Del adventismo a la Ciencia Cristiana
Mientras los mormones estaban en un periodo de clara expan- sión, no todos los habitantes de la nación americana coincidían en creer el sueño del Oeste. Algunos —como un oscuro granjero llamado William Miller— concibieron la idea de que el fin del mundo debía de estar cerca y que, por ello mismo, cabía hacer cálculos sobre su fecha.' No sólo eso. Pensar en el fin de los tiem- pos le helaba y estremecía' y, supuestamente, eso fue lo que le llevó a volcarse en el estudio de la Biblia en busca de consuelo. Al llegar al capítulo octavo del libro veterotestamentario de Daniel creyó encontrar una clara profecía referente no sólo al fin del mundo sino también a su fecha. En el versículo 14 se hace men- ción a dos mil trescientas tardes y mañanas y Miller, sin ninguna base bíblica, decidió considerar cada tarde y mañana como un año. Contando pues dos mil trescientos años llegó a la conclusión de que el fin del mundo se produciría en 1843.
Si hubiera conocido mejor la Biblia, Miller hubiera recordado que en el Libro de los Hechos de los apóstoles, capítulo prime-ro y versículo siete, el mismo Jesucristo prohibió especular con la fecha del fin del mundo. Pero Miller, si se hallaba en posesión de tal conocimiento, no lo obedeció. Quizá podría haber bastado con que Miller hubiera sabido leer y no se hubiera dejado llevar por el deseo de encontrar lo que no estaba en el texto, porque, desde luego, resulta evidente que Daniel 8 no va referido a la Se-
162 LOS MASONES
gunda Venida de Cristo, sino a acontecimientos que transcurrieron entre el siglo iv y el s. II a. J.C. En cualquier caso, para Miller el fin del mundo tenía que estar cerca y daba como razones el que en 1798 había concluido la supremacía papal,' que un tal Wolf había predicado a Cristo a judíos, parsis, turcos e hindúes ,4
y que,
además, algunos pueblos, como los árabes del Yemen y los tárta- ros, esperaban a Cristo para una fecha cercana a 1 8 4 0 .5 No hace
falta ser un gran erudito bíblico para comprender que los argu- mentos de Miller carecían de la más mínima base sólida. Pero el autonombrado profeta sí lo predicaba de esta manera y, poste- riormente, Ellen G. White, la profetisa de los adventistas, siguió insistiendo en la veracidad de las profecías milleritas, argumen- tando que un ángel se lo había mostrado en una visión.'
Miller, desde luego, no necesitó mucho para lanzar la profe- cía: el fin del mundo vendría en 1843. Que convenció a un cierto número de adeptos resulta indiscutible. A tanto llegó su poder de seducción que aquella pobre gente abandonó sus campos, sus herramientas, sus negocios y sus puestos de trabajo' con la fina- lidad de prepararse para un fin del mundo ya inminente. Sacrifi- caron todo, creyeron todo lo que les dijo el profeta Miller... pero el fin del mundo no vino en 1843.
Miller —como otros que le seguirían después— no se des- moralizó por ello ni tampoco reconoció su error. Fijó una nueva fecha para el 21 de marzo de 1844. Nuevo fracaso y nueva fecha. Ahora el fin del mundo se produciría el 1 8 de abril de 1 8 4 4 .
Cuando la última profecía no se cumplió, Miller volvió a mostrar su obstinación en la manera en que fijó una fecha más que, su- puestamente, iba a ser la definitiva. Esta vez se anunció que el fin del mundo sería el 22 de octubre de 1844. Los adeptos de Miller —que habían vendido en algunos casos todos sus bienes para en- tregarlos a la secta— se vistieron aquella noche con túnicas blan- cas y decidieron esperar a Cristo que vendría a recogerlos a lo lar- go del día.' Cuando amaneció la mañana siguiente, hasta el más fanático de los adeptos debió empezar a dudar de la categoría de Miller como profeta de Dios. Una vez más, la profecía había re-
sultado falsa.
Parece lógico pensar que la carrera de Miller como profeta de-
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bía de haber terminado aquel mismo día. Por desgracia, la lógica no es la virtud que más abunda en el interior de las sectas. Se en- señó a los adeptos que los repetidos fallos en las predicciones no habían sido falsas profecías y que además consistían realmente en una prueba clara de que Dios respaldaba el movimiento. La clave para aquella nueva comprensión de la realidad la proporcionó algo —como veremos— muy común en la historia del adventismo: una visión.
Apenas abandonaban los adeptos el lugar donde habían esta-do reunidos toda la noche, cuando uno de ellos, llamado Hiram Edson, de vuelta a su casa tuvo presuntamente una visión. Cristo aparecía en el firmamento y llegaba a un altar en el cielo. Miller no se había equivocado. Cristo había llegado... pero no a la Tierra sino al santuario del cielo. Se había acertado en la fecha, sólo se había errado en el itinerario de Cristo. Por obra y gracia de la visión de Edson, Miller era, de nuevo, presentado corno profeta de Dios y una interpretación disparatada de Daniel 8 pasaba a convertirse en piedra aún más esencial del edificio doctrinal adventista.
Naturalmente, tan retorcida explicación necesitaba de un res- paldo teológico. Se buscó y se encontró. Aún más, el mismo da- ría lugar a una de las doctrinas típicas del adventismo. En contra de lo que habían enseñado todas las iglesias cristianas durante diecinueve siglos, los adventistas anunciaron que el sacrificio ex- piatorio de Cristo no se había consumado en la cruz... sino en 1844 cuando pasó ante el santuario del cielo. El esposo de la fu- tura profetisa de la secta James White lo expresaría de manera in-
discutiblemente clara:
«Así ministró Cristo en conexión con el lugar santo del san- tuario celestial desde el tiempo de su ascensión hasta el fin de los 2300 días de Daniel 8, en 1844, cuando entró en el lugar santí- simo del tabernáculo celestial para hacer expiación especial para borrar los pecados de su pueblo...»9
El de 1844 era un año a partir del cual la puerta para poder
salvarse quedaba abierta aún un tiempo corto. Después de un brevísimo periodo se cerraría definitivamente. Había que darse
prisa o se corría el riesgo de quedarse fuera. Así lo iba a afirmar, por obra y gracia de otra visión angélica acontecida el 24 de mar-
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zo de 1849, la que sería gran profetisa del adventismo Ellen G. White (Early Wrintings, pp. 42 ss.). Como antes había acontecido
con Miller, tampoco la profecía de Ellen G. White se cumpliría. De hecho, resulta dudoso que aún viva alguna de las personas que lo hacía en 1844 o en 1849, pero el fin del mundo no ha
venido.
Lo peor de una de las visiones en la que un ángel confirmaba a Ellen G. White la veracidad de la profecía relacionada con 1843 no fue, sin embargo, eso. Lo peor fue que en la mencionada visión el que aparecía en lo que se le decía que era la Nueva Jerusalén y en el trono de la misma era el mismo Satanás y todos se inclinaban
(Early Writings, p. 56). Como es lógico, hubo gente que encontró
sospechosa aquella presencia de Satanás en las visiones de la White y es que no habían escarmentado los adventistas en su afán por lanzar falsas profecías. El fin del mundo volvió a anunciarse para más fechas futuras: 1854 y 1873 entre ellas.10
Al igual que los mormones son incomprensibles sin una refe- rencia a Joseph Smith, el adventismo del Séptimo Día sería un imposible sin centrarnos en la figura de su profetisa Ellen G. White. Pocos personajes han recibido tal grado de alabanzas y han sido objeto de tantos panegíricos por parte de los adeptos de una secta como Ellen G. White.
Sus escritos son considerados por la secta como totalmente —no sólo parcialmente— inspirados por el Espíritu Santo de Dios. De hecho, no es extraño encontrar todavía hoy en día no- ticias en los medios de comunicación adventistas de los procesos seguidos contra aquellos de sus miembros que niegan no la inspi- ración de todas las obras de Ellen White, sino sólo de algunas de ellas."
Dado el carácter presuntamente inspirado de sus obras, Ellen White es considerada también en el seno de la secta como única intérprete correcta de la Biblia. Su autoridad es canónica en todo lo referente a la interpretación doctrinal como, en su día, entre otros, señaló Arthur Delafield, uno de los miembros más desta- cados de la Fundación White.'2
Por otro lado, su influencia en el seno del adventismo no se li- mita al terreno religioso. La educación —tal y como se da en el
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EI. APORTE ESPIRITLJAI. (III: LAS SECTAS
MIIENARIS.1AS
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seno de la secta y en sus escuelas a adeptos y no adeptos— está
inspirada en la misma visión de la profetisa. Lo mismo puede de- cirse de lo referente a la salud, la alimentación, la ciencia o el di- nero. En todas estas áreas, los adventistas dependen de la ense- ñanza —supuestamente inspirada— de la profetisa.
En cierta medida hay que reconocer que tal postura es lógica si se aceptan las afirmaciones que Ellen White hizo sobre sí misma. No eran pequeñas ni modestas. Ellen White afirmó que era el Espíritu Santo el que la inspiraba en la redacción de sus visiones: «Dependo del Espíritu Santo tanto al escribir mis visiones como al recibirlas.»13
Precisamente basándose en ese apoyo del Espíritu Santo, Ellen White podía sustituir a los profetas y los apóstoles del pasa-do. Su testimonio tenía, como mínimo, el mismo valor:
«En los tiempos antiguos, Dios habló a los hombres por boca de profetas y apóstoles. En estos días, Él les habla por los testi- monios» (extracto de las obras de E. White).14
Por ello, todos estaban obligados a someterse a sus órdenes sin discutirlas en lo más mínimo. Enfrentarse a sus revelaciones era actuar directamente contra Dios: «Si disminuís la confianza del pueblo de Dios en los testimonios (obras de Ellen White) que El
les ha enviado, os estáis rebelando contra Dios.»'5
No se podía esperar otra cosa pues, según ella afirmaba, no es- cribía lo que pensaba sirio lo que Dios le decía: «No escribo ni un artículo en la revista en el que exprese meramente mis propias ideas. Son las que Dios ha abierto ante mí en visión».'"
Los métodos mediante los que afirmó recibir revelaciones — como en el caso de Joseph Smith— fueron muy variados. En algunos casos habló de su «ángel acompañante»'7 y en otros de
una visión producida por el Espíritu de Dios.'s Fuera como fue-se,
se autopresentaba como una profetisa de Dios y así lo han aceptado por décadas —y siguen haciéndolo— sus adeptos.
Ellen Gould Harmon, más conocida como Ellen White, na- ció junto con una hermana gemela en Goran, Maine, el 26 de no-
viembre de 1827. Sus padres, Robert y Eunice Harmon, pertene-
cían a la Iglesia episcopal metodista. A los nueve años sufrió un
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Una compañera de escuela le dio una pedrada en la cabeza y, su- puestamente, como consecuencia de ello, su salud se vio muy alterada. Durante tres semanas se vio sometida a un estado de es- tupor. Cuando empezó a recuperarse y contempló la deformación física que padecía ahora en la cara deseó morir. A partir de entonces rehuía todo contacto con los demás y acostumbraba a estar sola. Pasaba periodos de desmayos y mareos, y, en múltiples ocasiones, se veía embargada por la desesperación o la depresión. En aquel estado abandonó sus estudios. Nunca obtendría una educación formal superior al tercer grado de escuela primaria. Fue entonces, en torno a los trece años, cuando entró en contacto con William Miller, que predecía el fin del mundo para 1843. Este contacto cambió su vida. Aquella gente esperaba también la destrucción de un entorno que no era amable para ellos. Como Ellen White aún mucho tiempo después,19 muchos adeptos de
Miller vivían en un mundo que no les gustaba y ansiaban su final. Fue precisamente también en esa época cuando la White tuvo sus primeros contactos con la masonería.
La primera referencia al respecto la encontramos en 1845, cuando Ellen White fue detenida por su participación en una es- candalosa ceremonia religiosa.20 El episodio ha sido estudiado
con cierto interés en la medida en que demuestra cómo la profe- tisa del adventismo mintió, como tantas veces, en la descripción de un episodio de su vida. Sin embargo, lo más interesante es que de aquella situación pudo salir gracias a la intervención de James Stuart Holmes. Este abogado era un conocido librepensador que se congregaba con un grupo universalista, pero, sobre todo, era un veterano masón que se convirtió en el primer maestro de la lo- gia masónica de Foxcroft. Muy poco después, Ellen White dio dos de los pasos más relevantes de su vida, contraer matrimonio y anunciar que estaba recibiendo visiones.
En su primera visión, Ellen White recogida en Early Writings, pp. 13-20 vio que SÓLO 144 000 iban a ser salvos en aquella época en que ella vivía, la época del tiempo del fin. Estos 144 000 salvos de aquellos (supuestos) últimos tiempos se unirían a los anteriormente salvos en el curso de la Historia. No hace falta decir que, con el paso de los años, la doctrina de Ellen G.
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White se hizo insostenible. Aunque volvió a ser confirmada por otra visión de 5 de enero de 1849 (Early Wrintings, pp. 6 ss.), el
crecimiento posterior del movimiento recomendó a las autorida- des de la secta descartada.
A semejanza de Joseph Smith, el profeta de los mormones, también Ellen White tuvo también visiones sobre el cosmos su- puestamente originadas por el Espíritu de Dios si creemos las afirmaciones de Ellen White. Por ejemplo, un día de 1846, Ellen White cayó presuntamente en trance y realizó un rápido viaje por el sistema solar. Describió Júpiter y sus cuatro lunas, Saturno y sus siete lunas y Urano con sus seis. Para el conocimiento astronómico que se tenía en esa fecha, la visión de la profetisa no estaba mal pero para el que disponemos hoy en día era claramente pobre. Para empezar, Ellen White no dijo ni una palabra de Neptuno ni de Plutón (no eran conocidos aún en aquella época) y, como era de esperar, falló estrepitosamente en su descripción de los satélites planetarios del sistema solar. Sólo unos años después de la visión — supuestamente divina— los telescopios dieron con la existencia de más lunas en torno a Júpiter y a Saturno. Hasta el día de hoy se han descubierto al menos diecisiete en torno a Júpiter y veintidós alrededor de Saturno. Urano tiene más de una docena de lunas, como reveló el vuelo del Voyager 2 en 1986 (y no seis corno «vio» Ellen White). Como astrónoma —y más si estaba inspirada por Dios—, Ellen White dejaba bastante que desear. Claro que eso no era lo peor. La profetisa insistió además en que algunos de los planetas del sistema solar estaban poblados: «El Señor me ha dado una visión de otros mundos. Se me dieron alas y un ángel me asistió desde la ciudad hasta un lugar que era brillante y glorioso. La hierba del lugar era de un verde vivo, y los pájaros entonaban una dulce canción. Los habitantes del lugar eran de todos los tamaños, eran nobles, majestuosos y adorables... Entonces fui llevada a un mundo que tenía siete lunas. Allí vi al bueno de Enoc, que había sido trasladado al mismo.» 2 '
Una mujer que estaba presente en aquel espectáculo —su-
puestamente inspirado por el Espíritu Santo— dejó su testimonio
del mismo: «Después de hablar (Ellen White) en voz alta sobre las lunas de Júpiter e inmediatamente después sobre las de
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Saturno, dio una hermosa descripción de los anillos de este últi- mo. Entonces dijo: los habitantes son altos, gente majestuosa, muy diferentes de los habitantes de la Tierra. El pecado nunca ha entrado allí.»
En esta época, la White tuvo también la revelación que daría nombre a su secta —adventistas del Séptimo Día— ya que anun- ció que los cristianos no debían guardar el domingo, sino el sábado judío. Aunque, por supuesto, este cambio doctrinal se intentó justificar alegando una panoplia de argumentos que iban desde una visión divina hasta el estudio de la Biblia, hoy en día sabemos que su origen se halló en un masón llamado Joseph Bates que se había unido a la secta adventista. De hecho, el personaje en cuestión había escrito un folleto de 46 páginas sobre el tema que se había publicado en New Bedford, Massachusetts, y que Ellen White y su esposo leyeron y examinaron en las prime-ras semanas posteriores a su matrimonio.
De manera bien significativa —y a pesar de las referencias a visiones celestiales que haría después—, Ellen White reconoció que el origen de su peculiar doctrina estaba en la influencia del masón Bates en una carta que le escribió en 1847.
Hasta aquí podemos colegir que la profetisa había mantenido una relación con algunos masones que la habían ayudado en si- tuaciones delicadas y que incluso uno de ellos había inspirado una de las doctrinas más determinantes de su secta. Sin embargo, la re- lación de Ellen White con la masonería fue más allá, aunque no podamos determinar con exactitud sus últimas consecuencias.
Uno de los miembros australianos de la secta, N. D. Faulk- head, era tesorero de la casa impresora de las obras adventistas y desde hacía años había pertenecido a la logia. Al parecer, a algu- nos de los adeptos le chocaba su iniciación en la masonería aun- que, a decir verdad, no habían tomado por ello ninguna medida disciplinaria como, por ejemplo, las existentes en el seno del ca- tolicismo o de las iglesias protestantes. Ellen White se entrevistó con Faulkhead en un momento dado y al saludarle hizo el signo de los caballeros del Temple, un grado muy superior de iniciación en la masonería. Por supuesto, esta circunstancia sorprendió enormemente a Faulkhead y fue interpretada por otros adeptos
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como una señal de la inspiración divina de la profetisa. La realidad, sin embargo, es que todo parece apuntar a que Ellen White tenía conexiones con la masonería que eran más que colaterales y superficiales.
Durante los años siguientes, la carrera de Ellen White fue irregular y si bien la secta siguió experimentando un crecimiento numérico hasta el punto de convertirse en un lucrativo negocio, no es menos cierto que no dejaron de surgir escándalos relacio- nados con la personalidad de la profetisa, especialmente los rela- tivos a obras que había plagiado y que presentó como inspiradas por Dios. Un ex adepto que ha investigado el tema de los plagios de la profetisa señala al respecto: «Aunque parece severa, la defi- nición caracterizaría a Ellen a la edad de diecisiete años como la- drona, una ladrona que siguió siéndolo el resto de su vida, ayudada y animada en gran medida por otros.»22
Un comité de la secta reunido en 1980 en Glendale para abordar el tema de los plagios de la profetisa quedó sorprendido de los resultados de su investigación. La proporción de material