• No se han encontrado resultados

ARQUÍMEDES

In document Claraso Noel - Antologia de Anecdotas (página 56-76)

Fue uno de los más famosos matemáticos de la Antigüedad (287-212 a. de J.C.). Explicándole al rey Gerón los efectos prodigiosos de la palanca usada como fuerza, le dijo una frase que ha pasado a ¡a historia:

—Dame un punto de apoyo y, con esa palanca, levantaré el mundo.

Gerón era tirano en Siracusa. Sus súbditos le regalaron una corona de oro. Gerón llamó a Arquímedes, con el que le unía algún parentesco y le dijo:

—Me temo que no sea todo oro. ¿Puedes averiguar si me equivoco?

Arquímedes, por mucho que pensó, no encontró la manera de averiguarlo sin estropear la corona. Con el tiempo descubrió que el peso específico de los metales cambiaba de un metal a otro. Lo vio claro mientras se estaba bañando. Y le dio un alegrón tan grande que tal como estaba, sin echarse nada encima, salió a la calle gritando:

—¡Eureka! ¡Eureka!

Que equivale a decir: «encontrado, encontrado». Y, en efecto, gracias al peso específico pudo saber si la corona era toda de oro o si se había mezclado en ella algún otro metal.

Cuenta la anécdota que Arquímedes murió por su total entrega a la ciencia. Los romanos habían invadido Siracusa. Arquímedes estaba en su casa, entregado a la resolución de un problema. Un soldado romano le encontró y le gritó:

—¡Sigúeme!

—Espera. Me falta muy poco. Un momento, un momento.

El soldado esperó un rato y, viendo que Arquímedes no terminaba, pensó que era una estratagema y le atravesó con la espada.

ASQUITH

Herbert Henry Asquith (1852-1928) era un inglés típico y sus contestaciones eran siempre típicamente inglesas. Parece que nunca intentaba ni tan siquiera discutir aquello cuya demostración.

en un sentido u otro, no estaba en su mano. Si lo estaba, ponía el punto sobre la i y daba por terminada la discusión.

Fue ministro del Interior. Debido a una de sus disposiciones se produjo una huelga. En un choque entre los huelguistas y la policía murieron algunos obreros. En la prensa de la oposición se le había acusado de aquellas muertes y Asquith nunca se había dado por enterado de las acusaciones. Más tarde fue primer ministro. Y entonces, un día, en los Comunes, un diputado de la oposición le recordó aquello en términos de radical dureza:

—Cuando usted asesinó a aquellos obreros, en mil ochocientos noventa y dos.

Asquith interrumpió en seguida: —¡No!

Se hizo un silencio profundo. Y Asquith, muy tranquilo: —No fue en mil ochocientos noventa y dos, sino en mil ochocientos noventa y tres.

Y hecha la observación dejó que el otro continuara su discurso.

ATILA

Rey entre histórico y legendario de los hunos (406-453). Este rey bárbaro no hizo sino destruir, asolar y matar. Decía de sí mismo: «Donde mi caballo pone los pies no vuelve a crecer la hierba». Un monje, por razones que se ignoran, le llamó «el azote de Dios». Y este título se lo aplicó después Atila a sí mismo. Y para justificar sus vandalismos decía: «Yo soy el azote de Dios».

Murió joven, a los 47 años, de repente, durante las fiestas orgiásticas que había organizado para celebrar su boda.

AUGUSTO

Se cuenta del emperador Augusto (63 a. de J.C.-14) —durante cuyo reinado, como se ve por las fechas, nació Jesucristo— que, una vez, puso precio a la cabeza del capitán de una cuadrilla de bandoleros, llamado Corocota, que era un lejano antepasado nuestro, nacido en la tierra que años después se llamó España, y que en nuestra tierra asustaba y robaba a los viajeros y asaltaba las casas de campo. La guardia romana montó la persecución del bandido. Y Corocota mandó un emisario a Augusto y, a través del emisario, le pidió audiencia. Augusto se la concedió. Y el bandido le dijo:

—Estoy en tu presencia, pero no estoy en tus manos. La verdad de lo que te digo quedará demostrada si me mandas detener. Has ofrecido un premio al que me entregue vivo o muerto. Me entrego yo mismo y reclamo el premio. O la libertad en vez del premio.

Y, si me concedes la libertad, te doy mi palabra de cambiar de vida y ser un hombre honrado el resto de mi vida.

Augusto le dejó en libertad. No dice la anécdota cuál fue la conducta posterior del bandido;

Marco Antonio, después de su derrota en Egipto frente a Augusto, le mandó un emisario con la proposición de luchar ellos, en combate singular. Y Augusto se negó:

—Sería una locura aceptar esto. Me quedan otros muchos caminos para salir con decoro de la vida.

Un poeta griego, cuyo nombre no registra la anécdota, todas las veces que en ías calles se cruzaba con Augusto, le detenía y le leía versos. Augusto le escuchaba complacido y se los alababa. Pero no pasaba de aquí y nunca le hacía ningún buen regalo. Hasta que un día le regaló algunas tablillas para que en ellas siguiera escribiendo versos. Y el poeta echó mano a su bolsa, sacó algunos dineros y se los dio a Augusto.

—No es mucho por lo que tú mereces. Cuando tenga más, te daré más. Parece que Augusto, sin enfadarse, le hizo dar una buena cantidad.

Augusto era muy libertino, como hijo de aquellos tiempos de mucha licencia en las costumbres. Y, al parecer, si una mujer le gustaba, se la proporcionaba sin cumplidos. Los esclavos del emperador se presentaban en casa de la mujer con una litera cubierta de tal forma que nadie podía ver quién iba dentro. Y la mujer no tenía sino que resignarse, o exponer a su marido o a su familia a graves represalias.

La litera cubierta se presentó un día en la casa del filósofo Atenodoro, casado desde poco tiempo antes con una mujer de mucha belleza. A los dos les fastidiaba mucho ceder al mandato imperial y el filósofo tuvo una idea y la realizó. Se puso un vestido de su mujer y entró él en la litera. El emperador esperaba, en su cámara, la nueva presa. Y vio que de la litera salía un hombre, Atenodoro, quien le dijo:

—Lo hago para salvar tu vida, señor. Le dio esta explicación:

—Yo no llevo armas; pero si las llevara, tal como estamos los dos aquí, nada me impediría matarte. Piensa que otro día puede salir tu asesino de esta litera, y morirás sin defensa.

Augusto le dio la razón, le agradeció la advertencia y dejó en paz, a la mujer. Había entonces en Roma un anciano muy bien conservado. A los cien años representaba muchos menos. Augusto le quiso conocer y le preguntó cómo lo había hecho para gozar, a tal edad, de tan buena salud. Y el anciano le dio esta receta:

—Miel y aceite. Miel por dentro y aceite por fuera.

Y, en efecto, aquel hombre sólo se alimentaba de miel y todos los días se frotaba el cuerpo con aceite.

Murió un ciudadano romano que había dejado muchas deudas sin pagar. Y murió viejo. Augusto ordenó que le trajeran el colchón del viejo mal pagador.

—¿Para qué lo quieres?

—Porque estoy convencido de que es un colchón maravilloso, ya que, en él, su dueño ha podido dormir tranquilo tantos años a pesar de sus deudas.

Había entonces en Roma dos mimos famosos llamados lia y Pilade. Los dos tenían sus partidarios y la gente discutía cuál era el mejor de los dos. Tanto, que Augusto quiso poner límite a aquellas discusiones y mandó llamar a Pilade y le ordenó que estuviera un tiempo sin actuar. La contestación de Pilade ha pasado a la anécdota como una enseñanza de gobierno. Dijo:

—Estás equivocado, señor. Nosotros somos tu defensa, pues mientras los ciudadanos se ocupan de nosotros, no se ocupan de política ni de ti.

El emperador Augusto estaba ya postrado en su lecho de muerte. Tenía entonces poco más de cincuenta años. Le rodeaban algunos de sus generales y cortesanos. Se incorporó como pudo en su lecho y les preguntó:

—¿Os parece que he representado bien mi papel en la comedia de la vida? Todos le dijeron que sí.

—Pues ahora voy a representar mi último papel, el de la muerte. Si también lo hago bien, os ruego un aplauso cuando mis ojos se hayan cerrado para siempre.

Murió poco después y todos los que estaban allí, obedientes al ruego, aplaudieron. Parece que ésta ha sido la única muerte aplaudida de la historia, lo mismo que se aplauden las muertes en el teatro.

AZNAVOUR

Se habla de la guerra de los sexos, del eterno problema de los conflictos entre hombres y mujeres. Y Aznavour, que tiene una hija ya de veinte años, fruto de un primer matrimonio, y otra hija de dos años, fruto de su segundo matrimonio, dijo:

—En la guerra de los sexos nunca habrá vencedor ni vencido, porque ninguno de los sexos quiere ganar la guerra; lo único que quieren es guerrear.

Y una mujer le advertía:

—Sí, bueno, pero a nosotros nos llaman el sexo débil. Y esto es una equivocación.

—Sí aunque no siempre. Quiero decir que a veces si y a veces no El sexo débil es más fuerte que el sexo fuerte debido a la debilidad que el sexo fuerte siente por el sexo débil. Pero, a veces, se invierten los papeles y, por lo general, estas veces son tantas como las otras.

BACH

Juan Sebastián Bach (1685-1750) es uno de los mejores inúsicos que han existido jamás. Su sentido musical es tan depurado que nunca cansa oír su música. De la que se conserva toda la que compuso Se casó dos veces; de la primera mujer tuvo siete hijos y de la segunda trece y, al morir, dejó once hijos vivos, de los veinte que tuvo. , c .

hermano mayor, músico también. Este hermano tema, guardado en un armario, un cuaderno donde había anotado lo mejor de toda la música escrita hasta entonces. Pero nunca quiso enseñar aquel cuaderno a su hermano más joven. Bach consiguio abrir el armario y, durante muchas noches seguidas pasadas sin dormir, copió toda la música del cuaderno. Este cuaderno donde Bach copió el de su hermano no existe, porque su hermano, al descubrirlo, lo rompió y lo quemó.

La primera mujer de Bach, su prima María Bárbara, se ocupaba absolutamente de todo, de tal forma que Bach podía dedicarse únicamente a la música. Cuando la mujer murió, Bach no se puso ninguna señal de luto en el vestido. Le advirtieron que tenia que hacerlo. Y el músico, por la fuerza de la costumbre, les dijo:

—De esas cosas se cuida mi mujer.

Una noche había poca cena y Bach dijo a sus hijos:

—Si alguno de vosotros se queda sin cenar esta noche le daré un florín era bastante dinero y todos aceptaron. Como es de suponer, al día siguiente todos se levantaron con mucha hambre. Y Bach les dio una mala noticia:

—Hoy no hay desayuno.

Y les tranquilizó con otra noticia: /

-Es decir, sí hay, pero sólo para los que paguen un florín. Si no, no.

Y todos, para desayunarse, pagaron el florín que habían recibido la noche anterior.

BAILLY

Juan Silvano Bailly (1766-1793) fue un sabio cuya cabeza cortó la guillotina durante la Revolución francesa. Por cosas... Había sido alcalde de París. Durante su mandato hizo fusilar a unos revoltosos en el Campo de Marte. La guillotina estaba en la plaza de la Concordia. Y, cuando el populacho le vio subir al cadalso, alguien recordó lo del Campo de Marte y gritó: —¡Al Campo de Marte, que es> donde mataba él! El grito fue coreado por otras muchas bocas; los verdugos aceptaron la

petición y la guillotina fue desmontada, trasladada y vuelta a montar en el Campo de Marte. Y, durante todo el tiempo que* duró el traslado y el montaje, Bailly tuvo que esperar en mangas de camisa, tal como estaba ya, para ofrecer el cuello a la guillotina. Era un día frío de invierno. Y uno de los verdugos, viéndole temblar, le gritó: —¿Tiemblas, Bailly?

Y, según la anécdota, Bailly se limitó a contestar la verdad: —Sí; pero no tiemblo de miedo. Tiemblo de frío.

Una frase que recogió y ha guardado la historia anecdótica.

BALTASAR

Baltasar fue el último rey de Babilonia (siglo vil a. de J.C.). Era un hombre vicioso y débil que pasó la vida entregado a los placeres. Una noche, durante un banquete en el que Baltasar sentaba a su mesa a sus favoritas y a sus cortesanos, se les apareció una mano fantasmal que escribió tres palabras en el muro: Mane, Thecel, Phares. Baltasar tenía encarcelado al profeta Daniel y le hizo traer allí, por si le podía interpretar aquellas tres palabras. Daniel las interpretó así:

—Numerado, pesado, dividido. Y dio esta explicación:

—Mane: ha numerado Dios los días de tu reinado y le ha fijado término; Thecel: has sido pesado en la balanza y has sido hallado falto;

Phares: dividido ha sido tu reino, entre los medos y los persas.

Baltasar, que era nieto del gran Nabucodonosor, fue muerto aquella misma noche. Y, a su muerte, quedó cumplida la predicción, pues Darío le sucedió en el reino de los medos y Ciro en el de los persas.

Emil Ludwig, en su libro Regalos de la vida, asegura que la verdadera inscripción de la mano fantasmal fue: Mene, mene tekel upkarsin. Y que esto está escrito en aramaico. ¡Vayan ustedes a saber!

BALZAC

El gran escritor francés Honorato de Balzac (1799-1850), autor de La comedia humana, tiene una vida rica en anécdotas.

No fue un niño precoz, sino que más bien, en la infancia, daba la impresión de ser menos inteligente que otros. Gautier, biógrafo de Balzac, cuenta que, una vez, el niño Balzac dijo algo muy acertado. Y su madre le desmereció asi:

—Seguro que ni tú mismo entiendes lo que acabas de decir. Balzac se limitó a sonreír.

Zweig, en una biografía de Balzac, cuenta que éste, en su juventud, en un retrato de Napoleón que le gustaba tener sobre la mesa, escribió: «Todo lo que tú conseguiste con las armas, yo lo conseguiré con la pluma». Y aunque no consiguiera tanto, su éxito no costó la vida a nadie, mientras que Napoleón sembró Europa de cadáveres.

Aquel genio de ambición que en su delirio profundo, cantando guerra hizo al mundo sepulcro de su nación.

Sorprende de Balzac que, sin facilidades técnicas, puesto que entonces no había máquinas de escribir, llegara a una tan formidable cantidad de obras. A mucho más de lo que consta como obra suya, puesto que, antes de escribir con su nombre, había compuesto otros muchos relatos y novelas sólo para soltar la mano. Y ninguna de esas primeras obras, ahora perdidas, tuvo éxito. En realidad, toda la obra ingente conocida como de Balzac se hizo en veinte años.

En su juventud le gustaba dar largos paseos por París, en cuyas calles encontraba inspiración. También visitaba con frecuencia el cementerio del Pére Lachaise. Y cuenta Gautier que, despues de una de estas visitas, Balzac le dijo:

—Los epitafios más elocuentes son los que sólo ponen un nombre: La Fontaine, Molière, Massena... Pero un nombre que lo dice todo y que invita a largas meditaciones.

dos casas distintas y hasta tres, pues una de las dos la mantenía secreta y, si se la descubrían, buscaba otra en seguida. Necesitaba poder refugiarse en un sitio donde nadie supiera que estaba. Los nombres de sus personajes los buscaba en la calle, en los carteles de las tiendas. Cuenta que andaba buscando el nombre del protagonista de un cuento y que estuvo toda la mañana calles arriba y abajo. Y, al fin, lo vio escrito y le gritó, en mitad de la calle:

—¡Biocás!

Lo explicaba después a sus amigos y uno le preguntó: —¿Y por qué Biocás y no otro nombre?

—Porque mi personaje, tal como yo lo tengo pensado, es un Biocás desde la cabeza hasta los pies.

Y no dio ninguna otra explicación.

Balzac iba con frecuencia al Museo del Louvre. Pero no iba a ver las obras expuestas allí, sino a ver la gente que miraba los cuadros y las esculturas. Su observatorio preferido era la rotonda donde está la Venus de Milo. Se ponía junto a la estatua y desde allí, como distraídamente, observaba los rostros de los hombres y mujeres que la miraban. El domingo era el día que más le gustaba dedicarse a esta observación, por ser cuando más forasteros, muchos de ellos gente palurda, acudían a¡ museo; y la mayoría era la primera vez que se encontraba ante el maravilloso mármol de la Venus. Refería un amigo de Balzac que éste le había contado que, cierto día, se acercó a un campesino absorto ante la estatua y con la boca abierta, y que le metió el dedo en la boca sin que el campesino lo advirtiera.

En cierta ocasión, Balzac cogió en falsedad, en una mentira, a su ama de llaves. Y le dijo:

—Si quieres indisponerte con tu prójimo, sigue mintiendo.

—Y cuando vienen a cobrar facturas, y está usted encerrado escribiendo y les digo que no hay nadie, ¿qué?

—Es distinto. Los que vienen a cobrar no son prójimos nuestros, sino todo lo contrario.

Balzac era de buena familia, aunque no de la nobleza. Y había unos Balzac de Entraigues, nobles, que se negaban a admitir cualquier parentesco con el escritor. Balzac lo supo y les mandó una nota redactada así: «Me dicen que os negáis a admitir ningún parentesco conmigo. Pues... peor para vosotros. Sólo puedo deciros que vuestros nietos se arrepentirán de no ser, como por el nombre pudieran, descendientes del famoso Honorato de Balzac».

Un dibujante llamado Bertail estaba ilustrando un libro de Balzac y, antes de hacer los dibujos, leía el libro. Un cierto párrafo no lo entendió bien y pidió a Balzac que se lo explicara.

—¡Imposible! —le dijo el escritor—. Yo tampoco lo entiendo. Y lo he escrito precisamente adrede, dedicado a los lectores exigentes, que si lo entendieran todo no tardarían en disminuir la admiración que nos tienen.

Trabajaba sin descanso, hasta diez y doce horas diarias. Y, una vez, el músico Rossini le decía:

—No comprendo cómo podéis aguantar tantas horas de trabajo. Yo también he trabajado mucho, pero después de quince días de trabajo intenso, si no me tomo un descanso, me moriría.

—Yo también.

—Sin embargo, no descansáis y seguís viviendo.

—No; estoy muerto desde hace años. Y mi trabajo es mi sudario.

Visitó una vez a un amigo, un tal Giorgio, hombre de gran posición. Llegó a la casa, cuya puerta estaba abierta, y entró. Dentro no vio a nadie. Fue recorriendo habitaciones sin encontrar a nadie. Llamaba y nadie le contestaba. Abrió otra puerta, y se encontró frente a un baño y a una hermosa mujer dentro del agua, vestida como Eva en el paraíso terrenal. Y Balzac, muy serio, le preguntó:

—¿Es usted, acaso, el señor Giorgio? Sin esperar contestación añadió:

Cerró la puerta. Aquella mujer era la señora Giorgio, a la que un rato después el señor Giorgio presentaba al ilustre escritor señor Balzac. Ninguno de los dos hizo la menor alusión a lo ocurrido antes. Y, después de la comida, la señora Giorgio, a la primera ocasión, se limitó a murmurar en voz baja:

In document Claraso Noel - Antologia de Anecdotas (página 56-76)

Documento similar