La historia de la religión cristiana es muy larga. De hecho, está a punto de cumplir dos mil años; y en dos mil años, con tantos millones de seguidores más o menos fieles, ¡cuántas cosas pueden haber sucedido! y de hecho ¡cuántas han sucedido!
¿Conocen bien los cristianos la historia de su religión? Una ínfima minoría la conoce bien, porque la ha estudiado especialmente, sea durante su formación específicamente religiosa o sea con motivo de su carrera civil. Otra minoría, todavía bastante reducida con relación al número total de cristianos la conoce de una manera
superficial sin haber profundizado nunca en su estudio. Pero la inmensa mayoría de los que se llaman cristianos, apenas si tienen alguna vaga idea de lo que ha sido a lo largo de los siglos la Institución religiosa a la que pertenecen y cuyas doctrinas trascendentes siguen. Muchos de ellos, faltos de cultura, pero dotados de una inteligencia natural, dudarían mucho en seguir perteneciendo a una Institución que diciendo seguir la palabra de Dios, y hasta aseverando ser infalible en sus enseñanzas, ha actuado a lo largo de la historia de una manera tan errática, tan inhumana, tan poco espiritual y tan parecida a otras instituciones puramente terrenales. Porque la cruda verdad es que la historia de la Iglesia cristiana, para ser la «única verdadera religión», como tantas veces nos han dicho sus jefes en documentos oficiales, es muy poco edificante; y en muchos aspectos no sólo no es edificante, sino que es positivamente escandalosa, rezuma injusticia e intolerancia y hasta está empapada de angustia, dolor y sangre. La triste verdad es que los mártires de la fe cristiana habidos a lo largo de los siglos, son muy pocos en comparación con los | mártires «paganos» que la Iglesia cristiana —sus jefes y sus súbditos— causó en ese mismo tiempo con su intolerancia y fanatismo; con el agravante de que en muchas ocasiones, los que morían como «herejes» y como «impíos» y «desobedientes» eran mucho mejores que sus verdugos. Su único pecado era usar libremente su cabeza, rebelarse contra injusticias o pretender depurar la Iglesia de vicios y corrupciones. Y que en la Iglesia ha habido vicios y corrupciones, ni siquiera los historiadores más apologistas y más obcecados lo niegan.
Por supuesto que siempre se esgrime la disculpa de que «la Iglesia es humana» y por eso no es extraño que haya errores y debilidades. A lo cual se puede contestar que es lógico que haya errores individuales, por muchos que sean, pero que no es nada lógico que una Iglesia que se declara infalible en cuestión de doctrinas y especialmente asistida por Dios, cometa, como institución, errores tan crasos y tan abundantes en la fe y en las costumbres: en la fe, creyendo cosas tan increíbles; y en las costumbres, actuando de manera tan escandalosa y tan en contra de los principios que ella misma predica.
En cuanto a los errores en la fe, a lo largo de este libro damos cuenta de ellos a medida que analizamos racionalmente y sin prejuicios las creencias fundamentales del cristianismo; y referente a sus costumbres, es decir, en cuanto a su actuación concreta en la historia, algo le diremos al lector en el presente capítulo, y en los siguientes.
Hay una frase de Cristo que es una gran norma para juzgar a las personas o a las instituciones: «Por sus frutos los conocereis». El que fríamente y sin estar obcecado por los prejuicios, se enfrenta con la historia de la Iglesia cristiana, se ve obligado a juzgar desfavorablemente a una institución que tiene encima de sí tantos errores y hasta tantos crímenes.
No se niega que en tantos siglos de historia, se puedan ver también acciones meritorias y cristianos extraordinarios que han sido ejemplo para la humanidad. Pero, de la misma manera, no se explica uno cómo una sociedad que se cree la depositaría de la gracia de Dios y la fiel intérprete de su voluntad sobre los hombres, haya cometido tan monstruosos errores y haya cumplido tan mal en sí misma el más importante mandamiento que su fundador le entregó: «Amaos los unos a los otros».
Comencemos por fijarnos en el ejemplo que a lo largo de los siglos nos han ido dando los Sumos Pontífices. Bastará que prestemos atención a cómo muchos de ellos fueron elegidos, para quedar profundamente desencantados y para que el cargo del «Vicario de Cristo» pierda automáticamente todo el brillo y la aureola que pudiese tener en nuestras mentes.
Aunque no siempre fue así, con mucha frecuencia en cuanto fallecía el Sumo Pontífice, o meses antes cuando ya se preveía su final, comenzaban las intrigas para colocar en el «trono de Pedro» a alguien que secundase las causas de cada uno.
Dependiendo de las épocas, se establecía una pugna entre los diversos prelados que aspiraban al cargo, o entre las grandes familias italianas que dominaban el Papado, o entre los soberanos de las naciones europeas que querían tener en el Vicario de Cristo un aliado de sus propios intereses.
La elección del Sumo Pontífice se convertía de ordinario en un campo de batalla donde salían a relucir las ambiciones de los que contendían por el puesto, y las de los reyes y príncipes cristianos. Y lo mismo sucedía en las elecciones de cientos de obispos, abades y capellanes para posiciones que tenían muy buenas dotaciones económicas. Estos derechos que se arrogaban los soberanos para imponer a su candidato, recibieron el nombre de «investiduras»; y durante varios siglos fueron una constante fuente de escándalos por los muchos bribones que conseguían los altos puestos, así como de fricciones entre las jerarquías eclesiásticas y los reyes de Europa, sobre todo de Francia y Alemania.
Un resto de estas investiduras era el derecho que para sí se arrogaba, heredado de gobernantes anteriores, el General Franco. Este mandaba a Roma sus famosas ternas de obispos, escogidos entre los más integristas y entre los menos opuestos a los «Principios del Movimiento», lo cual motivó que al cabo de unos años tuviésemos en España el episcopado más reaccionario de Europa.
Más tarde dedicaremos un capítulo a los cónclaves. Ahora fijémonos en cómo se escribe la historia, y en particular, la de la Iglesia.
Osio, obispo de Córdoba (siglo III), el historiador Pablo Oro-sio (siglos IV-V) y el papa San Dámaso (siglo IV), son los nombres de tres españoles ilustres en la Historia de la Iglesia. Especialmente al último, lo ponen por las nubes en los manuales de Historia Eclesiástica, como modelo de pontífice. He aquí cómo describe su arribo al pontificado, la «Historia de la Iglesia Católica» de la B.A.C. a la que ya nos hemos referido en otra parte del libro:
«Dámaso I, forma uno de los pontificados más brillantes de la antigüedad cristiana. Español probablemente de origen, o tal vez del actual territorio portugués, tuvo que luchar en un principio con el antipapa Ursino o Ursicino; mas, dominada esta dificultad, trabajó incansablemente durante su gobierno relativamente largo para levantar el nivel cultural de la Iglesia de su tiempo...»
Así, con estas sencillas frases, los autores jesuitas liquidan el asunto de la elección de Dámaso, quedando el lector con la impresión de que tras ligeras discusiones, todo se solucionó y el santo obispo Dámaso ocupó sin más problemas el solio pontificio donde comenzó una labor encomiable, al mismo tiempo que Ursino, convencido de los méritos del nuevo Pontífice, se retiraba pacíficamente a su diócesis a continuar apacentando sus ovejas.
Así se escribe la historia y así se ha escrito siempre; presentando el historiador la parte de los hechos que a él le conviene, y dejando en las sombras los que no están de acuerdo a sus tesis o a sus preferencias.
Vea el lector de manera resumida cómo fueron los hechos, según los narran otros historiadores.
El 24 de septiembre del año 366 moría Liberio, obispo de Roma e inmediatamente el pueblo romano se dispuso a elegir sucesor. Es de notar que en aquellos tiempos los fieles cristianos, dado que vivían su fe mucho más intensamente que en la actualidad, no sólo se preocupaban por las incidencias del gobierno de su Iglesia sino que participaban activamente en él. Este espíritu democrático, si bien tenía sus aspectos positivos, no dejaba de tener bastantes dificultades cuando los ánimos se obcecaban y se calentaban.
El caso fue que a la muerte del papa Liberio, parte de la feligresía romana se inclinaba hacia un piadoso diácono llamado Ursino y parte hacia otro eclesiástico,
también muy digno, llamado Dámaso. Ambas partes se reunieron en sendos templos para estudiar cuáles serían las mejores estrategias para colocar en el solio pontificio a sus preferidos. Estas reuniones parece que fueron caldeando los ánimos y sucedió que, un día, los partidarios de Dámaso que al parecer eran más numerosos que los de Ursino, rodearon el templo en que estaban sus contrincantes y los tuvieron cercados tres días sometiéndolos a actos de inaudita violencia.
Al tercer día, temiendo un asalto final, los partidarios de Ursino rompieron violentamente el cerco y tras la consabida batalla, escaparon por donde pudieron, quedando bastantes de ellos heridos en la refriega.
Unas semanas más tarde, y repuestos los ursinianos de la paliza, volvieron a reunirse en la basílica Liberiana para continuar sus deliberaciones. Enterados los partidarios de Dámaso, volvieron a asediarlos, logrando entrar por la fuerza en el templo. El resultado de esta segunda batalla, que ciertamente no se apoyaba en argumentos teológicos ni en versículos del evangelio, fueron 160 muertos más muchísimos heridos de uno y otro bando.
Los de Ursino, en una clara inspiración del Espíritu Santo, decidieron retirarse a las afueras de Roma para escapar de la furia de los «damasinos» y seguir deliberando sin peligro de un nuevo asalto. Pero no fue así. Reunidos un día en una iglesia rural llamada de Santa Inés, los de Dámaso, que según parece tenían muy bien organizados los servicios de espionaje, los sorprendieron por tercera vez, y Santa Inés, desde su hornacina, tuvo que contemplar contra su voluntad otra carnicería en todo semejante a la de la basílica Liberiana.
A pesar de esto, Dámaso, que era un gran político, como más tarde lo demostró en su pontificado, recurrió al poder civil como si él personalmente fuese el acosado y el atropellado en sus derechos, El emperador Valentiniano acogió benévolamente las peticiones de Dámaso y ordenó que le fuese entregada oficialmente la basílica Liberiana que los de Ursino tenían como suya ordenando a éstos que se ausentasen de Roma y prohibiéndoles reunirse a menos de 30 kilómetros de la ciudad.
Además de estas medidas, el emperador publicó un Edicto Imperial por el que ordenaba a los obispos someterse a Dámaso y que, en adelante, las decisiones de éste, en materia religiosa, tendrían fuerza de ley. (He aquí un temprano ejemplo del maridaje entre el poder político y el eclesiástico). Este concubinato civil-religioso, tan corriente a lo largo de la historia, acarreó consecuencias funestas para la Iglesia.
Pero las cosas no terminaron ahí. Valentiniano creyó que con la publicación de su edicto ya todo quedaba solucionado. El pobre Emperador desconocía cuánto daño hace en el alma el fanatismo religioso y cuán profundamente obnubilan la mente ciertas ideas «sagradas» que se nos inculcan en la infancia, impidiéndonos ver con claridad muchos aspectos de la vida. ¡Qué acertada la frase de Cristo: «Día llegará en que el que os mate, lo hará pensando que hace una obra agradable a Dios»!
Los partidarios de Ursino, convencidos de la justicia de sus pretensiones y llevando en sus carnes las pruebas de la maldad de sus adversarios, valiéndose del gran talento de un judío converso llamado Isaac, pusieron todo el caso en manos de un magistrado llamado Máximo, famoso por su integridad y por la dureza con que hacía aplicar las leyes. Máximo, convencido de la realidad de las acusaciones de Isaac contra los partidarios de Dámaso, y de los abusos que éstos habían cometido, hizo llamar a éste y a sus principales seguidores para que se defendiesen de las acusaciones. Las cosas se iban poniendo muy mal para Dámaso, y se temió que el inflexible Máximo dictase pena de muerte contra él y contra algunos de sus fieles, debido a las barbaridades que habían cometido contra los partidarios de Ursino.
Tan desfavorablemente iba el juicio contra Dámaso, que éste acudió de nuevo al Emperador valiéndose para ello de un eclesiástico de Antioquía llamado Evagro, famoso en todo el Imperio por su elocuencia. Lo hicieron venir, y Dámaso le consiguió una audiencia con el Emperador en la que Evagro hizo gala de todas sus argucias para convencerlo, logrando que Valentiniano (a quien le molestaban grandemente todos los dimes y diretes eclesiásticos), tomase cartas en el asunto. Lo primero que hizo fue mandar a Máximo que detuviese el proceso (como en tantas ocasiones, la política contra la justicia o en otras palabras, la fuerza bruta contra la ley). Además ordenó el destierro de Ursino y de Isaac, y no contento con eso, zanjó toda la cuestión diciendo que el Edicto Imperial publicado unos meses antes, adquiría de nuevo todo su vigor y cualquier disputa de tipo eclesiástico que tuviese lugar en su Imperio tendría que ser sometida a Dámaso.
Nadie niega que Dámaso, posteriormente, desempeñase su papel de pontífice de una manera aceptable, pero no hay derecho a presentarnos su ascensión al pontificado con las simples palabras con las que lo enuncian los PP jesuitas de la B.A.C.: «...tuvo que luchar en un principio contra el antipapa Ursino; mas, dominada esta dificultad...». Naturalmente los métodos de Dámaso y sus partidarios no sólo son capaces de convertir a uno en «anti-papa» sino en «anti-vivo».
Y para comprobar una vez más, que no es oro todo lo que reluce en las páginas de los apologistas de la brillante Historia de la Iglesia y de Dámaso, que escriben más de mil años después de acaecidos los hechos, veamos lo que nos dice un contemporáneo de San Dámaso, llamado Amiano Marcelino que vivía en Roma, autor de una historia llamada «Rerum gestarum», donde enjuiciaba así la curia pontificia de Dámaso y su previa elección al pontificado:
«Cuando se ve el fasto mundano que rodea esta dignidad, no sorprenden las pugnas que hay para conseguirla. Los que aspiran a ella saben muy bien que una vez obtenida, sus deseos en lo que se refiere a los favores de las damas, serán cumplidos; que su cuerpo será llevado siempre por carrozas; que vestirán con incomparable magnificencia, y que su mesa aventajará a la de los emperadores.
Sabido esto, ¿extrañará cuanto se haga, por atroz, falso o bajo que sea, con tal de alcanzar tal prebenda? No obstante, tal vez serían más felices si en vez de buscar en la grandeza de la ciudad un pretexto para sus excesos, tomasen como modelo a ciertos obispos de las provincias que siguen un régimen severo, que llevan hábitos toscos y pobres, que van con los ojos bajos hacia la tierra. Éstos, a causa de la pureza de sus costumbres y de la sencillez de su vida resultan agradables al Dios eterno y respetables a todos sus verdaderos servidores».
Estas líneas nos demuestran una vez más, el contraste entre la verdadera Iglesia de los auténticos seguidores de Cristo y los que diciendo representarla oficialmente, lo único que hacen es saciar sus propias ambiciones.
Como es natural, la historia del papado, tras casi dos mil años y unos 267 papas, es riquísima en todo tipo de hechos y anécdotas. El fin de este capítulo no es precisamente hacer un resumen de ella sino simplemente invitar al lector a que, a través de la ventana del presente, se asome a varios cuadros y escenas de esta larga historia de! pasado, tan parecida a la de otros reinos y naciones en que la humanidad está dividida.
En la historia de la Iglesia cristiana, a pesar de ser la «depositaría de la gracia de la redención», la «única verdadera» entre todas las religiones del mundo, la poseedora de las enseñanzas del Hijo de Dios y la «infalible», según ella se definió a sí misma, veremos las grandes gestas, hechos y logros alcanzados por muchos de sus hijos, pero al mismo tiempo veremos las mismas traiciones, bajezas y crímenes que nos encontramos en las historias de los pueblos. Con el agravante de que muchas de estas bajezas y crímenes son practicadas a muy alto nivel, precisamente por aquellos que se supone que deben ser el ejemplo para todos los cristianos.
Dos de las virtudes típicas del fundador del cristianismo fueron la mansedumbre o la inclinación al perdón y a la misericordia («aprended de mí que soy manso y humilde de corazón») y por otro lado la humildad, la inclinación a la pobreza y la carencia de lujos y boato.
Pues bien, en la historia del papado, ambas virtudes brillan notoriamente por su ausencia. En cuanto al boato y al lujo, no se sabe con qué mente retorcida los sumos pontífices y los mismos obispos, lo adoptaron enseguida en sus costumbres y en su atuendo, de modo que más parecían príncipes, reyes o grandes señores, que los representantes de aquél que «no tenía donde reclinar la cabeza». Este es un hecho tan evidente que no hay palabras que puedan borrarlo. Hablaremos más tarde sobre esto.
En cuanto a la mansedumbre y la inclinación al perdón y a la misericordia, si bien es cierto que hubo muchos sumos pontífices que siguieron los consejos de su maestro, también los hubo que actuaron más como conquistadores y guerreros que como seguidores del que dijo: «cuando te abofeteen, ofrece la otra mejilla» (Lc. 6, 29).
En párrafos anteriores contábamos las tristes incidencias de la elección del papa Dámaso. Pues bien, tras la elección de León III (año 795) los sobrinos y partidarios del Papa anterior, (Adriano I), viendo que el nuevo Pontífice no se portaba con ellos como habían esperado, lo emboscaron en plena ciudad de Roma cuando montado a caballo y con todo su séquito se dirigía a la iglesia de San Lorenzo en Lucina. Al pasar la comitiva frente al monasterio de San Esteban, un sobrino del anterior Papa, llamado Pascual, y un alto funcionario de la corte vaticana llamado Cápulo, asaltaron al Pontífice derribándolo de su caballo. Enseguida toda una horda puso en fuga a la comitiva papal y a éste a punto estuvieron de arrancarle los ojos y la lengua tal como habían sido los planes iniciales.
Apaleado y despojado de sus vestidos es arrastrado hasta un monasterio próximo y posteriormente lo encierran en otro más seguro situado al otro extremo de Roma. Más tarde logra escapar y ayudado por sus fieles se pone en camino hacia Alemania para buscar la ayuda de Carlomagno que por aquel entonces estaba en la cúspide de su poder.
La razón de traer este triste incidente a colación, no es por el propio incidente en sí —aunque en él vemos, una vez más, que las costumbres de la «Ciudad Santa» y del entorno papal no eran tan santas como debieran— sino para decirle al lector que este mismo Papa apaleado, unos años más tarde, cuando ciertos nobles romanos conspiraron