Quizá pudiéramos definir
aprendizaje como esa capacidad de
saber decidir en cada momento,
aunando los procesos subconscientes- automáticos y conscientes-pensantes,
cómo responder ante los
acontecimientos de nuestra vida, generando el máximo posible de bien- estar para nosotros mismos y para la tribu que nos rodea.
Por una parte, nuestra moderna y occidentalizada sociedad presume de
tener un sistema educativo basado en
el puntaje y la memorización
estandarizadas como filtro para derivar a los jóvenes por uno de dos únicos senderos posibles: el camino del éxito preenlatado para los que alcancen mejores marcas en esa memorización, y el de los que se
queden atrás, quienes acabarán
sirviendo laboralmente, con suerte, a los designios de los primeros.
Es irrelevante que tengamos piezas de un puzle con forma cuadrangular, oval o romboide: todos los alumnos han de pasar por el aro. Nuestro entorno académico castra otros tipos de aprendizaje, críticos para el desarrollo de un individuo, más allá de su papel como mero factor de producción que nuestros entronados
economistas preconizan: el
aprendizaje corporal a través del movimiento, el artístico-creativo y el
colaborativo-sinérgico con otros individuos. Luego nos extraña que
nuestros estudiantes fracasen
escolarmente o terminen por engrosar el porcentaje de adultos alienados en trabajos que aborrecen.
Para colmo, la labor de los
profesores y administradores
educativos es seguir reproduciendo los modelos que se sustentan en la
enseñanza, sin darse cuenta de que nunca, nadie, enseña nada a otro: es
el otro el que aprende, si quiere, del primero. Y aun así, nuestros profesores de hoy continúan replicando lo que recuerdan de los que tuvieron ayer, en un aula cerrada al vacío, empleando contenidos de anteayer para una comunidad de estudiantes de hoy — con acceso a todos los datos del universo a golpe de Google— y con el notorio fin de que los empleen con
innovación.
Nos lamentamos de que la tasa de fracaso escolar sea tan brutal. No es el niño el que fracasa. Es el sistema global el que no funciona pretendiendo todavía postrar a nuestros pequeños durante veinte años en una silla con el fin de encontrar un trabajo que los aprisione durante cuarenta años en una oficina.
Aunque eso ya no sea posible.
Una vez que expira el
adoctrinamiento académico por el que el consciente (memorístico) todo lo hace y lo puede, en el que las emociones distraen de lo relevante, donde el individualismo sustituye a la individualidad y donde la cooperación en un examen se penaliza con un suspenso y una visita al despacho del director, nos encontramos con que, en nuestro primer día ahí fuera, más allá
de las paredes de una escuela, por primera vez en veintipocos años, no tenemos ni la más remota idea de qué queremos hacer, cómo, con quién, o por cuánto tiempo. Y peor, para qué.
Es ese momento de anticlímax que recordamos en la historia de nuestras vidas cuando por fin nos percatamos de que, como en realidad no sabemos nada, no hay mejor momento que ese para decidir dejar de ser enseñados y comenzar a aprender.
Es ciertamente posible entrenar la memoria para registrar en nuestro cerebro un extenso elenco de datos prácticos y otros estériles; para rememorar cómo se calcula un logaritmo neperiano —mi admiración si usted lo recuerda: mi olvido en ese departamento es irrecuperable— o para evocar con el cónyuge la lista de
contabilizadas, de la familia política durante la cena del aniversario de bodas.
Y si bien es cierto que podemos tener una capacidad de memorización prodigiosa, no la tenemos para
recordar lo que memorizamos. De
hecho, nuestra mente ni siquiera recuerda: lo que hace es recomponer recuerdos complejos a partir de algunas trazas de algunos vestigios de algunos pedazos de algunas ideas
deshilvanadas que creemos que
recordamos... o que nos inventamos en ese momento creyendo que siempre estuvieron ahí, como quien rellena con prisas las casillas en blanco de un tedioso cuestionario.
Traigamos si no al presente
cualquier disputa que hayamos tenido con determinada persona y cada uno recordaremos —o elegiremos recordar
consecuencias: ... y tú dijiste que...
¡No, yo no dije nada! O cuando ambos
seguidores de equipos rivales
rememoran el famoso penalti de 1998 que nunca (¡que sí!) fue. O esa asignatura que aprobamos gracias a nuestro esfuerzo (¿chuleta?, ahora no recuerdo ninguna chuleta...). O esa separación tan dolorosa que no nos
permite recordar que una vez
estuvimos enamorados, o cuando evocamos como negativas ciertas experiencias que en su momento fueron deliciosas.
En el tiempo que transcurre desde un cierto evento o incidente, la mente emplea un proceso de higienización que erradica o purifica aquellos recuerdos no tan gratos para relegarlos al olvido o para rediseñarlos en un formato más amable, incluso hasta el extremo; hay estudios que constatan que algunas personas ancianas que
fueron víctimas de abusos en su infancia por parte de sus progenitores los recuerdan ahora como seres cálidos, cercanos y protectores. La memoria busca, siempre, la historia más digerible para su usuario.
Ahora bien, la memoria, esa planta que nuestro sistema educativo riega con anabolizantes, está sobrevalorada si lo que queremos es que nuestros niños y jóvenes tengan una vida más allá de un examen final o un título.
El propósito de toda educación no es
preparar para la vida, sino que la vivan ya, desde el primer momento en
que entran en un aula..., si es que el aprendizaje debiera darse siquiera entre cuatro paredes.
Para ello, nuestros jóvenes deben estar expuestos desde los dos años — que es cuando empieza a aparecer su necesidad de emancipación primera— a una serie de experiencias, incluyendo
las no-agradables, para que aprendan, aunque no memoricen, tres cosas: a)
que cuando se caigan (o se
equivoquen) pueden levantarse y recomponerse solos; b) que, aunque tengan conciencia de que pueden recomponerse solos, hay un grupo de personas que están ahí para apoyarlos sí o sí, si bien su cometido no es prevenir siempre que se caigan y se
lastimen —desentenderse de los
pequeños es tan dañino como
sobreprotegerlos—; y por tanto
desarrollando así su c) autoconfianza, es decir, su certeza absoluta de que ellos tienen todos los recursos que necesitan y, si no los tienen, sabrán hallarlos.
Mientras los conceptos memorizados
se olvidan, las competencias
aprendidas se mantienen durante toda la vida. Si los estudiantes en edad
escolar aprenden desde pequeños las habilidades de iniciativa, liderazgo, flexibilidad, negociación, trabajo en equipo, capacidad de colaboración,
resiliencia y empatía, ya no
necesitarán entrar en el mundo real desde el academicismo artificial de laboratorio, pues desde siempre
estuvieron en ese mundo real.
¿Y cómo realizar esa transición del enfoque en el profesor-activo que
enseña conceptos a un alumnado
pasivo, para llevarlo a un papel de profesor-facilitador que proporcione al estudiante el entorno y los recursos de un aprendizaje-activo?
¿Cómo facilitar el progreso de
cualquier joven que, aun sin poder
acceder a los mayores recursos económicos o provenir de un entorno familiar impecable, toma conciencia de que no requiere del permiso de —ni
los límites establecidos por— nadie para decidir, y ser, excepcional en una labor, emprendedora, de su elección?
Desde 2010 hemos puesto en marcha una propuesta trabajando con cerca de
quinientos jóvenes en Alemania
alrededor de las siguientes cinco áreas principales:
La firma de un contrato de honor a principio de curso y revisable periódicamente, por el que cada
estudiante adquiere un
compromiso, propio y en
público, en relación con metas,
objetivos, recompensas y
penalizaciones (que no castigos). El fomento del error, del riesgo
calculado, de la toma de
decisiones con información
errónea o incompleta en la generación de riqueza, medida o no en dinero, a través de
proyectos emprendedores en un entorno que aporta valor — bienestar— para sí mismos, sus
equipos de trabajo y su
comunidad.
La identificación de talentos naturales y la asociación con mentores que potencien esos talentos. Es más fácil enseñar a un gato a que trepe más rápido que a nadar.
La reducción de pruebas
individualizadas y la inclusión de ejercicios en ternas compuestas por equipos 2-1 (dos estudiantes
fuertes en el conocimiento junto
a uno que necesite refuerzo) en las que no es tanto la prueba en sí la que cuenta, sino el proceso antes de la prueba: colaboración, apoyo, integración y mentoring en tiempo real.
que no se solicita la repetición de conceptos, sino la aplicación de esos conceptos a situaciones o escenarios reales o realistas, de tal modo que dos equipos con dos respuestas radicalmente opuestas —pero impecablemente argumentadas— pueden llevarse de forma simultánea la mejor valoración.
¿El incremento en el coste
presupuestario en la implantación de estas estrategias? Exactamente cero euros.
Hay muchos profesores, maestros e instructores cerca de nosotros. Pero, quizá, los más grandes, los que serán
recordados, son aquellos que
aportarán el escenario y los recursos para el aprendizaje de los pequeños.
Seguramente también serán los mismos que, una vez facilitado el
desarrollo de las competencias de sus estudiantes, se quitarán de en medio para no entorpecer su progreso.
Exactamente lo opuesto a lo que podríamos haber visto en persona si hubiéramos estado hace unos años trabajando con un tipo muy peculiar en Italia, nuestro siguiente destino.