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ASÍ COMENZÓ TODO

Un día más, el sol doraba las extensas cordilleras que se yerguen a lo largo del litoral peruano, hasta llegar a tocar delicadamente las frías y grises aguas del Océano Pacífico. Los picos nevados de los Andes, cuya majestuosa belleza inspiró a desafiantes, deportistas y aventureros, que alimentó la imaginación de poetas y soñadores, dominaba plácidamente, a lo lejos, la cuna de la misteriosa civilización inca.

Entre montañas, áridos desiertos y el litoral, la ciudad de Lima, centenaria capital de Perú, fundada en 1535 por el legendario conquistador español don Francisco Pizarro, surge plácida y tranquila con sus casas sencillas y pocos edificios, en una configuración típica de los primeros años de la década del 50.

Sin embargo, en este calmado y acogedor escenario, no todo es tan así de romántico. En la ciudad limeña, una de las salas de cirugía de un gran hospital es escenario de un intenso movimiento. Médicos y enfermeras luchan, una vez más desesperadamente, para salvar la vida de un joven paciente traído a toda prisa.

Herido gravemente, víctima de un violento accidente de motocicleta ocurrido durante una carrera, el joven piloto dependía, indefenso, de la rapidez de la atención y de la destreza profesional de los médicos. Aquél que hasta entonces había sido un osado y distinguido galán, muchacho dinámico y de gran éxito con las mujeres, se encontraba entre la vida y la muerte. En caso de sobrevivir, amenazaba quedar inconsciente y vegetando por el resto de su vida, o con alguna consecuencia que lo haría mental y físicamente deficiente.

Su madre, doña Virginia, viuda y que perdiera hacía poco tiempo su segundo hijo varón en un accidente aeronáutico, rezaba fervorosamente día y noche al lado del lecho de Carlos. Firme y convencida, con espíritu de hierro, no se entregaba a la desesperación. Virginia y Rosa, las únicas hijas restantes y más jóvenes, procuraban consolarla. Desafortunadamente, las posibilidades eran remotas. Recuperarse totalmente y bien, solamente sería posible por medio de un verdadero milagro. Aún cuando fuese sometido a una difícil operación, era probable que no resistiese siquiera a la anestesia. De cualquier manera, algo tenía que hacerse y con fé inquebrantable, doña Virginia salió a buscar al mejor especialista de la época y le imploró que la ayudase. Conmovido por la desesperación de esta señora, el médico aceptó el caso.

Lentas y penosas horas de cirugía y tres largos meses en coma profundo hicieron lo imposible. Gradualmente, un muerto retornaba al mundo de los vivos. Aunque recuperaba lentamente la conciencia, los estragos de lo ocurrrido se manifestaban en una incómoda y perturbadora amnesia, en las dolorosas cicatrices que recorrían su cráneo y en los ojos bizcos que ocultaba avergonzado detrás de un par de oscuros y

pesados anteojos.

Varias dolorosas y lentas operaciones serían necesarias para corregir las deficiencias producidas por el desastre. Las deudas contraídas por el accidente y sus consecuencias, le costaron la posición y la fortuna. Su prometedor negocio de motos cubría apenas los onerosos gastos hospitalarios por los meses de internado.

Al recobrarse, una nueva vida surgía, muy diferente de aquélla que hasta entonces llevara, acostumbrado a ser el centro de las atenciones en las fiestas y entre amigos, en una vida agitada, superficial y trivial. Ahora, se escondía en el seno de la familia, lejos de todo eso, retraído, débil y tímido por su deplorable aspecto.

Carlos ya no era más el mismo. De un arrogante muchacho, irresponsable y mundano, otro hombre emergía en el escenario; diferente y extraño, no solamente para la familia, sino también para los pocos amigos que le quedaban. El aspecto físico no era la única alteración que el accidente causara al joven motociclista. Su forma de actuar había sufrido una profunda transformación meses después del accidente, un joven interesado y preocupado por los secretos de su mundo interior, por el verdadero sentido de la vida y por la espiritualidad, ensayaba sus primeros pasos. Como criatura que despertaba en un nuevo mundo, pasó a devorar todo lo que aparecía delante de él. Oyendo como espectador atónito ante un nuevo descubrimiento, leyendo como alucinado y discutiendo como vehemente interesado, comenzó a recorrer horizontes por él nunca antes soñados. Ahora eran otros los valores que dirigían su vida.

Fue alrededor de 1953 que su profundo deseo de más informaciones lo hizo participar en la renombrada Asociación Peruana de Astronomía. más no fue solamente la ciencia la que le reservó sorpresas en aquel año. El amor conquistó finalmente su corazón, contrayendo luego matrimonio con Rose Marie, una antigua y muy devota amiga, que supo ayudarlo en el peor momento y que años más tarde le daría tres hijos: yo, el primero y quien esto escribe, de nombre Carlos, más conocido por el sobrenombre de Charlie y a continuación Sixto y Rose Marie, respectivamente.

Fue durante ese período, en que Carlos iniciara su vida familiar, que las primeras noticias procedentes del extranjero sobre la investigación oficial del gobierno norteamericano, relativa a los OVNIs (Objetos Voladores No Identificados), llegaron a sus oídos. El asunto lo entusiasmó a tal punto que propusó a los miembros de la Asociación Peruana de Astronomía destinar parte del tiempo a la investigación de este nuevo y tan apasionante fenómeno. La respuesta fue una inmediata negativa. La asociación estaba compuesta en su mayoría por científicos y en aquella época, considerar la vida fuera de la Tierra era una aventura típica de ficción, propia de novelistas y locos, obviamente, totalmente fuera de sus paradigmas.

A pesar de eso, Carlos no se dejó vencer. No encontrando un ambiente favorable para desarrollar aquéllo que se tornó, desde el primer momento, su objetivo fundamental y de máximo interés –probar que seres inteligentes procedentes de otros mundos nos visitan – rompe definitivamente sus vínculos con la Asociación Peruana de Astronomía y

funda, el día 31 de Enero de 1955, el Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI). Ese joven era además arrojado e irreverente para el momento, ya que el nombre de la entidad era un tanto arrogante y una afrenta directa a los que no creían en la veracidad del fenómeno. Así como las especulaciones que el asunto suscitaba. Sin embargo, ni él mismo sospechaba el sentido profético del nombre que finalmente escogiera.

José Carlos Paz García Corrochano, peruano, natural de la ciudad de Lima, había dado inicio a una aventura que no tendría fin y sin sospechar nada, se había transformado en un profeta y visionario. Se sentía guiado voluntariamente para develar un gran enigma, el mismo que se tornaría, a lo largo de su vida, casi en una obsesión. Pensar en la posibilidad de enfrentarse con criaturas inteligentes, venidas de un punto perdido en la inmensidad del océano cósmico, lo volvía simplemente loco. Él tenía que descubrir la verdad de todo eso. Correr tras más informaciones, conseguir el testimonio de personas y prepararse para, algún día, ser partícipe en persona, protagonista de esa fantástica aventura. Dedicaría años enteros, sacrificaría lo que fuese necesario, para realizar esa extraña e increíble empresa.

No pasó mucho tiempo para que el mundo y otros investigadores descubriesen la dedicación y seriedad que profesaba. Su prestigio fue creciendo, llegando a participar como orador en incontables eventos de carácter nacional e internacional, al punto de que muchas entidades internacionales lo incorporasen como miembro y representante. Actualmente, el IPRI se encuentra asociado a la Federación Internacional de Astronáutica, con sede en París, de la cual es miembro votante; pertenece también a la Intercontinental Ufo Research and Analytic Network (ICUFON) de Nueva York, en la cual representa a América del Sur; está afiliado al Frente Único de Investigadores de Brasil y a la Sociedad de Parapsicología Latino Americana de Buenos Aires. Carlos es hoy también Vice-presidente de la Federación Panamericana de estudios Científicos y Filosóficos de Vida Extraterrestre, con sede en Buenos Aires. Además de eso, son muchas las revistas dedicadas al tema que lo incluyen entre sus colaboradores, siendo todavía objeto y asunto de muchas entrevistas. Entre sus más célebres amistades, se encuentra el Prof. Herman Oberth, padre de la astronáutica y profesor de Werner von Braun, inventor de los cohetes Saturno utilizados por la NASA para los proyectos Apolo. De esta amistad, vino el refuerzo y el incentivo para continuar las investigaciones y seguir adelante, aún contra la incomprensión de los ignorantes y escépticos.

Fue en el recorrer de este difícil camino que muchas personas se aproximaron a él, entre las cuales se destacó una que sería el pivote de una increíble aventura, cuya extensión no tendría límites.

A mediados de 1969, Carlos y su esposa participaban de una recepción diplomática en homenaje a un amigo. Éste, un diplomático dominicano, aprovechó la ocasión para contarles una extraña y espeluznante experiencia. En resumen, él se encontraba manejando en una carretera en la República Dominicana cuando tuvo un encuentro con

una luz muy fuerte que lo cegaba, sin embargo, momentos depués de detenerse y apagarse el carro inexplicablemente, percibió que, por detrás de aquella luz y no muy distante, estaba un gran objeto en forma de disco. Al disminuir la intensidad del resplandor, observó que dos criaturas de aspecto humanoide se aproximaban a su vehículo en silencio. Su semejanza con los humanos era perfecta, solamente la vestimenta delataba que se trataba de alguien fuera de lo común. Al llegar, hablaron en un buen y fluido español pidiéndole que se calmase, que no le harían daño y que procedían de Ganímedes, la más grande luna natural de Júpiter. Sin comprender bien lo que estaba ocurriendo, fue invitado a entrar en el objeto, en el cual permaneció por varias horas. En el interior de la espacionave, estableció algunos diálogos con los tripulantes, siendo sometido en general a varios exámenes de carácter médico. Y finalmente, concluída la experiencia, retornó al carro que arrancó inmediatamente, regresando sin demora a la seguridad de su casa, terriblemente impresionado y sin lograr entender en absoluto lo que realmente había sucedido.

En ese mismo año, una persona miembro del Instituto y que gozaba de la amistad y confianza de Carlos se apoderó de ésta y otras informaciones del mismo género. más adelante, utilizando este material, vino a publicar un libro en el cual narraba, bajo un seudónimo, sus increíbles experiencias en Ganímedes –obviamente aquéllas que nunca existieron– y sus contactos con esos seres. Aunque este libro presentase verdades a medias, fue un éxito de ventas, creando, por parte de algunos incautos conmovidos por el contenido, expectativas falsas y una idea errada de estas civilizaciones extraterrestres. La aparición del libro, alrededor de 1972, en los estantes de las librerías de Lima y posteriormente, en países latino-americanos, encendió la llama de la polémica en los círculos de investigación extraterrestre, inclusive en los medios de comunicación y en la opinión pública. Hasta hubo gente que creyó que Carlos fuese el autor. más de manera general, él fue llamado por todos para aclarar y opinar sobre la tan hablada y controversial publicación.

Fueron decenas de conferencias que Carlos realizó en esa época. Y siempre, a su lado, inseparables, sus dos hijos, Sixto y yo, Charlie. Ambos estábamos más que adoctrinados en el asunto y aún así, continuábamos dos tremendos entusiastas.

Las conferencias se continuaron hasta 1973, siendo que un día en particular, la invitación venía de la Sociedad Internacional de Realización Divina, o SIRD, una entidad oriental transmisora de las enseñanzas del Swami Devanand Maharaj. Su representante en Perú, la Sra. Silvia Rivera de Marmanillo, había solicitado una conferencia para comentar el libro.

Al finalizar la no menos brillante y entretenida conferencia, Carlos fue rodeado por algunos interesados, mientras que, al mismo tiempo, Sixto y yo conversábamos impresionados con la Sra. Silvia al respecto del origen del SIRD y del tipo de estudios que la entidad desarrollaba. Al ver nuestra tremenda curiosidad, la anfitriona preguntó si nos gustaría participar de las actividades de la sociedad y asistir a las conferencias, así como

tomar los cursos de yoga y meditación. La respuesta, además de inmediata, sólo podía ser positiva. Al regresar a casa, contamos a mi padre, Carlos, la conversación que tuviéramos con la Sra. Silvia, de la oferta que nos hizo y de nuestro deseo de participar, preguntando, un poco recelosos, si tendría alguna cosa en contra. Ambos estábamos delirantes y profundamente interesados, no consiguiendo disimular nuestro entusiasmo. Él podía ver en nuestros ojos aquella llama que ya había experimentado interiormente en el pasado. Aquélla que lo llevara tan lejos en busca de lo desconocido y que inexorablemente había encontrado extensión en nosotros, sus hijos. Ambos heredamos tanto el gusto por los OVNIs como la misma curiosidad por lo nuevo y lo desconocido. Así, obtuvimos no solamente el permiso de asistir al SIRD, sino también todo el incentivo. Mientras mi padre, es decir, nuestro ex-piloto de carreras, desarrollaba sus investigaciones y actividades ufológicas (del inglés UFO, Unidentified Flying Object), Sixto y yo iniciábamos una nueva etapa de aprendizaje. Un proceso diferente, disciplinado y profundo pasaría a formar parte de nuestra rutina diaria. Los ejercicios de yoga, la alimentación vegetariana, las meditaciones, los relajamientos, las lecturas y las investigaciones, se habían transformado en el deporte de ambos, cubriendo totalmente nuestro tiempo. Sin embargo, sin jamás dejar la pasión por el asunto extraterrestre. Mas, a lo largo de dos meses, las clases en la universidad, las diferentes actividades deportivas en la Federación Peruana de Gimnasia Olímpica y una buena dosis de pereza hicieron que luego me alejase del SIRD. Sixto, por el contrario, se tornó asiduo colaborador y ejemplar alumno; sus tendencias místicas y gran espiritualidad habían encontrado el mejor lugar para florecer.

Estábamos a fines de 1973. Las actividades transcurrían normalmente en la sede del Instituto. Las conferencias, los cursos y los seminarios continuaban acaparando nuestra atención sin descuidar ninguna participación.

Durante ese período, mi padre me colocó en el Instituto como instructor de un curso de parapsicología, disciplina que estudia e investiga los fenómenos extra-sensoriales (ESP). Esta actividad, basada en las teorías del Dr. Charles Richet, catedrático de la Sorbona en París y Premio Nóbel de medicina, traería una insospechada colaboración en el futuro. Entre todos los fenómenos ESP investigados por la parapsicología, la telepatía, llamada también “transmisión del pensamiento” o “comunicación mental a distancia”, profundamente investigada por el Profesor Joseph Banks Rhine, de la Universidad de Carolina del Norte, USA, sería a la que más dedicaría tiempo y atención, pues en breve se transformaría en una herramienta de trabajo cuya extensión no tendría fronteras.

Las vacaciones de fin de año se estaban aproximando y con ello, habíamos iniciado con algunos amigos, los planes de nuevas excursiones a las cavernas de la cordillera de los Andes y completando la aventura, para antiguos cementerios y construcciones incas que eran desconocidas del púbico y de los arqueólogos.

Nadie, ninguno de nosotros podría siquiera imaginar que, en breve, los eventos que estarían por ocurrir en la vida de mi familia serían responsables por la transformación del

curso de la vida de centenares de personas en todo el mundo, pues vendrían a escribir una nueva página en la historia de la humanidad y de la fenomenología extraterrestre internacional.

Estos acontecimientos marcarían el instante de un nuevo y maravilloso momento en la búsqueda de la identidad cósmica del hombre, colocándolo cada vez más cerca de conocer el sentido de la vida.

Era como si todo estuviese escrito y los primeros pasos estaban listos para ser dados. En breve, la visión profética que originara el nombre de la entidad investigadora de Carlos, mi padre, iba a cumplir su destino y consumar el momento tan esperado por tantos años.

CAPITULO V

LA EXPERIENCIA

El año de 1973 estaba terminando en calma. Mi padre había iniciado una serie de cursos sobre vida extraterrestre y sobre parapsicología en el Instituto, mientras que mi hermano Sixto ingresaba en la universidad y yo pasaba al segundo año de estudios generales con opción en psicología industrial.

Fue en los primeros días de Enero de 1974 que una interesante noticia apareció en escena. Un artículo publicado en un periódico local mencionaba que, hacia fines de los años sesenta, se habían acumulado múltiples evidencias sobre la posibilidad de vida extraterrestre. Entre ellas, estaba la recepción de una gran cantidad de ondas de radio y variedad de sonidos procedentes del Cosmos. Con los vuelos espaciales tripulados, se descubría que el espacio no era un silencio sepulcral como se creía sino que, por el contrario, estaba saturado de ruido. Sonidos estos que no procedían de basura acumulada en el espacio, sino de probables mensajes radiales. Para tal fin, fue desarrollado el “Proyecto Ozma”, un trabajo de orientación de antenas rastreadoras en Virginia, Estados Unidos, que captarían los sonidos venidos del espacio. Una vez indentificados, serían decodificados por las computadoras para verificar su naturaleza. Este curioso informe motivó que, días después, el Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias organizase una conferencia para informar al público sobre los avances de la ciencia en el intento de probar la existencia de vida inteligente fuera de la Tierra. La conferencia sería dada por el renombrado Dr. Víctor Yañez Aguirre, médico del Hospital de la Policía, eminente parapsicólogo, presidente de la Asociación Peruana de Parapsicología y presidente de la Sociedad Teosófica. Presentes también se hallaban, infalibles, Sixto y yo, ambos “monos de auditorio” de mi padre, pues habíamos colaborado con los detalles de la organización.

La conferencia se desarrolló tranquila y profundamente interesante. El orador disertaba deliciosamente sobre el asunto, afirmando no sólo que era posible comunicarse con seres extraterrestres por vías tecnológicas, sino también que, según algunos recientes casos de encuentros de personas con alienígenas, la relación se había establecido “telepáticamente”, es decir, que la comunicación había fluído a través de ondas mentales y por lectura del pensamiento. Aparentemente, en algunas experiencias realizadas, las criaturas alienígenas serían poseedoras de un potencial paranormal elevadísimo, al punto de poder conversar mentalmente con cualquier persona, independientemente del idioma. “Mientras los científicos y técnicos captan las señales venidas del espacio y

procuran interpretarlos”, comentaba, “un grupo de psíquicos o sensitivos, es decir, personas dotadas de una extraordinaria percepción extra-sensorial y que ejercen voluntariamente su uso, se reúnen paralelamente para concentrarse en el envío de una

onda mental al espacio. Con el objetivo de que, si existen seres espaciales inteligentes y potencialmente sensibles, capten la onda y la respondan.”

Aquello sonaba para los participantes como cosas sacadas de una película de ciencia ficción, típico de una novela futurista o sacado de un sueño maravilloso. Bueno, de cualquier manera la audiencia se resistía estoicamente a creer en la simplicidad del comentario.

Finalmente, percibiendo el escepticismo general, el Dr. Yañez terminó relatando tres singulares casos, siendo que dos de estos habían agitado recientemente el escenario de la investigación extraterrestre. El primero que mencionó era relativo a la experiencia vivida por el Sr. Eugenio Siragusa en Italia. Un caso bastante anterior en que, alrededor de los años sesenta, Siragusa mantuvo contacto con varios seres llamados “Ashtar

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