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Así como el evolucionismo (como filosofía materialista) es

In document Renovación nº 34 Junio 2016 (página 30-32)

contrario a la fe, también hay

patologías de la fe, como el “fi-

deísmo”, que en ocasiones han

supuesto un obstáculo para la

ciencia

dente cristiano y de mano de pensadores que en su gran mayoría eran cristianos.

En este punto, interesa distinguir dos cosas: la noción de creación, por una parte, y el mo- vimiento conocido con el nombre de “crea- cionismo”, por otra. El creacionismo nace en los Estados Unidos, en ámbito protestante y en gran medida como una reacción a la teoría de la evolución. Esta fue percibida desde su inicio por muchos cristianos como una ame- naza para la fe. En realidad, a lo que se opone la teoría de la evolución es a una compren- sión de la creación que se desprende de una lectura literal del Génesis. Dicha interpreta- ción literal niega que unas especies proven- gan de otras por evolución y defiende que están creadas directamente por Dios. El cre- acionismo nunca ha formado parte de la fe católica. Sí forma parte de la fe católica la noción de creación. Dicha noción se puede abordar al margen de la fe, aunque las apor- taciones más importantes a esta noción se han conseguido en el intento de comprender el contenido de la Revelación.

La mecánica de Newton dio lugar a un modo de pensamiento de tipo filosófico que se co- noce con el nombre de “mecanicismo”. Se trata de una filosofía que erige la mecánica como paradigma de la racionalidad y que, por tanto, tiene un carácter reduccionista por- que pretende explicar toda la realidad con las herramientas de la mecánica. De la misma manera, desde finales del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, se ha desarrollado un pensamiento de carácter filosófico estrecha- mente vinculado a la teoría de la evolución. Se podría denominar “evolucionismo”. Tam- bién en este caso lo que se defiende es que toda la realidad se puede explicar con las leyes que propone la teoría de la evolución. Los evolucionistas (entendiendo evolucio- nismo como propuesta filosófica y no como teoría puramente científica) suelen poner el énfasis en el azar y la selección natural como mecanismos principales de la evolución bio- lógica y de cualquier otro dinamismo mate- rial. También suelen reducir lo espiritual al mismo esquema, es decir, a lo orgánico so- metido a las leyes evolutivas. El mismo des- arrollo de la biología actual pone de manifiesto las dificultades que presenta de- fender este planteamiento.

Así como el evolucionismo (como filosofía materialista) es contrario a la fe, también hay patologías de la fe, como el “fideísmo”, que en ocasiones han supuesto un obstáculo para la ciencia. Las relaciones entre fe y razón han sido problemáticas cuando la ciencia ha que- rido decir más de lo que su método le per- mite o, también, cuando se ha defendido una fe cerrada a la razón. Unas veces esto ha po- dido ocurrir por una reacción defensiva con- tra reduccionismos filosóficos alentados desde alguna ciencia particular. En otras oca- siones la causa ha sido no tener en cuenta que la expresión en un lenguaje humano de la fe revelada es necesariamente limitada y que, además, está sometida a las reglas pro- pias del estilo con el que el texto está escrito. Los estilos pueden variar mucho según la época y la finalidad con la que fueron escri- tos.

En resumen, la ciencia empírica no puede afirmar la creación. Pero tampoco la puede negar.

Por otra parte, las diversas ciencias, al darnos a conocer el mundo natural con sus procesos, su organización y sus múltiples relaciones, nos invitan a pensar en el fundamento o prin- cipios que sustentan la unidad que guardan entre sí y con otros ámbitos de la realidad que no son puramente materiales. Las cien- cias nos invitan a preguntarnos, entre otras cosas, si el mundo que ellas nos permiten co- nocer cada vez mejor puede dar razón de sí mismo, si es autosuficiente. Cuestiones como estas pueden llevar a vislumbrar que la noción de creación ilumina estas preguntas que la ciencia suscita en el ser humano, aun- que desde otro nivel de racionalidad. Finalmente, la fe en un mundo que es creado proporciona la seguridad de que hay una ra- cionalidad que da unidad y sentido a toda la realidad: la racionalidad que procede de su Creador, del «Logos». De esta manera, la Naturaleza constituye una llamada a pensar, a buscar, la racionalidad que la sostiene, a tratar de conocerla más y mejor, y a no ren- dirse ante las dificultades que lleva consigo toda investigación. R

Un drama amenazador

Admitimos con cierta resignación que hay pastores que abusan, falsos pastores que no sienten ningún amor al rebaño, porque están vacíos de Dios. No nos sorprende porque ya fue predicho por Jesús y anun- ciado por Pablo a los ancianos de Éfeso: “Yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño” (Hch. 20:29). Nos consolamos pensando que quizá sean sólo unos pocos. Pero nos cuesta trabajo reco- nocer que no sólo hay pastores que abusan, sino también iglesias que abusan. Eso ya es más serio y preocupante, pues desvirtúa el cristianismo en su misma raíz, base y fun- damento. Hace de la Iglesia, cuerpo de Cristo, una cueva de ladrones, un cubil de extorsionadores. En lugar de ser una comu- nidad de adoración y salud, se convierte en un espacio enfermizo de manipulación y muerte. Lejos de ser liberadora, abierta, te- rapéutica1, se vuelve opresora, cerreada,

sectaria2.

La teología pastoral siempre ha sido cons- ciente del poder de la iglesia para ayudar o para dañar. “La Iglesia del Nuevo Testa-

mento —escribe Daniel G. Bagby—, fue diseñada para ser una familia redentora, pero a la vez es una institución humana y uno no puede hacerse ilusiones con res- pecto a su capacidad para hacer lo malo”3.

Por eso la buena teología se ha preocupado de resaltar el papel sanador de la iglesia como comunidad reunida para adorar a Dios y para fortalecer los lazos de amistad y comunión entre los creyentes4.

Pero en los últimos años se ha producido el alarmante fenómeno de “iglesias que abu- san”, el cual en lugar de ir en descenso va en aumento. Iglesias auténticamente tóxi- cas, que en lugar de sanar, envenenan. “¿Son realmente nacidos de nuevo los que deliberadamente desean hacer daño y con- trolar a otros en la familia de Dios?”, se pregunta Marc A. DuPont5.

Según el el Dr. Ronald Enroth, las iglesias abusadoras tienen un estilo de liderazgo orientado hacia el control. Los líderes de este tipo de iglesias usan la manipulación

1Véase Pedro Álamo Carrasco, La Iglesia como

comunidad terapéutica. CLIE, Barcelona 2005.

2Véase Jaime Mirón,¿Está su iglesia convirtién-

dose en una secta?Tyndale House Publishers, Illinois 2012.

3Daniel G. Bagby, El poder de la Iglesia para ayu-

dar o dañar, p. 6. Casa Bautista de Publicaciones, El Paso 1992.

4Véase Alberto Daniel Gandini, La Iglesia como

comunidad sanadora. Casa Bautista de Publica- ciones, El Paso 1989.

5Marc A. DuPont, Toxic Churches, p. 17. Chosen

Books, Grand Rapids 2004.

* Director Editorial de CLIE. Doctor en Filosofía (2005) en la Saint Alcuin House, College, Seminary, University, Oxford Term (Inglaterra); Máster en Teología por el CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas) de Santa Cruz de Tenerife (España); y graduado por la Welwyn School of Evangelis (Herts, Inglaterra). Es profesor de Historia de la Filosofía en el mencionado Centro de Investigaciones Bíblicas (CEIBI); Durante casi veinte años ejerció el pastorado hasta su dedicación completa a la investigación teológica y a la escritura.

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