6. MARCO TEÓRICO
6.2 LA DINÁMICA SOCIAL ENUNCIATIVA: UN MODELO INTEGRADOR
6.2.4 La argumentación en la construcción de los sujetos discursivos
En la DSE, se plantea que el locutor organiza su argumentación dentro del discurso en relación con su intención frente al tema y su propósito hacia el interlocutor. De ahí que la argumentación se defina como “una forma de organización discursiva al servicio de las tonalidades sociales construidas en una situación de enunciación” (Martínez, 2005a, p.44), que integra las perspectivas analítica- práctica de Toulmin; la nueva retórica de Perelman y Olbrechts-Tyteca; y la dialéctica-pragmática de van Eemeren y Grootendorst. Por consiguiente, está relacionada con el tono social que toma el discurso, esto es, con las Tonalidades y con
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las Dimensiones (racional, ética y emotiva), lo que por supuesto permite realizar un análisis más efectivo de los procesos argumentativos inmersos en los discursos.
Esta mirada permite establecer en los textos, esa conexión entre el nivel enunciativo y el argumentativo, pues Martínez (2005 a) sostiene que el locutor para lograr su propósito con el interlocutor, utiliza en la construcción de su discurso diferentes secuencias argumentativas de tipo analítico, retórico o dialéctico al momento de construir los enunciadores, convocar a los enunciatarios y presentar el tema o la voz ajena, lo cual incidirá en la construcción de las imágenes de los sujetos.
Dado que al abordar los géneros discursivos político e informativo se hace necesario analizar los tipos de secuencias argumentativas que utilizan los locutores para lograr la adhesión del auditorio e instaurar la imagen de adversario, de las tres perspectivas argumentativas que convergen en el modelo de Martínez, basta con detenernos en la Nueva retórica de Perelman y Olbrechts-Tyteca (1958).
El modelo argumentativo de Perelman (1958), al igual que el de Toulmin (1958), si bien tiene sus cimientos en el campo jurídico también tiene cabida en otros campos de la vida social. Parte en principio de que toda buena argumentación debería centrarse más que en la verdad en la búsqueda de las relaciones lógicas entre los elementos que la componen y que la hacen verosímil.
Para Perelman, la argumentación surge de las diferentes posiciones que se manejan en un intercambio discursivo, “de la posibilidad de imponer al otro un punto de vista, una ideología, una forma de pensar y de actuar” (Citado por Marafioti, 2003, p.97). En este sentido, la argumentación está dada en términos de grados de influencia sobre el auditorio, pues es la aceptación por parte de éste la que hace posible legitimarla o no. Es aquí donde podemos establecer una relación estrecha entre la perspectiva de Perelman(1958) y la de Martínez (2005) en lo relativo a la construcción de los sujetos, pues ambos coinciden en señalar la manera como esa construcción depende del grado de proximidad o distanciamiento con los cuales el enunciador se quiera relacionar con los enunciatarios, lo que por supuesto también depende de la forma como se percibe a los “otros”.
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Ahora, la aceptación de la argumentación estará relacionada por una parte con el auditorio y por otra con la fuerza de los argumentos, es decir, dependerá la eficacia del orador. Y es que precisamente un concepto central en Perelman y Olbrechts-Tyteca (1970) es el de auditorio, entendido como “el conjunto de aquellos en quienes el orador quiere influir con su argumentación” (Citado por Marafioti, 2003, p.100). Se reconoce en esta definición tres aspectos importantes, el primero, la incidencia que tiene el “otro” sobre todas las actividades lingüísticas del orador para definir lo que es o no razonable; el segundo, la existencia del grado de conciencia que posee el locutor en relación con su discurso y con el propósito que persigue con el auditorio; y por último, la relación estrecha que existe entre el auditorio y la estructura misma de los argumentos. Por eso cuando se afirma que el locutor se hace responsable de lo que dice, es porque no existen enunciados carentes de intencionalidad.
El punto de partida para hallar esa intencionalidad es identificar la manera como se convocan los distintos enunciatarios dentro del discurso. Esta distinción tendría sus fundamentos en los tres tipos de auditorio que propone Perelman (Citado por Marafioti, 2003, p.101). El primero, es el auditorio universal compuesto por todos los públicos que tienen características similares y capacidad de razonamiento para llegar a las mismas conclusiones; Perelman ubica dentro de éste al auditorio Elite el cual es considerado como el auditorio modelo, es decir una especie de auditorio estándar dentro de ese auditorio universal. El segundo tipo, es el auditorio particular constituido por un público concreto dentro de ese auditorio universal y, el tercero, es el propio sujeto donde el orador realiza un desdoblamiento e instaura una deliberación consigo mismo, podríamos decir que lo que aquí evidenciamos es el concepto de polifonía desde la perspectiva dialógica de Bajtín (1929). Esta distinción de auditorio es muy importante tanto para el estudio del discurso político como para el informativo, porque permite identificar a qué tipo de público se privilegia en esos discursos cuando se trata un tema polémico como lo fue la incursión militar colombiana a Ecuador en Marzo de 2008.
Esta distinción entre auditorio universal y particular es, además, la que permite establecer “ la diferencia entre argumentos puramente persuasivos, admitidos por un auditorio particular, y aquellos argumentos que convencen, admitidos por el auditorio universal (…) y que pueden llegar a ser tenidos como verdaderos” (Perelman citado por Marafioti, 2003, p.101).Al respecto, Martínez (2005) advierte que mientras con el auditorio universal se realiza un proceso de
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convencimiento para influir en el entendimiento, con el auditorio particular se realiza un proceso de persuasión, una influencia sobre la voluntad.
Lo que se destaca aquí es la eficacia del propio sujeto para seleccionar los argumentos apropiados frente al público al cual se dirige y para alcanzar el propósito deseado. Esta eficacia según Martínez (2005), está relacionada con la construcción y organización misma del discurso, pues el autor en relación con su intención y los enunciatarios convocados, utilizará distintos tipos de argumentación para crear una dinámica enunciativa “no desde el punto de vista del enunciador sino desde el de los diversos enunciatarios” (p.165). Esto es, anticiparse a las posibles respuestas del interlocutor para convencerlo o persuadirlo bien sea desde lo racional, lo ético o lo emotivo o incluso desde las tres dimensiones. Lo anterior le permite a la autora afirmar que en un mismo texto se movilizan diferentes tipos de argumentos que están relacionados con las dimensiones y las tonalidades, puesto que dependen de la manera como el locutor quiera convocar a cada uno de los sujetos discursivos dentro del enunciado, para lograr que cada uno de ellos se adhiera al punto de vista que le propone.
Perelman (1958) también señala, que para lograr la aprobación de los argumentos y en consecuencia la adhesión del auditorio, se debe partir de ciertos acuerdos sobre la manera como se desarrolla la argumentación dentro del discurso. Como la aprobación está relacionada con la aceptación de premisas, los tipos de enlace utilizados y la forma de utilizarlos (Perelman citado por Martínez, 2005c), entonces los acuerdos se deberán organizar por una parte en relación con “lo real a partir de hechos, verdades y presunciones” y, por otra , en relación con “lo preferible, esto es a partir de los valores, la jerarquía de esos valores y los lugares de preferencia (los Tópicos)” (p.167).
De forma general, diríamos que los acuerdos que se basan en lo real no requieren de mucho esfuerzo por parte del locutor para lograr la adhesión del auditorio , ya que se dirigen a un auditorio universal y por tanto se ampararían en algo que todos consideran que es y debería ser así, mientras que los basados en lo preferible requieren un mayor cuidado por parte de locutor si quiere lograr la adhesión de un público particular, pues deberá desplegar una serie de argumentos que hagan pensar de cierta forma y no de otra. De ahí que los valores a los cuales
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acuda el locutor para construir su discurso, adquieren gran relevancia para alcanzar su propósito con el interlocutor y su intención con respecto al tema.
Tanto Marafioti (2003) como Martínez (2005), retomando a Perelman (1958), coinciden en señalar que en el funcionamiento argumentativo de los textos se pueden distinguir ciertas clases de valores e incluso relacionarlos a determinados géneros discursivos. Por ejemplo, en textos del género publicitario, según Martínez , es frecuente que el locutor acuda a valores universales porque con ellos se hace alusión a lo bueno, lo bello, lo absoluto, lo verdadero,
pretenden pasar por verdades establecidas que se encuentran inmersas en los sistemas de creencias de las sociedades. Esta misma autora advierte, que en el caso del discurso político, nos encontraremos con valores abstractos, pues como ellos incitan al compromiso en el discurso se apelará a la justicia, la verdad, la libertad y la soberanía. Agrega además, que existen los valores concretos y dentro de éstos los valores únicos. Los primeros son atribuidos a personas, entidades o grupos determinados puesto que ellos representan la unicidad del objeto en mención, por ejemplo, El Estado, Colombia, La ONU, etc.; mientras que los segundos, además de incluir lo concreto hacen referencia a comportamientos o actitudes que les son propias, por ejemplo, solidaridad, compromiso, lealtad, responsabilidad. Ahora lo que permite jerarquizar estos valores dentro de los discursos son las intencionalidades y propósitos de quienes los construyen, unidos a las circunstancias sociales e históricas donde se generan,; de ahí que el analista debe prestar atención a la manera como se construyen esas jerarquías, pues según Martínez (2005) la mayoría de las veces “están implícitas, son garantías basadas en lo comúnmente aceptado” (p.170). Esas jerarquías a su vez tienen que ver con los tópicos sobre los cuales se decide hablar, el por qué se explicitan unos y otros no, o por qué se deciden evitar.
Recordemos que Perelman (1958) también clasifica los argumentos en cuatro grupos: casi- lógicos, basados en la estructura de lo real, los que establecen la estructura de lo real y las disociaciones (citado por Marafioti, 2003; Martínez,2005). Como nuestro trabajo de investigación implica el análisis de las estrategias con las cuales se construyen las imágenes del adversario, y dado que el trabajo de Perelman se fundamenta “en el análisis de los esquemas argumentativos relacionados con la construcción del razonamiento mismo en el discurso, con los efectos que se busca crear en el auditorio y con la intención del autor en el discurso”
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(Martínez, 2005, pp. 173-174), acudimos a la clasificación de los argumentos propuesta por Perelman para integrarla al modelo DSE y poder establecer la relación entre los tipos de argumentos y las dimensiones ( ética, racional y emotiva). Lo anterior nos permite identificar qué tipos de argumentos privilegia el locutor no sólo para construir a los distintos enunciatarios, sino también para provocar o aumentar el grado de adhesión al punto de vista que le propone a cada uno de ellos, en otras palabras, para dar cuenta de la manera como se construye la valoración social de los sujetos discursivos a través del modo como se organiza la argumentación en el discurso.
En el siguiente cuadro se presenta la clasificación de algunos de los esquemas argumentativos propuestos por Perelman (1958), tomados de Martínez (2005b) y Marafioti (2003). (Figura 4)
TIPOS DE ARGUMENTOS
DEFINICIÓN CLASIFICACIÓN
ARGUMENTOS CASI-LÓGICOS
Son argumentos que se encuentran cercanos a la demostración formal, a la vía explicativa. Buscan dar una apariencia de verdad, con el fin de parecer lógicos. Se encuentran generalmente en secuencias con propósitos persuasivos
1. Incompatibilidad- Contradicción
2. Identidad, definición, silogismo y
Tautología.
3. Regla de justicia y reciprocidad
4. Regla del precedente
5. Transitividad, inclusión, división.
6. Comparación 7. Por lo probable ARGUMENTOS BASADOS EN LA ESTRUCTURA DE LO REAL
Son argumentos que están basados en estructuras que no se ponen en cuestión, en modos de concebir la realidad y las formas de relacionarse con ella. Estas formas o vínculos son reconocidos por la mayoría. Estos argumentos hacen posible organizar sobre dichos vínculos, una argumentación que permite pasar de lo que es admitido a lo que uno quiere hacer admitir.
Permiten establecer vínculos de tres clases: 1. Enlaces de Sucesión Causa- Efecto Pragmático Medio- fin 2. Enlaces de Coexistencia Autoridad 3. Doble jerarquía ARGUMENTOS QUE ESTABLECEN LA ESTRUCTURA DE LO REAL
Son argumentos que se establecen a partir de casos particulares con los que se busca establecer una regla general o provocar una generalización.
1. El ejemplo
2. La ilustración
3. El Modelo y anti modelo
122 LAS
DISOCIACIONES
Son estrategias argumentativas que consisten en hacer una transformación profunda de un concepto. Buscan dar un nuevo marco conceptual y valorativo a una noción, crear una nueva dimensión de ella, redefinirla. Así, la nueva noción surge de la anterior pero se diferencia de ella, ubicándola en un universo conceptual diferente. Surge por el deseo de evitar incompatibilidades.
Provoca un cambio de valores y establece una relación jerárquica entre los términos.
Disociación de nociones
Figura 4. Esquemas de enlace desde la propuesta de Perelman.
Fuente: Góngora, investigación 2013. Adaptado de Martínez (2005b, p. 97)
6.3 APROXIMACIÓN AL DISCURSO POLÍTICO, LA CUESTIÓN DEL GÉNERO
Otro postulado que subyace al modelo de la DSE es el de género discursivo. En este modelo, el género discursivo es “el resultado de la relación que se establece entre prácticas sociales humanas y los usos del lenguaje” (Martínez, 2005, pp. 43-44). Por tal razón ellos configuran las relaciones sociales entre los sujetos que hacen parte del intercambio comunicativo.
Como los géneros discursivos evolucionan a la par que las sociedades, porque algunos surgen, otros se imbrican y otros más desaparecen, en la actualidad existe una amplia discusión teórica sobre los criterios que permiten establecer los límites entre unos y otros.
Todo enunciado refleja las características del género al cual pertenece. Recordemos que es Bajtín (1984), quien nos ofrece los primeros criterios para definir el género discursivo y su clasificación. El primer criterio es que los géneros discursivos se inscriben dentro de las prácticas sociales y a pesar de la variedad, éstos adquieren cierta estabilidad y permanencia. Otro criterio es la presencia de la intersubjetividad en todo enunciado, la cual se manifiesta en la búsqueda de respuesta por parte del interlocutor. Para Bajtín, en el proceso activo del uso de la palabra se construye la evaluación; de esta manera la actitud evaluadora de los sujetos de discurso con respecto al contenido semántico de sus propios enunciados y la interacción de los enunciados propios con los ajenos, hace que el discurso adquiera un significado determinado dentro de cada práctica social, por eso afirma que los mismos enunciados van a reflejar en sus temas, estilo y composición las condiciones específicas y el propósito de cada una de esas
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prácticas sociales. Un tercer criterio es la distinción entre géneros primarios (orales) y secundarios (escritos). Este autor hace énfasis en los géneros secundarios; señala que ellos surgen en condiciones culturales más complejas porque en su producción involucran el lugar, el momento histórico y una visión particular del mundo (la ideología); pero también advierte que esa misma complejidad es lo que hace posible develar en el estilo del enunciado esa relación mutua entre el lenguaje y la ideología.
Por último, Bajtín plantea otro criterio que permite establecer los límites entre un género discursivo y otro. Afirma que éstos se delimitan por el cambio de los sujetos discursivos y esas fronteras están determinadas desde el interior del enunciado ya que es allí donde el sujeto discursivo manifiesta su individualidad y su intencionalidad. Al respecto Martínez (2005 b) precisa que los géneros discursivos se definen “a partir del tipo de situación social que convocan; es decir, de acuerdo con el tipo de contrato social de habla dominante” (p.44 ), porque en el momento en que el sujeto profiere un enunciado asume un rol socio discursivo, una posición con respecto al interlocutor y simultáneamente convoca un género particular y esto es lo que permite diferenciar cuándo el discurso está dentro de un género político, periodístico, publicitario, etc.
Tenemos entonces que los géneros discursivos son únicos dentro de cada ámbito de la comunicación humana porque sus límites se determinan desde el interior del mismo enunciado por el contrato social de habla, es decir, por el rol socio –discursivo que asumen los sujetos dentro de la situación de comunicación en una práctica social específica, lo cual permite dar origen a la gran variedad de géneros que hoy conocemos.
6.3.1 El discurso político.
Dentro del discurso político, una de las decisiones fundamentales a las que se debe enfrentar el sujeto es la forma en la que va a organizar su discurso, porque la manera como se incluya en él determinará el grado de adhesión del público convocado. De ahí que la selección de palabras, los temas, los recursos textuales y retóricos, los argumentos y los valores convocados junto a la manera de jerarquizarlos, son la clave para conseguir con mayor facilidad su objetivo persuasivo.
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Es sabido que una característica fundamental del discurso político es la persuasión y está tiene sus orígenes en la retórica clásica. Recordemos que en la Grecia antigua la retórica surge dentro del ámbito judicial, razón por la cual su propósito era la búsqueda de recursos y técnicas que permitieran convencer a un tribunal y a un auditorio que no se interesara tanto por la verdad como sí por la verosimilitud, es decir, por aquellos elementos que hicieran parecer como válido un hecho particular. Es entonces cuando aparecen dos características básicas de la persuasión: la importancia del auditorio y la verosimilitud de los argumentos.
Paralela a este tipo de retórica, los sofistas desarrollaron otra que teorizaba sobre el poder emotivo que tiene la palabra y su poder de influencia sobre los oyentes. Es de allí que surge la necesidad de usar diferentes tipos de discurso para los diferentes auditorios, pues se trataba entonces de persuadir a cualquier precio. Sin embargo, Platón criticó este aspecto, porque según él los sofistas se limitaban a las apariencias del discurso, razón por la cual propuso la dialéctica como medio para buscar la verdad.
Es también con los sofistas con quienes se inicia la tendencia de adaptar el discurso a las predisposiciones del auditorio, esto es, a conocer al auditorio para ajustar el discurso persuasivo a sus ideas, valores y necesidades. Lo anterior supone que el locutor debe tener en cuenta las opiniones y conocer al público al cual se dirige si quiere que su discurso sea realmente efectivo. Es así, como se podría decir que los sofistas fueron quienes empezaron por primera vez a teorizar sobre el poder de la palabra y sobre su influencia en los asuntos humanos y sociales.
De la necesidad de usar diferentes tipos de discurso para los diferentes auditorios, Aristóteles aporta el concepto de “lo oportuno”. Este consiste en la adaptación del discurso de acuerdo con las circunstancias y los interlocutores donde ellos son emitidos. Distingue entonces dos ámbitos, uno es el de la ciencia, donde los discursos se basan en la certeza y en la verdad, y el otro es el del discurso persuasivo, donde se argumenta sobre aquello que es probable o verosímil pero teniendo como base la dialéctica, una especie de diálogo razonado en el cual se siguen ciertas reglas para rechazar o probar una tesis.
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Aristóteles plantea entonces, que a cada género le corresponde un determinado estilo y para ello