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Arquitectura y liturgia Interpretación funcional de los espacios

El conocimiento de la ubicación y los movimientos de los participantes en la liturgia es fundamental para la consecución de los objetivos de este trabajo. Este conocimiento implica la interpretación litúrgica de los espacios arquitectónicos de las iglesias prerrománicas, utilizando como fuentes de información los propios restos arqueológicos conservados y los documentos escritos de la época.

El antiguo rito hispánico 84 Por desgracia, a día de hoy existen más sombras que luces sobre esta cuestión ya que la información contenida en las fuentes documentales no siempre es fácil de relacionar con los restos arqueológicos existentes. Tal y como propugnó Palol en las sucesivas Reuniones de Arqueología Paleocristiana Hispánica que se han llevado a cabo desde 1967, es necesaria una colaboración interdisciplinar entre historiadores, liturgistas, epigrafistas, filólogos y arqueólogos, para intentar despejar los enigmas sobre el cristianismo de época paleocristiana y visigoda y sobre la construcción de sus escenarios de culto. Desde entonces, diversos investigadores se han acercado a este problema; algunos desde el análisis de los documentos escritos, como por ejemplo Rafael Puertas Tricas (Puertas Tricas, 1975), que realiza una profunda revisión de los textos litúrgicos contemporáneos en busca de referencias a los usos litúrgicos hispano-visigodos, o Francisco Iñiguez Almech (Iñiguez Almech, 1961), quien trata de identificar aspectos litúrgicos en las miniaturas contenidas en los códices contemporáneos; otros desde un enfoque más arqueológico, como es el caso del grupo liderado por Luis Caballero Zoreda (Caballero Zoreda & Sastre de Diego, 2013); y otro grupo más numeroso de investigadores que intentan combinar ambos enfoques, entre los que podemos destacar a Cristina Godoy Fernández (Godoy Fernández, Arqueología y liturgia. Iglesias hispánicas (siglos IV al VIII), 1995), Isidro Bango Torviso (Bango Torviso I. G., 1997) o Achim Arbeiter (Arbeiter, 2003).

Todos los trabajos publicados coinciden en destacar, como denominador común de los edificios eclesiásticos tardoantiguos y altomedievales de la Península Ibérica, la fuerte jerarquización de sus espacios. Las iglesias prerrománicas hispanas se dividen en tres espacios litúrgicos fundamentales: el santuario, donde se ubica el altar y que es ocupado por el o los celebrantes, el coro, ocupado por el clero y el aula19, que es donde se sitúa el pueblo asistente a

los actos litúrgicos. Estos tres espacios están separados y claramente delimitados mediante canceles. El santuario se sitúa en el ábside principal, orientado hacia el Este y preside todo el edificio. El coro está pegado al ábside, ocupando el transepto cuando existe, o bien un espacio que es prolongación del ábside y que en algunos de los trabajos consultados se denomina anteábside. El aula se corresponde con las naves de la iglesia. A estos espacios

19 Utilizamos el término aula para no usar la palabra nave, que tiene una connotación arquitectónica precisa. No obstante se

hace notar que este vocablo se utiliza en las fuentes escritas, tanto para designar el lugar donde se albergan los feligreses, como para designar a la iglesia entera.

principales, en ocasiones se añaden otros como altares secundarios, sacristías, baptisterios, así como espacios con función martirial, funeraria, habitacional o penitencial.

5.4.1 El santuario

El santuario es el lugar en el que se ubica el altar, sobre el que se celebra la ceremonia fundamental del ritual cristiano y a partir del cual se articula todo el espacio interior de la iglesia. Su ubicación se enfatiza mediante una sobreelevación con respecto al resto del edificio y se ornamenta mediante un programa decorativo e iconográfico cuya misión es subrayar este espacio como el más sagrado de la iglesia.

El santuario se corresponde con el ámbito arquitectónico del ábside. El espacio requerido varía en función del tipo de iglesia de la que se trate. En las iglesias episcopales, la cátedra donde se sentaba el obispo rodeado de sus presbíteros se situaba detrás del altar, lo que requería un ábside de gran tamaño. En las iglesias parroquiales, las necesidades de espacio eran mucho menores ya que la ocupación del ábside se circunscribía únicamente al celebrante.

Menos clara está la función litúrgica de las cámaras que flanquean al ábside en las cabeceras tripartitas. A este respecto, Godoy (Godoy Fernández, Arqueología y liturgia. Iglesias hispánicas (siglos IV al VIII), 1995) sostiene que una de estas cámaras debería realizar las funciones de sacrarium20, por ser este un elemento necesario para la liturgia que necesita una

buena accesibilidad con el santuario, mientras que la otra podría albergar los objetos preciosos de la iglesia (thesaurum), o bien las ofrendas (donarium). Bango (Bango Torviso I. G., 1997), por el contrario, confiere a estos elementos la función de altares secundarios que se utilizan como apoyo al altar principal.

5.4.2 El coro

Tradicionalmente, la palabra coro (chorus) ha sido utilizada por los arqueólogos y liturgistas para denominar el espacio donde se ubica el clero en las actividades litúrgicas, situado en las proximidades del santuario. Esta interpretación espacial se corrobora en algunas de las fuentes escritas. Por ejemplo en el Concilio de Braga del año 561 se emplean las acepciones

El antiguo rito hispánico 86 ante altare, in choro y extra chorum para designar los lugares donde debían tomar la comunión el clero superior, el clero inferior y el pueblo, respectivamente. La proximidad al altar también está fundamentada en diversos documentos de la época, como De eccleciaticis officiis donde Isidoro de Sevilla, citando al Eccesiastés, define el término chorus utilizando la imagen de corona que emula, ya que se sitúa alrededor del altar.

Por otra parte, la palabra chorus también se utiliza en la literatura medieval con una connotación puramente musical. El propio Isidoro de Sevilla, en una de las entradas de su Etymologiarum define chorus como un grupo de cantores21, y ubica esta definición junto con

otras entradas de carácter estrictamente musical, como son antiphona y responsorius. Esto ha suscitado la interpretación por parte de algunos investigadores de que, entendiendo chorus como un conjunto de cantores, no existe una vinculación a ningún lugar determinado de la iglesia (Godoy Fernández, Arqueología y liturgia. Iglesias hispánicas (siglos IV al VIII), 1995). De esta manera se puede entender el problema de los dos coros a los que se alude en los documentos escritos, y que abordaremos a continuación, como dos grupos de cantantes situados en puntos diferentes del templo.

Tal y como acabamos de apuntar, otro de los aspectos controvertidos en la explicación de la liturgia hispánica a partir de los textos escritos es la interpretación que los diferentes investigadores a las alusiones a dos coros que contiene un gran número de documentos de la época. La cuestión es si se trata de dos grupos de cantores ubicados en partes diferentes de la iglesia o bien de una división de los cantantes en dos grupos dentro de un mismo espacio. La primera opción puede intuirse en uno de los prólogos del Antifonario de León, donde en referencia al modo de interpretar las antífonas y los responsorios se dice:

“Dos o tres cantan responsorios e igualmente vespertini, laudes y salmos. A derecha e izquierda se ubican los coros y cantan antífonas en forma alternada. Unos empiezan y los otros inician el salmo; tras el Gloria cantan por fin juntos. Observan el orden angélico establecido y, a imagen suya, se sitúan resplandecientes en el coro”.

21 Etymologiarum VI, 19, 5-6: “Coro es una multitud congregada en una celebración religiosa. Se llama coro porque, en un

La segunda opción es la que se sustenta en más argumentos documentales. Sirva como ejemplo lo que se expresa en el IV Concilio de Toledo:

En el canon XVIII: “el clero en el coro”

En el Canon XXXIX: “Algunos diáconos llegan a tal soberbia que se anteponen a los presbíteros e intentan colocarse delante en el primer coro, dejando para los presbíteros el segundo coro”

Este último texto nos indica cómo el coro se organiza en dos zonas bien diferenciadas: un primer coro, destinado a los presbíteros, y un segundo coro ocupado por los diáconos. También sugiere que el primer coro estaría más próximo al altar. Esta cuestión queda más clara en el primero de los prólogos del Antifonario de León:

“Un coro se situaba cerca del altar, otro sobre el pulpitum y otro, por último, hacía resonar en el interior del templo un eco melodioso”.

Citaremos por último otro documento que utiliza, sin lugar a dudas, el término chorus con un sentido espacial. Se trata del obituario de Isidoro de Sevilla (Obitus beatissimi Isidori), escrito por un clérigo hispalense llamado Redempto. Cuando el autor describe el lugar al que se traslada el cuerpo de San Isidoro escribe: “in medio choro”.

5.4.3 El aula

El aula es el lugar destinado a los fieles en la liturgia y se asocia espacialmente al ámbito de las naves de las iglesias.

No existen documentos escritos que relaten la disposición del público asistente a los actos litúrgicos en la tradición hispana. Cabe esperar que, al igual que en otras tradiciones litúrgicas, fuese necesario separar a la asamblea de los fieles por sexos. En el caso de iglesias con varias naves, los dos sexos ocuparían naves diferentes, y en el caso de iglesias de una sola nave lo más lo más probable es que los hombres ocupasen la parte delantera. Otra posibilidad es que las mujeres se ubicasen en tribunas a los pies del templo (Godoy Fernández, Arqueología y

El antiguo rito hispánico 88 liturgia. Iglesias hispánicas (siglos IV al VIII), 1995), si bien no existen evidencias documentales que corroboren ninguna de estas suposiciones.

5.4.4 La separación de los espacios: canceles

Son numerosos los escritos en los que se mencionan los canceles como elemento separador de las distintas zonas en las que se divide la iglesia (Puertas Tricas, 1975). Desde el punto de vista material los canceles podrían ser de diversas clases. En la fase de formación del rito, hasta entrado el siglo IV, los canceles serían mayoritariamente de madera y móviles pero según avanza el tiempo se imponen los canceles fijos (Arbeiter, 2003) constituidos por una serie de placas que se ensamblan sobre algún elemento de sujeción, como pilarcillos u otros elementos de construcción.

Se distinguen tres tipos de canceles: bajos, altos y mixtos. Los canceles bajos se utilizan para delimitar las distintas partes del coro y tienen una altura que permite la visión directa del altar. Los canceles altos cerraban totalmente la visión del altar y solían constar de una articulación de arcadas que permitía mediante trabes de madera colgar las cortinas. Los canceles mixtos consistirían en unos canceles bajos que se completan en su parte superior mediante una cortina.

Las imágenes de canceles altos y mixtos se repiten en un gran número de miniaturas de los códices de la época. Como ejemplo, la Figura 18 presenta una de las miniaturas del Beato de Gerona en la que se muestra una iglesia fantástica en dos dimensiones, con altares superpuestos en dos pisos. En el altar bajo hay un cáliz, y por encima de cada altar, cuelgan cortinajes movibles.

C a p í t u l o 6

IGLESIAS SELECCIONADAS