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ARISTÓTELES,

L a Políti ca , Libro segundo I, 1260b. El primer párrafo del texto del libro segundo citado empieza diciendo: “Nuestro propósito es el de considerar cuál es la forma de asociación política que puede ser, entre todas, la mejor para quienes sean capaces de vivir lo más posible conforme a su ideal de vida.”

66 ARISTÓTELES,L a Políti ca , 1261ª, 1 a 5 y 5 a 10 67 ARISTÓTELES,

L a Políti ca , Libro tercero, capítulo V, 1279ª en adelante. Es particularmente interesante la afirmación con la que empieza Aristóteles el capítulo V de ese libro tercero para quienes creen tontamente que las significaciones de las palabras son iguales a las de otras épocas: “Los términos constitución y gobierno son lo mismo y puesto que el gobierno es el supremo poder de la ciudad, de necesidad estará en uno, en pocos o en los más. Cuando uno, los pocos o los más gobiernan para el bien público, tendremos constituciones rectas.”

68 Nicolás MAQUIAVELO,El Pr íncipe , capítulos I y V. 69 MONTESQUIEU,

De l’ espri t des lois , Libro II, Capítulo primero: “Il y a trois espèces de gouvernements; leRÉPUBLICAIN, leMONARCHIQUE, et leDESPOTIQUE. “

de policía.70 En el siglo XX se presentan nuevas clasificaciones de las formas del Estado. Georges Burdeau, el notable profesor de Ciencia Política, al referirse a  Las  Formas del Estado71 hablaba de  Estados Federales72 y de Estados Unitarios73 y a continuación hacía una clasificación de estos últimos en la que dividía al Estado Unitario en “Estado unitario centralizado” y “Estado unitario descentralizado” y a  partir de esto seguía haciendo clasificaciones de estas últimas clasificaciones.

Biscaretti di Rufia, por su parte, ofrecía en 1969 una clasificación de cuatro formas de Estado: A) El Estado de democracia clásica u occidental , B) El Estado socialista inspirado en la filosofía política marxista (el cual independientemente de que como todos los demás era un ente imaginario, en la actualidad casi ha desaparecido como título), C) El Estado autoritario  (cuyo uso como nombre oficial ha desaparecido  pero que en la vida real es una redundancia, ya que decir Estado es decir autoritario) y D) Todas las demás formas de Estado contemporáneo, que, aclaraba, para hacer más inútil su propia clasificación “sólo pueden insertarse con dificultad en los esquemas doctrinales antes mencionados, en virtu d  de que actúan en dimensiones temporales y ambientales absolutamente diversas”.74

Del despoti smo de los r eyes a la tiranía de nu estros empl eados 

En la antigüedad no existía ninguna concepción parecida a lo que ahora, con todas sus ambigüedades y sus incoherencias, se llama el Estado. Los conceptos con los cuales algunos estudiosos de los orígenes históricos de las palabras y las ideas han buscado con ahínco compararlo: la tribu, la  polis, el imperio romano, las ciudades medievales y los reinos tradicionales, fueron cosas completamente diferentes.75 En Grecia, la polis era una agrupación de ciudadanos76 en la que, según Aristóteles, no participaban ni los extranjeros ni los esclavos en la medida en que no

70  Ver Giuseppe de VERGOTTINI, Derecho Constitu cional Comparado , Capítulo segundo Formas de

Estado y Formas de Gobierno.

71 Georges BURDEAU,

Tr aitéde Science Pol it iqu e , Tome II, Titre III, p. 313, Paris (1949)

72  Georges BURDEAU,

Tr ait éde Science Polit iqu e , Tome II, Titre III, Chapitre II, pp. 392 a 500, Paris (1949)

73 Georges BURDEAU, Obra citada, Tome II, Titre III, Chapitre I, pp. 316 a 390. 74  Paolo BISCARETTI DI RUFIA,

I ntr oducción al D erecho Constitucional Comparado , publicado en su traducción al español por el Fondo de Cultura Económica, México (1975) capítulo I, Las formas de Estado de la Época Moderna. Posteriormente han sido publicadas nuevas ediciones por la misma editorial.

75 Fustel DE COULANGES en los primeros párrafos de la introducción a su gran obra “ L a ciudad antigua ”,

hace notar: “las diferencias radicales que distinguen a estos pueblos antiguos de las sociedades modernas” “Nuestro deficiente sistema educativo nos habitúa a compararlos sin cesar con nosotros, a juzgar su historia según la nuestra y a explicar sus revoluciones por las nuestras. Lo que de ellos tenemos y lo que nos han legado, nos hace creer que nos parecemos. Nos engañamos sobre estos antiguos pueblos cuando los consideramos al través de las opiniones y acontecimientos de nuestro tiempo. Por haberse observado mal las instituciones de la ciudad antigua, se ha soñado hacerlas revivir entre nosotros. Una de las grandes dificultades que se oponen a la marcha de la sociedad moderna, es el hábito de tener siempre ante los ojos la antigüedad griega y romana.”

76 ARISTÓTELES,

tenían derechos legales. En Roma, de manera muy parecida, “la civitas” es la comunidad de los ciudadanos o “la res publica”,77  es decir la cosa pública, que Jellinek, obsesionado como estaba con el concepto del Estado, pretende identificar con él, pero que en realidad no tienen nada en común.78

Hay cientos de opiniones que ven al Estado como algo que nace cuando se empieza a mencionar su nombre en las declaraciones de los reyes y en los documentos oficiales de los países europeos desde el siglo XVI al XVIII y que se consolida como algo bien distinto en el siglo XIX, apoyado en una “teoría” sobre ese ente imaginario. Muchas de estas opiniones hacen notar que desde antes de la guerra de independencia de las colonias de América del Norte contra Inglaterra y del uso del término “Estado” a partir de que Napoleón llega al poder y se inventa el Estado prusiano en el siglo XIX, existían antecedentes de la utilización de la  palabra. Es cierto. Como ya lo he señalado, en la monarquía tradicional, antes de la Revolución francesa, se menciona al Estado en algunos países de Europa occidental en el nombre de ciertos organismos públicos y en los textos de algunos escritores,  pero ese “Estado” era algo parecido al reino, del cual se decía que era dominio del rey. Es decir, era el territorio de su propiedad en el que vivían sus súbditos. El Estado era parte del monarca y de su soberanía, entendida como poder del soberano sobre todo y sobre todos. Aun cuando, en los hechos, muchas veces, el citado “soberano” no fuera tan soberano, pues seguía compartiendo su “soberanía” con las soberanías de los señores territoriales y feudales que tenían sus propios “dominios” en partes de ese mismo territorio. Así, la soberanía, era, con frecuencia, sólo una manifestación de los deseos de poder personal absoluto que tenían los monarcas, los cuales, en la realidad, compartían el reino o el poder sobre el reino con otros señores. La situación era muy parecida a la situación actual en que los hombres de los gobiernos de muchos Estados que se presentan como soberanos comparten su  poder con los hombres de los gobiernos de otros pequeños “estados” establecidos en

el mismo territorio en los sistemas federales.

En el Estado incipiente en la monarquía tradicional, el Estado era el reino,  propiedad del rey o era el rey mismo como cabeza del reino. El Estado era el dominio del rey. El poder naturalmente estaba personificado en la persona del rey, quien aparecía como el dueño del poder, aunque muchas veces lo compartía con los señores territoriales y feudales. El Estado era, formalmente, el rey y sus servidores; la voluntad del Estado, era, abiertamente, la voluntad del rey y de sus ministros y como consecuencia, eran él y sus empleados los responsables del bienestar o de la  pobreza y las desgracias de su pueblo. En el caso de las grandes ciudades

mercantiles, gobernadas bajo sistemas aristocráticos por los comerciantes, los

77 Georg JELLINEK,

Teor ía General del Estado , traducción española publicada por la Compañía Editorial Continental, México D. F. (1958) página 104.

78  Mario DE LA CUEVA critica “la tendencia a aplicar una categoría política, que nació con el término

Estado, a una circunstancia histórica y a una concepción política esencialmente distintas a las nuestras” y señala que el pensamiento griego y romano no imaginó la existencia del Estado como un ente, real o ficticio. L a idea del E stado , Universidad Nacional Autónoma de México, (1975) página 27.

 banqueros o los grandes armadores de barcos, que se presentaban unas veces como reinos y otras como “repúblicas”, de las cuales el ejemplo más conocido es el de la República veneciana, el poder estaba personificado en los hombres más ricos de la ciudad, agrupados en consejos de gobierno; éstos eran, naturalmente, los responsables del bienestar o el malestar del resto de la población. A diferencia de ese Estado incipiente anterior, en el que siempre había una personificación del  poder, el nuevo Estado es impersonal e inmaterial. Es una entidad ideal que no es el reino ni el lugar, pero tampoco es una persona concreta, como lo era el rey, ni un grupo de personas gobernantes. Es un ente impreciso, que algunas veces puede ser la sociedad mezclada con el gobierno, otras el gobierno, y otras más, algo que está por encima de la sociedad y del gobierno, según lo necesiten presentar en cada caso los hombres que dirigen ese gobierno, el cual, finalmente, es también una abstracción y no un individuo.

En los sistemas políticos actuales, una vez que los reyes dejan de ser los titulares del poder público, se hace evidente la utilidad del Estado y los magníficos servicios que puede prestar ese concepto a los hombres que dirigen los supuestos gobiernos democráticos. Con el Estado desaparece, en gran parte, la responsabilidad  personal de los individuos que toman las decisiones y dirigen los gobiernos y se abre

una alternativa excelente para los individuos que debían ser sencillamente empleados de la sociedad y que se han convertido en “servidores del Estado”: Los  buenos resultados se los disputan los individuos que dirigen los distintos

departamentos del gobierno o se los atribuyen a ellos mismos los dictadores que controlan todas las acciones del gobierno como muestras de su buen desempeño  personal. A las decisiones despóticas de los altos empleados del gobierno se les

llama “decisiones de Estado” y cuando esas decisiones provocan protestas de la  población que busca detener su ejecución o arrojar a esos hombres del gobierno, como lo recomienda la Declaración de Independencia de los Estados Unidos,79 los gobernantes formados en culturas especialmente autoritarias no dudan en atribuir dichas protestas a los mezquinos intereses de “los enemigos del Estado”, por lo cual,  para reprimirlas, deben emplear “la fuerza del Estado”, lo cual muchas veces significa enviar al ejército para reprimir a la población civil, con el pretexto de garantizar “la seguridad del Estado”, o “defender las instituciones del Estado” que son algunas de las frases sin sentido que se utilizan con frecuencia por los empleados que dirigen los gobiernos para asegurar sus puestos, su poder personal y sus intereses políticos. Cuando los altos empleados públicos no pueden ofrecer ningún argumento para explicar una decisión estúpida, cuando se trata de acciones totalmente arbitrarias o de crímenes de los gobernantes, estas cosas se presentan ante la sociedad como decisiones fundadas en motivos secretos que se toman por “razones de Estado”.

79 En el Segundo párrafo de la Declar ación de In dependencia de los Estados Un idos  del 4 de julio de 1776

se puede leer la siguiente recomendación: “Cuando una larga cadena de abusos y usurpaciones, hace patente la intención de reducir al pueblo a un despotismo absoluto, es derecho y obligación de los hombres, arrojar a ese gobierno y procurarse nuevos guardianes para su seguridad futura.” (énfasis añadido)

Es cierto que el poder que les prestamos a los empleados gobernantes se convierte fácilmente en un instrumento de opresión. Pero el poder del nuevo Estado, al interior de los países, puede ser mucho más opresivo, porque el Estado, en ningún caso, debe responder por sus actos, precisamente porque no existe.

Mario de la Cueva, nuestro recordado maestro en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México, cuenta cómo, leyendo a Léon Duguit que acusaba a la doctrina del Estado de haber levantado un castillo imaginario, con el propósito de ocultar el hecho real del dominio de unos hombres sobre los otros, aprendió que el estado es el fantasma que han inventado los poseedores de la tierra y la riqueza para imponer coactivamente a los sin-tierra-y-sin-riqueza, el respeto de la llamada propiedad privada.80 Una idea parecida del Estado tenía el gran sociólogo alemán Franz Oppenheimer: “el Estado – decía – es, en sus orígenes totalmente, y casi totalmente durante las primeras etapas de su existencia, una institución social impuesta por un grupo victorioso de hombres sobre un grupo derrotado, con el único propósito de legalizar, regulándolo, el dominio del grupo de vencedores sobre los vencidos, y asegurarse ese grupo vencedor contra la rebelión desde el interior y los ataques desde el exterior. Teleológicamente, este do minio no tenía otro propósito que la explotación de los vencidos por los vencedores”.81

Yo pienso que el Estado, como lo decía Duguit, Oppenheimer y el maestro De la Cueva, efectivamente sirvió durante mucho tiempo para mantener y justificar la explotación del trabajo y sin duda en muchos países sigue sirviendo para eso, pero además sirve muy bien en la actualidad para ocultar el dominio de los empleados  públicos sobre la población en muchos lugares, tal como sucedió en los países

llamados socialistas de Europa oriental durante la segunda parte del siglo XX.

En uno de los pasajes de lo que se conoce como el evangelio de Marcos (2, 27), se dice que Jesús, respondiendo a quienes lo criticaban por no ajustarse a lo que ordenaba la ley, decía: “El sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado”. La misma idea se repite en la muy conocida cita de la obra  Del gobierno de los príncipes, atribuida a Tomás de Aquino, en donde se dice: “Pues el reino no se hizo por causa del rey, sino el rey por causa del reino”. Es indispensable tener  presente que los hombres son la única razón de ser y el único fin de todas las instituciones públicas. He repetido muchas veces que la única razón de ser de los llamados Estados, de las constituciones, de los gobiernos, de los presidentes, los diputados, los senadores, los jueces, y también la única razón de ser de todas las leyes, es la seguridad, el bienestar de la sociedad y las libertades fundamentales de los individuos que forman la población. Sin embargo, gran parte de la historia de los  pueblos es la historia de cómo algún hombre les dijo a los demás que él era superior

80 Mario DE LA CUEVA,L a idea del E stado , Universidad Nacional Autónoma de México, Primera edición,

México, 1975, página 6.

81  Franz OPPENHEIMER,

The State , traducción del alemán al inglés por John M. Gitterman. Free Life Editions, Inc. New York, (1975)

a ellos y de cómo éstos le creyeron, lo vieron como alguien diferente, y se convirtieron en sus súbditos.

En la antigüedad, el dominio de ciertos hombres sobre los demás se apoyaba en leyendas y temores imaginarios, en las supuestas virtudes divinas de los reyes, en la designación y la autoridad que Dios les había otorgado para explotar a sus pueblos y, más tarde, simplemente en la tradición a la cual, como todo mundo sabe, no se le  pueden pedir razones. Mucho tiempo después, el dominio de unos hombres sobre el

resto de la población se apoyó en conceptos mucho más etéreos y por lo tanto más  peligrosos: primero en el servicio y el sacrificio de los hombres en nombre de la  patria, después en la voluntad de “la nación” y más tarde en la idea del “Estado” y en la “soberanía” de ese Estado. Poco después, los hombres, que originalmente se  presentaban como servidores públicos, empezaron a decir que ellos, personalmente,

eran los poderes del Estado, se llamaron a sí mismos autoridades, se atribuyeron el  poder de hacer las leyes, de imponerlas, y finalmente a eso le llamaron el “Estado de

Derecho”.

Así, se consiguió separar a la población del supuesto Estado, inventado  precisamente para impedir que la población pudiera ejercitar el poder soberano que

engañosamente se le asigna en las constituciones y en los textos escolares, y que, en la actualidad, en muchos países, desgraciadamente, se reduce a un reconocimiento o un homenaje ridículo en los discursos de los hombres del gobierno y en las campañas políticas. Es el Estado, omnipotente y soberano por decisión de los hombres que manejan a los pueblos; me refiero a las élites formadas con frecuencia  por los grupos económicos más poderosos, los líderes de las agrupaciones de

trabajadores encargados de manejar y controlar a esos trabajadores y a los hombres de las finanzas, los cuales, juntos, y, en muchos lugares del mundo aliados con los  jefes militares, son los verdaderos dueños del poder político. Hay que reconocer, sin embargo, que en algunos países no se utiliza al Estado como un medio de dominación y simplemente no se le menciona ni en la Constitución ni en los documentos oficiales, como es el caso de los Estados Unidos, en donde las élites a las que me refiero han dominado al resto de los habitantes durante más de doscientos años usando la Constitución, sin tener siquiera la necesidad de hacer frecuentes modificaciones en su texto como se hace en otros países, ya que lo mismo se consigue por el camino de la interpretación constitucional a través de la cual se hace que el texto de una constitución diga lo que quieran que diga los que se han apropiado el poder de interpretarla, exactamente como lo hizo el juez John Marshall y el resto de sus compañeros en la Suprema Corte de los Estados Unidos a partir de la resolución dictada en el caso Marbury vs. Madison en el año de 1803.

Mientras tanto en otros países, algunas veces en los más pobres de la tierra, son directamente los jefes militares los que hacen uso del Estado para dominar y explotar a la población entera sin necesidad de utilizar los textos constitucionales que sirven de manera tan eficiente para dominar a otros pueblos. Pero, naturalmente, en estos lugares, además del uso del Estado, los hombres que tienen el mando del

ejército hacen un uso mucho más intenso de las armas que el que hacen los altos ejército hacen un uso mucho más intenso de las armas que el que hacen los altos empleados del gobierno en los lugares en que el uso de la Constitución, de las leyes empleados del gobierno en los lugares en que el uso de la Constitución, de las leyes y de las llamadas instituciones, sigue siendo más o menos efectivo para controlar a y de las llamadas instituciones, sigue siendo más o menos efectivo para controlar a los pueblos que supuestamente son

los pueblos que supuestamente son titulares de la soberanía.titulares de la soberanía.

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