2 QUÉ ES FUNDIR A LA CERA PERDIDA EN EL MUNDO ANCESTRAL
2.1. LA MAGIA DE LA MATERIA DENTRO DEL PROCESO DE FUNDICIÓN
2.1.2. LA ARCILLA Y SUS CARACTERÍSTICAS
Otra de las materias, que produce encanto para el trabajo de los escultores es la arcilla, llamada “Ra” en lengua Muisca, presente no sólo en cantidades sino en composiciones y colores diversos en todo el territorio colombiano y sobre todo en el pueblo Muisca de “Ráquira” o ciudad de la arcilla, de los alfareros (Escribano, 2007 p. 91). La magia de la arcilla, no podría estar ajena a este proceso de transformación de la fundición, tiene la esencia misma de la Pachamama o Guaia, por eso los humanos hemos dirigido nuestras miradas a la arcilla, porque tenemos la necesidad de tocar, de acariciar la tierra. Por eso mismo Sahagún43 (traducido por León-Portilla y citado en González F. 2003, p. 104) en el contexto mexicano, refiere cómo sus informantes indígenas equiparaban a los alfareros con los sabios y maestros:
En cuanto son creadores, dan vida a la masa informe. El que da un ser al barro; de mirada aguda, moldea, amasa el barro. El buen alfarero pone esmero en las cosas, enseña al barro a mentir, dialoga con su propio corazón, hace vivir a las cosas, las crea, todo lo conoce como si fuera un Tolteca...
Esta huella que nos posibilita la arcilla, en la mirada cosmogónica de unidad que nos recuerdan los ancestros, revive en nuestras manos, el diálogo silencioso que la mansa arcilla nos permite en los viajes fantásticos, cuando nos sentimos creadores. Pero habíamos olvidado que no se trataba de un ser inerte, sino aparentemente inerte, conectado con los demás seres vivos, “articulados en una sola red inextricable” (Patiño, 1992) por eso, comenta este autor, para extraer el barro de la tierra, para hacer vasijas, hornos, crisoles, cucharas y moldes, la mayoría de estos pueblos no manipulaban esta “materia” sino después de “una serie de ritos cuyo efecto final era asegurar que la pieza fabricada con ese barro no se rompiera”. El respeto y la profundidad significativa, que
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Bernardino de Sahagún, fue un fraile franciscano, quien se interesó por registrar varias de las actividades sociales de los indígenas mexicanos del siglo XV, esto le llevó a escribir el libro Historia general de las cosas de nueva
España, o Códice Florentino, en el que entre otras actividades se registran los pasos del proceso de la fundición a la
cera perdida; en particular en este caso se refiere a los Toltecas; traducido entre otros autores por Miguel León Portilla.
77 guarda cada elemento de la tierra era conocido para la mayoría de comunidades ancestrales, por eso, entre todos existían canales de comunicación y encuentro, para servirse mutuamente y armoniosamente como integrantes de la misma tierra. Los rituales son manifestación de este sentir, por eso Patiño (1992, p. 118), relaciona algunos ejemplos de estas investigaciones, como en el caso de las mujeres akawaio (de Kwima en Venezuela), quienes antes de buscar la arcilla, se pintan con achiote para protegerse de las enfermedades que les pueda causar el espíritu que vive en estos lugares. En el caso de las mujeres macuna, ellas buscan la arcilla lejos de sus viviendas “en sitios escogidos, y le piden permiso a la madre del barro para sacarlo, pues si no las ollas se rajarían”.
Podríamos considerar que el alfarero debió ser uno de los especialistas que intervino en esta fase del proceso de fundición, formando parte tanto de la tecnología de soporte, como de la cadena operatoria, sobre las que tratamos en el primer capítulo y que corresponde no sólo a la participación de otros actores con conocimientos particulares, además de procesos puntuales dentro de la cadena operatoria, tales como el secado de la arcilla o cocción del molde, entre otros. Según se cita en el Códice Florentino44, los orfebres ancestrales también tenían el conocimiento del manejo de la arcilla, al respecto Ybarra (2011a) parte de que si bien la alfarería y la metalurgia, tienen elementos en común, son procesos distintos, que no necesariamente impidieron el establecimiento de un taller de orfebrería, en una zona donde no existiera alguna tradición alfarera. En el apartado anterior según Patiño (1992), algunos ritos para recolectar la arcilla de ciertos lugares, implica conocimientos sobre cómo hacerlo, pero además resalta que es una acción realizada básicamente por mujeres. Esto nos lleva a pensar necesariamente en trabajos especializados que se integran dentro del colectivo social, como un tejido.
Las arcillas empleadas en la fundición, requerían de unas cualidades específicas, las cuales no sólo debían ser plásticas para poder ser modeladas, sino que en el caso
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Libros o códices, en los que se registraron aspectos de la historia ancestral indígena, en países como México, escritos en Náhuatl; en particular en este códice aparecen descritos los procedimientos e imágenes del proceso de la fundición a la cera perdida.
78 de los moldes y crisoles45, debían contar con un alto nivel de porosidad para poder permitir el paso de los gases durante el proceso de fundición. Procesos que debieron contar con el conocimiento no sólo de las minas de arcilla, de la manera de limpiarla y amasarla, de darle consistencia para evitar roturas en la cocción; de usar la técnica precisa durante el modelado, bien sea de enrollado, laminado; sino entre otros conocimientos el de cómo y cuáles atemperantes emplear, para poder darle a la arcilla la resistencia refractaria y mecánica. Como vemos, el trabajo de la arcilla implicó etapas definidas, tales como el amasado, modelado y secado, entre otras.
Zerda (1947, p. 39), en el contexto colombiano, resalta la calidad de las arcillas empleadas por los Taironas para la fabricación de moldes de fundición, en particular menciona su plasticidad, “eran tan finas y dúctiles, que la impresión de las dedos recibida por el molde o por el modelo que hacían, era transmitida en algunos objetos al metal”. Patiño (1992, citando a Von Hildebrand, 1975) hace alusión al uso en el Amazonas y en el Orinoco, de algunas sustancias que se agregaron a las arcillas como desgrasantes tales como cenizas de algunos vegetales o cortezas de palos, así como arena, polvo de tiestos de barro cocido y plumas. Según refiere este autor estos aditivos se amasaron hasta que la arcilla quedó preparada para trabajarla en el molde. Materiales que además de facilitar la porosidad, son cargas que se le agregan a la arcilla para “reducir su plasticidad y conseguir una mayor resistencia en crudo, así como para soportar más fácilmente los cambios de temperaturas y minimizar la retracción una vez cocida, es a lo que llamamos tierras preparadas o refractarias” (Martín, comunicación personal, 2014).
Fernández (2011, p.59) dentro del contexto argentino, considera que para el caso de la arcilla se necesitaron una serie de condiciones en su proceso de selección, es decir, se dio una “elección tecnológica” que pudo estar condicionada bien por la disponibilidad de materias primas, o por las características que éstas brindan tanto en el proceso de “acopio, procesamiento, formación, tratamiento de superficie y cocción”. En este sentido la autora sugiere, que características de la arcilla como plasticidad, tasa de secado y reducción de ésta, pudieron influenciar “de gran manera en la elección de las
45 El crisol, es definido por el DRAE (2003), como “recipiente hecho de material refractario, que se emplea para fundir
79 técnicas de elaboración”; en el caso de una arcilla muy plástica se requiere la adhesión de atemperante, mientras que si es menos plástica, necesita ser refinada o tamizada “o que le añadan componentes húmedos como el estiércol para lograr mejorar su plasticidad”; porosidad, según Martín (comunicación personal, 2014).
En el contexto de los plateros actuales de San Pablo (municipio de Canchis, Cusco, Perú), se trabajó la arcilla (también referida como barro), con ciertas sustancias adicionales, en particular para la elaboración de crisoles y moldes. Se usó una arena arcillosa mezclada con un mordiente llamado T‟uro Yanapaq, que en lengua quechua significa “ayuda el barro”, el cual le permite más porosidad al barro, facilitando la salida de gases; éste puede contener excrementos de herbívoros, fibras de lana de oveja, lana de llama, vicuña o pelos de cuy, en particular por la finura de los pelos de cuy, se lograron mejores resultados (Valencia Espinoza et al. 2001: 38, citados por Fraresso, 2010a, p. 162; Mercedes Guinea, 1997). Según Carcedo (1998, citada por Fraresso, comunicación personal, 2010, p. 167), los pelos de vicuña o de guanaco, también eran mezclados con el barro para formar el molde de “objetos” de oro o plata, mientras que para los de cobre se usaba el algodón, fibra apreciada por los orfebres peruanos por la viscosidad que le da a la arcilla (Vetter, 2011); y que según investigaciones adelantadas por Ybarra (2012c) aún se sigue empleando en este pueblo, para la elaboración del proceso de amodelado (variación de los moldes bivaldos). Este modelado lo observamos en las manos del señor Gregorio Cachi (orfebre actual del Perú), (figura
2.1.),quien muestra la textura de la arcilla una vez mezclada con el algodón; llama la
atención la manera como él manifiesta el conocimiento que tiene respecto a este grado de especialización en este proceso, p.eje., para saber cuál es la arcilla precisa para el modelado, le pone saliva a una pequeña porción y al presionar los dedos se debe sentir si tiene o no arena, en el caso de no tener significa que es buena; en el mismo sentido, respecto a la cantidad de fibra de algodón que lleva la arcilla, él dice “ni mucha, ni poca” pues mucha no facilita la nitidez del diseño y poca puede llevar a que el molde se fracture (Ybarra, 2012c).
80 Figura 2.1. Arcilla en manos de orfebre peruano (Ybarra, 2012c).
Figura 2.2. Arcilla en los pies de orfebre Africano (Ventura, 2010).
En Santa Helena (Ecuador) así como en el Perú, son varios los campesinos actuales, que tal parece mantienen estas tradiciones ancestrales respecto a las diferentes etapas en los procesos de fundición a la cera perdida, tal y como lo registra Ybarra (2012b). Ellos también agregan otros elementos al barro, para formar la estructura refractaria o “enlodado”, tales como boñiga de burro, que tiene que ser de campo porque contiene paja; mientras ésta se usa como mordiente y se mezcla a la arcilla con la que se van a hacer los moldes; la de vaca, se emplea para avivar el fuego que va a quemar los moldes (entrevista a la fundidora Adela Borbor por Ybarra, 2012b; y Stothert, 1997).
En el caso colombiano, los análisis de los crisoles ancestrales, procedentes de Malagana y Coronado (Valle del Cauca), evidenciaron la presencia de paja fina en los componentes de la arcilla (Sáenz, Cardale, Obando, Bray, Herrera, Jiménez, Doherty y Scott, 2007). Si bien destacamos el uso generalizado en algunos de los países andinos, respecto al empleo de distintos mordientes en la mezcla de la arcilla, para darle viscosidad, porosidad o elevar la temperatura de los crisoles; señalamos el caso particular de los Ashanti (África, por Ventura, 2010), sobre quienes nos estaremos refiriendo en algunos momentos puntuales de esta investigación, dada ciertas
81 similitudes en algunos procesos de la fundición Muisca. Ellos emplean tanto la fibra de la palma del coco, como la arena para combinarlos con la arcilla, para los moldes de fundición (figura 2. 2.). Estos datos respecto a los atemperantes usados por los orfebres ancestrales fueron claros referentes para la creación de cerámicas especiales en cuanto a la porosidad y resistencia a los choques térmicos, que motivaron la invención de técnicas escultóricas contemporáneas como la cascarilla cerámica46, actualmente usada en la escultura contemporánea, particularmente en los procesos de fundición a la cera perdida.
2.2. EL COLOR EN LA MAGIA DE LA FUNDICIÓN, EL BRILLO DEL SOL Y LA