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DIOSES CELESTES

In document Religion Maya. Mercedes de La Garza y Ma (página 84-102)

El conjunto más complejo y significativo de formas divinas resi-de en el cielo, pues ésta es una región infinita e inalcanzable, simboliza la sacralidad, el poder, la perennidad y la trascenden-cia (Chevalier y Gheerbrant, 1988: 281). Entre los mayas, los fenómenos siderales se personifican en dioses, cuyos nombres, funciones y características dan cuenta de la unidad del cielo, a la vez que de la diversidad, de la estructura que tenía y de las diversas energías que de él emanan. Por ello, podemos hablar de

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un dios celeste, supremo y creador, y simultáneamente de un conjunto de dioses que tienen su morada en el cielo y presiden sus diversos aspectos.

1. Dioses creadores

Dice el Popol Vuh que antes de que se creara el universo «existía el cielo y también [K’ush Kah], el Corazón del Cielo, que éste es el nombre de Dios» (23). Es claro que los mayas distinguen entre el espacio celeste y la energía divina primordial que ahí reside. Se trata de un ser trascendente, poderoso, infinito y eter-no, como el cielo mismo, cuya fuerza genésica ha dado origen al universo; por eso también se le llama Tzakol, Bitol, el Creador y Formador. El Popol

Vuh señala que «como la neblina, como la nube y como una

polvareda fue la creación» (24), mientras que el Libro de Chilam

Balam de Chumayel dice: «allí donde no había cielos ni tierra estaba

su Divinidad que se hizo una nube sola de sí misma, y creó el universo. Y estremeció los cielos su divino y grande poder y majestad» (120). La epifanía de la ener-gía creadora del dios es una nube, primera muestra de su activi-dad celeste, e indicador del agua y de la fecundidad que de aquí emanará. Su nombre en maya yucateco es Itzam Na, que, al decir de fray Bernardo de Lizana, es «el rocío, o sustancia del cielo y nubes» (1988: 55). Ésta es la denominación más frecuen-te en los textos coloniales del área septentrional; el nombre Itzam (que también significa «lagarto») se forma de las raíz itz, que se relaciona con los líquidos vitales que dan lugar a la exis-tencia, a la vez que its’ se vincula con los conocimientos sagra-dos del universo (Diccionario Maya Cordemex: 271-272). Así, Itzam puede ser el «Brujo del Agua», y se refiere al sabio que conoce los secretos para generar y conservar la vida (Morales, 1991: 6), Itzam Caan (Brujo del Agua del Cielo) destaca su aspecto celeste, e Itzam Muyal (Brujo del Agua de Nube) su advocación de nube (Ritual of the Bacabs: 152).

Entre los yucatecos está la creencia en Ku Citbil ti Caan, cuyo nombre indica que se trata de una deidad celeste, que crea mediante la palabra. Citbil en el siglo XVIII todavía era «un ídolo, el principal

de los que aún idolatran» (Santa Rosa, 1912: 9, 15 y 16 en El libro

de los libros de Chilam Balam, 192) lo que corro-bora que se trata de

otro nombre del dios supremo celeste. Al igual que en el Popol Vuh, la palabra portadora del germen de la creación es la primera manifestación divina (24). La sabiduría es

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otra de las epifanías del dios creador, por eso en los textos coloniales los mayas lo califican como «sabio» (Popol Vuh: 23, y

Libro de los Cantares de Dzitbalché: 373).

En una oración de Yucatán del siglo XVII se le invoca como

Hunab Ku, Dios Único, «Señor de este mundo, de todas las cosas hechas por él» (Cantares de Dzitbalché: 372). Soberano primor-dial, Ahau Caan, Señor del Cielo (Libro de Chilam Balam de Chumayel: 87; El libro de los libros de Chilam Balam: 96), Yumil Caan, Amo y Dueño del Cielo (Diccionario Maya Corde-mex: 982), es el creador del orden cósmico, es el «dueño de to-das las cosas que están bajo su mando» (Cantares de Dzitbalché: 373); habita en lo más alto del cielo, donde tiene una estera, símbolo maya de autoridad, y desde este trono celeste rige al mundo (Ibid.). Uno de sus nombres entre los quichés es Tepeu, Soberano (Popol Vuh: 23), y los yucatecos los veneraban dicién-dole: «Nuestro señor rey, dueño de ese cielo, está en la nube, está en el cielo» ( Relaciones histórico-geográficas de la

Goberna-ción de Yucatán: II, 322-323).

Itzam Can, Brujo del Agua Serpiente, es una de sus principa-les advocaciones, mientras que la energía creadora del cielo entre los yucatecos se llama Canhel, Serpiente de Vida (Libro de Chi-lam

Balam de Chumayel: 88), en quien se reúnen los aspectos

primordiales de la fertilidad biocósmica, representada por la ser- piente (Garza, 1984: 319). El Popol Vuh lo llama Gucumatz (23), Quetzal Serpiente, pues en él se integran los elementos celestes y primordiales del quetzal (Pharomacrus moccinno) y fecundantes y acuáticos de la serpiente. Así, en el dios maya de la creación se conjugan los dos principios fundamentales que garantizan la fertilidad cósmica: el cielo y el agua.

El aspecto creador del Corazón del Cielo se manifiesta en cuatro dioses quichés: Huracán, Una Pierna, Caculhá Huracán, Rayo de una Pierna, Chipi Caculhá, El Pequeño Rayo y Raxa Caculhá, El Rayo Verde, cuya presencia, calificada como «bue-na» por el Corazón del Cielo, marca el inicio del mundo (Popol Vuh: 24). La acción del dios (a la vez uno y cuatro) se identifica con la actividad celeste primordial, mediante la cual hay una transformación del cielo sobre la tierra. Un rayo, un pequeño rayo, o un rayo azul verde produjeron una chispa de vida, pode-rosa y fertilizante, con la que el mundo comenzó a existir. Pero no sólo fue la acción del fuego celeste, sino que vino acompaña-da de un líquido divino, lleno de vida, semejante al esperma (itz, según los mayas yucatecos): la lluvia, y en fecundante tormenta,

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en la que se combinan agua, aire y fuego, las energías cósmicas de Huracán crearon la tierra (Ibid.). En otros términos, el Cora-zón del Cielo posee las energías de la fertilidad biocósmica (el rayo, la tormenta y la lluvia), por eso el Popol Vuh dice que el dios «se llama Huracán».

Los yucatecos veneraban a una deidad con funciones seme- jantes: Bolon Dz’acab. Es un dios que en los tiempos primordia-les, durante un cataclismo cósmico, protege el principio de rege-neración del universo, simbolizado en semillas de calabacitas, calabazas, frijoles y maíz, envolviéndolo y atándolo todo en la capa más alta del cielo (El libro de los libros de Chilam Balam: 75). Parece corresponder al germen fecundo primordial, que se encuentra en el cielo, el cual, puede renacer y multiplicarse a pesar de la muerte —o de la catástrofe—. Bolon Dz’acab es el señor de las simientes. Las semillas existen desde los tiempos primordiales; son un don divino. Su nombre puede significar Linaje Supremo, pues tz’acab es casta, linaje, abolengo (Diccio-nario Maya Cordemex: 831). En el Popol

Vuh uno de los títulos del dios supremo es el de Envoltorio de la

Majestad (156), as-pecto que se relaciona con Bolon Dz’acab como aquel que lo envolvió y lo ató todo en lo más alto del cielo, aquel que res-guardó las semillas primigenias y una vez creado el hombre él preserva el linaje noble al que pertenecen todos los gobernantes mayas; por ello es el señor del Linaje Supremo o Primordial.

Es posible que los diferentes valores onomásticos del dios celeste se hayan convertido posteriormente en divinidades inde- pendientes. Determinar en qué momento se da esta transforma-ción y qué denominaciones corresponden a energías divinas y cuáles a aspectos de un solo dios no es una tarea fácil. Algunos parecen ser títulos de los tiempos primordiales, mientras que otros pueden corresponder a advocaciones bajo las que eran ve-nerados. Por ejemplo, en Yucatán encontramos oraciones en que se veneraba a Itzam Kan —o su variante Itzam Caan— con la que se aludían al Itzam celeste, serpentino y cuádruple, a Yax Itzam, el Itzam Primordial o Sagrado, a Ahau Can —o Can Ahau—, Señor Cielo, Señor Serpiente, o Serpiente Cielo, que correspon-den al nombre del supremo sacerdote entre los yucatecos, y que a su vez es la serpiente de cascabel (Crotalus durissus terrificus) (Garza, 1984: 174, 195 y 299). De igual manera, en el Popol Vuh se menciona un grupo de seres en cuyos nombres se incor-poran los de ciertos animales por sus características biológicas: Hun Ah Pu Vuch (Un Cazador Tlacuache), Hun Ah Pu Utiu (Un

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Cazador Coyote), Zaqui Nima Tziss (Gran Pizote Blanco, la Abuela del Alba) y Zaqui Nim Aq (Gran Jabalí Blanco), tienen cualidades relacionadas con la reproducción y cuidado de su prole (Nájera, 1989: 1344-1346).

Las deidades de los tiempos de la creación generalmente ac-túan en parejas, pues en ellas se reúnen los atributos femeninos y masculinos, que se integran en el dios creador. Así, la deidad pri- mordial maya es un ser andrógino, Ix Hun Itzam Na, el Gran Itzam Na, la Señora Itzam Na (Ritual de los Bacabes: 410), en quien coexisten simultáneamente los dos principios, pues se basta a sí mismo. En ocasiones se manifiesta uno y en otras otro, hasta que, dice Eliade, se alcanza una polarización divina y el mundo se explica como resultado de la hierogamia primordial (Eliade, 1972: 376). Itzam Na tiene su contraparte femenina en Itzam Cab (el Brujo del Agua del Mundo), Itzam Cab Ain (la Iguana Tierra Cocodrilo) y Chac Mumul Ain (el Gran Cocodrilo Lodo-so) (Garza, 1984: 203). El Libro de Chilam Balam de Chumayel dice que después de la reordenación del mundo, bajó Uuk Chek-nal [¿Siete Fecundador?] de la séptima capa del cielo y «pisó las espaldas de Itzám Cab Aim» (89), acción que puede interpretar-se en el sentido de fertilización. A continuación el texto señala que «entonces despertó la Tierra, en este momento despertó la Tierra» (Ibid.).

En varias plegarias del Ritual de los Bacabes se invoca a It-zam Cab en un contexto erótico en el que se destaca la unión se-xual del cielo con la tierra (297, 394-395, 397-398). Por esto, un augurio para un katún 13 ahau señala que «Será cuando cree, haga nacer Itzam Cab Ain, Brujo del Agua Tierra Cocodrilo, vida perdurable en la tierra» (Libro de Chilam Balam de Chumayel: 89). Otras denominaciones de la pareja primordial son Can Ahau Caanal Tii Cab (Señor Serpiente Celeste), Can Ahau Tii Cab (Señor Serpiente de la Tierra), en donde se destaca su aspecto fecundante, y Chacal Ah Chuc (el Incendiario Rojo), Sacal Ah Chuc (el Incendiario Blanco), que muestra su carácter ígneo (Morales, 1991: 142-144).

La estructura del cielo se explica mediante un conjunto de dioses. Ah Raxa Tzel, el Espíritu de la Jícara Azul, es el nombre del dios que en el Popol Vuh (164) representa la bóveda celeste, plena de fertilidad. Su forma alude a la trascendencia, a la inmu-tabilidad; su color, al espacio primordial, y la especie vegetal, por sus innumerables semillas, a la abundancia. Su pareja es Ah Raxa

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Lac, el Espíritu del Plato Verde, la Tierra, el principio femenino, pasivo y receptor, a la vez que es la evidencia de la creación a partir del centro, del Corazón del Cielo.

En Yucatán se veneraba a Amayté Ku, Dios de los Cuatro Ángulos, también conocido como Amayté Kauil, Dios de los Cua-tro Ángulos, que Provee de Abundantes Cosechas. Ambas deno- minaciones se refieren a las cualidades siderales: un espacio cua- drangular, que desde los tiempos previos a la creación está estructurado «en cuatro ángulos, en cuatro rincones» (Popol Vuh: 21), y al carácter de abastecedor en la tierra de fertilidad celeste. Es una advocación de Itzam Na Kauil (Thompson, 1975: 262). De manera semejante los señores quichés en una bella oración invocan al Corazón del Cielo bajo la denominación «los cuatro rincones, los cuatro puntos cardinales» (Ibid.: 156).

El dios celeste es también Itzam Kan, Brujo del Agua de los Cuatro Rincones, que se menciona en el Ritual de los Bacabes. Divinidad cuádruple, en algunas oraciones aparece llevando como título el color del rumbo con el que se vincula en un momento determinado: rojo, blanco, negro y amarillo (407).

Oxlahun Tiku, Trece Deidad (Libro de Chilam Balam de

Chumayel: 87), es quien integra las trece capas superpuestas que

constituyen verticalmente el cielo (Sotelo, 1988: 21), por eso se le llama también Oxlahun Citbil, Trece Ordenador (Ibid.: 77). Se le menciona a la vez como «deidad inmensa (deidad de 8 000 veces)» con lo que tal vez se alude a su carácter infinito y múlti-ple (Ibid.: 94) y simultáneamente se señala que es el propio Hu-nab Ku, Deidad Única.

La noche estrellada es otro aspecto de Itzam Na. Itzam Tzab, Brujo del Agua de las Pléyades, es uno de sus nombres, pues tzab significa crótalo de serpiente, y al conjunto de estrellas que en el pensamiento maya se agrupan como la cola de la serpiente de cascabel le llamaban también tzab (Diccionario Maya Cordemex: 849). Uno de los cultos más importantes de Yucatán en el siglo XVI

era el que recibía bajo la advocación de Yax Coc Ah Mut, cuyo nombre, según Barrera Vásquez, tiene el sentido de Señal de las Estrellas. Se compone de coc ah, que posiblemente corres-ponde al de una constelación conocida entre los mayas como Tortuga Verde (Ibid.: 330), su variante cocay, luciérnaga y de mut , que significa anuncio, fama y señal ( Libro de Chilam Ba-lam de Chumayel: 162). Se relaciona con el Oriente, y en este sentido simboliza el orden cotidiano que se da al sucederse el día y la noche; es decir, aunque está asociado con el aspecto oscuro

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del cielo, simboliza también al nuevo día, en tanto que le antece-de. La profecía de un katún 3 ahau señala que cuando está presente Yax Coc Ah Mut habrá «gran sabiduría» (El libro de los libros de Chilam

Balam: 75).

En un katún 5 ahau se lee: «[...] entonces se levantará Amay-té Ku, y se extenderá sobre la ceiba el Quetzal [...]» (Ibid.: 119)1. La

imagen del ave sobre un árbol es frecuente en el pensamiento maya y tiene, entre otros, el sentido de simbolizar el orden del mundo. El quetzal es la kratofanía de Amayte Kauil; se asocia con este dios posiblemente por el color verde azul (yax) metáli-co de sus plumas, que remiten al color del cielo, y por habitar generalmente en lo alto de las copas de los árboles.

En los Libros de Chilam Balam se dice que durante un katún 1

ahau, que preside Amayte Kauil, «bajarán sogas y cuerdas; del cielo

bajará la fuerza» (El libro de los libros [...]: 76). En los textos proféticos la cuerda hace las veces de axis mundi; a través de ella se da la comunicación del dios celeste con el mundo. Es un atributo de Amayte Kauil, con ella ha delimitado al cosmos, lo ha medido, y con ella lo ha integrado y unificado.

Al dios del cielo y creador, Itzam Na, se le considera el pri-mer sacerdote (Landa, 1966: 92) por lo que muchas de las accio-nes rituales tienen en él su prototipo. Él fue el inventor de la escritura (López de Cogolludo, 1971: 254) y es el primer profe-ta, el sabio que conoce el futuro (Lizana, 1988: 5), es quien da salud (Cantares de

Dzitbalché: 373), e incluso resucitaba a los muertos (Lizana, 1988:

55). Se le veneraba en distintas ocasio-nes, era el patrono de los

katunoob 13 ahau, de los años ix y de los meses uo y mac2. Tenía un

gran santuario en Izamal, Yucatán, a donde acudían peregrinos de diversos puntos de la península (Ibid.: 56). Recibía diversas ofrendas, de piedras, animales, in-cienso y corazones humanos (Relaciones histórico geográficas, 1983: II, 323).

Entre los quichés, el dios supremo, en su advocación de Nacxit, es quien otorga el poder a los hombres prodigiosos, a los gobernantes, quien los dota «de inteligencia y experiencia». Es en este sentido un maestro de iniciación, de quien reciben los señores, además de conocimientos y las insignias de poder, «las

1. El sistema calendárico maya incluía ciclos sagrados de casi veinte años denominados katún.

2. Los años se denominaban de acuerdo con el día del calendario de 260 días

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pinturas de Tulán, las pinturas, como le llamaba a aquello en que ponían sus historias», es decir, la escritura (Popol Vuh, 142). Se alimenta de incienso, y sobre todo de sangre y corazones humanos, igual que Itzam Na.

En los códices se le representó como un personaje masculi-no, cuyo rostro, además de tener los rasgos característicos de los dioses celestes de la fertilidad3, se le reconoce por su boca des-dentada y

sus mejillas arrugadas. Es un dios anciano. Se le identi-fica con la letra D, en la nomenclatura de Schellhas (22) (fig. 5).

La vejez es una forma de representar su fuerza supratempo-ral de conservación, su participación de lo eterno, su resistencia al desgaste del tiempo; es una prueba de autenticidad y de parti- cipación en los orígenes de la existencia (Chevalier y Gheerbrant, 1988: 94). El Popol Vuh lo llama la Abuela y el Abuelo (Ixpiya-coc e Ixmucané) (21). Las representaciones fálicas del dios D hacen evidente su carácter de fecundador, pero también se le dibujó como mujer —con senos y falda—; por ello, desde el punto de vista plástico, se puede afirmar que se trata de un ser andrógino.

El color azul generalmente acompaña sus imágenes, pues con él se indicó su carácter a la vez celeste y acuático, mientras que el negro parece referirse al aspecto nocturno. Con frecuencia se le dibujó simbólicamente en el cielo, en el centro del cielo, a través de tronos y de templos. Por ejemplo, en el Códice Madrid (8b) está sentado sobre una nube en forma de trono, lo que indica su carácter de soberano supremo celeste. Pero esta soberanía es también terrestre; por ello aparece sobre tronos de estera, pop, símbolos del mando.

Sus atributos de poder comprenden la cuerda, el taladro de fuego, la ahau can y el bulto sagrado. Con la soga primordial delimitó y ordenó al universo, y mediante ella, transmite la po-tencia generadora del cielo a las otras regiones. Como fecunda-dor, aparecen en los códices con el taladro de fuego (Códice de Dresde: 6b; Códice Madrid: 38b), instrumento para producir la chispa primordial, con la que, como Incendiario, Ah Chuc, fer-tiliza al universo. El fuego es el resultado del frotamiento de dos

3. En los códices hay un grupo de personajes que comparten dos elementos básicos: un ojo rodeado en la parte inferior por una voluta adornada con dos círculos, que De la Garza ha denominado de serpiente, y una representación convencional de la frente, que he llamado divina, por ser característica de estos seres.

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maderos, uno horizontal que se equipara con lo femenino, la tierra y lo pasivo y otro vertical, de carácter masculino, celeste y activo. La

ahau can, serpiente de triple crótalo, es su cetro (Có-dice Madrid:

60c), similar al de los sacerdotes y los gobernantes, y al igual que éstos cuenta con un bulto sagrado (Ibid.: 61b).

Su indumentaria indica que se trata de un gran señor, por ello algunos de sus tocados son semejantes a los que portan los gobernantes de Palenque, y usa suyem, capa o manto (Códice de

Dresde: 25c) la prenda de los sacerdotes, que simbólicamente lo

sitúa en el cielo (lám. 10).

Como sacerdote primordial, aparece realizando diversas ac- ciones rituales. Es un escriba, quien con la tinta y el pincel (Ibid.: 21a) transmite de una manera gráfica el lenguaje divino.

Itzam Na ha marcado los ritmos del universo de manera sonora mediante el pax, tambor vertical (Ibid.), de la misma manera que los sacerdotes durante la ceremonia de los años cauac.

El autosacrificio fue instaurado en los tiempos míticos por Itzam Na, por ello en los códices se le dibujó traspasándose la lengua con una espina (Ibid.: 96b), o el pene con una cuerda (Ibid.: 19a, 82b), para infundir la potencia generadora al mundo, o bien impregnando con la sangre de sus orejas las semillas (Ibid.: 95a) (lám. 18). En estas imágenes se destaca su poder genésico que se transmite a todo

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