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Aprendizaje: Olvidando memorizar

In document Tu Mente Es Extraordinaria (página 89-103)

Quizá pudiéramos definir

aprendizaje como esa capacidad de

saber decidir en cada momento,

aunando los procesos subconscientes- automáticos y conscientes-pensantes,

cómo responder ante los

acontecimientos de nuestra vida, generando el máximo posible de bien- estar para nosotros mismos y para la tribu que nos rodea.

Por una parte, nuestra moderna y occidentalizada sociedad presume de

tener un sistema educativo basado en

el puntaje y la memorización

estandarizadas como filtro para derivar a los jóvenes por uno de dos únicos senderos posibles: el camino del éxito preenlatado para los que alcancen mejores marcas en esa memorización, y el de los que se

queden atrás, quienes acabarán

sirviendo laboralmente, con suerte, a los designios de los primeros.

Es irrelevante que tengamos piezas de un puzle con forma cuadrangular, oval o romboide: todos los alumnos han de pasar por el aro. Nuestro entorno académico castra otros tipos de aprendizaje, críticos para el desarrollo de un individuo, más allá de su papel como mero factor de producción que nuestros entronados

economistas preconizan: el

aprendizaje corporal a través del movimiento, el artístico-creativo y el

colaborativo-sinérgico con otros individuos. Luego nos extraña que

nuestros estudiantes fracasen

escolarmente o terminen por engrosar el porcentaje de adultos alienados en trabajos que aborrecen.

Para colmo, la labor de los

profesores y administradores

educativos es seguir reproduciendo los modelos que se sustentan en la

enseñanza, sin darse cuenta de que nunca, nadie, enseña nada a otro: es

el otro el que aprende, si quiere, del primero. Y aun así, nuestros profesores de hoy continúan replicando lo que recuerdan de los que tuviero​n ayer, en un aula cerrada al vacío, empleando contenidos de anteayer para una comunidad de estudiantes de hoy — con acceso a todos los datos del universo a golpe de Google— y con el notorio fin de que los empleen con

innovación.

Nos lamentamos de que la tasa de fracaso escolar sea tan brutal. No es el niño el que fracasa. Es el sistema global el que no funciona pretendiendo todavía postrar a nuestros pequeños durante veinte años en una silla con el fin de encontrar un trabajo que los aprisione durante cuarenta años en una oficina.

Aunque eso ya no sea posible.

Una vez que expira el

adoctrinamiento académico por el que el consciente (memorístico) todo lo hace y lo puede, en el que las emociones distraen de lo relevante, donde el individualismo sustituye a la individualidad y donde la cooperación en un examen se penaliza con un suspenso y una visita al despacho del director, nos encontramos con que, en nuestro primer día ahí fuera, más allá

de las paredes de una escuela, por primera vez en veintipocos años, no tenemos ni la más remota idea de qué queremos hacer, cómo, con quién, o por cuánto tiempo. Y peor, para qué.

Es ese momento de anticlímax que recordamos en la historia de nuestras vidas cuando por fin nos percatamos de que, como en realidad no sabemos nada, no hay mejor momento que ese para decidir dejar de ser enseñados y comenzar a aprender.

Es ciertamente posible entrenar la memoria para registrar en nuestro cerebro un extenso elenco de datos prácticos y otros estériles; para rememorar cómo se calcula un logaritmo neperiano —mi admiración si usted lo recuerda: mi olvido en ese departamento es irrecuperable— o para evocar con el cónyuge la lista de

contabilizadas, de la familia política durante la cena del aniversario de bodas.

Y si bien es cierto que podemos tener una capacidad de memorización prodigiosa, no la tenemos para

recordar lo que memorizamos. De

hecho, nuestra mente ni siquiera recuerda: lo que hace es recomponer recuerdos complejos a partir de algunas trazas de algunos vestigios de algunos pedazos de algunas ideas

deshilvanadas que creemos que

recordamos... o que nos inventamos en ese momento creyendo que siempre estuvieron ahí, como quien rellena con prisas las casillas en blanco de un tedioso cuestionario.

Traigamos si no al presente

cualquier disputa que hayamos tenido con determinada persona y cada uno recordaremos —o elegiremos recordar

consecuencias: ... y tú dijiste que...

¡No, yo no dije nada! O cuando ambos

seguidores de equipos rivales

rememoran el famoso penalti de 1998 que nunca (¡que sí!) fue. O esa asignatura que aprobamos gracias a nuestro esfuerzo (¿chuleta?, ahora no recuerdo ninguna chuleta...). O esa separación tan dolorosa que no nos

permite recordar que una vez

estuvimos enamorados, o cuando evocamos como negativas ciertas experiencias que en su momento fueron deliciosas.

En el tiempo que transcurre desde un cierto evento o incidente, la mente emplea un proceso de higienización que erradica o purifica aquellos recuerdos no tan gratos para relegarlos al olvido o para rediseñarlos en un formato más amable, incluso hasta el extremo; hay estudios que constatan que algunas personas ancianas que

fueron víctimas de abusos en su infancia por parte de sus progenitores los recuerdan ahora como seres cálidos, cercanos y protectores. La memoria busca, siempre, la historia más digerible para su usuario.

Ahora bien, la memoria, esa planta que nuestro sistema educativo riega con anabolizantes, está sobrevalorada si lo que queremos es que nuestros niños y jóvenes tengan una vida más allá de un examen final o un título.

El propósito de toda educación no es

preparar para la vida, sino que la vivan ya, desde el primer momento en

que entran en un aula..., si es que el aprendizaje debiera darse siquiera entre cuatro paredes.

Para ello, nuestros jóvenes deben estar expuestos desde los dos años — que es cuando empieza a aparecer su necesidad de emancipación primera— a una serie de experiencias, incluyendo

las no-agradables, para que aprendan, aunque no memoricen, tres cosas: a)

que cuando se caigan (o se

equivoquen) pueden levantarse y recomponerse solos; b) que, aunque tengan conciencia de que pueden recomponerse solos, hay un grupo de personas que están ahí para apoyarlos sí o sí, si bien su cometido no es prevenir siempre que se caigan y se

lastimen —desentenderse de los

pequeños es tan dañino como

sobreprotegerlos—; y por tanto

desarrollando así su c) autoconfianza, es decir, su certeza absoluta de que ellos tienen todos los recursos que necesitan y, si no los tienen, sabrán hallarlos.

Mientras los conceptos memorizados

se olvidan, las competencias

aprendidas se mantienen durante toda la vida. Si los estudiantes en edad

escolar aprenden desde pequeños las habilidades de iniciativa, liderazgo, flexibilidad, negociación, trabajo en equipo, capacidad de colaboración,

resiliencia y empatía, ya no

necesitarán entrar en el mundo real desde el academicismo artificial de laboratorio, pues desde siempre

estuvieron en ese mundo real.

¿Y cómo realizar esa transición del enfoque en el profesor-activo que

enseña conceptos a un alumnado

pasivo, para llevarlo a un papel de profesor-facilitador que proporcione al estudiante el entorno y los recursos de un aprendizaje-activo?

¿Cómo facilitar el progreso de

cualquier joven que, aun sin poder

acceder a los mayores recursos económicos o provenir de un entorno familiar impecable, toma conciencia de que no requiere del permiso de —ni

los límites establecidos por— nadie para decidir, y ser, excepcional en una labor, emprendedora, de su elección?

Desde 2010 hemos puesto en marcha una propuesta trabajando con cerca de

quinientos jóvenes en Alemania

alrededor de las siguientes cinco áreas principales:

La firma de un contrato de honor a principio de curso y revisable periódicamente, por el que cada

estudiante adquiere un

compromiso, propio y en

público, en relación con metas,

objetivos, recompensas y

penalizaciones (que no castigos). El fomento del error, del riesgo

calculado, de la toma de

decisiones con información

errónea o incompleta en la generación de riqueza, medida o no en dinero, a través de

proyectos emprendedores en un entorno que aporta valor — bienestar— para sí mismos, sus

equipos de trabajo y su

comunidad.

La identificación de talentos naturales y la asociación con mentores que potencien esos talentos. Es más fácil enseñar a un gato a que trepe más rápido que a nadar.

La reducción de pruebas

individualizadas y la inclusión de ejercicios en ternas compuestas por equipos 2-1 (dos estudiantes

fuertes en el conocimiento junto

a uno que necesite refuerzo) en las que no es tanto la prueba en sí la que cuenta, sino el proceso antes de la prueba: colaboración, apoyo, integración y mentoring en tiempo real.

que no se solicita la repetición de conceptos, sino la aplicación de esos conceptos a situaciones o escenarios reales o realistas, de tal modo que dos equipos con dos respuestas radicalmente opuestas —pero impecablemente argumentadas— pueden llevarse de forma simultánea la mejor valoración.

¿El incremento en el coste

presupuestario en la implantación de estas estrategias? Exactamente cero euros.

Hay muchos profesores, maestros e instructores cerca de nosotros. Pero, quizá, los más grandes, los que serán

recordados, son aquellos que

aportarán el escenario y los recursos para el aprendizaje de los pequeños.

Seguramente también serán los mismos que, una vez facilitado el

desarrollo de las competencias de sus estudiantes, se quitarán de en medio para no entorpecer su progreso.

Exactamente lo opuesto a lo que podríamos haber visto en persona si hubiéramos estado hace unos años trabajando con un tipo muy peculiar en Italia, nuestro siguient​e destino.

SEIS

Florencia

Engaño productivo:

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