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4. Sobre lavanderas, aguateras, carpinteros y traficantes de licor artesanal: una historia cultural del

4.2. El Paseo de Bolívar y sus alrededores

La calle 19 en ese tiempo era muy angosta, apenas cabía un carro. Iba desde las aguas hasta mucho más debajo de la carrera séptima, tal vez hasta la carrera décima. Sobre ella en la carrera novena estaba la Sociedad Colombiana de Arquitectura, y un poquito más abajo, los talleres de María Auxiliadora donde mi abuelito estuvo estudiando sastrería a los seis años. Según él, los talleres eran una obra muy bonita de la sociedad de San Vicente de Paul. Sobre la carrera tercera, al pie del actual edificio Barichara, estaba una miscelánea en la que lo mandaban a comprar cosas que necesitaba el taller de carpintería de mi bisabuelo Pedro; cosas como tachuelas, lija, etc., todo lo que en la miscelánea se consigue. Era una de las pocas que había en Bogotá.

La calle 19 llegaba hasta el río San Francisco. Más arriba de esta intersección, había un puente sobre la carrera primera, entre la calle 20 y el parque de las Aguas, a donde llegaba el tranvía de la calle 22. Ese tranvía lo inauguraron como en 1924. Su recuerdo de aquella inauguración es que tenía como dos años de edad y le dieron una tasa de chocolate; como era tan “chicorio”, se le regó el chocolate y se puso a “berrear” ahí. Esa tarde cayó un “aguacerón de esos bonitos”. El tranvía eléctrico reemplazó al tranvía tirado por mulas que era como un ómnibus. Mi abuelito no alcanzó a conocer ese sistema de transporte porque fue anterior a su nacimiento. Sus papás, en cambio, sí usaron el servicio y le hablaron de él a mi abuelito. En uno de los recorridos que hicimos, y estando en diagonal al monumento de La Pola, luego de haber pasado por lo que aún queda del Puente Boyacá ahí detrás de las residencias estudiantiles que está edificando Los Andes, mi abuelito me llevó al pasado del río San Francisco con sus palabras:

Aquí vamos caminando en donde había un monte a la orilla del río, a la orilla derecha, en donde mi tío, al que le llamaban “Turrón”, el que luego fue mi compadre Ezequiel, me llevaba en los hombros. Yo tendría dos años. Y él se ponía a coger calabazas, uchuvas, moras, y todo lo que encontraba por ahí. Se metía en ese monte y era como una espesura de pura selva. Era muy tupido y muy pendiente. El río estaba bien abajo y era muy caudaloso; cuando había creciente, eso era temible el río San Francisco. Antes de la carrera séptima era un muladar a lado y lado del río. El muladar principalmente estaba como a tres cuadras hacia arriba de la séptima, porque toda la

gente iba a hacer sus necesidades a la orilla del río. Como desde la cuarta, pasando por el famoso Cinerama -en donde hacían representaciones de teatro, porque cine en ese tiempo poco, no había cine todavía sonoro, sino cine mudo. Y principalmente el cine mudo lo presentaban en el teatro Faenza en la calle 22- hasta al pie del Banco de la República y de la iglesia de San Francisco iba el muladar.

Y al norte en donde es el edificio de Avianca, estaba el Hotel Granada y al sur, el Hotel Regina, eran los dos hoteles más importantes de Bogotá. El río era un río común y corriente, muy lleno de piedras y el agua estaba limpia. Claro, hacían sus necesidades al lado del río, pero el agüita que corría era limpia porque no había ese desorden, había poca gente; en ese tiempo Bogotá era pequeño, era un pueblito (Sierra Sánchez, 2016).

El río estaba descubierto hasta la carrera séptima, en donde era la boca del colector. Ese colector tenía aproximadamente dos metros de diámetro; era muy grande porque las crecientes del río eran muy poderosas, caudalosas y veloces.

Ilustración 43: El colector de la carrera séptima. Sociedad de Mejoras y Ornato, 1917. (Atuesta Ortiz, 2011, pág. 199)

Según mi abuelito, la Bogotá de esa época comenzaba en las Cruces al sur, “ahí en la plaza de las Cruces”. Iba hasta san Diego por el norte. Por el oriente eran los Cerros y por el occidente Puente Aranda. Llegaba “hasta ahí no más”, porque más abajo había otro municipio que era Fontibón, y Engativá a un lado. Usaquén al nordeste, que era un pueblo muy bonito. Entonces “Bogotá era muy pequeño en realidad”.

¡Chapinero era lejísimos! y los coches que iban, porque en ese tiempo había muy pocos automotores, entonces se usaba mucho el coche tirado por caballo, por un caballo; esos coches se enterraban ahí en la Avenida Caracas, por donde pasaba el ferrocarril del Norte, y era una vía intransitable; y la carrera 13 era un poquito mejor, estaba más arregladita. Entonces Chapinero con la iglesia de Lourdes era como un pueblito también. Entonces para ir a Chapinero ¡Ave María! eso era un camello (Sierra Sánchez, 2016).

Una vez su papá lo mandó a Chapinero a llevar un reloj Tequendama que él tenía, “un muy buen reloj”. Su misión era ir a empeñarlo, porque “no había para la comidita”. Tenía que llevárselo “Mamá Benita”, que vivía en Las Aguas. Ella lavaba ropas a los artistas de teatro que llegaban de fuera, como los hermanos Julián Soler.

Eran unos hermanos que tenían mucha nombradía, y que de cierta forma debutaron en Colombia, después hicieron cine en México, venían de México. Y venían los toreros y mi Mamá Benita y mi tía Benilda eran las lavanderas y lavaban muy bien. Mi tía Benilda planchaba las camisas perfectas, con almidón, un almidón muy…y quedaban tiesos esos cuellos y los puños (Sierra Sánchez, 2016).

La plancha era como “un barquito”, de metal, al que le echaban carbón vegetal.

Cogían unos fuelles y avivaban el fuego para calentar la plancha. Ponían la punta del fuelle entre los dedos de los pies y tenían mucha habilidad para avivar el fuego. ¡Y salía el chorro de chispas! Cuando estaba ya casi en su punto la pancha…caliente, con ella planchaban las camisas y todo lo demás (Sierra Sánchez, 2016).

Traían el carbón de los Cerros, “por allá en la Calera fabricaban el carbón”.

Esa vez mandaron a mi abuelito con el reloj Tequendama para empeñarlo. “Mamá Benita” era la que tenía que empeñarlo en la relojería Tequendama de la calle 14 con carrera 8, “exacto con carrera 8, ahí quedaba la relojería”. Pero entonces “Mamá Benita” le dijo: “¡no qué va a hacer! Yo le doy unos centavos, pero dígale a su papá que no empeñe el relojito, que da lástima empeñarlo”. Y le dio unos centavitos. Entonces mi abuelito hizo lo que para mí resulta una hazaña. Se devolvió a pie por la carrera 13 para la casa en el barrio el Rosario. Todo eso lo caminó cuando tenía 10 años.

El barrio Rosario es donde teníamos un ranchito, y en donde después hicimos nuestra casa. Cerquita del 7 de agosto, en la calle 64 con carrera 21, en donde mi hermano Rafico construyó unas materitas en el borde de las ventanas (Sierra Sánchez, 2016). (…)

Desde la casa me subí de la calle 31 hasta la 13, y luego cogí por la 13 que había un monumento dedicado a los libertadores en la calle 42 o 43, eso lo demolieron después. Y el tranvía pasaba por lado y lado de ese monumento en piedra, grandísimo. Por ahí pasaba yo caminando. Y vine hasta acá, hasta Las Aguas en donde vivía mi “Mamá Benita” en una pieza. Y llegaba yo y ella me daba bocadillos, lo que podía, porque era muy generosa y yo era su consentido (Sierra Sánchez, 2016).

Estamos hablando de 1932 o 1933, momento en el que ella seguía en Las Aguas porque tenía “su industria de lavar y planchar ropas”. En 1925 mis bisabuelos María y Pedro se trastearon con sus dos hijos, mi abuelito y Rafico, a San Luis. Luego de haber vivido en el barrio La Paz en donde nació mi abuelito (1922) y haber sido vecinos de “Mamá Venita” en Las Aguas en donde nació Rafico (1924), se subieron a la parte oriental del Paseo Bolívar, barrio San Luis. “Mamá Benita” vivía con la tía Benilda, la tía Juanita y “el Turrón”, sus tres hijos menores. Mi bisabuelita María era la mayor. De ellas “Mamá Benita”, la tía Benilda y mi bisabuelita, eran lavanderas. La tía Juanita no gustaba de ese oficio porque ella siempre se sintió como “más altica”; mi abuelito dice que era muy parlanchina y hermosa, tenía una larga cabellera larga, larga y mona, mona. “El genio de ella era muy bonito”. Ella aprendió sastrería, porque vivió con el tío Joaquín, que era primo de mi bisabuelo Pedro, y él era sastre.

Como estaba con ella le enseño la sastrería. ¡Sastre de Pecho! Le decían a los que fabricaban los chalecos. El vestido era con chaleco, muy elegantes (Sierra Sánchez, 2016).

En la plazuela de Las Aguas, había muchos “puestecitos” cubiertos. Dice mi abuelito que era muy curioso porque cada uno hacía su tiendita ahí para vender verduras y víveres de toda clase. Tenía como dos cuadras de largo y era más abajo de la iglesia. Estaba del lado oriental del río, porque al otro lado, estaba el monte del que habló antes en donde cogían con “El Turrón”, que tenía como 14 años, curubas grandotas, calabazas y moras, todo silvestre.

Ilustración 44: Plazuela de Las Aguas, 1898. Sociedad de Mejoras y Ornato (Atuesta Ortiz, 2011, pág. 207)

Desde Las Aguas comenzaban las correrías de mi abuelito y Rafico por la calle 18 hasta el Paseo de Bolívar. Por allí subían cuando mi abuelito tenía 4, 5 y 6 años. Dice que la calle 18 está muy parecida, las casitas que están a lo largo de ella son de esa época. Ese era un barrio “de mucha pobreza”, había muchas tienditas, y talleres de zapatería, latonería, carpinterías. Todo esto hasta el Paseo de Bolívar. Pero sobre todo zapateros y latoneros, que tenían su “tallercito” ahí en el andén; “trabajaban por fuera de la casa, porque no tenían donde más trabajar”.

Era un camino tan peligroso, no en el sentido de la inseguridad, sino feísimo porque era muy gredoso, resbaloso. Nos pegábamos unas costaladas. Le decíamos “costalada” porque caíamos como un costal. Con Rafico mi hermano que era dos años menor, tenía que llevarlo de la mano porque era muy pequeñito (Sierra Sánchez, 2016).

La universidad de los Andes no existía. Ahí en donde está ese edifico de los Andes, era la Fábrica de Chocolate Chaves y Equitativa en donde trabajó mi bisabuelo un tiempo. Era empacador. En la calle 19 comenzaba la fábrica, al costado oriental. Y al frente, era una casa de salud, un asilo de enfermedades mentales para mujeres. Dice mi abuelito que la fábrica de chocolates era grandísima. Por la calle 19 entraban los carros de caballo que cargaban las pastillas de chocolate para distribuirlas por la ciudad. Yo no sé qué área tendría esa Fábrica, pero subía hasta bien arriba, hasta el campito de San José.

En frente de la Fábrica por ese mismo costado, y luego de que terminara el Asilo, había una Quinta y luego de ésta, había un pasadizo. Una “callecita” angosta, y ahí comenzaban las piezas de inquilinato. Unas “piecitas” que eran con piso de tierra y ahí se hacía. Se cocinaba, se planchaba, todo se hacía dentro de la pieza. Abajo había dos baños, cubiertos, y entonces había una tubería que llevaba todo al río. En los inquilinatos había agua; mi abuelito no sabe de dónde vendría esa, pero asegura que era una buena agua. El chorro de agua, además, alimentaba una caja de madera impermeable.

Se llenaba de agua la caja y por lado y lado, estaban las lavanderas. Los lavaderos, me parece, eran de madera. No recuerdo si eran de piedra y madera. Mi “Mamá Benita” lavaba ahí, y se ponían a echar cuentos verdes y todo ahí las lavanderas. Los lavaderos eran al pie del río, pero dentro del inquilinato. El inquilinato comenzaba aquí hasta la orilla del río. Aquí había una tienda que se llamaba Britania, y había teléfono que en ese tiempo era de cuatro cifras no más. El teléfono de esa tienda era 7302, se me grabó. En la tienda vendían de todo. La hija de la dueña era muy bonita, era una niña como de 12 años y yo me enamoré de ella. Pero ella ni siquiera me miraba porque yo estaba muy chiquito, tenía como 7 años (Sierra Sánchez, 2016).

El inquilinato tenía aproximadamente 50 piezas sin servicios, alumbraban con velas de cebo y cocinaban en la habitación. Ponían tres piedras en el suelo de tierra, en “un rinconcito”, y ahí cocinaban. Había algunas piezas mucho más confortables que tenían pisos de madera, por ejemplo, la de la dueña del inquilinato que se llamaba Delfina.

Mi bisabuelita María le ayudaba a “Mamá Benita” en el oficio de la lavandería. Y también a Benilda. Cuando llegaban los artistas, teatreros, toreros, ellas era las que atendían su ropa. Ellas planchaban las camisas ahí al lado del río San Francisco. Las bases eran unas piedras. Las lavanderas se peleaban las piedras para tender la ropa. Restregaban la ropa con tusas de mazorca y lavaban con jabón de pino y jabón de tierra. El de tierra era color ratón y el de pino como color carmelita. Formaban pelotas de jabón grandotas para que les durara bastante. Mi tatarabuelita, mi bisabuela y mi tía bisabuela, aprendieron a lavar en Sesquilé a la orilla de las quebradas de San José. Refregaban “la ropita” en una piedra.

En ese lugar había dos formas de hacer lavandería. El primero, en el lavadero común, que era un cajón como de 3 metros de largo, por unos 35 centímetros cuadrados, que resanaban con el mismo jabón para que no se saliera el agua. El cajón recibía el agua que

venía por un tubo, y del cajón caía a la batea donde a lado y lado estaban las lavanderas. Cada una tenía su piedra montada como en un esqueleto de madera.

Eso era por turnos, pero a veces peleaban por conseguir ese turno. No cesaban de lavar, se turnaban, pero tenían mucha ropa. En la pieza planchaban, y a veces era peligroso porque planchaban y cocinaban dentro de la pieza, y las dos cosas se hacían con carbón vegetal que no produce humo (Sierra Sánchez, 2016).

Y el segundo, en el plancito de la orilla izquierda del río, en donde estaban las piedras en las que tendían la ropa y planchaban.

Contiguo a las piezas de inquilinato de las lavanderas, estaba el puente que comunicaba esta calle con el parquecito que quedaba del otro lado del río; mi abuelito insiste en que era un parquecito muy parecido al que hay hoy justo en frente de la estación de policía y el edificio principal de Los Andes. Germania estaba allí arriba.

Don Rudolf Kohn de Alemania era padrino de mi Ceci linda, y él, el día que bautizaron a mi Ceci, le regaló un juego de cucharitas de oro. Él era el padrino de su abuelita, porque don Pablo, mi suegro, era muy conocido, era de “la alta”. En Facatativá era de la alta sociedad; ellos tuvieron una niñez muy cómoda, con muchachas de servicio para todo. Y don Rudolf Kohn era muy amigo de mi suegro. Por eso fue el padrino de mi Ceci (Sierra Sánchez, 2016).

A esa altura, de ambos lados del río había casitas de gente del pueblo. Estaba más allá del parque la Chichería del Gallo, en donde iban los cargueros a tomar Chicha. Los cargueros eran los que transportaban cosas, mercados, todo. La gente tenía que recurrir a los cargueros siempre.

Y se pegaban unas rascas. Y se decían unas verduras…y aquí veníamos a llevar el carguero para llevar la obra de carpintería que hacía mi papá en San Luis. El taller era allí en San Luis, donde vivíamos. Y una vez nos mandaron a Rafico y a mí a contratar un carguero, y preciso vimos que uno estaba ahí con su lazo. Tenían su lazo y su ruana. Y le dijimos que si iba a llevar una puerta que mi papá había hecho para una casa de lujo. Y el carguero dijo que bueno que se iba. Y entonces llegó una carguera ya borracha, y le dijo camine y tomamos chica. Y él le dijo no porque ya me contrataron, voy a llevar una puerta. Y ella dijo, ¡noooo!, no le haga caso a esos chinos, el que hace negocios con chinos le amanece el culo cagado (Sierra Sánchez, 2016).

Ilustración 45: Bavaria Brewery, 1895. (Villegas Jiménez, 2000, pág. 149)

El parquecito dividía las casas de la chichería y en donde está hoy el edificio principal de Los Andes, era la fábrica de cervezas. El río separaba la Quinta de Bolívar de la fábrica de cerveza. La cervecería y la fábrica de chocolates estaban separadas por la calle 20 que se mantiene muy parecida a como era. Fenicia era por la calle 22 como a dos cuadras del río. Luego subiendo por la calle 20 hacia el Paseo de Bolívar mi abuelito dijo,

Y vivía acá gente del pueblo. Vivió mi tía Juanita cuando se casó con Alejandro Parra; vivía en una casita de estas, en arriendo en un pasadizo que había por acá, un pasadizo que sale a la orilla del río. Y allá, Alejandro, el esposo de mi tía Juanita, compró un proyector de cine…en ese tiempo era una cosa…creo que era como de 8 milímetros. Nosotros estábamos muy pequeños, y daba películas en un teloncito pequeñito. Ahí se reforzó mi afición al cine. Porque antes, mi compadre Ezequiel “el Turrón”, era muy aficionado al cine, como era gamín, entonces se entraba, se colaba siempre, y me llevaba en los hombros siempre (Sierra Sánchez, 2016).

Esa callecita, afirma él, está igual, igualita. Y ubicó exactamente la casita en donde vivía la tía Juanita. Todas las casitas están en tapia pisada, unos muros durísimos, que dice él, resisten toda clase de maltrato. Contiguo y en frente al grupo de casas que se mantienen en pie, está el Campito de San José que era una casa de salud más importante que tenía Bogotá en esa especialidad.

Acá más arribita, vivía mi madrina Teresa que tenía dos hijas que eran mis primas. Primas lejanas. Mi madrina Teresa era cojita y era mi madrina de bautizo. Estamos

hablando de 1922. La calle está exacta como en la época, empedrada. Y ahí en donde está el muro, había potreros. Ese muro no existía. Llegando al río era una parte plana lo más bonita hasta el Chorro de Padilla. Una vez mi tía Benilda me llevó a misa en esa capillita que queda dentro del campito. Todo esto era malla, angeo, metálico (Sierra Sánchez, 2016).

Me dijo también que “bien abajo” del potrero había casitas en dirección nororiental, es decir, en donde está la Universidad de América. Contigua al Campito de San José es Villa Paulina. Era de tres hermanas modistas, una de ellas era Paulina. La señorita Paulina “le hacía los trabajitos” a mi bisabuelita para mi abuelito y sus hermanos. Estamos hablando de 1925. Allí arriba, ya sobre el Paseo Bolívar, había un lugar que se llamaba Los Cerezos porque había arbolitos de cerezos.

Ahí cuando venían los borrachitos, los agarraba la sombrerona y les daba sus tundas, se los llevaba al monte. Entonces mi mamá venía a encargarle las obritas para nosotros a Paulina, porque mi mamá no sabía cocer ni tenía máquina de coser. Paulina sí tenía máquina de coser. Y esto era lleno de jardines, ¡tan lindo que era! (Sierra