A lo largo del Clásico esta conexión entre la religión y el poder en el mundo maya se va a profundizar de manera dramática, de modo que va a ser visible en una gran parte de las manifestacio-nes culturales asociadas a los estamentos elitistas. Una visión pa-norámica de cualquier ciudad maya, salpicada de templos, san-tuarios, acrópolis, palacios, juegos de pelota y otros edificios especializados (lám. 41) cuyas fachadas están decoradas con imá-genes esculpidas y pintadas que representan dioses, seres sobre-naturales y otros aspectos relativos a la divinidad y al culto reli-gioso, y que encierran ricas tumbas y ofrendas de insospechada complejidad, informa que la religión maya y sus prácticas rituales tuvieron una estrecha relación con aspectos de tipo político y dinástico. La planificación de estos centros urbanos no fue capri-chosa ni fruto del azar; a partir de ella los mayas crearon un espacio cósmico en el que conjugaron espacios positivos confor-mados por las construcciones piramidales que fueron considera-das como montañas sagradas, con ambientes negativos represen-tados por las plazas públicas que, en realidad, emularon el Mar Primordial donde se realizaron los actos más importantes de la creación, y donde vivían las principales divinidades.
La decoración de las fachadas de los templos y santuarios por medio de imágenes de seres divinos emparentados con el linaje de los constructores —por lo general los gobernantes—, enlazando los hechos de los sobrenaturales con los hombres y con la herencia dinástica, dejan clara constancia de esta relación entre religión y política. Los mayas imbuyeron el espacio ar-quitectónico y los edificios con significados particulares, de modo que la arquitectura confirmó la acción ritual, fue el espa-cio donde se realizaron y dramatizaron actos divinos que fueron propiciados y dirigidos por los gobernantes. Este paisaje cons-truido aumentó potencialmente su efectividad mediante ciclos repetitivos de actividad ritual; de ahí que los dirigentes constru-yeran unos edificios sobre otros. Por otra parte, los mayas con-cibieron su ambiente construido como una metáfora para el orden, en contraposición con el entorno natural, que tenía con-notaciones de caos y de peligrosidad. La decoración y la función de los edificios con ambientes sobrenaturales y propiciatorios del ritual, permite concebir este paisaje arquitectónico como una entidad «viva», que fue activada mediante actos de conjura de los seres divinos llevados a cabo por los gobernantes.
A N D R É S C I U D A D R U I Z
Pero más allá de servir como inmensos escenarios para dra- matizar y reactualizar viejos mitos en que intervinieron los dio-ses y los dirigentes, los análisis iconográficos y epigráficos sos-tienen que algunos edificios concretos fueron propiedad de dioses particulares, donde se alojaron para llevar a cabo deter-minados actos al ser convocados por los reyes. Así, algunos textos designan a determinados adoratorios como waybil, «dor-mitorios», donde en realidad dormían ciertos dioses y antepasa-dos, y donde se les podía conjurar. Un ejemplo de ello lo consti-tuyen algunos templos del Grupo de la Cruz de Palenque (lám. 42), donde aparecen expresiones escritas que hacen referencia a que «6 cielo es el nombre del baño de vapor de GI», o también «6 cielo es el nombre del baño de vapor del dios de Kan Balam» (Houston, 1996; ms.), dejando clara manifestación de que el san-tuario fue utilizado por importantes divinidades locales y por dioses particulares propios de reyes particulares. El minúsculo recinto alojado en el interior de estos templos fue denominado pib naah, «baño de vapor», un tipo constructivo que en Meso-américa estuvo fuertemente emparentado con el nacimiento (Al-cina, Ciudad e Iglesias, 1980), y que en el caso de Palenque pudo haber funcionado como el lugar simbólico de nacimiento de ciertas divinidades. Es decir, que los reyes construyeron edi-ficios especializados para sus dioses y los conjuraron en los mo-mentos que consideraron oportuno.
Más importante aún: los templos fueron considerados en sí mismos como montañas sagradas, como casa de los dioses, de los antepasados y de las almas de los dirigentes —los wayob’— y como mausoleos para honrar a los gobernantes divinizados; sus puertas fueron el portal que conducía al inframundo, activándo-se y abriéndose mediante la actividad chamanística y de transfor-mación realizada por los gobernantes con el fin de tener contacto con las fuerzas divinas (lám. 28). En este sentido, el templo y los objetos que contiene —incensarios, tocados, máscaras, emble-mas, capas rituales, cuchillos de sacrificio y una amplia variedad de utensilios— son considerados como verdaderos seres sobre-naturales. El ambiente mismo es sobrenatural, con tronos deco-rados con aspectos de cielo y soportados por pawahtunob’, o atlantes, que simbólicamente los separan del inframundo; de manera que el continente, el templo y el contenido, los objetos que actúan en el ritual y las ofrendas —incluidas las tumbas—, actúan como seres sobrenaturales y, en ocasiones, son propie-dad de ellos. El gobernante es el encargado de dar vida divina a
R E L I G I Ó N Y P O D E R
este ambiente, y él mismo se transforma en el árbol sagrado del eje del mundo al reactivar paisajes y objetos mediante la ejecu-ción del ritual.
Este paisaje construido no se agota en los edificios y espa-cios arquitectónicos, sino que tiene continuidad con las estelas y los altares que se emplazaron en los sitios abiertos, en las plazas públicas y en los grandes espacios arquitectónicos, por regla ge-neral en relación con las edificaciones más importantes (lám. 43). Y de la misma manera que los espacios y los edificios, estos grandes monumentos jugaron papeles activos como participantes en el paisaje ceremonial de los mayas del Clásico, ya que fueron activados por medio de los mismos rituales efectuados en los edificios, en los que intervino de manera frecuente el derrama-miento de sangre realizado por los gobernantes. Por otra parte, y al igual que ocurría en el caso de las construcciones arquitectóni-cas, los textos y la iconografía hacen referencia a que, además de objetos rituales que se pueden activar, las estelas fueron propie-dad de individuos concretos y, en ocasiones, de los propios dio-ses. Por eso se puede interpretar que cuando un ajaw maya «plan-tó» una estela, estaba participando en un acto de creación. Stuart (1996) propone como ejemplo la Estela 3 de El Zapote, en la que se recoge la expresión ts’ap-ah u-
lakam -tun-il, «su gran piedra es erigida», asociada a la
representación de una deidad de la lluvia, a quien se nombra Yax- ha’-Chaak.
En consecuencia, la información que se obtiene al observar el paisaje construido maya es que el ambiente sagrado y sobrenatu-ral envolvió las realizaciones arquitectónicas y escultóricas de los mayas del Clásico, y tras ellas gran cantidad de sus comporta- mientos y manifestaciones vitales. Esta sacralidad no sólo se alojó en este paisaje construido, sino que se amplió a determinados objetos que fueron propiedad de seres sobrenaturales o que sim-plemente fueron sagrados desde el momento en que participaron de manera activa en el ritual.