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4. Sobre lavanderas, aguateras, carpinteros y traficantes de licor artesanal: una historia cultural del

4.3. La asistencia de mi bisabuela María

“Mamá Benita” y mi bisabuelita María fabricaban la Chicha más famosa de San Luis en la asistencia que instalaron mis bisabuelos cuando llegaron a la casa de don Graciliano Olmos. En esa casa había un patio “muy bonito” y descubierto en donde instalaron mesas para servir la comida. La asistencia era al aire libre. Antes de ese patio estaba el taller de carpintería que era encerrado. Había una habitación en donde estaba la chicha y se reunían todos allá a tomar chicha en totuma, o en jarro pequeño de vidrio, o un jarro más alto, del doble tamaño, al que le decían el “jarro de pantalón rayado”.

Recuerdo mucho cómo hervía la chicha. Sé que dejaban fermentar el maíz para hacer la chicha. El guarapo si no recuerdo cómo lo hacían (Sierra Sánchez, 2016).

Había también otra chichería en donde compraban la chicha de mi bisabuelita cuando se trastearon a la casa del frente de don Graciliano Olmos. A ella le gustaba “su chichita”, porque después de la jornada diaria quedaba sedienta. Entonces llevaban el tumbilo, la vasija, y les vendían dos centavos de chicha, en la chichería que era contigua a la casa en la que vivían.

Fabricaban la chicha en la asistencia de mi bisabuelita María y mi abuelito a sus cinco o seis años veía cómo hervía la chicha en un tonel de madera.

Yo creo que yo me emborrachaba con ese olor (Sierra Sánchez, 2016).

La asistencia de mi bisabuelita María era muy importante porque era el sitio de llegada de Papá Fidel y sus guardaespaldas para tomar y escuchar música. Era muy famosa porque ahí ponían música. Música colombiana. En la misma habitación en donde expendían la chicha, estaba una victrola. Se llamaba victrola porque la fabricaban en Estados Unidos en La Casa Víctor. La Victrola era un gramófono que no tenía corneta, sino que emanaba el sonido desde la caja directamente. Era de 78 revoluciones por minuto.

Y recuerdo un disco, por una cara del disco decía los soldiers, y era un área de una ópera que se llamaba así. Pero también se ponía música popular, bambucos, torbellinos. Era la única asistencia del barrio donde había Victrola. Por el otro lado del disco decía Tita Rufo, un cantante italiano (Sierra Sánchez, 2016).

Llegaban a tomar chicha los Cafuches de San Martín que eran los que fabricaban aguardiente de contrabando. En los sitios en donde fabricaban el aguardiente, tenían un chorote, que era una vasija de barro redonda con una boca como de 5 centímetros. Llenaban de guarapo el chorote y lo ponían sobre una hoguera. Comenzaba a hervir y por una cuchara de peltre (de metal) inclinada en unos grados precisos, puesta entre la boca del chorote y la boca de una botella de vidrio, iba deslizándose el vapor de agua ya precipitado en gotas a la botella de vidrio. El alambique se llamaba Zacatín y el aguardiente Rastrojero porque vivía enterrado. Tapaban las botellas con corchos. El corcho es una madera “blanditica” que sacan de un árbol que se llama alcornoque, que de pronto es de clima cálido.

Los Cafuches operaron desde 1926 hasta 1946 (fecha se la muerte de Papá Fidel), y en 1932 hubo una disidencia que partió del lugar un fundó el barrio de la Culebrera, barrio vecino del barrio El Rosario, cerca del 7 de agosto. Según Natalia Herrera Durán (2010) durante este periodo ya venía rigiendo la llamada “ley seca” del gobierno de Pedro Nel Ospina (1923), que satanizaba el expendio y el consumo del licor y que estableció un precio mínimo por botella de aguardiente demasiado alto para el pueblo, que estimuló el contrabando del preciado licor. La ley de Ospina le seguía los pasos a la ley seca de Estados

Unidos —vigente desde 1920 hasta 1933—, que prohibía fabricar, transportar y vender bebidas alcohólicas, pero no comprarlas ni consumirlas. Con ello el comercio de alcohol pasó a una forzada clandestinidad que favoreció la formación de imperios económicos al margen de la ley. Nace, entonces, para el caso estadunidense, el célebre Al Capone, y para el caso colombiano Papá Fidel, contrabandistas de licor respetados y temidos (Herrera Durán, 2010, pág. 7).

Fidel, nació en 1891 en Villavicencio. Vivía “pobremente” con su madre en una habitación del barrio Egipto, al oriente de Bogotá, y trabajaba como agente del Resguardo, velando, con revólver al cinto, que no se comercializara licor ni cigarrillos a espaldas de las autoridades. En realidad, él conocía los sitios estratégicos, las costumbres, las artimañas de que los agentes del Resguardo, que habían sido sus compañeros, se valían para sorprender a los Cafuches (Herrera Durán, 2010, pág. 19).

En 1928 lo capturan por contrabando y le condenan a pagar varios meses de prisión en la cárcel del departamento (Cundinamarca). Tiempo después, a las afueras de la asistencia de mi bisabuelita María, llega Papá Fidel.

Primero la alegría de pensarlo de regreso, luego el momento más grande de zozobra. Se había fugado ese día de la cárcel. La decisión estaba tomada. Se escondería en los cerros, cerca de los alambiques clandestinos de licor. Una valija, dos o tres cosas. Fueron necesarios pocos minutos para cuadrarlo todo. Fidel se aburre del escondite y al poco tiempo decide visitar los barrios cercanos de los cerros: El Paseo Bolívar, Egipto, La Perseverancia, Laches, El Guavio, Girardot, Las Cruces.

Camina tranquilo, una increíble red de espionaje lo defiende. Siempre está enterado de los movimientos del Resguardo. Cuando los agentes lo buscan en El Guavio, él está en la Quinta de Bolívar. Y si lo preguntan en La Perseverancia, él está tranquilo en las calles de Las Cruces.

Hasta el día en que lo rodean y lo capturan en una casa del barrio La Concordia. Lo llevan para el Panóptico, la cárcel de los mil ojos, la más segura, la inviolable. Luego lo trasladan a una colonia penal en Sasaima y trabaja en obras oficiales en Ubaté. Al poco tiempo sale libre (Herrera Durán, 2010, pág. 20).

Ilustración 50: El Tiempo, 21 de enero de 1928

Había infinidad de zacatines y el aguardiente, ya envasado, lo enterraban para que los guardas de las rentas de Cundinamarca no lo encontraran. Los guardas que se atrevían a subir al oriente del Paseo Bolívar se llevaban “sus buenas tundas” a manos de los Cafuches que eran la red de producción y tráfico de licor artesanal que había organizado Papá Fidel. Mi abuelito asegura que el oriente del Pase Bolívar era territorio de ellos, allá no podían entrar sino ellos, porque todos eran vecinos y familiares.

Ilustración 51: Papá Fidel a la derecha; a la izquierda, Víctor, uno de sus lugartenientes. (Herrera Durán, 2010)

Era de nuestra casa para arriba. A mí nunca me llevaron allá porque yo estaba muy pelado. Pero el camino era por ahí. Ahí bajaban los enfermos de las peleas tan tremendas que había por allá, y los bajaban en una cobija cargada por cuatro tipos…eso era…El aguardiente se llamaba Rastrojero, por lo que lo enterraban y el agua del aguardiente lo sacaban de por ahí. En esa montaña ahí muy buena agua. Ellos no bajaban al Chorro de Padilla, hasta ahí no podían llegar, porque ahí ya había policía. Los Cafuches eran una cantidad de gente que vivían del contrabando (Sierra Sánchez, 2016).

Además, en el Chorro de Padilla siempre estaban las aguateras, haciendo la fila para recoger el agua. Las aguateras vendían el agua del Chorro de Padilla en unas múcuras de barro como de 30 centímetros de diámetro (la barriga), “eran como redonditas”, con una boca de 10 centímetros de diámetro. Las múcuras eran cubiertas de paja para que no maltratara tanto la espalda de las aguateras, y se la amarraban al cuerpo con lazos para cargarla. Hacían fila en el Chorro de Padilla y se decían groserías, cuando resultaban peleas por el turno. A veces llegaban borrachas de chicha.

Ilustración 52: Las aguateras de Ramón Torres Méndez. (Colección Museo de Bogotá)

Tenían unas faldas amplias que las cubrían hasta los pies, tenían alpargatas, y blusas floreadas que ellas mismas tejían y adornaban. Usaban corroscas que eran unos sobreros de paja redondos con alas en contorno. Esos sí los compraban. Siempre llevaban chales puestos.

Ilustración 53: El turno en el Chorro de Padilla. (Colección Museo de Bogotá)

Las lavanderas no tenían faldas tan anchas como las de las aguateras. Las faldas generalmente eran anchas porque era la moda de la época. Era el tiempo en que las mujeres no se dejaban ver los pies por los pretendientes, y los hombres se inclinaban, besaban la mano

y hacían malabares con el bastón para impresionar a las damas. Los caballeros siempre con sombrero media calabaza, porque era redondo, con una alita angostica, negros.

Las fiestas eran con sombreros de cubilo, que eran altos, como los de los chefs, pero negros. Smoking, pantalón rayado, blanco con negro. Y corbatín. Camisas almidonadas, inmaculadamente blancas. Este era el atuendo de a gente de élite, gente de la “hi” (Sierra Sánchez, 2016).

Entonces las lavanderas tenían faldas no tan anchas, con un bordadito abajo, que ellas mismas bordaban o las mandaban bordar, negras generalmente. Las blusas eran de colorines, bordadas también. Y los pañolones negros como de lana, los mismos que usaban las aguateras. Generalmente no usaban sombrero. Y se ponían delantal para lavar, un delantal de tela, también de colorines, amarrado a sus espaldas y colgado del cuello. También usaban alpargatas. Los hombres usaban ruana y sombrero, pantalón oscuro, y casi todo el mundo, los obreros, tenían cotizas, osea alpargatas a veces de cuero a veces de fique.

Ya después, mi papá bisabuelo consiguió al frente otra casita en arriendo. El arrendador de esa nueva casa era don Antonio Rodríguez. Les arrendó por dos pesos mensuales. Después mi bisabuelo dejó de pagarle porque “no había platica”, y comenzaron las desavenencias con don Antonio. En esa nueva casa montó mi bisabuelo su taller, pero ya con electricidad. Ya había electricidad de alta tensión, entonces ya no necesitó el volante. Tenían un motor suizo, de un caballo, que movía todas las máquinas. Era “un taller bien montadito”. El restaurante quebró porque había unas peleas.