El hombre trabaja en un lugar privilegiado. Se dedica a lo que le gusta y no solo se percata de que su maestría produce resultados que sirven a su sociedad, sino que se siente realizado profesional, personal y financieramente. No le falta de nada: dispone de recursos, equipamiento, un grupo de personas que le apoya y acompaña en su quehacer, y su reputación le precede. G. hace un
altamente sofisticado para el que por fortuna cuenta con la formación, experiencia y competencias necesarias con el fin de triunfar holgadamente. La institución que lo apoya le deja hacer, no se inmiscuye en sus asuntos, pues, gracias a su excelente labor, ella misma se posiciona públicamente de una manera envidiable en relación con el resto de competidores.
Un día, en su labor de innovación, diseña una maquinaria original, única, que le proporciona una ventaja sustancial no solo a su empresa, sino a su posicionamiento personal en el mercado profesional: ha descubierto una tecnología exclusiva que despliega ante sí toda la información que pueda desear, con tan solo utilizar su deseo y las puntas de los dedos.
Comienza a explorar y a realizar descubrimientos que pronto dejan en absoluto ridículo a sus competidores
directos y hasta entonces monopolio de
facto del conocimiento, quienes, como
se podría anticipar, se convierten en sus severos y públicos detractores. G., el tipo tiene carácter, no se deja
avasallar y, aprovechando la
arrasadora fuerza de la evidencia, comienza a utilizarla para noquear y abochornar en público la dialéctica de sus contendientes. Su nombre empieza a resonar en los medios de masas, pues no solo sus descubrimientos son rompedores, sino que se atreve a desafiar al establishment que, hasta el momento, dictaba la ley.
Se lo conmina públicamente a reconsiderar sus avances, a enderezar su camino. Y, sin embargo, él lo sabe bien, lo que ha desenterrado del foso de la ignorancia proporciona un mayor bienestar y conocimiento a la totalidad de la especie humana, lo que le estimula a seguir trabajando y
compartiendo sin vacilación lo que tantos años de trabajo le ha llevado.
No obstante, ese establishment le golpea duro con algo que quizás él no calibró bien: la ignominia. El ostracismo. La condena eterna. Y, ya que están en ello, la ira divina.
Una vez más, se le da la oportunidad de retractarse, de olvidarse de su labor de toda una vida a cambio de la vuelta al redil, a la conformidad, la aceptación, la reacogida en la prisión de oro de lo conocido y, sobre todo, lo aceptable. Ha agitado la jaula del león,
pero el león se muestra
condescendiente por una vez.
Quizás este escenario nos resulte familiar en la trayectoria profesional o personal de alguien que conocemos.
No sería el primero ni,
desafortunadamente, el último. Esto es lo que Galileo tuvo que vivir en 1616, y por lo que murió, tras demostrar con
su telescopio los teoremas de
Copérnico contra el dogma
geocéntrico —y cegadoramente
antropocéntrico— del mayor poder de la época, la Iglesia, y por el que la Tierra y los demás planetas del sistema solar giran alrededor de la estrella y no al revés. Todos los demás estaban equivocados, lo que le costó al maestro Galilei una entrevista vis-à-
vis con la Inquisición, que lo condenó
como vehemente sospechoso de
herejía y lo confinó en su propia casa hasta el final de sus días.1
Aunque nuestra verdad sea, para nosotros, cierta, no necesariamente quiere decir que sea verdadera. En
nuestro propio cosmos siempre
tenemos razón... salvo cuando no la tenemos, en cuyo caso buscaremos —y encontraremos— las maneras de tenerla. Eso es lo que los psicólogos
George Quattrone y Amos Tversky
persiguieron demostrar en un
experimento en 1984.
En él, con el pretexto de un estudio acerca de determinados aspectos médicos y psicológicos asociados con el deporte, se invitaba a los participantes a sumergir los brazos en agua muy fría el máximo de tiempo posible. En la mayor parte de los
casos apenas aguantaron unos
segundos. Posteriormente, se les dio una charla desinformativa acerca de los dos tipos de corazón posibles con los que un individuo podía nacer: uno, asociado con una mejor salud y esperanza de vida, y el otro, por el contrario, vinculado con un mayor riesgo de enfermedad cardíaca y una peor condición física en general.
A la mitad de los participantes se les informó, adicionalmente, de que aquellas personas con un corazón del
tipo sano muestran una mayor
resistencia en minutos si son expuestos al agua muy fría después de realizar ejercicio físico; mientras que a la otra mitad se les dijo exactamente lo
contrario: que su corazón era más
fuerte si, al sumergir los brazos en esa agua fría, aguantan menos tiempo tras el mismo esfuerzo aeróbico que los primeros.
Los resultados fueron muy claros: en la segunda inmersión de cada grupo de participantes, la realizada tras un ejercicio físico moderado, los que duraron más tiempo con los brazos sumergidos fueron los que creían que se debía a que habían sido bendecidos por la naturaleza con un corazón sano; mientras que los que pensaban que sumergir los brazos menos tiempo bajo el agua era un signo inequívoco de salud cardíaca aguantaron, en efecto,
¿Quién miente?
Después, se preguntó a los sujetos si
habían decidido deliberadamente
alterar el tiempo en el que mantuvieron los brazos en el agua fría después de haber sido informados acerca de los dos tipos de corazón sano-débil. De ellos, más del 75 % negó haber modificado a propósito su tiempo de exposición al agua helada y casi todos los demás dijeron que en la segunda inmersión el agua estaba más...
caliente (no lo estaba).
Podemos sacar varias conclusiones de este experimento. Una, que somos
capaces de modificar nuestra
interpretación de la realidad para acomodarla a lo que queremos creer («¡el agua está ahora menos fría!»).
Dos, que modificamos nuestras
creencias (algunas tan vitales como
nuestra interpretación acerca de nuestra propia salud) basándonos en
información errónea o incompleta («los corazones sanos aguantan mejor al sumergir los brazos en agua fría tras un esfuerzo; aguanto mucho, por tanto, estoy sano»), sustituyéndolas por otras que sean más cómodas: fumador compulsivo, sedentario y adicto a las patatas de McDonald’s repentinamente descubre que está muy sano porque aguanta mucho bajo el agua fría. Y tres, que buscamos confirmar lo que
ya creemos previamente como cierto
(«como es deseable tener un corazón sano, y una prueba de ello es que un tipo sano puede aguantar el agua fría, yo estoy sano porque aguanto el agua fría»).
En suma, que cuando decidimos autoengañarnos lo hacemos hasta el
final, hallando aquellas
argumentaciones y evidencias a
nuestro alrededor que apoyan lo que nosotros previamente ya habíamos
decidido creer.
Sin embargo, esto puede ser
explotado a nuestro favor.
Cuando nos planteamos un objetivo ambicioso —de lo contrario no sería un objetivo—, las probabilidades de que desistamos en el intento en cuanto nos encontremos con un obstáculo algo más elevado de lo que anticipábamos (familias que cuestionan, burocracias que ralentizan, clientes que no pagan, calendarios estimados con alegre optimismo) son muy altas. Es en ese momento cuando nos sentimos tentados de hallar las razones para cambiar el objetivo y sustituirlo por uno más sencillo de conseguir (nuestro sistema de recompensas cerebral es generoso y nos lo premiará con una porción doble de endorfinas) o para convencernos de que, bueno, tampoco era eso lo que realmente queríamos conseguir.
En otras palabras, nos es biológicamente más placentero tener razón en el corto plazo que conseguir lo que nos proponemos en el largo, pues, en algún lugar de nuestro subconsciente hay una serie de creencias que aprovecharán para incapacitarnos en cuanto les cedamos el micrófono y una tarima (no puedes, no sabes, es difícil, no tienes los contactos, no tienes la edad, te falta X, te falta Y, te falta, te falta) y que, cuando nuestro consciente las obedece por ser coherentes con nosotros mismos —cambiar de opinión a fin de cuentas es de débiles—, se nos sirve en un precioso envase rojo con lazos dorados el surtido idóneo de perfectas
razones para no continuar trabajando
en nuestro proyecto.
Es decir, nos justificamos.
Pero no podremos engañarnos. En nuestro registro mental queda siempre
la espina de aquella meta que nos propusimos y que abandonamos antes de tiempo argumentando que no podíamos conseguirlo, sean cuales fueran las razones que nos diéramos. Y esto no se olvida fácilmente.
No es tan sencillo acallar nuestro gran sueño, nuestro proyecto, aquí.
La diferencia entre un sueño y un
objetivo es que al segundo le ponemos
una fecha límite para materializarlo.
Cuando establecemos ese tope
temporal, sobre todo si es lo suficientemente cautivador como para que no nos dé tiempo a tuitear desde el baño, nuestro cerebro comienza a purgar de su procesador central lo redundante, lo sobrante, lo que no sirve a ese propósito: aquellas ideas, creencias, relaciones, actividades que se oponen a lo que ya ha decidido que es un objetivo y no una mera
ensoñación ilusoria. Esto ya se torna serio. Se acabó el mirar a las nubes. Se acabó eso de suspirar por un quiero y escudarse en un no puedo.
Y es entonces cuando podemos
emplear nuestra capacidad de
autoengañarnos —con efectividad— para seducirnos a nosotros mismos con la potencia que otorga elegir la vía de la posibilidad: ya no se trata de cuestionarnos si vamos a ser capaces,
sino de afirmar de un modo
incontestable: sí, soy capaz.
No sabremos aún cómo, pero sí ya sabremos qué. Ya no es que el mercado laboral esté muy mal, o las oportunidades de emprender sean exiguas, o que trasladarse a otra ciudad sea un trastorno mayúsculo. Ahora es ¿cómo puedo exprimir al máximo mis circunstancias actuales mientras construyo otras nuevas?, en lugar de continuar tolerando que con la
que está cayendo no se puede hacer más. Dejemos eso para los mediocres.
Cada día elegimos cómo engañarnos: después de todo nunca veremos la realidad como es sino como nosotros
deseemos interpretarla en cada
momento.
Y esa es, precisamente, la
equivocación más acertada.
¿Cómo usar entonces este tipo de
equivocaciones para incidir y
modificar a nuestro favor nuestra realidad propia y actual?
Mediante ese tipo de actuaciones que, si no nos apresuramos en hacer por nosotros mismos, alguien hará en nuestro lugar, sin preguntar, y para su muy particular provecho.