no se produce por inspiración sino por traduc- ción, hubiera resultado sumamente interesante poder examinar los textos y el artilugio destinado a facilitar su comprensión a los mortales. No ha sido posible. Según la tesis mormona, después de que Smith tradujo las 116 primeras páginas del Libro de Mormón,

aquéllas desaparecieron. ¿Y las gafas? Se las llevó el ángel.

Según los tres testigos del Libro de Mormón, David Whitmer,

Oliver Cowdery y Martin Harris, el método de traducción de Smith era auténticamente peculiar. En primer lugar, Smith colo- caba los lentes en un sombrero y después metía la cara en el mis- mo, comenzando a continuación a traducir de las placas de oro... que prácticamente nunca estuvieron presentes. Dado el método utilizado, no es de extrañar que no hicieran ni falta.

No acaba aquí la cosa. Según ha dejado escrito David Whit- mer,'2 una vez que Smith se echaba a la cara el sombrero con las

gafas aparecía una especie de jeroglífico con la traducción inglesa debajo. Smith la leía entonces para que copiara Cowdery o cual- quier otro, y si quedaba escrito correctamente la frase desaparecía.

El método se presenta como un tanto alambicado, pero así es como fue presentado por Smith y sus adeptos más cercanos. La obra era una revelación de Dios de igual importancia —en la práctica más— que la Biblia. Por desgracia para Smith y su secta, la nueva revelación por escrito iba a levantar aún mayores dudas que el relato referente a su presunta visión divina.

Joseph Smith afirmó que la obra fue escrita en torno al 384 al 421 a. J.C. por Mormón, el padre de Moroni. Por ello, no deja de ser curioso que la obra reproduzca textualmente versículos de la versión de la Biblia del Rey Jaime que se imprimió... en 1611 a.

.C. Cómo un libro puede llevar millares de citas textuales de una obra que, supuestamente, se imprimió dos mil años después es otro de los grandes enigmas de la religión mormona, y la incóg-

nita se agranda cuando vemos que hasta las palabras en cursiva de la versión del Rey Jaime se reproducen así en el Libro de Mormón.

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No menos curioso es el estilo gramatical de la obra. Supuesta- mente, «cada palabra y cada letra le fueron dadas (a Joseph Smith) por el don y el poder de Dios», pero eso no ha evitado que los mormones hayan realizado unos cuatro mil cambios de estilo —y no sólo de estilo— en el texto.13 Francamente, resulta curio-so que

las autoridades mormonas se hayan mostrado tan predispuestas a alterar con suma libertad una obra que —presunta-mente— fue dada por Dios al profeta fundador de la secta. Quizá una explicación de este fenómeno resida en el hecho de que cuan-do Smith cita de la versión de King James o Rey Jaime (supuesta- mente escrita dos mil años después que el Libro de Mormón) su

gramática es impecable, pero deja de serlo en el momento en que —al parecer— traducía del egipcio ayudado por las gafas que le dio el ángel. Desde luego, si verdaderamente Dios entregó la re- velación a Smith de manera directa, lo hizo en momentos en que su gramática no era muy sólida.

Estas y otras cuestiones —que, desde luego, no contribuyen lo más mínimo a afianzar la creencia de que Joseph Smith era un profeta de Dios— suelen ser dejadas de lado por los adeptos de la secta con una referencia rápida al testimonio, favorable al Libro de

Mormón, de los testigos. Efectivamente, en las páginas iniciales del

Libro de Mormón se menciona el «Testimonio de los tres testigos», a

saber, Oliver Cowdery, David Whitmer y Martin Harris; así como el de los «Ocho testigos», es decir, Christian Whitmer, Jacob Whitmer, Irma Page, Joseph Smith Sr., Hyrum Smith y Samuel H. Smith. Según los adeptos, el testimonio de estas personas en bloque no deja ninguna duda de que el Libro de Mormón fue una

obra inspirada por Dios y revelada a su profeta, Joseph Smith. Sin duda, muchos adeptos lo creen. El problema es que el menciona- do testimonio no se sostiene ni siquiera parcialmente. Para empe- zar, el grupo de los «tres testigos» jamás afirmó haber visto las placas de oro donde —supuestamente— se escribió el Libro de

Mormón. Lo más que llegaron a afirmar fue que tuvieron una «vi-

sión» de las mismas, que las vieron «con el ojo de la fe» o cuando

estaban envueltas o tapadas.14 Si alguien vio alguna vez —y resulta

dudoso— aquellas placas fue sólo el profeta Joseph Smith. Por desgracia, no termina ahí el cúmulo de problemas que

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presentan los mencionados testigos. Veámoslos, aunque sea por encima. De los once mencionados, todos se marcharon de la sec- ta, salvo los Smith, es decir, los de la familia del profeta e incluso de éstos, un par de los hijos de Smith dejaron la secta para afiliar- se a la Iglesia reorganizada de los Santos de los Últimos Días.

Visto el éxito final que tuvo con ellos, no es de extrañar que el profeta Smith denominara a los tres testigos principales «ladrones y embusteros»15

y que incluso manifestara en la Historia de la Iglesia

que habría que olvidarlos.'' De nuevo este conjunto de

circunstancias no pueden sino resultar sorprendentes al venir li- gadas a una revelación que procedía supuestamente de Dios. Por ello, parece injustificable que la secta de los mormones tenga el valor de presentarlos como testigos en favor de las revelaciones de su profeta, cuando todos, menos los familiares de éste, la aban- donaron convencidos de que aquello no tenía ninguna relación, ni siquiera lejana, con Dios. Realmente, da la impresión de que la gente más cercana a Smith creía que todo era un fraude y se cansó de seguir la farsa. A causa de ello, Smith los descalificó como embusteros y ladrones en un intento de privar de valor a los testimonios —esta vez ciertos— que pudieran dar. Posterior- mente, la secta correría un tupido velo sobre aquella deserción e insistiría en que todos ellos eran piedra fundamental para creer la veracidad de las pretensiones de Smith. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de a quién beneficiaba esa falsedad

consciente.

Una cuestión adicional sirve para dejar aún más de manifiesto el dudoso carácter de los poderes de Smith. Para desgracia de la secta, el asunto pasó por los tribunales y las minutas del proce- dimiento fueron localizadas por Wesley P. Walters el 28 de julio de 1971." En 1826, es decir, seis años después de la supuesta vi- sión divina, Joseph Smith fue acusado (y condenado) por ser un

glass looker. El término anglosajón, que se podría traducir como

«mirador de cristal», sirve para designar a una persona que mi- rando a través de un vidrio o de una piedra puede encontrar te- soros o propiedades perdidas. Smith había estafado a una persona llamada Josiah Stowell asegurándole que, mirando a través del cristal, localizaría precisamente ese tipo de objetos.

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No deja de ser curioso que Smith fracasara utilizando la mis- ma metodología que le permitió —en teoría— traducir las placas de oro que un ángel de Dios le había mostrado y tampoco deja de llamar la atención que, seis años (o tres, según la visión) después de hablar con el Padre y el Hijo (o con un ángel llamado o Moroni o Nephi, según qué visión y qué persona) anduviera dedica-do a los menesteres —nada respetables— que había aprendido en su familia. No parece lo más adecuado que un profeta de Dios se dedique a estafar al prójimo prometiéndole encontrar tesoros... a menos, claro está, que no se sea tal tipo de profeta. Desde luego, con esos antecedentes tampoco llama mucho la atención las con- troversias desatadas desde el principio en relación con el Libro de Mormón.

Los libros sagrados de las diversas religiones suelen contener

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