Reflexionemos en este último capítulo de la segunda parte, sobre dos de las creencias fundamentales de la fe cristiana: la muerte de Cristo en la cruz y su resurrección de entre los muertos.
Ya he hecho alguna consideración acerca de lo extraño que resulta ver morir al «Hijo de Dios» en la cruz. Aparte de su final tan común con el de los demás mortales nuestro asombro crece todavía más cuando lo vemos morir en el suplicio de la cruz, como si fuese un malhechor. Para explicar un hecho tan extraño los escritores y teólogos del cristianismo han vertido ríos de tinta y escrito decenas de miles de libros.
Los teólogos cristianos se enorgullecen de ello cuando la verdad es que debería darles terror el ver que el ser a quien ellos invocan como Dios, sea de entrañas tan duras «que no perdonó a su propio Hijo, tal como nos dice San Pablo. Si no es capaz de perdonar a su propio hijo ¿a quien será capaz de perdonar? Uno se explica de repente todo lo que acabamos de ver en el capítulo anterior. Si no perdonó a su Hijo, tampoco perdonará a los pobres humanos que desobedezcan sus mandatos y por eso es natural que los mande a un fuego eterno. El infierno no será más que una manera natural de actuar del sanguinario personaje que vemos en el Pentateuco.
¿Murió realmente Jesús en la cruz? Para la Iglesia no hay duda alguna y constantemente lo ha predicado así. Sin embargo siempre ha habido gente que tuvo serias dudas acerca del hecho de la crucifixión en sí o de la muerte de Jesús en la cruz, desde Porfirio)1 Celso en el siglo III, pasando por Hugh Schonfield en su obra "El
complot de Pascua» (Grijalbo) y acabando en nuestros días con Andreas Faber Kaiser en su libro «Jesús vivió y murió en Cachemira» (A.T.E.) cuya lectura recomendamos. En esta obra se pueden encontrar otros puntos de vista muy interesantes en cuantos la vida de Jesús tras su descenso de la cruz. Como era de esperar, el libro concitó las iras de algunos jerarcas acostumbrados a j hablar «ex cathedra»1.
A pesar de que resultaría sumamente interesante, no entraremos en esa discusión y admitiremos la muerte de Cristo en la cruz, tal como la presenta la Iglesia. Y llegados a este punto haremos unas consideraciones en torno a ciertas circunstancias de la pasión que nos pueden servir para reflexionar sobre otros puntos más profundos de la fe cristiana.
El lector seguramente habrá oído o leído sobre la «sábana santa» de Turín. Últimamente se han hecho estudios muy serios y se han publicado libros sobre el tema. Según parece, el largo lienzo es el auténtico envoltorio en que estuvo el cuerpo de Cristo durante su permanencia en el sepulcro y la Iglesia fomenta el culto a tan extraordinaria reliquia, aunque no lo hace de una manera . oficial, porque hay ciertas lagunas históricas que inspiran alguna desconfianza.
Pues bien, si de un objeto testimonial tan importante y de tan grandes dimensiones hay tantas dudas, ¿qué no sucederá con cosas mucho más sutiles e inmateriales, como son ciertas particularidades de las creencias? Si un objeto material ha llegado hasta nosotros tan cargado de incertidumbre en cuanto a su autenticidad, ¿qué no pasará con las ideas?
1 Transcribo una nota del libro "Los grandes mensajes» de S. R. de la Ferriére «Según las doctrinas esotéricas, Jesús vivió unos 40 años más. después de su crucifixión. Descendió de la cruz después de 6 o 7 horas. Está científicamente probado que Cristo no murió en la cruz puesto que los reos expiraban 3, 4 o 5 días después. Trasladado el Maestre a un lugar seguro, magnetízado, curado, etc.. se consagró exclusivamente a la instrucción de los discípulos de la Orden». Esta teoría está soste-nida por los ocultistas más eminentes, por algunos historiadores y otros investigadores entre los cuales está Ernest Bloc en su «Vida esotérica de Jesús de Nazaret"
Lo mismo se puede decir de otro detalle de la crucifixión. Hoy todavía se discute sobre si los clavos fueron hincados en la muñeca o en la palma de las manos. Es cierto que esta circunstancia no quita ni pone nada a la fe en la propia crucifixión. Pero si los testigos y los historiadores pudieron olvidar un detalle tan concreto y tan visible y cognoscible por el pueblo, imagine el lector lo que habrá pasado con sutilezas como la naturaleza y el significado de los sacramentos o las relaciones de Cristo con la Trinidad.
Basados en esto, podríamos comparar buena parte del dogma cristiano con las leyendas que se tejieron en torno al hallazgo de la cruz por Santa Helena la madre del emperador Costantino. Según las viejas crónicas, el hallazgo se hizo de más de veinte maneras diferentes, algunas de las cuales desafían la imaginación del fiel más crédulo.
La pregunta radical que la mente se hace ante un hecho tan extraño como es la muerte del mismo Dios entre suplicios, es la siguiente: ¿Por qué hubo necesidad de semejante cosa que va contra toda lógica? Porque no tenemos que olvidar que no hacia falta que Cristo muriese en la cruz para que la redención de la raza humana se llevase a cabo. Bastaba con que el Hijo de Dios se hubiese hecho como uno de nosotros, es decir, se hubiese «encarnado», para que ya la redención se consumase. Las iras de Dios-Padre se habían ya aplacado al ver a su único Hijo hecho semejante a los seres de la raza pecadora.
Eso es lo que dice la teología más ortodoxa. Pero por otro lado vemos que el Hijo de Dios murió entre tormentos. Y ante esto tenemos que deducir, contra lo que dice la teología, que o a su Padre no le bastó el sacrificio de la encarnación de su Hijo o éste era un masoquista que quiso pasar por un tormento que nadie le pedía.
Y si se nos dice que lo hizo para que viésemos hasta dónde llegaba su amor hacia nosotros, contestaremos que no entendemos por qué se usa el dolor gratuito para medir el amor. Hubiésemos preferido que nos lo hubiese demostrado liberándonos de las enfermedades y de la angustia de la muerte, por ejemplo. Pero tal como la presenta la Iglesia, la muerte del Hijo de Dios en la cruz no es más que la glorificación del dolor y una muestra de la falta de entrañas del Dios-Padre del cristianismo. Y contra ambas cosas se rebela la razón humana.
Para que el lector vea a qué grado de demencia pueden llegar los sesudos teólogos, transcribiré el índice del libro «Teología del dolor de Dios» del teólogo cristiano Kazoh Kitamori, que ya ha tenido unas cuantas ediciones en su lengua original, el japonés, y que ha sido publicado en España por Ediciones «Sigueme» de Salamanca:
1. El dolor de Dios.
2. El dolor de Dios y el Jesús histórico. 3. El dolor como la esencia de Dios. 4. Servicio por el dolor de Dios. 5. El símbolo por el dolor de Dios. 6. La mística del dolor.
7. El dolor de Dios y la ética.
8. La inmanencia y la transcendencia del dolor de Dios. 9. El dolor de Dios y el dolor oculto.
10. El orden y el amor.
11. El dolor de Dios y la historia evangélica. 12. El dolor de Dios y la escatología. 13. Contemplar el dolor de Dios.
Un libro verdaderamente adolorido.
Como botón de muestra transcribiré una breve cita:
«El dolor del hombre se convierte en símbolo del dolor de Dios, porque Dios y el hombre están unidos mediante la condición del dolor. El dolor del hombre, sin embargo, es la realidad de ia ira de Dios contra el pecado».
Y así sigue en sus doscientas páginas de frenesí masoquista.
Una de dos: O la palabra dolor tiene el significado que todo el mundo le da, y entonces nos hallamos ante una teología alucinada y demencial —cosa nada rara en la historia de la teología— o el autor le da otro sentido y entonces todo el libro es una pura jerga ininteligible.
Como dije anteriormente, los teólogos han vertido y siguen virtiendo ríos de tinta para sublimar el extraño hecho de la muerte de Jesús en la cruz, pero por más que se esfuercen no lograrán contestar suficientemente la pregunta que nos hicimos más arriba.
Para contestarla tendremos de nuevo que recurrir a la psicología profunda y tratar de desentrañar cuáles son los mecanismos sutiles e inconscientes del psiquismo humano que inexorablemente nos fuerzan a malar a Dios. Al Dios a quien primero hemos hecho hombre para tenerlo a mano y al que finalmente acabamos matando, para hacerlo resucitar a continuación, cerrando así el "ciclo de esta auténtica cosmogonía en la que el hombre se hace Dios.
Freud atisbó este profundo mecanismo inconsciente pero, se quedó a medio camino. La muerte de Dios tiene, unas raíces más profundas que la «muerte del padre». No ahondaré en este tan interesante aspecto de la psicología profunda porque nos apartaría demasiado del tema. Pero sí no tendremos más remedio que admitir su presencia —sean cuales sean sus raíces— en las principales religiones de la humanidad.
En los capítulos precedentes hemos visto los muchos paralelos —a veces donde menos lo podíamos esperar— que hay entre el cristianismo y otras religiones.
La muerte del «redentor» o del «salvador» tampoco es ninguna excepción del cristianismo, porque nos encontramos con ella en muchos otros cultos, sobre todo en las religiones que, al igual que éste, tienen una filosofía salvacionista. El <salvador> tiene que morir. Y lo grande es que no sólo muere sino que además, con una sospechosísima frecuencia, muere crucificado.
En un principio puede chocarnos mucho que la manera de
terminar su vida sea precisamente mediante la crucifixión; pero esta extrañeza se disminuye cuando nos damos cuenta de que este suplicio era en tiempos pasados una manera bastante normal de ajusticiar. No es pues extraño que los redentores una vez que estaba estatuido que tenían que morir ajusticiados, lo hiciesen en una cruz. Pero sigue siendo muy misterioso el que hayan tenido que morir precisamente de una manera violenta para realizarla misión a que vinieron a este mundo.
En una nota del capítulo sobre el nacimiento e infancia de los dioses, habrá visto el lector una lista de más de cincuenta de ellos, Es de notar que no todas las religiones tienen una filosofía salvacionista ni todas consideran al hombre como manchado y por lo tanto con una necesidad de redención o purificación. Por ello, no todos aquellos hombres-dioses tuvieron que morir, como los hombres normales, y mucho menos entre tormentos para expiar las culpas de sus «redimidos» o «salvados».
Pero a pesar de eso y a pesar de que de muchos de estos humanos divinizados tenemos muy escasas noticias, por ser todos anteriores a Cristo, es altamente intrigante el hecho de que muchos de ellos hayan muerto de una manera violenta, sacrificados precisamente por los que habían venido a salvar—al igual que en el caso de Cristo— y no pocos específicamente crucificados.
He aquí una lista de «salvadores» que murieron por redimir a sus respectivos pueblos; y aunque hay autores que los presentan como los «salvadores crucificados» — porque la mayor parte de ellos acabaron de esa manera— nosotros no nos atreveremos a generalizar tanto, ya que de unos cuantos desconocemos si su muerte fue precisamente en la cruz. Aunque sí sabemos que fue violenta y debida a la predicación de sus
SALVADOR REGIÓN Devatat Siam Alcestes Grecia Crishna India Ivac Nepal Indra Tibet Mithra Persia Tammuz Babilonia Crito Caldea Attis Frigia Bali Orissa Tulis Egipto Witoba Dehkan Odín . Escandinavia Hesus Celtas Prometeo Cáusaco Quirino Roma Ixión Roma
Bacab Yucatán Adonis Fenicia Anu Sumeria Codom Siam Osiris Egipto
De todos estos hombres-dioses podemos decir que tanto sus devotos como ellos mismos, tenían la creencia de que morían por la salvación de la humanidad entera. Y de prácticamente todos ellos podemos decir que fueron concebidos milagrosamente, virgen antes de la era cristiana y fueron crucificados__o de alguna manera ajusticiados por las autoridades de sus respectivos pueblos. Además resucitaron de entre los muertos después, de haber permanecido tres días en la tumba y subieron al cielo) habiendo ocurrido simultáneamente a su muerte terremotos, fenómenos maravillosos y resurrecciones de personas fallecidas. Como ya he dicho, todos estos «salvadores» fueron anteriores a Cristo —algunos de ellos miles de años— y por lo tanto sus vidas han llegado a nosotros muy mitificadas, pero sin embargo de unos cuantos tenemos datos bastante fehacientes. Le trasladaré al lector unas muestras para que compare con lo que conocemos de Cristo por los evangelios.
La muerte de Prometeo, por ejemplo, tal como nos la narra el gran dramaturgo Esquilo en su obra «Prometeo encadenado» podría muy bien considerarse, si no hubiese sido escrita unos 500 años antes de Cristo, como una copia de las películas de la «Muerte y Pasión» que hasta hace unos años se veían en Semana Santa. Las palabras con que T. W. Doane nos describe el argumento de la tragedia griega nos hacen recordar muchos detalles de la pasión de Cristo:
«Los espectadores del drama inconscientemente pasaban a formar parte de la escena; su héroe era su amigo, su bienhechor, su creador, su salvador... .padecía los tormentos por la salvación de ellos; y por sus transgresiones e iniquidades él era herido v golpeado. Todos sus pecados recaían sobre él y ¡por sus latigazos ellos se salvaban! "Abusaban de él y lo afligían y él no abría la boca". La majestad de su silencio, mientras los ministros de un Dios ofendido lo clavaban de manos y pies en el monte Cáucaso, sólo podía ser comparada con la modestia con que él relataba —mientras colgaba con los brazos extendidos en forma de cruz— sus servicios a la humanidad, que en pago le daba tan terrible crucifixión».
Si la crucifixión de Prometeo nos recuerda la de Cristo, nos hemos de encontrar otras que nos la recordarán todavía más.
Otro de los «salvadores crucificados» fue, en América, Bacab, Como ya dijimos en un capítulo anterior, los misioneros españoles que llegaron al Nuevo Mundo se quedaron atónitos al hallar crucifijos entre los indios. Cuando les preguntaron qué significaba aquello para ellos, les contestaron que era una representación de Bacab, el hijo de Dios, que había sido mandado matar por el tirano Eopuco. Dijeron además que lo habían colocado en una viga de madera con los brazos estirados hacia afuera y que así había muerto. En el «Codex Vaticanus» y en el «Codex Borgia; nus» aparecen pinturas de Bacab con los brazos extendidos y con los pies y manos agujereadas.
El franciscano Diego López de Cogolludo, en su «Historia del Yucatán», escrita por el 1645, y a propósito de un crucifijo encontrado allí, al igual que en muchos otros lugares de México, dice:
«Don Eugenio de Alcántara, uno de los verdaderos predicadores del evangelio, me dijo más de una vez que yo podía escribir con toda seguridad que los indios de Cozumel poseían ya esta santa cruz en los tiempos de su paganismo, y que hacía ya varios años que había sido traída a Mérida. Y que habiendo él oído lo que se decía sobre ello, él mismo hizo investigaciones particulares preguntándole a varios indios muy viejos que residían allí, y todos le dixeron que así era en efecto»2.
2 Este cambio de imágenes paganas por cristianas se ha dado con abundancia a lo largo de los siglos. Un ejemplo eminente de ello son las "Vírgenes negras» que vemos en muchos santuarios famosos por su antigüedad, que primitivamente eran imágenes de la diosa Isis con Horus en sus brazos, o de cualquiera de las madres-vírgenes mediterráneas precristianas que ordinariamente tenían un color de piel oscuro.
El grabado nos muestra una cruz budista que ha sido tenida siempre en gran veneración por ellos.
Griegos y romanos también veneraban la cruz. La del grabado fue encontrada en Tesalia. El escritor cristiano Minucio Félix (s. III) escribe: « Vosotros ¡os paganos decís que los cristianos adoramos la cruz... pero vuestros trofeos de victoria no sólo representan una cruz sino una cruz con un hombre en ella.»
Cruz precolombina, encontrada en Palenque, Chiapas (México). A la llegada de los españoles se puede decir que el uso de la cruz estaba generalizado entre muchas tribus de indios de toda la América y en no pocas de ellas no sólo la cruz sino el crucifijo.
Crucifijos precristianos, de origen asiático, representando a Crishna crucificado,
Crucifijo precristiano, procedente del Nepal representando a Indra crucificado. Reproducción de una piedra gnóstico representando a Orfeo en la cruz,
Si saltamos de nuevo el Atlántico y volvemos a la antigua Frigia (hoy Turquía) nos encontraremos al dios Attis llamado por los frigios el «Salvador» y el «Hijo Único de Dios», que era representado en la figura de un hombre amarrado o clavado a un árbol, a cuyos pies había un cordero. Y es muy de notar que en los primeros tiempos del cristianismo a la cruz de Cristo se le llamaba «el árbol de la cruz» y a veces simplemente «el árbol». Y por otro lado en los primeros cinco siglos de la Iglesia, la imagen ordinaria para representar a Cristo no era la de él crucificado sino la de un cordero crucificado o también cargado encima de sus hombros.
En los Edda de los pueblos nórdicos leemos el canto de Odín mientras estaba atravesado por una lanza contra el «árbol del mundo». De Ishtar, la madre de Tammuz, leemos que «estaba al lado de la cruz» mientras su hijo pendía de ella; y Anu, otro dios de la mitología babilónica tenía asimismo una cruz como su símbolo. En Egipto también se usó la cruz como imagen religiosa, siglos antes de que Cristo muriese en ella. Cuando el templo de Serapis en Alejandría fue derribado por uno de los emperadores cristianos, se encontraron en sus muros y cimientos cruces esculpidas de una antigüedad incalculable.
En estas páginas el lector podrá ver reproducciones de cruces y crucifijos a los que ya se les rendía culto en diversos países antes de que el cristianismo existiese.
Anteriormente hemos visto los muchos parecidos entre Crishna —el avalara hindú que vivió unos dos o tres mil años antes de nuestra era— y Jesús de Nazaret. Y si similares fueron su concepción, nacimiento y vida, no lo fue menos su muerte.
El redentor hindú murió clavado en un árbol y aunque no fue rematado por un lanzazo, lo fue por un flechazo que en el pecho le disparó un cazador. Cristo le dijo a uno de los ladrones crucificado a su lado:
«En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso».
Crishna le dijo al cazador que le disparó la saeta:
«Cazador, con mi ayuda irás al cielo, el lugar donde moran los dioses».
A la hora de morir Jesús, según nos dicen los evangelios,